Capítulo 3 — La cosecha #2
Era una faena. Una coreografía. El veterano se colocaba a una distancia exacta del arbusto —un filo, una línea invisible que él llevaba en el cuerpo de tantos años— y daba un paso dentro de ella, solo uno, ofreciéndose.
Y el arbusto, que hasta ese momento era un arbusto, despertaba.
Las ramas, que yo había tomado por ramas, se soltaban de la mata con un chasquido húmedo y salían disparadas hacia él, largas, rapidísimas, prensiles, buscándolo con una intención que ninguna planta debería tener.
Pero salían contadas. Tres, cuatro, cinco: un número.
Y en cuanto salían, la partida caía sobre ellas —la cocinera cortando en el sitio justo con esos cuchillos de destripar comida, el mercenario sujetando, Octavo tirando con esa fuerza suya de sacar un árbol de cuajo— y las cercenaban una a una, y cada rama cortada era una rama menos, y el arbusto se iba quedando sin brazos con los que agarrar, hasta que se quedaba quieto, vencido, desarmado, y entonces la fruta se cogía con la mano, tranquilamente, de una cosa que un minuto antes quería matarte y ya no podía.
Era hermoso de ver, a su manera fea. Gente que sabía exactamente lo que hacía haciéndolo bien.
El mercenario era el mejor. No lo digo por decir: en la tercera mata, Octavo agarró una rama con las dos manos y tiró de ella hacia sí, como quien tira de una cuerda, y el mercenario le dio un empujón en el hombro y le enseñó, sin dejar de sujetar la suya, que no se tira de frente, que se lleva de lado, que a estas cosas se las gana con la muñeca y no con la espalda, “que tú tienes espalda de sobra y muñeca de ninguna”.
Lo dijo con desprecio, pero era un desprecio que enseñaba, que es el único cariño que se gastan los hombres como él.
Octavo lo hizo de lado a la siguiente y le salió, y se puso contentísimo, y el mercenario no lo miró, pero tampoco le quitó el mérito.
Era eso: alguien que sabía tanto que hasta despreciando te dejaba algo.
Lo cuento porque conviene que sepáis quién era antes de lo que viene, para que no sea solo el que se reía de mí.
Yo cargaba las ramas cortadas en mi armazón, con Sarn, y por un rato —lo confieso— casi me lo pasé bien.
Casi me sentí parte de algo. Las ramas latían un poco en mis brazos, cálidas, vivas todavía, y yo forzaba la vista sobre ellas por curiosidad y leía, en cada una, cómo se le iba apagando despacio la palabra, agarra , agarra , agarra , más floja cada vez, como un eco.
Estaba, por primera vez en este mundo, cerca de ser útil sin desgracia.
Debería haber sabido que no iba a durar.
Fue en la cuarta o quinta mata. El veterano se plantó en su filo, dio su paso, se ofreció.
Y el arbusto no hizo nada.
—Esta ya está —dijo el veterano, tras un momento—.
Vaciada. Alguien la trabajó antes que nosotros y no le quedan ramas de sobra, o es vieja y ya no tira.
—Relajó los hombros, el cuerpo entero de un hombre que suelta una tensión que llevaba puesta sin darse cuenta—.
Se le puede sacar la fruta directamente. Acercaos.
Y todos dieron un paso hacia dentro del filo, confiados, porque lo había dicho él, y él llevaba treinta años sin equivocarse en esto.
Menos yo. Porque yo la estaba mirando.
La estaba mirando con la vista forzada, porque al cargar ramas me había dado por mirarlas, y la palabra de aquel arbusto no ponía lo que tenía que poner.
Los arbustos que habíamos vaciado se leían flojos, apagados, agarra en gris, sin fuerza, la palabra de una cosa que ya no puede.
Este no. Este estaba quieto por fuera y por dentro seguía tenso, cargado, con la palabra bien negra y bien firme y, debajo de ella, apretujadas, más de las que enseñaba —muchas más—, como una boca que sonríe con los labios cerrados sobre demasiados dientes.
No estaba vaciado. Estaba esperando. Y yo esa palabra ya la había leído una vez, el primer día, en un arbusto que no crecía, y me había helado la sangre entonces sin saber por qué, y ahora sabía por qué.
—No —dije.
O creo que dije. Me salió con esa voz mía que no manda nada, la voz del que carga.
—No está vaciada —dije, más alto—. Está… tiene ramas. Tiene muchas. Las está guardando. No os acerquéis, esa no es como las otras, esa está esperando a que os…
El mercenario se rió. No con maldad. Con algo peor, con paciencia.
—El del peor grado del mundo —dijo, sin volverse siquiera, dando otro paso hacia la mata— nos va a enseñar a cosechar. —Y a los otros, de lado, con una sonrisa—: Si el viejo dice que está vaciada, está vaciada. Lleva en esto desde antes de que este —yo— supiera de qué lado se coge un cuchillo.
Y tenía razón. Esa es la cosa. Tenía toda la razón del mundo para no hacerme caso. El hombre que sabía había dicho que estaba vaciada, y yo era el que casi se quema las cejas con un palo. ¿A quién ibais a creer vosotros?
