Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 6 — Palabras pequeñas #3
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Capítulo 6 — Palabras pequeñas #3

Yo lo vi. No fue un trazo largo. No fue una frase. Fue casi el gesto de espantar una mosca, si la mosca estuviera pegada a la pared y hubiera que espantarla desde el aire de un solo movimiento. Un arco corto. Preciso. Terminando exactamente donde tenía que terminar y no medio dedo más allá.

Y la piedra volvió.

No fue lento y no fue rápido. Fue lo justo.

Los cascotes del suelo se levantaron todos a la vez, sin prisa, sin tembleques, y fueron entrando en el hueco por donde a cada uno le tocaba, y donde no había cascote que devolver el muro se estiró y se completó, no como cosa nueva sino como quien recuerda haber estado entero.

Cuando terminó —cuando cae volvió a decir no en toda la superficie, y sostiene volvió a estar puesto donde había vuelto a haber piedra— la fachada era una fachada.

No una fachada arreglada. Una fachada entera.

Como si nunca hubiera dejado de serlo. Y esa era la parte cara: no la reparación, sino que quedara sin cicatriz, sin que otro profesional pudiera decir mañana “aquí ha habido trabajo”.

Ella no había cerrado una herida. Había convencido a la piedra de que la herida nunca había existido.

Bajó la mano. Se limpió el dedo con un pañuelo, más por costumbre que porque hiciera falta. Le hizo un gesto muy pequeño al de la tablilla, que apuntó algo. Alguien de la distancia respetuosa se adelantó a pagar. Se fueron.

Yo me había quedado quieto en mitad de la plaza, con Sarn dos pasos detrás caminando como no debía y el dedo mío palpitándome debajo del vendaje. No hablé. No podía. Porque acababa de ver el mismo dedo mío, y el mismo gesto mío, hecho bien.

Y la diferencia entre lo bien hecho y lo mío no era que ella supiera “más”.

Era que ella sabía exactamente cuándo levantar el dedo y exactamente cuándo bajarlo, y exactamente hasta dónde.

Yo había repasado el corta varias veces porque tenía miedo de que no aguantara.

Yo había apretado el sirviente porque me molestaba.

Ella había puesto el dedo una vez, en el punto exacto, y no había puesto ni una gota de tinta más de la que hacía falta.

Yo tocaba una cosa entera con la palma abierta. Ella tocaba una letra con la punta.

Me quedé mirando el hueco donde había estado hasta que Sarn —con esa nueva docilidad suya que ya no sabía si era intuición suya o de la etiqueta— me tocó el codo y me indicó, con el gesto pequeño y competente de quien está en su papel, que había que seguir andando.

Le dejé. Andamos. Pero yo iba pensando en el arco corto.

La posada olía a lo mismo de la noche anterior, y por primera vez en la ciudad hubo un instante, al entrar, en que reconocer un olor me pareció una hazaña personal. Ya iba siendo de aquí. En pequeño, con desgana, con reservas.

La cocinera nos miró llegar. Contó los paquetes con los ojos. Contó a Sarn.

Y se paró.

Se paró un segundo entero, con el trapo en la mano, mirándole el cuello.

Le vi los ojos ir de la placa a la cara de Sarn a la placa otra vez, y le vi cerrar la boca en una línea que no era la sonrisa amable de las veces anteriores.

Fue una línea corta y muy plana, la línea del profesional que ha visto una chapuza que no esperaba ver.

Miró a Sarn. Le hizo con la barbilla el gesto pequeño de sube , y Sarn subió sin decir nada, con su nueva docilidad, cargando la ropa nueva doblada mejor de lo que yo había doblado nada en mi vida.

Me miró a mí.

—¿Qué has hecho?

No fue enfado. Fue algo más útil que el enfado: fue miedo.

Muy contenido, muy profesional, del tipo que se guarda debajo de la ropa y no se enseña, pero que se le nota a la cocinera en el fondo de los ojos cuando le mira a uno como si acabara de encontrar un cuchillo demasiado afilado encima de la mesa de la cocina.

—Un poco —dije.

Ella cerró un segundo los ojos. Los abrió.

—Sube. Cena en la habitación. Que no baje él hasta mañana. Y hazme un favor: no mires a la calle desde la ventana.

No me explicó por qué. Ya no lo hacía nunca.

Subí. Sarn estaba dejando la ropa doblada en la cómoda con una competencia que a Sarn no le correspondía.

Cerré la puerta. Puse el cuchillo encima de la mesa y le puse encima un trapo y encima del trapo un cuenco de barro.

Me senté en la cama. Sarn se agachó a desatarme las botas sin que se lo pidiera.

—Sarn —dije.

—Estoy.

—Siéntate.

Se sentó. En el suelo, contra la pared, en su postura de siempre.

Solo que con los hombros dos dedos más bajos que antes, y las manos por delante en la nueva forma, y la cara todavía con ese desconcierto pequeño del que ha releído tres veces la carta dirigida a otro por si acaso, y no, no era para él.

Le miré un rato. Él me miró un rato. Ninguno de los dos dijo nada.

Fuera, en algún sitio de la calle, sonó una campana. No la miré. Y por primera vez desde que había cruzado la grieta pensé, con esa claridad fría que a veces me viene tarde, que la ciudad no era peligrosa por lo que la ciudad me hiciera.

Era peligrosa por lo que yo iba a hacerle a la ciudad, sin querer, todos los días, hasta que alguien viniera a explicarme por las malas cómo se paraba.