Capítulo 7 — La tercera columna
Sarn no se movía.
Llevaba un rato así, contra la pared, en el suelo, con las manos por delante en esa forma nueva que el collar le había enseñado sin pedirle permiso, y yo llevaba el mismo rato mirándole desde la cama sin decir nada, porque a alguien a quien le has hecho algo se le mira de reojo o no se le mira.
Le había hecho algo.
El dedo con el que le había repasado el collar me picaba todavía.
No era la herida del cuchillo, ni un roce, ni nada que se viera.
Era otro picor, por debajo, como de haber metido la yema en cera fría y no haberla terminado de sacar.
Me lo froté contra la pierna sin darme cuenta, y no se fue, y entendí, sin querer entenderlo, que había cosas que uno tocaba y se le quedaban puestas.
Así que hice lo que hago cuando una habitación me señala. Me puse a resolver el problema equivocado.
Empecé por el dinero, que es un problema que se puede contar, y a mí los problemas que se cuentan me tranquilizan.
No teníamos. No tenía oficio, al menos no uno del que no me sintiera avergonzado.
Había cazado una sola presa. El problema de los oficios es que esperan que repitas, y yo no había encontrado en toda la ciudad nada en lo que encajar.
Eso, solo, se aguanta. Yo llevaba toda la vida siendo una ruina de un solo pasajero.
El problema era el segundo pasajero. Y aquí tengo que ser honesto sobre lo que se me pasó por la cabeza, porque va a parecer una cosa y era la contraria: pensé en dejarlo.
Estaría mejor sin mí.
Es la frase más noble que se ha dicho nunca un cobarde para no tener que quedarse.
No la pensé con esas palabras —uno nunca se lo piensa con las verdaderas, para eso están las otras—; la pensé como una solución.
Podría alquilarlo por horas a alguien de la posada, a la cocinera misma, que sabía mandar sin gritar.
Podría buscarle una casa de verdad, con gente de verdad, lejos de mí.
Podría colocarlo en algún sitio donde estuviera —y esta fue la palabra que me delató— a salvo.
A salvo. Como si la amenaza tuviera nombre y el nombre no fuera el mío.
Porque no quería alejarlo porque me estorbara.
Quería alejarlo porque le había hecho daño una vez sin querer y no encontraba ninguna razón para pensar que fuese la última.
Veo una grieta y meto el dedo. Veo una palabra cansada y la aprieto.
Sarn era lo que había tocado, y lo había mejorado y lo había estropeado en el mismo gesto, sin saber cuál pesaba más, y un hombre que le hace eso a algo estando cerca solo tiene una manera decente de dejar de hacérselo.
Le di vueltas con la satisfacción tibia de quien cree que ha encontrado, por fin, algo generoso que hacer.
Y una a una se me apagaron, no porque fueran malas ideas, sino porque cada una moría en el mismo sitio.
Alquilarlo: con qué papel, si un medio demonio sin dueño anotado era, en cuanto se supiera, mercancía o presa según quién preguntara antes.
Buscarle una casa: qué casa, en qué ciudad, la que nos miraba desde la calle como se mira un cuchillo demasiado afilado sobre la mesa.
Soltarlo sin más: y ahí la idea me daba la vuelta y me enseñaba los dientes, porque Sarn sin el collar era Sarn sin lo único que en esta ciudad lo escribía como de-alguien, y lo que no era de nadie aquí duraba lo que tarda alguien en decidir que podía ser suyo.
La cuenta salía siempre igual, la hiciera por donde la hiciera.
Tenerlo cerca era hacerle daño. Apartarlo era dejarlo indefenso.
No había una tercera columna. Las palabras, en este mundo, no te dejan una salida limpia solo porque la necesites; se limitan a estar donde están, pesando lo que pesan, y a ti que te aproveche.
Levanté la vista.
Sarn no se había movido en todo el rato que yo llevaba resolviéndole la vida sin consultarle.
Tenía los ojos abiertos, fijos en un punto cualquiera del suelo, con esa quietud suya que no es paz sino ahorro, y por un segundo tuve la sensación absurda de que había oído cada una de las ideas que yo no había dicho en voz alta, y de que ninguna le sorprendía, y de que se quedaba igual.
Porque esa era la otra cuenta, la que yo no estaba haciendo y él sí. Yo llevaba media noche buscándole un sitio mejor que yo.
Él llevaba media noche sin irse.
No dije nada. Él tampoco. Y por una vez agradecí que Sarn fuera de los que no llenan los silencios, porque el mío estaba lleno hasta arriba y no cabía nada más.
Y entonces, porque el mundo tiene un sentido del momento oportuno que yo no le he pedido nunca, algo golpeó la ventana.
No la campana de antes. Algo pequeño, seco, con intención. Una vez. Dos.
Me acerqué —sin mirar a la calle, que era lo único que la cocinera me había pedido, y ya se sabe con qué fidelidad hago yo lo que se me pide— y allí, en el alféizar de fuera, tres pisos por encima de una calle por la que no se sube sin alas ni ganas, estaba sentada la gata.