Lo miré meterse en el filo. Miré a la cocinera entrar detrás, y a Octavo ir tras ella, contento, porque todos iban.
Y forcé la vista una última vez sobre aquella mata quieta, rezando por estar equivocado, por ser el inútil que todos veían, y la palabra me devolvió, negrísima, cargada, paciente, lo único que sabe decir esa cosa:
espera.
No voy a poder contar esto con gracia, así que no lo voy a intentar.
Ya sabéis que aquí, en el sitio donde la cosa se pone fea, es donde yo suelto un chiste, porque los chistes son lo único que tengo para poner entre el mundo y yo.
Pero hay veces que no hay. Ya pasó una vez, el primer día, cuando el peluche me mató de verdad y de repente no había nadie haciendo comentarios ahí dentro.
Esta es otra de esas veces. Voy a contar lo que pasó, sin más, y donde no ponga un chiste es porque no lo había.
El arbusto esperó a que estuvieran dentro. A los cuatro. Esperó a tenerlos a todos pasado el filo, confiados, con las manos ya tendidas hacia una fruta que era el cebo, y entonces, cuando ya no había distancia que valiera, se abrió.
No sacó cinco ramas. Sacó todas las que había estado guardando, y eran muchas, y no salieron disparadas como las otras, contándose, dando tiempo.
Salieron todas a la vez, en todas direcciones, como una mano que se cierra desde dentro, y el claro se llenó de esos brazos largos y durísimos buscando lo que hubiera cerca para agarrarlo, y había mucho cerca. Había gente cerca.
Yo estaba fuera del filo. Cargando. Es lo único que me salvó, y no fue mérito mío: fue que soy el que no vale para lo bueno, y a los que no valen para lo bueno los ponen lejos.
Lo que pasó después pasó en menos tiempo del que se tarda en leerlo.
Vi a Octavo desaparecer bajo tres ramas que se le enroscaron al torso y apretaron, y le oí rugir, no de miedo —él no tiene— sino de sorpresa, y vi que las ramas apretaban para partirlo y que él, con esa fuerza absurda de su sangre de oso, aguantaba, se hinchaba contra ellas, no se dejaba cerrar del todo.
Vi a la cocinera cortar, cortar, cortar con una sangre fría admirable, llevándose una rama por cada tajo, ganándose la salida palmo a palmo.
Vi al veterano —al veterano, que lo había dicho— sacar a la maga de un tirón, echársela detrás, ponerse él delante, con la cara de un hombre que acaba de entender, en un solo segundo, que su palabra ha matado a alguien y que aún no sabe a quién.
Y vi al mercenario.
Al mercenario lo cogió por el cuello y por un brazo, dos ramas, y no lo apretó para partirlo.
Tiró de él. Hacia la mata. Hacia dentro.
Y él era fuerte, y era el mejor, y clavó los talones y sacó el cuchillo y cortó una de las dos ramas de un golpe que a mí me habría costado tres, y por un instante pensé que se soltaba, que hasta esto lo hacía mejor que nadie.
Pero la otra rama tiró, y salieron dos más a sujetarlo, y luego otra, y no había cuchillo que cortara tan rápido como aquella cosa sacaba brazos, y lo fueron metiendo, y él dejó de cortar y empezó a agarrarse a lo que había, a la tierra, a una raíz, a nada, con las manos, y me miró.
Me miró a mí. Al que le había dicho que no se acercara.
No sé qué había en esa mirada. No creo que fuera disculpa, no era hombre de eso.
Creo que solo fue sorpresa, la misma sorpresa boba de Octavo, la de descubrir demasiado tarde que la información existía y estaba en el sitio equivocado, en la boca del inútil, y que por eso no la habían cogido.
E hice lo único que se me ocurrió, que fue lo que no sé hacer.
Forcé la vista hacia él y busqué la palabra, y ahí estaba, agarra , negra, tensa, y yo quise cambiársela, quise escribirle suelta encima como fuera, con el gesto, con las dos palabras mal que tengo, con todo el pánico convertido en ganas de que aquello obedeciera.
Y lo empujé. O creí empujarlo. Y —esto es lo peor de contar— funcionó.
A medias. Como me funciona todo. La rama del cuello de Octavo, que era la que tenía más cerca y más leída, tembló, dudó, y se aflojó lo justo, medio latido, y el bruto, que solo necesitaba medio latido y una fuerza que no es de este mundo, reventó las tres ramas de golpe y cayó fuera del filo, vivo, jadeando, sin entender nada, salvado por ser demasiado bruto para morir a la primera y porque yo, por una vez, llegué.
Pero lo que escribí no se quedó. Nunca se queda.
En cuanto solté, la palabra tiró de vuelta hacia lo que era, agarra volviendo a cerrarse sobre sí misma como el agua sobre una piedra, y para cuando giré la vista hacia el mercenario, hacia la rama de su cuello, para intentar lo mismo con él, ya no había cuello a la vista, ni había él, solo la mata cerrándose, entera, tranquila otra vez, y un cuchillo muy bueno en el suelo, junto a una raíz, donde una mano había dejado de agarrarse.
Y se hizo el silencio.
Aquí es donde tengo que contar tres cosas que vi a la vez, porque las tres estaban en el mismo claro y no se puede mirar a otro lado.