Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 4 — Lo que se queda en las uñas #2
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Capítulo 4 — Lo que se queda en las uñas #2

—Esa está aburrida —dijo la gata, sin mirarla apenas.

—¿Qué?

—Aburrida. Lleva ahí tres días sin que pase nadie. No espera. Se aburre. Es distinto. —Arrancó un fruto, lo olió, lo tiró—. La del claro tenía hambre y disimulaba. Esta ni eso. Esta ya ni disimula.

—Pero la palabra…

—La palabra la lees tú —dijo, y por primera vez me miró como si yo fuera, no listo, pero sí un instrumento con una función—.

Yo no leo. Yo he estado viva más veces de las que tú te has caído, y eso no se lee.

Eso se sobrevive. Tú ves lo que la cosa dice de sí misma.

Yo veo lo que la cosa va a hacer. No siempre es lo mismo.

—Se encogió de hombros, ya desentendida—.

Tú lees el idioma. Yo conozco a los vecinos.

Y se fue, como se va ella, dejándote con la sensación de que te han enseñado algo y de que si se lo agradeces te muerde.

Le di vueltas toda la noche, porque era importante y yo lo sabía aunque no supiera por qué.

Yo leo lo que las cosas dicen que hacen.

Ella sabe lo que las cosas hacen de verdad, por haberlas visto hacerlo mil veces.

No es lo mismo. Una cosa puede tener la palabra tensa y estar solo aburrida; puede decir una cosa de sí misma y hacer otra, no por mentir, sino porque las palabras no cuentan el estado de ánimo, solo la naturaleza.

Yo leo la naturaleza. Ella lee el momento.

Su experiencia y mi lectura no hacían una verdad entera, pero por primera vez se parecían a un mapa —dos mapas incompletos del mismo sitio, uno con los caminos y otro con las fechas, que solo servían de algo puestos uno encima del otro.

Sarn, en todo esto, siguió siendo Sarn. Cargaba a mi lado, callaba a mi lado, comía a mi lado.

No cambió conmigo cuando los demás empezaron a usarme, ni para bien ni para mal, y eso, que no cambiara, fue lo más parecido a un ancla que tuve.

Una vez, pasando cerca de un sitio que a todos nos puso el vello de punta —una zona de la maraña más oscura, más torcida, adonde no fuimos— lo miré, y él miraba el sitio con esa calma suya, y le pregunté si sabía qué había allí.

—No —dijo—. Pero sé que mata rápido.

—¿Cómo lo sabes, si no has entrado?

—Porque de ahí no sale nada con nombre —dijo—. Ni la gente que entra ni los bichos que viven. Todo lo que hay ahí dentro está tan mal escrito que ya no se le puede poner nombre a lo que queda. —Siguió andando—. Los sitios malos de verdad no solo te matan: te matan y nadie sabe cómo ni qué te mató.

No dijo más. No hacía falta. Sarn dice una frase cada tres días y por eso, cuando la dice, pesa como una losa. Guardé esa también, con las otras, en el sitio de dentro donde guardo lo que no entiendo del todo pero sé que voy a necesitar.

Y así, entre carga y mirada y frase suelta, se me pasaron las dos semanas, y en algún momento de la segunda dejé de aguantar bien y empecé a desear cosas.

Cosas pequeñas, humillantes de tan pequeñas.

Una cama. Una de verdad, con algo debajo que no fuera tierra.

Agua caliente —llevaba dos semanas oliéndome a mí mismo y a lo que carga uno cuando carga plantas que sangran savia caliente, y habría matado, con mi torpeza y todo, por meterme en agua que no estuviera fría.

Un techo. Una puerta que se cerrara y me dejara detrás, solo, sin nadie que me dijera “tú, mira eso”.

Empecé a soñar con esas cosas con una intensidad que no había puesto nunca en ningún sueño grande, y entendí una cosa sobre mí que igual es la más cierta de todas: que yo no quiero salvar el mundo ni entenderlo ni conquistarlo.

Yo quiero una ducha y que me dejen en paz.

Todo lo demás me pasa por no conseguir eso.

Y por eso, cuando la maga dijo que la cosecha estaba completa y que subíamos a venderla, y alguien dijo la palabra ciudad, se me encendió dentro una alegría idiota y desmedida, la alegría del que cree que ha terminado algo.

Ciudad. Camas. Agua. Techos. Puertas. Volvíamos al mundo firme, al mundo de las personas, donde las cosas son lo que dicen que son y no te matan por confundirte de arbusto.

Recogimos el campamento. Cruzamos por última vez el paso: la maga recitó, el aire se abrió, y salimos de la maraña al bosque de verdad, y en cuanto puse un pie en tierra firme lo noté: las palabras dejaron de temblar.

Forcé la vista sobre un árbol cualquiera y su palabra estaba ahí, quieta, firme, remachada, crece , sin dudar, sin contradecirse, sin hacerse la fuerte ni la muerta.

Aburridamente cierta. Y me dio un alivio físico, en el pecho, como cuando cesa un ruido que llevabas horas soportando sin saber que lo soportabas.

Se acabó lo torcido. Se acabó tener que leerlo todo por si me mataba.

Duró el alivio hasta que, al salir del último recodo del bosque, vi la ciudad.

Estaba abajo, en un valle, grande, amurallada, con humo de mil hogueras en vez de dos y un ruido que llegaba hasta arriba, un ruido de gente, de muchísima gente, el ruido más humano y más aterrador que había oído desde que caí.

Y por costumbre ya, sin querer, forcé la vista sobre ella desde lejos, buscando el temblor, buscando las palabras mal puestas, buscando de qué tenía que defenderme.

Y no temblaba nada.

Todo lo de allí abajo estaba escrito con una mano firmísima, apretada, remachada por siglos.

Las murallas, las puertas, la gente. Sobre todo la gente: cada uno con su palabra encima, negra, segura, cargada de cosas que yo todavía no sabía leer pero que se notaban muchas; nombres, y debajo de los nombres más renglones, y debajo más.

Capas y capas de escritura firme, gente tan escrita que costaba mirarla.

En la maraña las palabras temblaban porque el mundo no sabía qué eran las cosas.

Aquí no temblaba nada. Aquí todo sabía exactamente lo que era, y lo decía, y lo hacía cumplir.

Me quedé mirándola un rato largo, desde arriba, con mi nombre pálido que por fin agarraba un poco —dos semanas de “Kato, carga esto”, “Kato, mira aquello” le habían dado algo de tinta, ya no se me caía del todo— y con el cuerpo deseando una cama, y entendí, despacio, con el estómago antes que con la cabeza, que no había salido del peligro.

Allí abajo las palabras no mentían porque estuvieran mal puestas. Mentían porque la gente había aprendido a ponerlas bien.

No había cambiado de peligro. Había cambiado de idioma.

—Vamos —dijo la gata, pasando por mi lado, cuesta abajo—. Y cierra la boca, que en la ciudad mirar así llama la atención, y no te conviene que se fijen en ti. —Una pausa, sin volverse—. Todavía menos que entre nosotros.