La del pájaro. La del chasquido. La del desdén que no le costaba nada. Se lamía una pata con la calma de quien ha llegado a un sitio imposible por un camino que no piensa explicar, y cuando vio que la veía dejó de lamerse y me miró con las dos orejas a la vez.
Y aquí voy a confesar la cosa pequeña y ridícula que me pasó por dentro, porque si no la confieso esto no sirve de nada. Por un momento, uno solo, tan corto que casi no cabía el orgullo, pensé que había venido por mí.
Duró lo que duran esas cosas. Después me acordé de quién era. Los gatos no suben paredes por nadie; suben paredes porque al otro lado hay algo que quieren, y lo que quieren nunca eres tú.
Lo cual no dejaba de ser una forma de que le importaras. La peor. La única que yo sabía reconocer sin equivocarme.
Abrí.
Entró sin darme las gracias, como entran los gatos y los acreedores, pasó por delante de Sarn sin dedicarle más que una oreja, se sentó en mitad de la habitación como si llevara toda la vida esperándola, y me miró desde abajo con esos ojos que no piden.
—Estás vivo —dijo. Igual que la primera vez. Solo que ahora no sonaba a sorpresa, sonaba a comprobación de inventario—. Bien. Sigues viendo cosas, ¿no? Lo de mirar antes.
No era de las preguntas que esperan respuesta. Era de las que ya la traen puesta.
—Depende del día —dije.
—Hoy sirve. —Movió la cola una vez, despacio, y en ese gesto había más plan del que yo le había visto nunca a nadie—.
Hay unas cabras, no lejos, en la falda, donde todavía se puede volver a cenar.
Sé cazarlas. El problema no es cazarlas, es cogerlas: saltan como si el suelo les diera asco, y una se cansa.
—Me miró de arriba abajo, con el desdén de siempre y, por debajo, por primerísima vez, algo que se le parecía a un cálculo con mi nombre dentro—.
Tú sabes por dónde va a saltar antes de que salte. Yo hago el resto.
—O sea —dije— que quieres que trabaje para ti.
—Quiero cansarme menos —dijo, con una honestidad que me desarmó más que cualquier halago.
Y ahí estaba. La salvación no venía a salvarme; venía a ahorrarse un esfuerzo, y de paso, sin proponérselo, sin que le importara lo más mínimo, me sacaba de una habitación en la que llevaba media noche resolviéndole la vida a un medio demonio y sin resolver la mía.
Un sitio adonde ir. Una manera de comer que no pasaba por ninguna lista, ni ventanilla, ni ciudad que me mirara como a un cuchillo.
Fuera. Lejos. Donde a lo mejor podía tocar cosas sin que se rompiera nada que me importara.
Llegaba demasiado a punto para fiarse. La cogí precisamente porque llegaba a punto. Un cobarde sin tercera columna en la cuenta no interroga a la puerta que se abre; entra, y ya preguntará luego.
Dije que sí antes de que terminara de ofrecerlo.
La gata recibió el sí como reciben los gatos todo lo que se les concede: como si ya fuera suyo desde antes. Volvió a lamerse la pata. Y luego, sin levantar la vista, con el tono de quien añade una cláusula menor a un trato ya cerrado, dijo:
—Y si me vais a acortar la jornada, algo tendréis a cambio. —Terminó con la pata, la posó—. Podéis llamarme Daggis.
Daggis.
Sonaba a algo pequeño que corta. Le pegaba más que a cualquiera que yo hubiera nombrado en voz alta desde que caí a este mundo, y no supe decir por qué, ni me atreví a mirar mucho rato la sensación de que acababa de recibir algo más grande de lo que la palabra pesaba.
—¿Puede venir él? —pregunté, y señalé con la barbilla a Sarn.
Y me di cuenta, al oírme, de que acababa de tirar por tierra media noche de generosidad en tres palabras. Porque resulta que en cuanto se abría la primera puerta hacia fuera, lo primero que yo hacía era llevármelo conmigo, que es exactamente lo contrario de dejarlo a salvo.
Daggis miró a Sarn. Miró el cuchillo que asomaba debajo del trapo. Volvió a mí.
—Si despieza —dijo—, viene.
Y Sarn, desde su rincón, con esa voz ronca a la que hasta la sorna le da pereza, dijo lo primero que le oía decir en toda la noche:
—Despiezo.
Salimos con la primera luz, antes de que la ciudad terminara de despertarse y le diera tiempo a mirarnos, y la primera cosa que noté al dejar atrás la última puerta no fue el aire, ni el campo, ni nada que se pudiera pintar. Fue que dejaba de dolerme mirar.
No sé explicarlo mejor. En la ciudad, forzar la vista era meterse en una discusión.
Cada cosa tenía su palabra clavada encima, remachada por tantas bocas y tantos siglos que leerla era como empujar una pared: el mundo entero apretado, tenso, defendiéndose de que lo miraran demasiado.
Salías con dolor de cabeza de andar por una calle.
Y no me había dado cuenta de cuánto pesaba hasta que dejó de pesar.
Porque según subíamos, el mundo se aflojaba.