Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 6 — Palabras pequeñas
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Capítulo 6 — Palabras pequeñas

La cocinera nos echó a la calle a media mañana con una lista que en ningún momento me dijo entera, sino a plazos, según le convenía.

Ropa para ti. El cuchillo, que da pena. Y sacar a este —a Sarn— que si no se queda encerrado se pone raro.

Y seguro que decía la verdad, aunque yo sospecho que sacarme a mí también era parte del programa, porque a mí encerrado se me nota más rápido.

Salimos con lo justo. Yo, la ropa hecha jirones que había traído del bosque y unas cuantas monedas contadas dos veces.

Sarn, el collar y una capucha nueva —cortesía de la cocinera, que había sacado la capucha de un baúl con la mano izquierda mientras con la derecha me estaba sirviendo el desayuno, sin decir por qué la tenía—, y esa quietud suya que a la luz de la calle parecía menos quietud y más un modo de estar despierto que había aprendido para pasar desapercibido.

La ciudad, de día, no era menos ciudad. Era otra ciudad.

Había gente por todas partes, cargando cosas, empujando cosas, gritándose por cosas, y todos parecían saber adónde iban con una seguridad que me pareció un idioma más difícil que ninguno de los que había intentado aprender hasta entonces.

Yo caminaba haciendo lo único que se me da bien en sitios que no conozco: fingir que sabía adónde iba.

Sarn iba dos pasos detrás. La distancia oficial. Cada tercer transeúnte volvía la cabeza medio segundo hacia la marca del collar, la comprobaba y apartaba la mirada. Nadie decía nada. Era la cortesía de la indiferencia: la ciudad me estaba dejando en paz porque me había clasificado.

Casi lo agradecí. Casi.

El primer sitio donde intentamos entrar era un tenderete de esos que huelen a masa frita y venden cosas envueltas en hojas.

Llevaba dos días sin comer a gusto y sin la cocinera de por medio: el tiempo justo para que mi estómago me recordara lo mucho que me gustaba la masa frita.

Metí la cabeza dentro y ya estaba pidiendo cuando la mujer del mostrador miró por encima de mi hombro y dijo:

—Fuera él.

No como quien echa. Como quien informa.

Miré atrás. Sarn ya estaba retrocediendo antes de que yo terminara de mirar. Se colocó a la izquierda del vano, contra la pared, con las manos juntas por delante. Nadie le había dicho dónde ponerse. Se había puesto ahí porque era el sitio de estar puesto.

Comí de pie, fuera, mirándole, ofreciéndole la mitad. La cogió. Comió. Me miró. No dijo gracias. En su idioma, comer lo que se le da es agradecerlo.

—Habrá que hacer algo con eso —dije, señalando el collar con la barbilla.

—No —contestó él, y no aclaró.

Yo no le hice caso, cosa que aprendería a lamentar hacia media tarde.

El taller estaba en un callejón que olía a humo desde tres calles antes, y el suelo del callejón estaba tan gastado de pisadas que parecía que a fuerza de aguantar herraduras había decidido convertirse un poco en herradura él también.

Dentro había calor y ruido. Un chico daba a un fuelle con la cara roja.

Un hombre mayor, no gordo, no flaco, con la piel de esa clase que ya no envejece porque no le queda nada que envejecerse, martillaba una barra sobre un yunque.

Y a cada golpe la barra reverberaba una palabra que no era del herrero.

Estaba en la barra.

Yo lo vi. Lo vi con la vista forzada que había aprendido en el bosque, esa que ya se me disparaba sola en cuanto un objeto se ponía por delante durante más de dos segundos.

La barra llevaba escrito, torpe, agotado, gris de tanto haber estado sin uso, un aguanta que había ido a menos con los siglos, como se van los rótulos pintados sobre madera vieja.

El herrero le pegaba, y con cada golpe el aguanta daba un temblor mínimo, se afirmaba una gota, y volvía a asentarse un poco más limpio.

El herrero no lo estaba diciendo. El herrero no rezaba, no cantaba, no soplaba palabras al metal.

El herrero pegaba. La palabra estaba en el hierro, no en él.

Él solo tenía el oficio de irla despertando, un golpe cada vez, con la paciencia de quien ha visto suceder eso tantos años que ya no le sorprende que suceda.

Me quedé mirando aquello más rato del que hubiera sido educado.

No es que fuera espectacular. Era casi lo contrario.

Era, de todas las magias posibles que uno pudiera imaginarse en un taller, la más aburrida y la más ordinaria: un hombre pegándole a un metal, y el metal recordándose despacio a sí mismo.

Y sin embargo yo, ahí de pie, con las manos en los bolsillos y la boca un poco abierta, entendí algo que había estado dando vueltas por mi cabeza desde el primer día de bosque sin ponerse en palabras.

Entendí que la magia, tal como yo la había leído hasta entonces —lo del peluche, lo del asesino de la hierba— no era una cosa aparte del mundo.

Era el mundo. Todo, absolutamente todo, llevaba palabras encima, y los oficios eran la costumbre de tocarlas: el herrero tocaba aguanta , la cocinera tocaba arde sin saber que la tocaba.

Mil dedos ligeramente puestos sobre mil palabras ligeramente escritas.

—¿Qué? —dijo el herrero, sin mirarme.

