Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 8 — La manada
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Capítulo 8 — La manada

Y durante un segundo largo no pasó nada.

Es lo que tienen las peores decisiones de mi vida: me regalan siempre un segundito de calma antes, uno en el que todavía podría apartar el dedo y no lo aparto, para que luego no pueda ir por ahí diciendo que nadie me avisó. Me avisé yo. Me avisé y seguí. Como siempre.

La cosa que había visto dormida en la cabra muerta estaba también en esta, la viva, en el mismo sitio del cuello, debajo de donde el pelo se arremolina.

Solo que despierta. No sé leerla bien —no sé leer bien nada de este mundo; las formas que tiene de escribirse a veces no las entiendo y encima dan dolor de cabeza, así que veo bultos, relieves, cosas que sobresalen del amasijo cuando fuerzo los ojos, y a la mayoría les cuelgo el nombre que buenamente puedo—, y a esta le puse el que pude: el que va delante .

El que los demás siguen sin que nadie se lo mande.

Era gorda, esa palabra. Vieja. Como si la hubieran repasado mil manos antes que la mía a lo largo de mil generaciones de cabras, cada una dejándola un poco más marcada, hasta convertirla en un surco por el que ya no se podía no pasar.

Yo, claro, pasé. Nunca he visto un surco sin meter el pie.

No fue como con la otra, la de por la mañana, cuando rocé aquel salta y lo corrí un pelín hasta quieta y el animal se paró en seco y Sarn dijo “Vaya”, que en Sarn es un discurso.

Aquello fue empujar una pluma. Esto fue meter la mano hasta la muñeca en algo que cedía a regañadientes, con esa mala gana de lo que lleva demasiado tiempo siendo lo que es.

Y cuando por fin cedió, no vino sola. Vino con toda su parentela detrás, agarrada a ella, un racimo entero de cosas que yo no había pedido y que ni siquiera supe nombrar bien mientras me llegaban a la mano: algo de no cede , algo de embiste , algo de echar a los otros de la ladera.

Yo quería la carne, el cuero y la cornamenta.

Me llevé, de propina, el genio entero del animal.

La cabra se puso de pie dentro de sí misma.

No es que se hiciera más grande, que también, un poco, como si se le hincharan de golpe músculos que no tenía por qué tener una cabra de las flacas y corrientes.

Es que levantó la cabeza. Me miró con unos ojos que ya no eran de comida sino de propietario, hizo sonar el suelo con una pezuña —dos veces, seca, ofendida— y decidió, con la lógica impecable de quien acaba de descubrir que manda, que aquí había cosas que ordenar.

Empezó por Sarn.

Sarn estaba a cinco pasos, de espaldas, doblando el cuero de la mañana con esa paciencia suya de quien ha aprendido que las prisas las cobra siempre otro.

No había visto nada. No vio a la cabra bajar la cabeza.

No vio los cuernecillos ridículos —porque en ese momento todavía eran ridículos— apuntándole a los riñones.

Yo sí. Yo lo vi todo con la nitidez horrible con que se ven las cosas cuando son culpa tuya y todavía no han pasado.

Y grité algo, no sé qué, y no sirvió de nada, porque a un animal que acaba de estrenar la certeza de que el mundo es suyo no lo paran los gritos.

Lo que hice fue peor y mejor a la vez, que es mi especialidad.

Salté hacia el bicho, le busqué el cuello con la mano ya en marcha antes de tener plan ninguno —la mano fue antes que yo, como siempre—, y volví a meter el dedo en el amasijo, a ciegas, desesperado, hurgando en aquella palabra gorda a ver si de todo su racimo salía algo, lo que fuera, que no terminara con Sarn ensartado por mi culpa.

Y aquí es donde tuve suerte, que conste.

Que quede por escrito que fue suerte y no otra cosa, porque el miedo me había afilado los ojos —el miedo afila los ojos, es de las pocas cosas buenas que hace— pero afilar los ojos no es saber leer, y yo seguía sin saber leer.

Vi asomar, entre todo aquel bruto, otro relieve, más abajo, medio tapado por los demás, que a lo bruto traduje como el que se pone delante de los suyos .

Parecía de la misma cuerda que el otro, salido del mismo sitio, pero vuelto del revés: no ir contra, sino guardar a.

Ni lo pensé así entonces, la verdad; eso lo he entendido después, contándolo.

En el momento solo vi que había otra cosa ahí, arrimada a la primera, que no daba tanto miedo, y me agarré a ella como quien manotea en el agua y toca algo que flota sin saber qué es.

Lo repasé.

Y aquí está mi problema, el de toda mi vida, condensado en un gesto de medio segundo: no supe repasarlo poco .

Estaba aterrado, y el que hace las cosas con miedo las hace a martillazos.

