Capítulo 3 — La cosecha
Resulta que “a trabajar” no significaba lo que yo esperaba, que es un patrón que empieza a repetirse con este mundo y conmigo.
Yo había pasado la noche imaginándome, no sé, cazando.
Algo con dignidad. Algo que justificara el cuchillo que llevo al cinto y sigo sin saber usar.
Y lo que significó, con el cielo aún de ese gris que no se ha decidido a ser mañana, fue que un hombre me plantó en los brazos un armazón de correas vacío, del tamaño de una puerta, y me dijo que eso lo llevaba yo.
—Carga —dijo Sarn, a mi lado, con una idéntica en la espalda y esa cara de quien ya sabía que la vida iba a ser exactamente esto—. Tú y yo. Las manos que no valen para lo otro valen para acarrear. Es lo que hay.
—Es lo que hay —repetí, porque se me está pegando.
Y así salió la partida hacia dentro del bosque, en fila, y me pasé la primera hora aprendiendo quién era cada cual, que es lo único útil que se puede hacer cargando.
Iba delante el veterano. No hacía falta que nadie me lo dijera; hay hombres que llevan escrito el mando en cómo pisan, y yo, que no leo casi nada de lo que la gente lleva escrito, eso sí lo leí sin forzar la vista.
Mayor, callado, con las manos llenas de historia y los ojos de quien ha dejado aventuras más grandes por estas, más pequeñas, porque llegó a una edad en que sobrevivir le pareció más interesante que cualquier gesta.
Marcaba el paso sin decir palabra y todos lo seguían sin que la dijera.
Detrás, el mercenario. El del interés. Se movía como se mueve el que es el mejor en lo que hace y lo sabe, y de vez en cuando volvía la cabeza y me miraba a mí, cargado como una mula y torpe como un becerro, con una sonrisa que no era del todo desprecio: era peor, era cálculo.
Yo a él lo había leído sin querer en el campamento, y lo que leí no fue su nombre —nunca supe su nombre, aquí la gente me llega por lo que hace antes que por cómo se llama, que igual dice más de mí que de ellos— lo que leí fue lo que sabía hacer, y era mucho, y era feo, y era muy bueno en ello.
La maga iba en medio, que resultó que la mujer de la lista era la maga, cosa que tenía que haber adivinado yo solo: si lleva las cuentas leyendo lo que la gente lleva escrito encima, es que ve, y aquí quien ve sabe trucos.
Llevaba un cuaderno pequeño, y de vez en cuando lo abría y movía los labios sobre una página sin sacar la voz, repasando.
Yo la miré hacer eso y entendí algo de ella que no me esperaba entender: que no se sabía sus propios hechizos.
Que los llevaba escritos porque, si no, se le olvidaban, como se olvida una oración que no se reza en tu idioma.
Sabía que decir esto hacía aquello , y lo apuntaba para no fallar, pero no sabía por qué, igual que la cocinera con su lumbre, igual que todos aquí.
Recitaban un mundo que no entendían. Yo no me sabía ni una fórmula, y aun así, de una manera torcida que todavía no sé nombrar, creo que lo entendía mejor que ella. No sé qué es peor.
La cocinera cerraba, con un rollo de cuchillos que valían más que yo, afilándolos al andar.
Y pegado a mí, porque los raros nos encontramos, iba lo que la partida llamaba, sin ninguna maldad, Octavo de Oso: un chico enorme, una cabeza más alto que el más alto, con las manos como palas y una sangre de oso en alguna parte de su árbol que le había dado el tamaño y, por lo visto, se había quedado con casi todo lo demás.
Simple. Bueno. Sin una gota de miedo, que en un sitio como este no es una virtud sino un problema.
—Tú también cargas —me dijo, encantado, como si compartiéramos un privilegio—. Yo cargo mucho. Soy muy fuerte.
—Se te nota —dije.
—Tú no eres fuerte.
—No.
—Pero mataste al asesino de la hierba. —Lo dijo con un respeto absoluto y sin ironía, que fue lo que me lo hizo entrañable—. Yo nunca he matado uno. Me dijeron que no me acercara.
—Te dijeron bien.
Y la gata iba y venía por los flancos, entrando y saliendo del bosque como entra y sale un pensamiento, adelantándose y volviendo, y era, me di cuenta, la que de verdad sabía dónde estábamos.
Lo que noté según andábamos, y no supe nombrar hasta que llevaba ya un rato notándolo, fue que el mundo empezaba a temblar.
No el suelo. Las palabras. Al principio del camino, cerca del campamento, cuando forzaba la vista sobre las cosas —un árbol, una piedra, un pájaro— las palabras estaban ahí quietas, firmes, remachadas, crece , reposa , vuela , escritas con mano segura hace mucho y sin intención de moverse.