Yo di un respingo. Le tendí el cuchillo, el mismo que había traído del bosque, con la hoja mellada y la empuñadura remendada.

—Filo. Y lo que veas.

Lo cogió. Lo miró como se miran los papeles del vecino que uno ha decidido no leer. Lo metió al fuego, lo martilleó tres golpes, lo pasó por la piedra, lo mojó, lo secó, lo devolvió por la empuñadura. La operación entera duró menos de lo que había durado mi contemplación filosófica del yunque.

Le pagué. Salimos. En la funda, el cuchillo era un cuchillo arreglado, con el filo devuelto y nada más —el corta que llevaba encima había subido de tono, de una insignificancia gris a una insignificancia un poco menos gris, porque el herrero había trabajado bien y el herrero no hacía milagros—.

Pero yo llevaba una idea nueva en la cabeza. Y las ideas nuevas, en mí, son casi tan peligrosas como los cuchillos.

En un rincón de la calle siguiente, medio ocultos por un carro parado, me detuve. No para pensarlo. Uno no piensa las tonterías: uno las hace y luego intenta explicárselas.

Saqué el cuchillo. Lo apoyé sobre la mano izquierda, con la hoja hacia arriba.

Forcé la vista. Ahí estaba corta , todavía tibio del arreglo, un tono más firme que antes de entrar al taller.

Y ahí estaba, sobre todo —y esto era lo que llevaba media hora rondándome desde el yunque—, el sitio de la hoja donde la palabra se apoyaba, ese renglón mínimo que iba por el borde del filo como una tinta muy fina y muy gastada.

Lo veía. No entero. Pero lo veía. Sabía dónde estaba.

Levanté el dedo índice de la mano derecha, con la torpeza obscena del que no sabe nada de nada pero se acuerda de haber visto a alguien hacer algo, y lo pasé despacio, en el aire, sobre el filo, siguiendo el renglón.

No lo toqué. Ni el dedo tocó la hoja, ni la punta rozó el metal.

Solo, encima, a un dedo escaso de distancia, remarqué en el aire el trazo de la palabra.

Torpe. Sin caligrafía. Como quien repasa con el dedo una letra dibujada en el vaho de un cristal —sin saber si repasa bien, sabiendo solo por dónde va la letra.

La palabra respondió.

No sonaron campanas. No hubo chispa. Simplemente, debajo de mi dedo, corta se apretó.

No se afiló. Se apretó. Como se aprieta un puño alrededor de una cosa que ya era firme y no necesitaba que la apretaran más.

Repasé una segunda vez —fue tozudez, esa mía de comprobar que las cosas están firmes tocándolas por segunda vez— y corta se apretó otro tanto, y otro, y de pronto, sobre la hoja tibia del cuchillo, la palabra tenía el aspecto de una letra remarcada con lápiz tres veces sobre el mismo trazo: gorda, negra, casi pesada, con más tinta encima que hoja debajo para sostenerla.

Bajé el dedo. Miré el cuchillo con una satisfacción idiota que me duró exactamente lo que tardó Sarn en tocarme el codo, muy suave, y decir:

—Guarda eso.

Miré la hoja otra vez. El metal era el mismo metal remendado por el herrero.

La palabra encima ya no le correspondía a aquella hoja.

El desequilibrio se leía. Se leía tan bien que hasta yo, con mi vista de aficionado, lo notaba: la palabra tirando hacia un lado —una palabra prestada de un cuchillo bueno, o de otro que nunca hubo—, el hierro modesto tirando hacia el otro, y en medio una tensión que no sabía hacia dónde iba a soltarse.

Pasé el índice por el filo, muy en el centro, muy despacio, para ver.

Se me llevó la piel sin que yo sintiera hacer fuerza. Un tajo limpio, pequeño, sin dolor todavía, como cuando uno se corta con el borde de un papel y tarda un segundo en entender qué acaba de pasar.

—Ah —dije, muy inteligentemente.

Me metí el dedo en la boca. Guardé el cuchillo. Miré a Sarn, que había mirado toda la escena sin decir palabra, con esa cara suya de estar acostumbrado a espectáculos peores.

—No lo digas —dije.

—No iba a decir nada.

—Ya. Pero estabas pensándolo.

—Estaba —admitió.

La tienda de ropa vieja no tenía cartel.

Era la ropa la que la anunciaba, colgada de las jambas y colgada del techo por encima del vano, y colgada además, de manera más informal, del dependiente, que llevaba encima cuatro chaquetas puestas una sobre otra porque no tenía dónde meterlas y porque, dijo cuando pregunté, “abrigan mejor así que en el fondo del baúl”.

Regateé mal. Regateo siempre mal, incluso en mi mundo, donde por lo menos sé qué vale una cosa y qué no. Aquí no sabía ni si las monedas que ofrecía eran mucho o poco, y el dependiente lo notó a los tres primeros números, y a partir de ahí me estuvo desplumando con una dulzura casi paternal.

Salí con una casaca sin agujeros, unos calzones sin agujeros, dos camisas sin agujeros, un chaleco con un solo agujero pero muy discreto, y un par de calcetines de lana gruesa que le vinieron mejor a Sarn que a mí y que, sin decirle nada, le metí a Sarn en la bolsa cuando pasé por su lado.