Capítulo 7 — La tercera columna #2
Las palabras seguían ahí —en la hierba, en las piedras, en los pocos árboles flacos que aguantaban la cuesta—, pero ya no estaban remachadas.
Estaban puestas de cualquier manera, sueltas, palpitando un poco, como ropa tendida que nadie ha terminado de estirar.
Leerlas no costaba. Se dejaban. Y por primera vez desde que caí a este mundo, mirar fue un descanso en vez de un esfuerzo: iba subiendo una falda cualquiera leyendo crece , sube , aguanta , bebe en todo lo que pisaba, sin que me lloraran los ojos, con la sensación tonta y enorme de que el mundo, aquí, no tenía nada en contra de que yo lo entendiera.
La gata iba delante. No esperaba a nadie ni miraba atrás para comprobar que la seguíamos; sencillamente iba, con ese trote suyo que parece desganado hasta que intentas igualarlo, eligiendo el paso por sitios que yo no habría visto y que, en cuanto ella pasaba, resultaban ser obviamente el único sitio por donde pasar.
Conocía el monte como no lo conoceré yo nunca: no leyéndolo, viviéndolo.
Ella no sabía qué palabra llevaba encima una piedra.
Sabía que esa piedra resbalaba con rocío y la otra no, que por aquí bajaban las cabras a beber y por allá no bajaba nada, y eso —me fui dando cuenta a lo largo de las tres horas— era otra manera de leer el mundo, una que no pasaba por las letras y que a lo mejor era más antigua.
Sarn iba detrás. Cargaba lo que había que cargar sin que se lo pidieran, con esa docilidad nueva que yo le había puesto en el cuello y que todavía no sabía mirar sin que me picara el dedo, pero andaba erguido, y a la media hora ya no parecía un sirviente cargando el fardo de su amo sino, sencillamente, el tercero de una fila que subía a trabajar.
No dijo casi nada en tres horas. No hacía falta. Iba, y con ir bastaba.
Y en algún punto de esa cuesta, sin que ninguno lo dijera ni lo decidiera, pasamos de ser tres desgraciados que casualmente andaban en la misma dirección a ser una fila.
Una cosa pequeña, una tontería: la gata elegía el paso, yo leía lo que venía, Sarn cargaba y remataría lo que cayera.
Cada uno en su sitio. Nadie sobraba. Y me sorprendí, a mitad de subida, con una sensación que tardé un rato largo en reconocer porque no me era familiar, y cuando la reconocí casi me da la risa de lo poco que era y lo mucho que pesaba.
Encajaba.
Yo, que había cruzado media vida sin encajar en ninguna parte, que había llegado a este mundo sobrando hasta en el idioma, subía una falda cualquiera entre una gata y un medio demonio y por primera vez servía para algo dentro de un grupo que servía para algo.
No era gran cosa. Era lo más grande que me había pasado desde el pan.
No lo dije. Estas cosas no se dicen; se estropean.
Las cabras estaban donde la gata había dicho que estarían, que era lo primero que me impresionó de ella esa mañana y no lo último.
La gata se detuvo al borde de un saliente y se quedó mirando la ladera de enfrente un rato largo, quieta del todo salvo las orejas, que giraban cada una por su lado, contando cosas que yo no oía.
No leía nada —ella no lee—, pero algo estaba haciendo, tan concentrada como yo cuando fuerzo la vista, solo que hacia dentro, en un idioma de olores y costumbres y sitios de beber que a lo mejor es más viejo que las letras.
Al cabo levantó la barbilla hacia un punto de la ladera.
Las vi antes de verlas, si eso tiene sentido.
Forcé la vista donde ella señalaba y antes de distinguir un solo animal ya estaban las palabras, salpicadas por la roca, moviéndose: sube , salta , huye , huye , huye .
Media docena de renglones nerviosos brincando por un pedregal casi vertical con una facilidad que daba rabia, porque explicaba de un vistazo por qué la gata me necesitaba.
Cazarlas no era el problema. Alcanzarlas, sí.
Un animal que lleva salta escrito con esa soltura no lo coges corriendo detrás; te cansas tú antes, que es exactamente lo que ella no pensaba hacer.
—Esa —dijo Daggis, con la barbilla, señalando una que se había separado un poco, más abajo, mordisqueando algo entre dos piedras—. La de la izquierda. Párala.
