Capítulo 4 — Lo que se queda en las uñas
Las aventuras se cuentan luego, con una jarra en la mano y a uno le brillan los ojos.
El trabajo no. El trabajo se te queda en las uñas y no hay quien lo saque, y de las dos semanas que siguieron a lo del claro no os voy a poder contar una aventura, porque no la hubo.
Hubo trabajo. Es distinto, y la diferencia se nota, sobre todo, en las uñas.
Lo primero que aprendí es que el mundo no se para porque se muera alguien.
Yo pensaba, no sé por qué, que después de lo del mercenario habría algo —un día de parada, unas palabras, una hoguera con silencios.
No hubo nada de eso. A la mañana siguiente estábamos otra vez en fila, cargando, buscando otra mata, y nadie dijo su nombre, ni una vez, en dos semanas.
Pero tampoco lo olvidaron, y eso fue lo raro: había un hueco donde él iba —a la cabeza de la faena, en el sitio del que más sabía— y todos lo rodeaban sin pisarlo, como se rodea un agujero en el suelo a oscuras, por costumbre del cuerpo más que de la cabeza.
Nadie lo lloraba. Nadie lo tocaba. Simplemente, la partida tenía ahora la forma de un grupo al que le falta un trozo, y andaba un poco cojeando por dentro, y hacía como que no.
Aprendí a cargar mejor, que no es un logro del que presumir pero es el que tengo.
Aprendí que el armazón pesa menos si lo llevas pegado a la espalda y no colgando, y que las ampollas, cuando revientan y salen otras debajo, dejan de doler de una manera que no es que te cures, es que te rindes.
Aprendí a dormir en el suelo. Aprendí a comer cosas que no habría mirado dos veces en mi otra vida y a estar agradecido por ellas, que es una humildad que no sabía que me faltaba y que no le deseo a nadie.
Y aprendí a mirar. Eso sí. Eso fue lo único en lo que mejoré de verdad.
No os voy a hacer la lista, porque no es una lista, es más bien un ir cogiéndole el oído a un idioma.
Pero un par de cosas sí las saqué en claro, a fuerza de forzar la vista hasta que se me hizo callo.
Una palabra apagada, gris, floja, casi siempre es una cosa cansada: un bicho que ya cazó, una planta que ya dio, algo a lo que no le quedan ganas; eso es de las pocas veces que lo apagado es buena noticia.
Y lo contrario: una palabra demasiado firme, demasiado negra, en un sitio donde todo lo demás tiembla, no es fuerza, es mentira, es algo que se está haciendo el fuerte, y a eso hay que tenerle más miedo que a lo que ruge.
Lo que ruge te avisa. Lo que se hace el quieto, no.
Ya lo aprendí una vez, en un claro, y me costó un hombre aprenderlo; no pienso desaprenderlo.
Lo demás de lo que creo saber es más de oídas, y lo cuento como me lo contaron, que es a medias y de mala gana, porque a nadie le gusta explicarle el mundo al que se cayó dentro de él.
Esto de la maraña, por lo visto, no es un sitio: son muchos.
Hay marañas por todas partes, cosidas al mundo firme como los rotos a una manta, y esta a la que bajábamos era, me dijeron con cierto desprecio, de las mansas.
De las de trabajar. “Esta solo te mata si te confías”, dijo el veterano una vez, y lo dijo como quien alaba a un perro que solo muerde si lo pisas.
Hay otras peores. Las hay más torcidas, más adentro, donde las palabras ya ni se sostienen y se caen de las cosas, y a esas no baja nadie con dos dedos de frente; y las hay, más allá todavía, adonde sí ha bajado gente, una vez, y de las que lo que se sabe es justo que no se sabe nada, porque no volvió para contarlo.
Nadie las ha cartografiado porque cartografiarlas es el tipo de cosa que hace uno y ya no hay un segundo uno.
Me lo contaron para asustarme, creo. Funcionó.
De dónde salen los bichos, tengo mi teoría, y la suelto sabiendo que probablemente esté mal, porque todas mis teorías de este mundo empiezan estando mal y algunas mejoran.
Yo creo que no salen de ningún sitio. Que estaban.
Que este mundo se escribió mal en algunos sitios hace mucho, y que allí donde una palabra quedó torcida, la cosa creció hacia lo torcido, como crece torcido un árbol al que le pusieron mal el tutor.
El asesino de la hierba no vino: es un animal al que se le escribió mal el nombre hace siglos, creciendo desde entonces hacia el error.
Se lo dije a la maga y me miró como se mira a un niño que ha dicho algo casi listo por accidente, y no me dijo ni que sí ni que no, que en ella es lo más parecido a un sí que he conseguido.
Porque de la maga aprendí otra cosa, y no me gustó: que casi nadie aquí entiende lo que hace.
Ella lleva sus hechizos apuntados en un cuaderno y los reza, y funcionan, y no sabe por qué, igual que la cocinera le canta a la lumbre sin saber que la escribe, igual que todos.
Saben qué decir para que pase lo que quieren.
