Capítulo 6 — Palabras pequeñas #2
Comimos. En otro puesto, uno más abajo, más humilde, donde había una mujer con cara de estar tan cansada como su cocina y unas tortitas de algo rellenas de otro algo, y esta vez no le dijeron a Sarn que saliera, esta vez le dieron un plato aparte sin dirigirle la mirada y le señalaron un banquito bajo pegado a la fachada, y Sarn se sentó ahí sin protestar y comió.
Comimos los tres en silencio —yo, él y la mujer del puesto, cada uno mirando en una dirección distinta y masticando la suya.
Anduvimos otro rato así. El dedo vendado con un jirón de una camisa que ya no me quedaba. El cuchillo cuidadosamente guardado en el fondo del zurrón, envuelto en una tela sobre otra tela para no seguir estropeándome ropa. Sarn dos pasos detrás. La ciudad haciendo su ruido.
Y por un rato —porque uno confunde el silencio con la sensatez y siempre lo confunde tarde— pensé, casi sin pensarlo, que ya estaba. Que había hecho la tontería del día. Que con eso, el susto y la lección, alcanzaba.
Pensarlo fue el error. Lo demás vino solo.
Fue caminando. No hubo pausa, no hubo decisión.
Íbamos por una calle más ancha que las anteriores, y a Sarn le tocaba, como siempre, ir dos pasos detrás, con la placa del collar cogiendo cada dos por tres la mirada de un transeúnte.
Y yo, con el dedo palpitándome un poco debajo del vendaje y la cabeza todavía en el corta remarcado, iba mirando el mundo como se mira después de haber aprendido un truco: sin poder no aplicarlo.
Miré el collar de Sarn.
Fue un instante. Uno. Estaba mirando, y de pronto estaba forzando la vista, y de pronto tenía delante la escritura entera del collar como si tuviera un renglón puesto encima.
Mi nombre y mi título colgando en la placa, y por debajo, en el cuero, la etiqueta gremial de la escribana: sirviente .
Y estaba, ahí donde estaba, escrita con la misma mala gana con que se escriben las cosas por docenas —un trazo basto, tumbado hacia la derecha, con la caligrafía de quien mete diez por hora y no gasta pluma buena.
Ni siquiera era un sirviente bien puesto.
Era un sirviente chapucero, de los que se ponen porque cualquier palabra vale para lo que no importa.
Levanté el índice, el mismo con el que había repasado el cuchillo, todavía vendado.
No me detuve a pensarlo. Lo cual, visto en retrospectiva, es un tema recurrente.
Pasé el dedo en el aire por encima del cuero del collar, siguiendo la palabra sirviente con la torpeza de siempre y esta vez, además, con una intención pequeña y estúpida que no me atrevo del todo a nombrar.
Aquella palabra estaba mal escrita para Sarn.
Yo lo sabía. No se echa a nadie de un puesto de masa frita como si Sarn fuera lo que ponía en su cuello y no lo que era en su cara.
Repasé el trazo. Repasé más limpio. Repasé más firme.
Sin cambiar de palabra —yo no sabía cambiarla, yo no sabía qué había ahí para cambiar—, apretando solo el modo de escribir la que ya estaba, más elegante, más de despacho, menos de “esto que sale por docenas para el gremio”.
Y la palabra se movió.
No cambió de familia. Se afinó dentro de ella misma, como cuando uno vuelve a escribir “corriendo” y le sale “corriente”, que no es lo mismo pero se parece.
sirviente derivó a otra forma más apretada, más útil, más limpia.
Yo no la leí —nunca supe qué palabra dejé puesta—.
Sé solo que en la placa, donde antes había una etiqueta bruta y barata, había ahora una palabra que se leía con más cuidado.
La caligrafía era mejor de lo que yo había escrito en mi vida, cosa que ya de por sí debería haberme preocupado.
Bajé el dedo.
Sarn se paró en seco.
Se llevó la mano al cuello, por debajo del collar.
No lo tocó. Solo la puso ahí, como se pone la mano donde a uno le acaba de picar algo pequeño e importante.
Me miró. Y en su cara, por primera vez desde que le conocía, había algo que no era resignación ni sospecha ni intuición pequeña.
Era desconcierto puro. La cara de quien acaba de recibir una carta dirigida a otro.
—¿Qué has hecho? —dijo. Bajo. Sin acritud. Solo desconcertado.
—No sé.
—¿Has hecho algo?
—No sé, Sarn. Un poco.