—¿Que la pare?
—Tú miras antes. Mírala antes. —Se agazapó, y toda ella cambió: se le fue la desgana de golpe, se volvió una línea tensa apuntando ladera abajo, y entendí que la desgana era un lujo que se permitía cuando no cazaba y que cazando no le quedaba ni rastro—.
Yo llego en tres saltos. Solo necesito que no dé el suyo.
Y ahí estaba mi trabajo, servido, tan claro que hasta yo lo entendí.
No tenía que hacer magia grande. No tenía que obligar a nada.
Solo tenía que mirar el salta de esa cabra —que estaba ahí, encima de ella, tenso, cargado, listo para dispararse en cuanto la gata se moviera— y convencerlo, un segundo, de que esperara.
Fijé la vista. Encontré el renglón. salta , temblando, con esa disposición a irse que tienen las palabras de los animales asustadizos, siempre a medio disparar.
Y por debajo, apretadas, las vecinas: come , pisa , bebe , quieta .
Ahí estaba quieta , al lado, casi tocándose con salta , como dos hermanos que comparten cama.
Levanté el dedo. El mismo que me picaba desde el collar —lo noté al levantarlo, el picor sordo despertándose, como si supiera que iba a trabajar— y tracé en el aire, despacio, el gesto pequeño de arrastrar una cosa hacia otra.
No empujé salta para quitarlo. Aprendería más tarde, por las malas, que quitar es de tontos.
Solo lo rocé hacia su vecina, y noté —esto es lo que no sé contar bien— que al otro lado del dedo había algo.
No una cosa: la terquedad de una cosa. Una resistencia con opinión, como si a la palabra le pareciera mal que la movieran y se agarrara al sitio a base de puro rencor, y cuando por fin cedió, cedió de mala gana y de golpe, y se me quedó un pegote en la yema, un tironcito, como si al soltarla parte de ella se hubiera venido conmigo sin que nadie la invitara.
Le pedí, sin saber muy bien lo que hacía, que por un momento se pareciera un poco más a quieta .
Y la cabra se quedó quieta.
No cayó, no se durmió, no hizo nada raro.
Simplemente, en mitad de un mordisco, se le olvidó que sabía saltar.
Levantó la cabeza, con la hierba todavía colgando, con esa cara de leve extrañeza de quien no recuerda a qué había entrado en una habitación, y en ese medio segundo de despiste la gata ya era una línea gris cruzando el pedregal, y luego fue un peso encima de la cabra, y luego fue un chasquido seco, corto, con un filo dentro, el mismo que le oí matar al pájaro el día que la conocí.
Silencio.
—Ya está —dijo la gata, sin aliento y sin darle importancia, que en ella era la misma cosa.
Miré mi dedo. Miré la cabra muerta. Miré a la gata limpiándose ya la barbilla con el desdén de siempre, como si acabara de hacer lo más normal del mundo, que para ella lo era.
Para mí no. Yo acababa de tocar una palabra a distancia, sin herramienta, sin sangre, sin desastre, y había funcionado, y había funcionado bien .
Ni de más ni de menos. Por una vez en mi vida había apretado justo.
Y me subió por dentro una cosa caliente y ridícula, la misma que la primera vez que maté al peluche, solo que sin el susto: orgullo.
Orgullo tonto, de aprendiz, de niño al que le sale el truco.
Aquí, en el monte, con las palabras blandas y nadie mirándome como a un cuchillo, mi don no era una amenaza. Era útil. Era, casi, divertido.
Sarn llegó, se agachó junto a la cabra y sacó el cuchillo.
Pero antes de cortar levantó la vista hacia mí, un segundo, y me miró de una manera que no me había mirado hasta entonces.
No fue asombro —Sarn no gasta la cara en asombro—.
Fue algo más callado y más incómodo: la mirada de quien ha visto a un idiota hacer, limpiamente y a la primera, algo que sabe que no es fácil, y que reajusta en silencio la idea que tenía de ese idiota.
Me había visto quemarme las cejas con un palo días atrás.
Ahora me había visto parar a un animal con un dedo.
—Vaya —dijo, muy bajo, casi para sí.
Una palabra. De Sarn, una palabra es un discurso.