Capítulo 3 — La cosecha #3
La cocinera, fuera ya, con las manos ensangrentadas de cortar, se dobló y vomitó, y la maga se había quedado sentada donde el veterano la había echado, recitando algo, una fórmula, la que fuera, deprisa, con las manos temblando, una oración de auxilio o de cierre o de lo que se reza cuando ya no sirve rezar; y no le llegó a nadie, porque no había a quién.
Yo estaba de rodillas sin haberme arrodillado, con la palabra que le había robado a una rama deshaciéndoseme todavía en la cabeza.
Yo lo había visto. Lo había leído bien, negro y claro, y había abierto la boca, y no había servido de nada.
No fallé por no ver. Fallé por no ser nadie.
Y no sé cuál de las dos cosas es peor de cargar.
Y Sarn.
Sarn se había quitado el armazón de la espalda, despacio, y estaba de pie, quieto, mirando la mata que ya no se movía.
No lloraba. No temblaba. No tenía la cara de la cocinera ni la mía.
Miraba al sitio donde había estado el mercenario con una calma que no era frialdad, que era otra cosa, algo mucho más difícil de mirar que el pánico de los demás: miraba como quien reconoce a alguien de lejos.
Como quien ve pasar algo que él lleva mucho tiempo esperando ver pasar, y a lo que ya no le tiene miedo, porque hizo las paces con ello antes que con nada.
En medio de todos nosotros rotos cada uno a nuestra manera, él era el único entero, y era insoportable, porque su entereza decía, sin decir nada, la única verdad que había en el claro.
La dijo, al final. En voz baja. No para consolar a nadie, Sarn no consuela. Como quien lee un cartel.
—Ese no vuelve —dijo—. Vosotros no volvéis. —Y me miró a mí, un segundo, con esos ojos suyos donde no cabe la lástima porque la gastó toda hace tiempo—. Es raro estar entre los que sí.
Y volvió a cargar su armazón, porque las ramas cortadas seguían en el suelo, y valían mucho, y alguien tenía que llevarlas.
Recogimos la cosecha. Eso es lo que más me costó, y lo que nadie discutió: que después de aquello, con la mata todavía saciada y quieta, la partida terminó el trabajo.
Cortaron lo que quedaba, cogieron la fruta, cargaron las ramas —las de la mata que lo había matado incluidas, que eran las mejores, más largas, más cargadas de lo que fuera que las hace valiosas, y nadie dijo en voz alta que eran las mejores porque se había alimentado, pero lo pensamos todos—.
Aquí no se deja el material en el suelo.
Un muerto no cambia el precio de las ramas. Aprendí eso también.
No trajimos nada de él. No había nada que traer. La maga hizo una marca en su cuaderno, una línea, la tachó, y esa fue toda la tumba que tuvo: un renglón menos en una lista y un cuchillo muy bueno que el veterano recogió del suelo y se guardó sin mirarlo.
Volvimos al paso. La maga lo abrió otra vez, con su fórmula y su gesto, pasa , y cruzamos de vuelta al bosque firme, al mundo bien escrito, donde las palabras no tiemblan.
Y según cruzaba, cargando, con el cuerpo molido y las manos en carne viva, bajé la vista al brazo.
La marca seguía intacta. Temblorosa, mal puesta, con ese nombre pálido que no agarra, pero intacta.
Entera. Yo cruzaba de vuelta y él no. Yo, que no valgo, que cargo, que casi me quemo con un palo. Yo volvía.
No sé cómo se lleva eso. Sigo sin saberlo.
En el camino de vuelta nadie habló mucho. Octavo caminaba a mi lado, tocándose las costillas por donde las ramas casi lo parten, callado por primera vez, y al rato, sin mirarme, me dijo:
—Me has soltado. La rama. La has soltado tú.
—No del todo —dije—. Y no lo hice bien.
—Pero lo has hecho. —Lo pensó, con ese esfuerzo suyo, como quien mueve una piedra grande—. Nadie me había soltado nunca. —Y no dijo gracias, porque no le salía, pero se quedó a mi lado el resto del camino, más cerca, como quien se pone al lado de algo que ha decidido guardar.
Y el veterano.
El veterano me esperó. Se quedó atrás hasta que lo alcancé, y anduvo a mi paso un rato, en silencio, con la cosecha a la espalda y esa cara de piedra vieja, y yo no dije nada porque no hay nada que se le diga a un hombre que acaba de dar la orden que mata a alguien.
Al final habló él, mirando al frente, no a mí.
—Lo viste —dijo. No era una pregunta.
—Lo vi.
—Yo no. —Anduvo unos pasos más—. Treinta años.
He desarmado arbustos oscuros desde antes de que la mitad de esta partida naciera.
Sé cuándo están vaciados. Lo sé en el cuerpo, no en la cabeza.
—Una pausa larga, del tamaño de un hombre reordenándose por dentro—.
Y hoy lo he sabido, y me he equivocado, y tú, que no sabes nada, no te has equivocado.
—Me miró por fin, y no había calidez, había algo más útil y más pesado, que era atención—. ¿Qué viste que yo no?
Y le dije la verdad, que es lo único que tengo y que casi nunca sirve.
—Que estaba mintiendo —dije—. La forma decía vaciada.
La palabra decía llena. Y yo no sé leer casi nada de este mundo, pero sé leer cuando algo dice dos cosas a la vez, porque es lo único que sé leer.
—Me encogí de hombros, cargado—. Vosotros veis lo que las cosas son.
Yo solo veo lo que van a hacer. Casi siempre es inútil. Hoy no.
El veterano no dijo nada más. Pero asintió, una vez, despacio, como quien apunta algo en un sitio de dentro donde no se borra, y apretó el paso y se volvió a poner delante, a mandar, porque un hombre así no deja de mandar aunque se le rompa algo.
Y yo me quedé con la sensación, nueva y horrible, de que acababa de pasar algo peor que si se hubieran reído de mí.
Me habían creído.
Tarde. Sobre un muerto. Justo la única vez que habría dado lo que no tengo por que me creyeran a tiempo.
Pero me habían creído, y eso, en este mundo, no te hace más seguro.
Te hace más útil. Y a lo útil, ya lo voy sabiendo, no lo dejan en paz.
Al inútil lo apartan, que es lo único que yo he querido desde que caí: que me aparten, que me dejen, que no cuenten conmigo.
Y acabo de perder eso también, en un claro, mirando cómo una planta se comía al único que me despreciaba lo suficiente como para dejarme tranquilo.
Esa noche, en el campamento, comí la fruta. Nos la dieron, dulce, roja, gloriosa, la fruta por la que había muerto un hombre, y estaba tan buena que me dio asco de mí por lo buena que estaba. Sarn comió a mi lado, sin decir nada, mirando el fuego, entero como siempre.
—Ellos no vuelven —le dije, al rato, porque me rondaba—. Lo dijiste tú. Yo sí. Pero tú no eres ni de los que vuelven ni de los que se van, ¿verdad? —Lo miré—. ¿Qué te pasa a ti cuando te toca?
Sarn tardó en contestar. Cuando lo hizo, no me miró.
—No lo sé —dijo—. Nadie lo sabe. El mundo no sabe cómo terminar algo que no sabe qué hace.
—Se encogió de hombros, y por una vez, solo por un instante, la calma de siempre se le pareció a algo más cansado—.
A lo mejor no me toca nunca. A lo mejor esa es la broma.
—Volvió al fuego—. Come. Mañana también hay que cargar.
Y comí. Y estaba tierna. Una buena fruta a cambio de un hombre; la muerte no hace descuentos.