Pero conforme nos metíamos, se iban poniendo nerviosas.
Temblaban un poco en el aire. Alguna se contradecía consigo misma, como una letra escrita por un pulso que duda.
Y a mí, que llevo desde que caí sintiéndome el más ciego y el más torpe de este mundo, me pasó una cosa rarísima: empecé a entender dónde estaba mirando lo que otros no.
El veterano sabía que nos acercábamos por experiencia, por olfato, por años.
Yo lo sabía porque lo leía. El mundo, aquí, se deletreaba peor, y yo era el único que veía las faltas de ortografía.
Por una vez en mi vida, mi defecto era un mapa.
Llegamos a un sitio donde el aire mismo parecía mal escrito, y el veterano levantó una mano, y todos se pararon, y la maga se adelantó.
Se puso delante de nada —de un trozo de aire igual que el aire de al lado— y recitó.
Bajito, media docena de sonidos, con un gesto de la mano, exactamente como la cocinera le cantaba a la lumbre, exactamente como todos aquí hacen magia sin saber que la hacen: rezando una fórmula heredada que funciona porque funciona.
Y yo, que ya sé mirar el gesto y no la canción, forcé la vista y vi la palabra que trazaba prenderse en el aire y obrar.
No la leí entera —las de arriba se me escapan siempre—, pero la de abajo, la corta, la que sí, decía algo que en la Tierra habría sido un verbo de umbral: pasa .
Y donde había aire, hubo, de pronto, un sitio por el que pasar.
Una costura. Un tajo fino en la realidad, sin dramatismo, sin luz, sin viento: simplemente, un aquí que daba a un allí que antes no tocaba.
—Fila —dijo el veterano—. De uno. Sin tocar los bordes.
Y cruzamos. Y del otro lado estaba la maraña.
La maga lo llamaba zarcillo, con su palabra de gremio, cuando lo apuntaba en el cuaderno. Los que cargábamos lo llamábamos la maraña, que es lo que era. Dos nombres para el mismo sitio: el de los que lo nombran y el de los que lo pisan.
No os lo voy a describir bien porque no se puede.
Era hermoso, para empezar, lo cual no me lo esperaba: una luz que no venía de ningún sol concreto, plantas de colores que no tienen nombre en mi idioma ni ganas de tenerlo, una quietud densa, cargada, la quietud de una habitación en la que alguien acaba de dejar de hablar.
Y estaba mal escrito. Se notaba en todo.
Fuera, las cosas eran lo que ponía que eran.
Aquí, forzabas la vista y las palabras no acababan de cuadrar con las formas, como un país donde los carteles los hubiera puesto alguien que no hablaba el idioma.
Todo estaba levemente equivocado, y lo levemente equivocado, voy aprendiendo, es mucho más inquietante que lo monstruoso de golpe.
—Bonito —dijo Octavo, maravillado.
—No toques nada —dijeron a la vez el veterano, la maga y la cocinera.
Y yo, cargando mi armazón, con Sarn cargando el suyo a mi lado, pensé lo que pienso siempre antes de que las cosas se tuerzan, con la misma confianza inútil de siempre:
Bueno. A lo mejor en este solo miro.
Las plantas estaban en un claro, y eran, tengo que reconocerlo, decepcionantemente bonitas.
Esperaba algo con dientes. Lo que había era un arbusto.
Muchos arbustos, en realidad, repartidos por el claro, de hoja ancha y oscura, cargados de una fruta pequeña, roja, brillante, de esas que el cuerpo reconoce como dulce antes de que la pruebe nadie.
Si me hubieran soltado ahí sin avisar, me habría acercado a comer, y aquí es donde este mundo lleva razón sobre mí: mi primer instinto ante cualquier cosa sigue siendo el peor posible.
—El arbusto oscuro —dijo la cocinera, casi con cariño, sacando el primero de sus cuchillos—.
Fuera, en el centro, en tierra firme, no es más que eso: un arbusto.
Da una fruta que es gloria y una madera que no sirve para nada.
—Señaló con la barbilla al claro—. Aquí no.
Aquí su nombre cambia, y creció hacia otro lado.
Aquí la fruta vale el triple porque hay que quitársela, y las ramas valen diez veces más porque aquí sí sirven, y mucho, para quien sabe qué hacer con ellas.
—¿Qué tienen las ramas? —pregunté, porque el que carga tiene al menos derecho a preguntar.
—Que se doblan sin partirse, aguantan lo que no aguanta el acero, y guardan un poco de lo que este sitio les metió dentro —dijo la maga, sin mirarme—. Un mago daría un dedo por una buena vara de arbusto oscuro de la maraña. Yo he dado cosas peores.
Y entonces vi cómo se hacía, y entendí por fin por qué a esto le llamaban trabajo y no suicidio.