No saben qué es lo que dicen. Y yo, que no sé decir casi nada, a veces entiendo el porqué de lo que ellos recitan de memoria, y esa es la cosa más rara y más inútil de mi situación: soy analfabeto en un idioma cuya gramática, sin querer, a ratos veo.
Sé cómo funciona el reloj y no sé la hora.
Y me empezaron a usar.
No fue una ceremonia. Fue una mata que no le gustaba.
Estábamos parados delante de ella, la partida entera, y el veterano no daba la orden.
Se quedó mirándola con esa quietud suya de treinta años, esperando a que el cuerpo le dijera lo que la cabeza no acababa de decidir, y el cuerpo no se decidía, y eso —que el veterano dudara— puso a todo el mundo tenso sin que nadie dijera nada.
La cocinera dejó de afilar. Octavo, que no se entera de casi nada, se enteró de eso y se quedó quieto.
La mata estaba delante, con su pinta de siempre, y no se sabía.
Y entonces el veterano se giró. No del todo. Medio palmo, lo justo para poner la voz en mi dirección sin gastar en mirarme, y dijo, con el tono exacto con que se pide una herramienta que se sabe dónde está:
—Tú. Mira eso.
Y se hizo un silencio distinto. Porque no me lo estaba preguntando después de nada.
No había un muerto en el suelo, no era tarde, no era “el inútil tenía razón” dicho sobre una tumba.
Era antes. Por primera vez, alguien quería mi lectura mientras todavía servía para algo, y todos se callaron a esperarla, y yo sentí el peso entero de eso caerme encima de golpe: que si me equivocaba ahora, me equivocaba de verdad, en el único sentido que cuenta, el sentido que la última vez le costó un hombre a otro.
Se me secó la boca. Forcé la vista. Y os juro que estuve tentado de mentir, de decir algo intermedio, algo que no me comprometiera, porque un cobarde ante una pregunta con consecuencias lo primero que busca es la respuesta que no le pueda pasar factura.
Pero la mata decía lo que decía, y lo decía claro: floja, apagada, gris, la palabra de una cosa cansada que ya dio lo que tenía.
—Esa sí está vaciada —dije, y me salió la voz más pequeña de lo que quería—. De verdad. No como la del claro. A esa… a esa se le puede entrar.
El veterano no dijo nada. Miró la mata, me miró a mí medio segundo, y entró. Y no pasó nada. La mata era lo que yo había dicho, y la desarmaron sin sobresaltos, y nadie me dio las gracias, que era exactamente lo que yo esperaba y aun así escuché el silencio buscando un gracias que no llegó.
Y a la mata siguiente que no se sabía, el veterano volvió a decir “tú, mira eso”.
Y a la otra. Y así, sin ceremonia y sin sueldo, dejé de cargar solo porque no servía y empecé a cargar además de mirar, que es más trabajo por el mismo plato de comida y ninguna palabra amable.
Antes me apartaban por inútil. Ahora me ponían delante de las cosas que no entendían, para que las mirara yo.
No sé cómo explicaros lo poco que eso se parece a lo que yo quería.
Yo quería que me dejaran en paz. Y resulta que la única manera de que aquí te dejen en paz es no servir para nada, y yo acababa de perder eso, que era lo único que tenía.
Octavo, en todo aquello, seguía pegado a mí en las cargas.
No decía gran cosa —él nunca dice gran cosa— pero se ponía a mi lado sin que hiciera falta, cargaba de más para que yo cargara de menos con un disimulo que no engañaba a nadie, y cada vez que el veterano me decía “tú, mira eso”, Octavo de Oso me miraba a mí con una fe absoluta y alarmante, como quien está seguro de que su amigo raro va a acertar, que era una responsabilidad que yo no había pedido y que pesaba más que el armazón.
La maga empezó a rondarme. No por simpatía —ella no gasta simpatía, la administra—.
Me rondaba como se ronda un problema. Me preguntaba qué veía, y yo se lo decía mal, con mis dos palabras y mis manos, y ella apuntaba en su cuaderno, apuntaba lo que yo decía como quien toma notas de un bicho que ha hecho algo que un bicho no debería hacer.
Y yo entendí, dejándome examinar, que había pasado de ser una persona a la que nadie clasificaba a ser un fenómeno que alguien intentaba clasificar, y no sabría deciros cuál de las dos cosas es más sola.
La gata fue la única que siguió despreciándome igual que siempre, y por eso, supongo, fue la única con la que se podía estar.
Me seguía tratando fatal, que en ella era casi un consuelo, lo único estable del campamento.
Pero me colocaba. Me di cuenta tarde, como me doy cuenta de todo: que cuando había algo raro delante, ella se las apañaba para que yo estuviera en el sitio desde el que se veía.
No me lo decía. No me pedía que mirara. Simplemente aparecía yo, por casualidades que dejaron de parecer casualidades, justo donde tenía ángulo.
Y una tarde, cargando los dos al borde de una mata que a mí me ponía nervioso, se lo pregunté, o intenté, y tuvimos la única conversación de verdad de aquellas dos semanas.
—Esa —dije, señalando con la barbilla la mata, forzando la vista—. Esa está esperando. Como la del claro. Tiene la palabra tensa, no la suelta, está…