Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 2 — El humo
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Capítulo 2 — El humo

El humo era de verdad. Eso ya es más de lo que puedo decir de casi todo lo que este mundo me ha enseñado de lejos para luego quitármelo de cerca, así que durante la última media hora de camino me permití una cosa que no me permitía desde antes de la grieta: esperanza.

Humo significa fuego, y fuego significa gente, y gente significa comida, y paredes, y alguien que sepa dónde estoy.

Me equivoqué, como en casi todo, pero esta vez no del todo, que para mí es casi ganar.

Lo que había bajo el humo no era un pueblo.

Era un campamento: una docena de tiendas de lona parda en un claro pisoteado, un cercado con tres bestias de carga que me miraron con más juicio del que me ha dedicado nadie en la vida, dos hogueras, olor a grasa quemada y a cuero mojado, y hombres y mujeres con el aspecto concreto de quien se gana la vida entrando en sitios de los que otros no salen.

Gente dura, con esa manera de mirar a un desconocido que es, en el fondo, una operación aritmética: cuánto vales, cuánto molestas, cuánto costaría el problema de que desaparecieras.

Sumaban, y no les salía a mi favor. Iba a durar allí lo que tarda un hombre en decir “eh, hola”, cuando una voz aburrida habló desde una raíz, sin levantar la vista de lo que se estaba comiendo:

—Así que seguías vivo.

Las orejas antes que la cara. Grises, altas, girando cada una por su lado.

—Me dijiste que viniera al humo —dije.

—Dije si seguías vivo. —Me miró de arriba abajo, con el desdén intacto, guardado fresco toda la noche para mí—. La gente que me cae bien suele tener la decencia de morirse.

Detrás de mí, Sarn no dijo nada, que es lo que dice casi siempre, pero se colocó medio a mi sombra, como quien se pone a resguardo de un viento que ya conoce.

La gata lo miró a él un segundo de más, entrecerró los ojos hacia el aire de encima de su cabeza —a ese sitio donde ahora sé que se leen las cosas—, y algo no le cuadró; pero decidió que no era su problema y se levantó.

—Estamos de partida —dijo, señalando el campamento con la barbilla, como quien le explica algo a un niño o a un extranjero, que para el caso es igual—.

Bajamos a por algo que crece donde no debería y vale lo que vale porque matarte es su oficio antes que crecer.

Traemos manos, cobramos por manos, repartimos por manos.

—Me miró las mías—. Las tuyas no valen gran cosa, pero valen más cargando que vacías. Si quieres comer, te apuntas.

—¿Y él?

—Él sabe cómo va esto mejor que tú. —Echó a andar hacia las tiendas y, por encima del hombro, ya desentendida, resolvió de una vez y para siempre, con la pereza de quien no gasta en mí ni una sílaba de más, el asunto que me quitaba el sueño desde que caí a este mundo—.

Eh, tú, el caído. Necesitas un nombre para la lista o no cobras.

Kato. Ya está. No me mires así, no tengo el día para hacer bautizos.

Y así, sin ceremonia, sin peso, me pusieron el primer nombre que he tenido aquí. Kato. Porque a una gata le dio pereza pensar otro.

No noté nada. Esperaba una campana, un frío, la sensación de que algo encaja, y no hubo nada.

Solo mucho después, cuando aprendí a mirarme en el agua quieta, vi que en el hueco de mi marca donde no había nada había ahora una palabra, tan pálida que se leía peor que las demás, como escrita con el dedo mojado sobre una piedra: puesta, sí, pero sin ganas de quedarse.

Entonces solo pensé: Kato. Podría ser peor.

Iba a ser peor. Una lista se encargó de darme la razón.

La lista la llevaba una mujer a la sombra de un toldo, con un cuaderno de tapas de cuero requemado y la cara de quien ha contado muchas veces cosas que luego se han muerto y ha tenido que tacharlas.

Gente práctica con una lista, que es peor que un funcionario: el funcionario al menos finge que le importa el reglamento.

—Nombre —dijo, sin mirarme, la pluma lista.

—Kato —dije, y me sonó rarísimo en mi propia boca, como un abrigo de otro.

Levantó la vista. No a mi cara: al aire de encima. Forzó los ojos, y vi el momento en que dejó de estar aburrida, que no es un momento que uno quiera provocar, porque la gente práctica aburrida te apunta y la interesada te estudia.

—Kato escrito con desgana —dijo al cuaderno—.

Y debajo, casi nada. Un hueco donde debería ir lo que eres, con un nombre puesto encima con dos dedos y sin apretar.

—Me miró como se mira una cuenta que no suma—.

Llevo esta lista desde antes de que tú tuvieras edad de caerte por donde te hayas caído.

Un nombre que no agarra no lo había apuntado.

—Puedo explicarlo —dije, que es lo que se dice y sigue siendo mentira.

—No me pagan por eso. Oficio. Y no me digas “hombre”, que “hombre” no es un oficio, es una excusa.

Y me envalentoné, porque oficio sí tengo. Lo tengo escrito, ha mejorado de color y todo.

—Cazador.