Se pasó la mano otra vez por el cuello. Hizo con la boca ese gesto pequeño que hacen algunas personas cuando están intentando recordar una palabra que se les acaba de escapar. Y de repente, muy despacio, empezó a andar de otra manera.
No mucho. No una diferencia que hubiera notado un desconocido.
Pero yo, que llevaba dos semanas mirándole, la vi entera: bajó los hombros dos dedos, subió el mentón uno, cambió la postura de las manos —de “las tengo por delante porque no sé dónde ponerlas” a “las tengo por delante porque las llevo así para trabajar”—, y de pronto ya no caminaba como el medio demonio que iba dos pasos detrás.
Caminaba como alguien que sabía muy bien dónde iba y qué hacía cuando llegara.
Un hombre pasó a nuestro lado, le echó a Sarn la mirada rutinaria del collar, la retiró y volvió a mirarle, esta vez a la cara. Frunció el ceño. Siguió andando, pero más despacio, con esa lentitud incómoda del que quiere pararse a pensar sin dejar de moverse.
Más adelante, dos mujeres cargando cestos se giraron a la vez sin ponerse de acuerdo. La una miró la placa, la otra miró a Sarn, y en el medio segundo en que se cruzaron la mirada dijeron con los ojos exactamente lo mismo, que era: ¿este?
Un chico se paró en la esquina y no siguió.
—Sarn —dije—, ven. Por aquí.
Lo agarré por la manga, por no tocarle: bastante me había lucido ya por hoy. Y lo tiré hacia una calleja lateral. Sarn se dejó llevar con una docilidad nueva que no le venía del susto sino, muy probablemente, de la palabra que le acababa de poner yo encima.
La calleja era más estrecha y más sucia.
Olía a col cocida y a otra cosa por debajo que preferí no identificar.
No había casi nadie. Un gato me miró y siguió a lo suyo.
Un tendero recogía cajas y no levantó la cabeza.
Anduvimos rápido, con la torpeza de la huida disimulada: no puedes huir en línea recta en una ciudad que no conoces, tienes que huir como quien está paseando por una ruta pintoresca que ha elegido a propósito.
—Sarn —dije, sin girarme.
—Estoy.
—No hables con nadie si te preguntan.
—No.
—Y camina un poco peor.
Hubo un silencio en el que Sarn, muy probablemente, intentó procesar aquella orden.
—¿Peor cómo? —dijo al fin, con una cortesía que le hubiera sido imposible cuatro calles antes.
—Como antes. Encorvado. Como si te doliera algo. No sé. Peor.
—No sé si puedo —dijo, y por primera vez en dos semanas noté en su voz algo que casi era humor, ese humor seco y polvoriento que se me estaba pareciendo demasiado al mío—. Ahora me sale así.
—Pues déjalo. Camina como puedas. Pero no me mires con esa cara de secretario.
Doblamos dos veces más. Salimos a una plaza pequeña, con una fuente en el medio y una fachada grande al fondo, y yo, que había estado eligiendo la dirección al azar con la única regla de que las calles fueran cada vez más estrechas, me di cuenta demasiado tarde de que aquella plaza no era pequeña por ser pobre.
Era pequeña por ser central. Y la fachada grande del fondo tenía un balcón arrancado, cascotes en el suelo, y a dos personas en pie delante de ella.
Una mujer y un hombre. Ella, en ropa buena —no rica; buena, que es otra cosa, es ropa que no se ensucia porque no la dejan. Él, más joven, con una tablilla en la mano, mirándola a ella y no a la piedra.
Ella miraba la piedra.
Miraba con las manos por delante, sin tocarla todavía, la cabeza un poco ladeada.
No había público. Había, sí, un puñado de personas paradas a una distancia respetuosa —la clase de distancia que se guarda ante los profesionales caros—, pero no había ni murmullo ni codazos ni admiración de bocas abiertas. Solo espera.
Yo forcé la vista. Y me faltó vista.
Era demasiado. La piedra llevaba encima tantas palabras y tan bien puestas — resiste , sostiene , pesa , carga , cae allá donde ya no había piedra— que mi mirada se resbalaba por ellas sin poder posarse.
Era como intentar leer un texto muy pequeño mientras alguien te empuja la cabeza.
Yo veía renglones. No podía leer letras.
Ella sí. Ella estuvo un momento respirando delante de la piedra, con esa quietud que no es quietud sino trabajo.
Y cuando levantó la mano derecha lo hizo con una economía que era casi ofensiva: la subió a la altura del pecho, extendió el índice —el mismo dedo con el que yo acababa de repasar chapuceramente dos cosas—, y trazó, sobre la piedra, sin tocarla, un solo gesto.
Un gesto.