Capítulo 5 — La ventanilla
Uno se imagina, después de dos semanas de barro, que la civilización va a hacer algún esfuerzo por parecerse a lo que uno recordaba de ella.
Que va a haber, no sé, una campana. Un arco.
Alguien con un uniforme mirándote las manos por si llevas ampollas de las buenas, esas que salen debajo de otras y que ya no duelen porque uno ha renunciado a que duelan.
La civilización, por lo visto, tiene otras prioridades.
Lo primero que vi de la ciudad fue un tablón.
Un tablón enorme, remachado a una fachada de piedra como si la fachada fuera la excusa y el tablón el motivo, cubierto de renglones apretados unos sobre otros, tachados, reescritos encima de la tachadura.
Ofertas de trabajo. Avisos de deuda. Un par de caras dibujadas con una mano tan mala que era casi hostil, bajo la palabra BUSCADO, retocadas tantas veces que ya no se sabía si las buscaban vivas, muertas, o simplemente por dar la lata.
—Bienvenido a la civilización —dijo la cocinera, sin mover un músculo de la cara.
En ella, eso es prácticamente amabilidad.
Sarn no dijo nada. Sarn miraba el tablón con la cara de quien lleva toda la vida sabiendo que en algún sitio hay una línea reservada para él, y que esa línea, cuando le toque, no va a ser amable.
La gata, arriba de la carreta con la elegancia obscena de no haber caminado un solo paso de las dos semanas que el resto llevábamos en las botas, bostezó.
La partida se disolvió delante del tablón, sin ceremonia.
Cada uno a lo suyo, sin adiós y sin gracias, porque en dos semanas nadie había malgastado ninguna de las dos cosas en mí y no iban a empezar ahora.
El veterano ni me miró. La maga sí, un segundo, con esa mirada suya de tomar nota, y siguió.
El único que hizo algo fue Octavo, que me apretó el hombro dos veces con una manaza tibia y sucia y siguió andando sin volverse.
—El que no pasa por el mostrador no cobra —dijo la cocinera—. Vamos.
La seguimos. Yo porque llevaba dos semanas siguiéndola. Sarn porque no tenía otra cosa que seguir. La gata porque le convenía.
El Gremio no tenía nada de heroico, y eso, después de dos semanas dejándome sospechar a ratos —muy tímidamente, con vergüenza, lo juro— que a lo mejor yo era, no sé, alguien, dolió con una precisión que no me esperaba.
Nada de estandartes. Una sala grande, mal ventilada, con ese olor a tinta y a sudor de todas las oficinas de todos los mundos.
Ventanillas. Cola. Gente con cara de estar discutiendo el mismo argumento por décima vez.
Se parecía tanto a la oficina de correos del barrio de mi madre que por un momento pensé que la grieta me había devuelto por otro sitio.
Cuando me tocó, la mujer del otro lado no me miró. Miró un papel.
—Nombre.
—Kato.
Escribió.
—Oficio.
Se lo dije. Escribió sin comentario. Me pagó lo que me tocaba de la expedición, una cantidad tan pequeña que la conté dos veces por si me estaba equivocando yo, y no me estaba equivocando yo.
—Siguiente.
No me moví.
—Falta él —dije, señalando a Sarn con la barbilla.
La mujer levantó la vista por primera vez. Le miró. Le miró un segundo entero, cosa que a mí no me había dedicado.
—Ese no entra —dijo, y volvió a bajar los ojos al papel—. Los medio demonios no entran solos.
Se hizo un silencio. No en la sala; en la sala nadie se enteraba de nada. El silencio fue mío.
—Entonces cómo…
—Con amo. —Ni levantó la vista—. O fuera. ¿Es tuyo?
Y ahí estaba. Sin rodeos, sin nada que descifrar, a la vista de todos. La ciudad me estaba haciendo la pregunta con la misma cara con que se pregunta el segundo apellido.
Miré a Sarn. Sarn miró al suelo.
—Sí —dije—. Es mío.
La palabra salió de mi boca como sale una moneda de una máquina tragaperras: sonora, torpe, y con la sensación inmediata de que acababa de perder algo mayor de lo que había metido.
La mujer abrió un cajón lateral. Del cajón sacó un collar.
No un objeto ceremonial: un collar barato, funcional, de cuero fino y una placa de metal delgada, sin adornos, del tipo que se compra por docenas.
En el cajón había más, apilados. Eso era lo peor.
Los usaban tanto que ya no gastaban un cajón entero para ellos, sino una esquina de otro cajón.
Lo puso sobre el mostrador y lo empujó hacia Sarn.
Sarn lo cogió. Lo cogió sin mirarme, con las dos manos, con una lentitud que no era protesta ni resistencia sino esa forma que tienen algunos gestos de contener un cuerpo entero para que no haga otra cosa.