Forzó la vista. La sostuvo. Y leyó, en alto, con esa entonación plana de quien lee lo que pone y no lo que a ti te gustaría:

—“Cazador.” De un solo animal. Y por caída. —Un movimiento mínimo de una ceja que en su cara de piedra fue un terremoto—. Y el grado: “peor que la presa”. —Lo apuntó con un cuidado casi cariñoso, el del coleccionista—. Es la primera vez que lo veo escrito. Y he visto grados feos. Enhorabuena, Kato.

Detrás de mí, muy bajo, Sarn hizo el ruido. No llega a la risa; es el sitio donde a otro le saldría una.

—Problema —dijo la mujer, dejando la pluma—.

Tú tienes oficio, pero tu nombre no agarra.

Puedo apuntar lo que haces, pero no a quién pertenece.

Y tú… —Miró a Sarn—. Tienes nombre, pero nada debajo.

Puedo apuntarte, pero no asignarte trabajo.

—Nos miró a los dos: un cazador sin nadie que lo sea, un alguien que no es nada—.

Entre los dos hacéis menos de una persona.

—Eso ha sonado fatal.

—Ha sonado a media ración.

Ahí habría acabado todo, con media ración y una humillación, si Sarn, que no habla salvo cuando la ocasión no lo merece, no hubiera dicho desde detrás, con su voz de parte meteorológico:

—El animal era un asesino de la hierba.

La pluma se paró.

No lo dijo por defenderme —Sarn no defiende, constata—, pero lo constató en voz alta, y la mujer levantó la cabeza y esta vez sí me miró a la cara, que es distinto.

—Ha matado a gente mejor armada —siguió Sarn—. Y más apta. —Hizo una pausa—. Se le cayó el cuchillo encima. Pero lo mató.

La mujer miró el “peor que la presa” recién escrito, miró el hueco pálido de mi nombre, y por su cara pasó una cuenta que no cuadraba: un inútil sin nombre, con el peor grado que ha leído nunca, que había hecho —por potra o por lo que fuera— algo por lo que otros con oficio de verdad no vuelven.

—Suerte —dijo al fin, y no era un insulto, era un diagnóstico, y ni ella se lo creía del todo—. Ha sido suerte.

—Toda —dije yo, con ganas de que fuera verdad.

—Ya. —Volvió a la lista y apuntó una línea más despacio que las otras—. Pero la suerte se gasta, y tú sigues aquí. Ración entera. Los dos. Tú por el asesino de la hierba, y el tuyo porque no pienso separar dos mitades de persona, no vaya a ser que sumen una entera cuando no miro.

Y así fue como comí. Con un nombre prestado que no agarraba, el peor oficio del mundo, y la primera vez que alguien de este sitio, al mirarme, no vio del todo lo poco que yo veo cuando me miro.

Debería haberlo dejado ahí. En paz, con la ración.

Ya me conocéis.

Fue por querer caer bien. Es un defecto que no había mencionado porque hasta hace dos días no había tenido a nadie a quien caerle bien, pero en cuanto hay gente y una hoguera y un rato muerto, se me despierta la peor de mis costumbres: la de hacerme útil sin que me lo pidan.

Me había fijado en la cocinera. No en ella: en lo que hacía.

Cuando la lumbre bajaba, no soplaba ni echaba leña.

Se agachaba y le cantaba . Una cosita corta, media docena de sonidos, siempre los mismos, con la naturalidad de quien tararea sin pensar; y mientras cantaba movía la mano, un gesto pequeño de dos dedos en el aire, encima de las brasas. Y el fuego subía. Cada vez.

La primera vez que se lo vi, se me paró algo por dentro.

Porque ese gesto lo reconocí —no de haberlo visto, de haberlo necesitado —: es el que me piden los dedos cada vez que fuerzo la vista sobre una palabra y quiero, sin saber cómo, presionarla.

Ella creía que la canción era lo que importaba y el gesto solo acompañamiento, el pie que se mueve solo con la música.

Y yo entendí, con esa claridad prematura que es lo único que este mundo me da gratis y siempre para mi mal, que era al revés: que la canción era el pie que se mueve solo, y el gesto lo que realmente funcionaba.

Que aquella mujer llevaba toda la vida escribiendo sobre el fuego y llamándolo cantar, y que ni ella ni su madre lo habían sabido nunca.

Lo entendí de verdad. Fue, seguramente, lo más listo que he pensado desde que crucé la grieta. Y acto seguido, porque soy yo, decidí hacerlo.

La cocinera se había ido a por agua. La lumbre bajaba. Me arrodillé delante, forcé la vista hasta que me lloraron los ojos y me entró el martillazo detrás de la frente, y leí. Allí estaba la palabra corta, la de abajo, la que yo sí leo: arde , floja, apagándose. Esa. Y entonces canté.

Intenté cantar lo de ella, y tengo que ser honesto porque va a quedar escrito: no me la sabía.

La había oído tres veces. Eran seis sonidos y yo tenía cuatro, y dos estaban donde no iban.

Empecé con una confianza que no me correspondía y me deshinché a la mitad: “la-ra… sube … no. Ven. Ven que… —ya en susurros— …el de la ce”.

Un hombre agachado ante un fuego mascullando la versión que un borracho recordaría de una nana en otro idioma.

Y con la mano hice el gesto. El gesto sí era mío, era mío antes de ser de ella.