Repasé aquel se pone delante con toda la fuerza que tenía en el cuerpo, otra vez, y otra, sin parar, machacándolo, como quien no aprieta un tornillo sino que lo estampa contra la pared. Me pasé. Me pasé una barbaridad.

La cabra frenó a un palmo de Sarn.

Frenó, se quedó temblando un instante con toda aquella furia sin sitio adonde ir, y entonces la furia se dio la vuelta entera, sin perder ni una gota de intensidad, y se convirtió en lo contrario.

No en calma. En devoción . La cabra miró a Sarn —al que iba a matar hacía un segundo— con los ojos con que una madre mira lo que ha parido, se colocó a su lado con una solemnidad absurda, y giró la cabeza hacia el resto del mundo como diciendo: a este lo toca quien pase por encima de mí.

Luego me miró a mí. Y a Daggis, que se había subido de un salto a una roca y observaba la escena con el interés remoto de quien mira llover. Y en aquella cabeza recién estrenada de jefa, algo hizo clic. Nos contó. Uno, dos, tres. Y decidió que éramos suyos.

Nos había adoptado.

—Vaya —dijo Sarn otra vez, mirándola, mirándome, atando cabos en ese silencio suyo que va más rápido que la boca de cualquiera. Me sostuvo la mirada un momento de más, el tiempo justo de que yo entendiera que él había entendido, y volvió a su cuero.

Daggis bajó de la roca, olió a la cabra, olió el aire alrededor de la cabra, y soltó por la nariz algo que en su idioma de olores y costumbres querría decir esto no estaba aquí esta mañana , y en el mío, más pobre, quería decir tú otra vez .

Lo que vino después fue la tarde más ridícula que he pasado en este mundo, y llevo unas cuantas que competían.

Porque una cabra que ha decidido que eres su manada no es una cabra agradecida.

Es una tirana con el corazón partido de amor.

No nos dejaba separarnos: si Sarn iba a por leña, ella iba a por leña con Sarn, pegada al muslo, apartando a topetazos las ramas que no le gustaban.

Si Daggis se alejaba a beber, la cabra la escoltaba hasta el arroyo con la angustia de una madre en un mercado lleno.

A mí me vigilaba el plato. Cené con una cabra pendiente de cada bocado como si cada uno fuera un peligro del que ella, personalmente, respondía.

Nos había recontado once veces antes de que cayera el sol.

Cada vez que uno de los tres se movía, volvía a empezar por el uno.

A Sarn no le vi la risa —Sarn tiene la risa como un eclipse, una vez cada muchos años y hay que saber mirar—, pero una vez, cuando la cabra le apartó de un topetazo una rama que no le gustaba, le tembló algo en la cara que estuvo más cerca de reírse de lo que yo le había visto nunca. Ojalá se hubiera quedado en eso.

A la caída de la tarde bajó del pedregal, sin ruido, una de esas cosas largas y grises que en este mundo bajan de los pedregales cuando huele la sangre de la caza del día.

No llegó a acercarse. La cabra se puso delante de nosotros tres —delante, entre la cosa gris y nosotros, sin dudarlo, con los cuernecillos ridículos por delante y todo el cuerpo diciendo por aquí no — y la cosa gris lo pensó mejor y volvió a subir.

La cabra se quedó un rato mirando el pedregal por si acaso.

Luego vino, se echó contra la pierna de Sarn, apoyó la cabeza y se durmió, confiada, redonda, exhausta de querernos.

Y esa es la imagen que no se me va. No las once veces contándonos, no la escolta al arroyo.

Esa. La cabeza apoyada, el sueño confiado, el bicho ese que unas horas antes era comida y que ahora dormía tranquilo porque nos había puesto a salvo y consideraba, con toda la razón del mundo, que estaba entre los suyos.

Porque teníamos que matarla.

Ese era el plan. Ese fue siempre el plan.

Habíamos subido a la ladera a cazar, la carne se vende, el cuero se vende, la cornamenta se vende, y esta cabra —esta cabra en concreto, precisamente esta— tenía ahora, por obra de mi dedo, el cuero más magnífico que iba a bajar de la montaña en toda la temporada.

Yo se lo había puesto. Al encumbrarla se lo había puesto, junto con el amor y la escolta y el sueño confiado en la pierna de Sarn.

Todo el mismo paquete. Todo el mismo dedo.

No quiero contar mucho esta parte, así que la voy a contar poco y mal, y voy a hacer un par de bromas por el camino que no le van a hacer gracia a nadie, empezando por mí, porque es lo único que sé hacer cuando algo me duele de verdad: hablar de otra cosa muy cerca de la cosa.

Lo hice yo. Insistí en hacerlo yo, contra Sarn, que se ofreció en dos palabras y con toda la razón, porque él sabe hacerlo bien y rápido y sin que el animal se entere, y yo no.

Pero no. Yo la había fabricado. Que la pagara yo.

