Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 7 — La tercera columna #3
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Capítulo 7 — La tercera columna #3

Y ahí terminó el asunto, porque Sarn no es de los que se quedan en una cosa más rato del que se merece. Volvió a bajar la vista a la cabra, y esta vez la miró de otro modo, con el ojo de quien sabe lo que mira: le echó un vistazo, uno solo.

—Buena —dijo—. Joven. —Y empezó a despiezar con una eficiencia callada y exacta que no le había visto a nadie, las manos sabiendo antes que él, cada corte en su sitio, sin una vacilación—. Poca grasa. Se venderá, pero no da para mucho.

—¿Cuánto es no mucho? —pregunté.

Sarn me dijo una cifra. Era, en efecto, no mucho. Era, de hecho, lo justo para cenar los tres y volver mañana a por otra, que era todo el plan que teníamos y todo el plan que yo quería tener. Cenar. Volver mañana. Que mañana se pareciera a hoy.

Me habría conformado con eso el resto de mi vida. Que conste. Que quede en acta, antes de lo que viene, que yo me habría quedado ahí, cazando cabras flacas por lo justo para cenar, encajado en una fila de tres, sin pedirle nada más al mundo que me dejara en paz haciéndolo.

El problema es que soy quien soy.

Y quien soy es alguien que, mientras Sarn despiezaba, se había quedado mirando otra cosa.

Cazamos dos más antes del mediodía, y las dos igual: Daggis señalaba, yo rozaba salta hacia quieta , ella remataba, Sarn despiezaba.

Un oficio. Nos salió un oficio en una mañana, y funcionaba, y yo empezaba a moverme por el pedregal con una soltura que tres horas antes no tenía, leyendo a las cabras de lejos, adelantándome, disfrutando —no hay otra palabra— de hacer bien una cosa pequeña.

Fue en la tercera cuando me fijé.

La gata había ido a beber, Sarn estaba con el fardo, y yo me había quedado agachado junto a la cabra recién muerta, sin nada que hacer, mirándola de cerca por primera vez. Y como no tenía nada que hacer, hice lo que no debo hacer nunca cuando no tengo nada que hacer: me puse a leer con calma.

Arriba, el nombre —largo, denso, se me escurría como todos—.

Y debajo, el renglón corto, el que sí leo.

Ya no ponía salta , claro; ponía muere , o algo que se le parecía, la palabra apagándose despacio como se apagan en las cosas recién muertas.

Pero no era eso lo que me tenía agachado. Era el vecindario.

Porque las palabras de la cabra no estaban solas.

Alrededor de la principal, apretadas, medio dormidas, estaban todas las otras que una cabra puede llegar a ser y esta no había sido: pare , mama , trepa , engorda .

Y una, un poco aparte de las demás, más gorda que las demás, con el trazo más hondo, como si generaciones de cabras la hubieran ido subrayando a fuerza de repetirla: la palabra del que va delante y los demás se apartan.

domina , decía, más o menos —las mías nunca las leo del todo—; la palabra del rey ese de la cuerna ancha, el que llega a viejo y manda en la ladera y echa la carne que los cocineros de ciudad pagan diez veces lo que pagan por una cabra flaca.

Y aquí me paré, porque no lo entendía. ¿Estaba esa palabra en todas?

¿La llevaba dormida cualquier cabra de la ladera, esperando una vida entera de aguantar inviernos para ejercerla, y casi ninguna llegaba?

¿O había dado por casualidad con una rara, una que traía escrito de fábrica lo que otras no?

No lo sabía. No tenía manera de saberlo.

Llevaba semanas en este mundo y a estas alturas lo único que sabía con certeza era la lista de cosas que no sabía, y esta acababa de apuntarse en ella.

Pero —y este es el pero de mi vida entera, el que me trajo aquí por una grieta— no saber si algo es normal, en mí, no frena: empuja.

Lo que no entiendo me pica más que lo que entiendo.

Porque estaba ahí. En esta cabra corriente, muerta y flaca, estaba escrita, dormida, la cabra cara que no había llegado a ser. A un dedo. A un empujón. Igual que quieta estaba al lado de salta .

Y yo, que acababa de aprender esa misma mañana que podía rozar una palabra hacia su vecina sin que se rompiera el mundo, me quedé mirando domina con el corazón haciendo algo raro, con una idea abriéndose en la cabeza como se abre una grieta minúscula, tan estrecha como mi valentía, brillando con una luz que ninguna idea sensata brilla.

Sé cómo suena. Sé cómo termina esta clase de frase en mi boca. La he oído toda la vida, justo antes de cada desastre, con la misma confianza de siempre y los mismos resultados de siempre.

Miré alrededor.

El monte estaba en paz. La gata bebía en el hilo de agua, agachada, lamiendo con esa calma de después del trabajo.

Sarn, unos pasos más allá, doblaba el cuero de la última cabra sobre el fardo, despacio, ordenado, sin prisa.

El sol daba de lado. No pasaba nada, en ningún sitio, del modo en que a veces no pasa nada y uno debería tener la decencia de dejar que siguiera sin pasar.

Era, exactamente, la clase de momento tranquilo que llevaba toda la vida sin saber conservar.

Nadie me miraba.

Y estiré la mano hacia la siguiente cabra viva que pastaba a diez pasos, ajena, flaca, corriente, con toda su vida por delante de ser exactamente igual de barata que su madre.

La mano fue antes que yo, como siempre.

Y toqué.