Se lo puso él mismo. Sabía cómo. La hebilla era pequeña y estaba a la espalda, y él la abrochó como quien se abrocha un cinturón que no le gusta.
La mujer no lo miró en ningún momento. Me miró a mí.
—El título.
—¿Perdón?
—El tuyo. Se graba el del amo. Repítelo.
Lo repetí. Lo repetí bajo, porque no me apetecía decirlo en voz alta y menos con la fila entera detrás y menos aún sabiendo dónde iba a acabar. Pero lo dije. Nombre. Oficio. Grado.
La mujer cogió una pluma con una punta más gruesa que las otras. La mojó en un tintero pequeño que no había visto antes, más oscuro, casi negro. Se inclinó por encima del mostrador hacia Sarn y, con la punta de la pluma, tocó la placa metálica del collar. Solo la tocó. Una vez.
En la placa aparecieron letras, sin más.
Nadie las escribió, o más bien las escribió el tocar, y a mí, que llevaba dos semanas aprendiendo a mirar palabras encima de las cosas y creyendo que ya me había acostumbrado, se me hizo un nudo pequeño en la garganta, porque de aquellas otras palabras uno podía apartarse. Estas iban en el cuello de alguien.
Se leían bien. Se leían del todo, sin forzar la vista. Mi nombre. Mi oficio. Mi grado. Escritos en la placa que colgaba del cuello de Sarn como se escribe el nombre en el collar de un perro.
Kato. Cazador de una sola presa.
Ahí estaba. Todo lo que la ciudad había leído en mí, resumido y grabado y colgando del cuello de otro.
Y entonces las letras hicieron algo raro.
Fue muy corto. Muy poco. Un temblor. Como si en el momento de asentarse en la placa, mi nombre no quisiera del todo.
Las letras chisporrotearon un instante en el borde, empujaron hacia dentro y hacia fuera —el collar apretó, Sarn abrió la boca sin decir nada, la volvió a cerrar—, y volvieron a su sitio, un poco más apretadas, un poco más juntas, como si al mundo le hubiera costado leerme lo suficiente para escribirme ahí.
La mujer lo vio. Lo sé porque le vi la mano detenerse un segundo con la pluma en el aire. No dijo nada. Lo apuntó en el papel, en la casilla pequeña que no llegué a ver, y siguió.
—Fuera.
Nos fuimos. En la calle, ya con la puerta a nuestra espalda, Sarn se pasó la mano por el cuello por debajo del collar, sin sacárselo, solo para separarlo un poco de la piel, y dijo, muy bajo, hacia el suelo:
—Menos mal.
Lo dijo con el tono exacto con que se dice “gracias” en un idioma donde la palabra “gracias” no existe y hay que decir otra cosa parecida. No lo miré. No sabía qué habría hecho con mi cara si lo hubiera mirado.
La cocinera iba delante, cortando calle, señalando cosas sin volverse —aquel es el mercado bueno, aquel el mercado malo, aquella iglesia no es iglesia— con esa voz suave y práctica que era la misma que usaba con la lumbre en el campamento para que ardiera un poco más.
Nos paró en un puesto de algo frito. Compró tres cosas envueltas en papel graso, me puso una en la mano, le dio otra a Sarn sin mirarlo.
Yo mordí la mía enseguida, porque el hambre no tiene segundas intenciones.
Estaba muy buena. Con esa clase de gloria de la primera bocada de comida real después de dos semanas de trabajo, que te descuelga la mandíbula un instante y te recuerda que sigues siendo un animal.
Sarn caminaba dos pasos por detrás. Físicamente había caminado así antes, también, pero antes era voluntario. Ahora era la placa.
Cada vez que pasábamos junto a alguien que sí sabía mirar, notaba la mirada bajar hasta el cuello de Sarn, quedarse ahí el tiempo exacto que se tarda en leer tres palabras, y volver a su asunto.
En ninguno de esos ojos vi nada especialmente cruel.
Era peor: era rutinario. La gente leía y seguía. Como en un cartel de calle.
En algún punto de aquella calle, la gata saltó al suelo desde donde fuera que se había subido, pisó el adoquín con el desprecio elegante de quien pisa un mundo que no está a su altura, y desapareció entre dos puestos sin volverse.
—Ya volverá —dijo la cocinera—. Siempre vuelve.
No sonó tranquilizador. No estoy seguro de que lo pretendiera.
La posada apareció sin anuncio, en una calle más estrecha que las otras. Un cartel torcido. Una puerta que había recibido más golpes de los que había dado. Y en el aire, ese olor a caldo, a leña y a ropa lavada que en cualquier idioma del universo se traduce como “aquí puedes soltar los hombros”.
Solté los hombros. No del todo.