Es lo más parecido a un principio moral que he tenido nunca, y mirad dónde lo fui a estrenar.

Tenía el cuchillo bueno. El que afilé yo mismo, hace poco, cuando descubrí que a los filos también se les puede repasar el filo y aprendí a hacerlo con esa cosa que corta en el metal.

Corta mucho, ese cuchillo. Lo hice yo para que cortara mucho.

De modo que sí: maté a lo que había fabricado con el filo que había fabricado, y las dos cosas las hice con el mismo dedo, y si hay un dios de las simetrías en este mundo, esa tarde se rió de mí a gusto.

La cabra no se resistió. Claro que no se resistió. Vino a mí. Vino a mí porque yo era de los suyos, porque yo era, de hecho, a quien más protegía, y confió hasta el último momento en que si yo me acercaba con algo en la mano era para bien. Me dejó. Y no apartó la mirada.

No sentí que me pasara nada por el dedo, por cierto.

Esperaba, no sé por qué, esa cosa pegajosa de otras veces, la sensación de que algo se me quedaba puesto.

No hubo nada. O sí lo hubo y me lo inventé, o llevo tanto tiempo con este dedo picándome desde que toqué el collar de Sarn que ya no sé distinguir lo que se me pega de lo que me imagino que se me pega.

Da igual. La mancha, si la hay, no está en el dedo.

Sarn me quitó el cuchillo de la mano cuando vio que no pensaba soltarlo, y se puso a lo suyo, callado, con ese respeto de los que saben que a un muerto, aunque sea una cabra, se le deben las manos limpias y la boca cerrada.

Daggis se comió su parte sin ceremonias, y me miró no comer la mía con una frialdad que no era crueldad, era otra cosa, era el recordatorio con pelo de que para uno de los tres esto siempre fue lo que siempre fue: comida.

La gata no había tocado en toda la tarde más palabra que la de siempre, la fórmula corta con que baja lo que caza y que ni siquiera entiende, heredada de otras gatas.

La gata no le debía nada a esta cabra. A veces la envidio tanto que duele.

El cuero salió, en efecto, excepcional. Grande, sin una tara, con un lustre que Sarn se quedó mirando más rato del que mira las cosas.

No dijo en voz alta lo que los dos pensábamos: que un cuero así no baja de la montaña, que un tratante de los buenos ve uno de esos una vez en la vida y lo cuenta hasta que se muere.

Pero cabía en un fardo. Se podía cargar, se podía curtir, se podía vender.

No era un prodigio inútil. Era, mucho peor, un prodigio aprovechable .

Y luego, ya de noche, cuando bajábamos, cambió el color.

El del brazo. Este mundo nos lleva a todos con el oficio y el grado escritos en los renglones que cada uno arrastra encima —lo que uno hace y cómo de bien lo hace—, y con un color en el brazo que marca el nivel a ojo, para no tener que leer a nadie de cerca.

El mío llevaba semanas siendo de un tono penoso, el color de las cosas que no valen la pena, y en la oscuridad, sin aviso, viró a otro que no había visto nunca puesto en mí.

Lo de los renglones lo leyó Sarn, a la lumbre, despacio, dos veces.

El oficio seguía siendo cazador . Lo que había cambiado era el grado, que en este mundo se mide contra la presa —y la presa que constaba no era una cabra—.

La Ley, que todo lo archiva y nada lo entiende, había pesado lo que yo abatí y no había encontrado ninguna cabra: había encontrado un guardián que se mete entre los suyos y la muerte. Y me puso el grado a su altura.

Cuando maté aquel peluche por accidente, el mismo cálculo me había dejado el grado por los suelos.

Ahora, con la misma seriedad de sello estampado sobre una cabra flaca, me lo mandaba por las nubes.

La cuenta estaba bien hecha; solo que medía una hazaña que yo me había inventado con el dedo.

Cazador irregular de irregularidades , leyó Sarn.

La Ley había dicho la misma palabra dos veces porque no le salía otra para mí.

No se rió, que fue peor que si se hubiera reído, porque cuando Sarn no se ríe de algo que es para reírse es que ha visto por dónde no tiene gracia. Me miró el brazo. Me miró a mí. No dijo nada, que en él es la frase más larga que hay.

Me bajé la manga, como si eso sirviera de algo, como si se pudiera tapar un color con una tela, y bajé el resto del camino con la vergüenza subiéndome por el cuello y una sonrisa idiota puesta encima para que no se me notara, que es exactamente lo mismo que hacía a los ocho años cuando rompía algo en casa.

Algunas cosas no cambian aunque te caigas por una grieta a otro mundo.

Sigo rompiendo lo que quiero. Sigo sonriendo para que no se note.

Una irregularidad.

Esa irregularidad había pasado la tarde durmiendo en la pierna de un demonio porque yo le había metido el querernos a la fuerza en el cuello, y ahora iba con nosotros. En trozos.