Capítulo 2 — El humo #2
Lo que no sabía es que la canción daba igual.
Podía haber recitado la lista de la compra.
La clave era el gesto y la palabra que presionaras con él, y presioné arde con todas las ganas de caer bien que llevaba dentro.
Solo que no lo presioné sobre las brasas.
Porque para eso hay que leer que aquello son brasas, y yo no leo lo que las cosas son, leo lo que hacen; y lo que tenía más cerca, con su arde también disponible, no era leña: era el palo del que colgaba el cazo, empapado de años de grasa, un palo cuyo nombre se me escurrió como todos y cuyo verbo leí y presioné sin saber qué.
La grasa vieja no arde como las brasas. La grasa vieja arde como una acusación.
Hubo una llamarada. No hacia arriba, que habría sido casi digno: hacia mí, con toda la voluntad que le metí al presionar y no supe quitarle, un brazo de fuego buscando la cara del idiota que lo había llamado.
Si conservo las cejas es porque me tiré de espaldas, con la única habilidad que he demostrado en este mundo, que es tirarme al suelo a tiempo y sin ninguna gracia.
Humo. Un palo chamuscado balanceándose. El cazo, de milagro, en su sitio. Y esa clase de silencio que se hace cuando cuarenta personas duras dejan a la vez de hacer lo que hacían.
La cocinera había vuelto corriendo. No me gritó, eso habría sido mejor. Miró el palo, me miró a mí, y en su cara no había enfado sino desconcierto puro, el de quien ve romperse una regla que ni sabía que se podía tocar.
—Tú lo has cantado mal —dijo, y no me hablaba a mí, le hablaba a algo que se le acababa de descoser—.
Te he oído. No sabías la canción. Un canto mal dicho no hace nada.
Un niño la dice mal y no pasa nada, por eso los dejamos probar.
—Señaló el palo, el dedo temblándole un poco—. ¿Cómo has hecho esto diciéndolo mal?
Y no supe qué contestar, porque ella preguntaba cuál de las canciones había cantado mal, y la verdad no cabía en su pregunta.
Yo no canté ninguna. Chapurreé su nana por si acaso hacía falta, y no hacía falta.
Es como preguntarle a alguien de qué se ha resfriado y que conteste que ha aprendido a volar: las dos frases usan las mismas palabras y no hablan de lo mismo.
Desde el otro lado de la hoguera, sin haberse movido en todo el desastre, la escudilla aún en las manos, Sarn me miraba.
—Lo peor que he visto —dijo—. Y ayer ya te avisé de que había visto mucho. —Rebañó la escudilla—. Voy revisando lo de la suerte.
No dijo hacia qué lo revisaba.
Pero la cocinera seguía mirando el palo como si le hubiera hecho algo personal, y ya se habían acercado dos, tres, cuatro.
Y uno de ellos —lo leí sin querer, me brotó solo, y lo que se me ofreció no fue su nombre ni su rango, sino lo que sabía hacer, que era mucho y muy feo— uno de ellos no me miraba con desconcierto como la cocinera.
Me miraba con interés.
Y en este sitio ya voy aprendiendo, a base de disgustos, que el interés es peor que el hacha. El hacha solo quiere que te apartes. El interés quiere quedarse contigo.
Me dieron un sitio para dormir, que en un campamento así significa un trozo de suelo que nadie más quería y una manta que olía al último que la usó y a por qué ya no la usa.
Mañana bajo con la partida. No a lo bueno: a cargar, a acarrear, a lo que hacen las manos que valen poco.
Me lo dijeron con la misma ternura con que se le explica el matadero a la vaca.
Así que hice lo que sé hacer bien tumbado y con miedo, que es pensar de más. Eché las cuentas del día, como la mujer de la lista, a ver si a mí me salían mejor que a ella. No me salieron.
Del campamento ya entiendo lo que hay que entender: que aquí no se pregunta quién eres, se te lee, y que leer es el oficio que de verdad manda.
La cocinera lee el fuego, la mujer lee la lista, el del hacha lee dónde poner el hacha; y quien lee mejor manda sobre quien lee peor, y quien no lee nada carga cosas.
Es una escalera hecha de vista. Y yo estoy en un peldaño rarísimo, porque veo lo que casi nadie ve —lo que las cosas hacen, por dentro— y no veo lo que ve cualquiera —lo que son, lo que valen, quién es quién—.
Leo el mecanismo del reloj y no sé la hora.
En un sitio donde saber la hora es lo que te da de comer, eso no es un don.
Es una manera muy elaborada de ser pobre.
De la gata no me fío, y hace bien en no fiarse de mí.
No me metió por bondad; me metió porque dos manos son dos manos y porque decirme un nombre le costaba menos que echarme.
Le debo la comida y el nombre, y las dos cosas me las dio por pereza.
Es lo más parecido a la amabilidad que he encontrado aquí, y da que pensar sobre el resto.
Y luego está Sarn.
No sé por qué sigue conmigo. No le sirvo de nada —lo he demostrado hoy con un palo—, y él no me sirve a mí de mucho más, salvo que sabe cosas y a veces, cuando menos conviene, las dice.
Podría haberse quedado en sus raíces esperando a ver si valía la pena, que es su postura por defecto ante la vida.
En vez de eso vino. Sigue viniendo. Y esta tarde, cuando la mujer de la lista iba a partirnos en dos medias personas, fue él quien puso encima de la mesa lo del asesino de la hierba, no por mí, según él, sino porque era verdad y a él las verdades se le caen solas.
Me digo eso para no darle más importancia de la que tiene. No me lo creo del todo.
Somos, me parece, la misma avería vista por sus dos lados.
A mí nadie sabe cómo llamarme; de él nadie espera nada.
Yo hago cosas y no soy nadie mientras las hago; a él lo conocen por su nombre y no cuentan con que haga nada, nunca.
No sé decirlo mejor, y tampoco lo entiendo del todo.
Solo sé que lo de las dos medias personas lo dijeron como un insulto, y a mí, tumbado con la manta que huele a difunto y el cuerpo molido, empieza a sonarme a otra cosa.
Como dos piezas rotas por el mismo sitio que encajan por la grieta que las divide.
Juntas no hacen una persona entera. Pero hacen algo.
Y algo es más que nada, que es con lo que llegué.
Cerré los ojos. Probé el nombre por dentro, a ver si me quedaba mejor puesto por la noche. Kato. Seguía sin agarrar, resbalando como resbala todo lo que me ponen encima. Pero era mío hasta mañana, que en este mundo es tanto plazo como se atreve uno a pedir.
Y mañana, a trabajar.