El posadero era un hombre gordo, no gordo cómodo sino gordo cansado. Nos miró llegar por encima del mostrador con el ojo derecho contando bolsillos y el izquierdo contando problemas. En Sarn no se le fue al izquierdo: se le fue directamente al cuello.
Leyó. Yo le vi leer. Le vi terminar de leer. Le vi decidir.
—En la esquina —dijo, sin mirar a Sarn, señalando con la barbilla un rincón junto a la puerta de la cocina—. Sin ruido. Y sin subirse a las sillas.
Sarn asintió. No pareció ofenderse. Fue a la esquina y se sentó en el suelo, no con dramatismo, no con dignidad herida, simplemente con la naturalidad de quien conoce el sitio antes de habérselo enseñado nadie.
Se rodeó las rodillas con los brazos. Bajó la cabeza.
Y se quedó ahí, con la placa colgándole a la luz, mientras el comedor seguía a su ruido.
Yo, que estaba conociendo esa clase de humillación por primera vez, me ofendí en su lugar. Estuve un segundo, un segundo entero y muy tonto, a punto de decir algo. Algo tipo entonces nos vamos . Como si tuviera adónde.
No dije nada. La cobardía tiene, entre sus muchas ventajas, esa: te ahorra las escenas que no puedes permitirte.
Me senté en una silla que crujió. Fue el sonido más bonito del día. La cocinera me puso delante un cuenco de caldo humeante y un pan que no era pan de campamento sino pan pan, del que cruje al partirse y no al masticarse. Se sentó enfrente. No en la silla del cliente. En la silla de la casa.
No dijo nada. Comí.
El caldo estaba muy bueno. El pan estaba muy bueno. La silla seguía crujiendo cada vez que me movía y ese ruido, absurdamente, me estaba haciendo compañía.
Miré a Sarn dos veces. Tres. No pude evitarlo.
Estaba ahí, en la esquina, con la placa a la vista, como quien pasa la tarde atado a una puerta.
La gente entraba y salía y le echaba encima esa mirada rápida que se le echa a los perros ajenos —dos segundos, comprobación del collar, y a lo suyo—.
Nadie se paró. Nadie le habló. Nadie hizo nada.
Les importaba lo mismo o menos que una mascota, que era exactamente lo que la ciudad había decidido que era, y por primera vez en la tarde entendí que quizá aquello, por horrible que fuera, era también una forma de estar a salvo.
A las mascotas no se les mata en la puerta. A los medio demonios sueltos, sí.
La segunda vez que le miré tuve un momento raro.
Sarn levantó la cabeza un instante, no sé si porque notó la mirada o por casualidad, y me miró de vuelta a través del comedor.
No sonrió. Sarn no sonríe. Pero hubo algo en su cara —muy pequeño, muy contenido, casi imperceptible— que no era resignación.
Era otra cosa. Era la cara de alguien que lleva toda la vida haciendo la misma cuenta y ha empezado a sospechar, sin acabar de creérselo, que esta vez a lo mejor el número sale distinto. No mejor. Distinto.
Bajó la cabeza otra vez, y se le vio en el gesto que no quería que le hubiera visto la cara.
Volví al caldo. La cocinera seguía sin decir nada. Solo, en algún momento, sin dejar de mirarme comer, me llenó el cuenco otra vez.
Cuando terminé y ella se levantó a llevárselo todo, señaló con la cabeza una escalera al fondo, hizo un gesto con dos dedos —dos, arriba— y volvió a la cocina. Me puse de pie. Sarn me miró desde la esquina, esperando la orden que a él le tocaba esperar. Le hice un gesto pequeño con la mano. Vamos.
Se levantó. Vino. Subimos los dos por la escalera crujiente, uno detrás del otro, y por primera vez en muchas horas nadie miraba el cuello de nadie.
La habitación era pequeña, con una cama, un jergón en el suelo, una ventana estrecha.
Sarn miró el jergón como quien mira algo que no acaba de creer que sea para él, y no dijo nada, y se sentó en la esquina más lejana de la ventana, con las rodillas contra el pecho, otra vez en su postura.
Pero esta vez, en la esquina, con la placa medio escondida por los brazos y la habitación en silencio y nadie mirando, hizo algo que no le había visto hacer en dos semanas.
Cerró los ojos. Los cerró del todo. Se apoyó la cabeza contra la pared con la cautela de quien no está acostumbrado a apoyarla en ningún sitio.
Fuera, en algún sitio de la calle, sonó una campana. No la miré. Me quité las botas —un lujo—, me tumbé en la cama, y con la última mirada del día vi, sin quererlo, la placa colgándole a Sarn, todavía a la luz de la ventana, con mi nombre y mi título grabados en ella, indelebles.
Cerré los ojos. Sarn ya los tenía cerrados.
Alguno de los dos, sospecho, iba a dormir bien esta noche por primera vez en mucho tiempo.
No sé si era yo.