Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 1 — La grieta #3
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Capítulo 1 — La grieta #3

Pero por primera vez desde que metí el dedo en aquella grieta tengo la sensación —diminuta, insoportable, la peor que se le puede dar a alguien como yo— de que hay algo aquí que yo podría llegar a entender.

Y no hay nada que me haya metido nunca en más problemas que esa sensación exacta.

He decidido, tras un proceso de reflexión que ha durado lo que tardo en tener hambre otra vez, que voy a volver a por el peluche.

Visto desde fuera parece el razonamiento de un demente, así que lo explico.

Uno: ahora veo las palabras, o algunas, y eso tiene que servir para algo, y no hay mejor sitio para averiguar para qué que delante de la única cosa que ya me ha matado una vez.

Dos: tengo un cuchillo. Tres, la de verdad, la que no le diría a nadie: me mató.

Aquella bola de lana con cara de tonto me mató, y no puedo dejarlo así.

No es valor: es que soy incapaz de vivir —otra vez— sabiendo que un peluche me ganó y se quedó tan ancho.

Así que vuelvo, con el cuchillo por delante —como se sujeta un cuchillo cuando no tienes ni idea de sujetar un cuchillo—, forzando la vista cada pocos pasos hasta que me lloran los ojos, leyendo el bosque como se lee un papel mojado: mal, a trozos, pero lo bastante para sacar la idea.

crece. crece. crece. Todo deja asomar lo que debería dejar asomar.

Y entonces llego al claro, y hay dos cosas que no dicen lo que tienen que decir.

Una es el peluche. De espaldas, la masa gris temblando de esa manera que ya sé que no es ternura sino motor, embistiendo contra algo una y otra vez con una paciencia horrible.

Fuerzo la vista y me lo confirma: me asoma primero una masa densa que no consigo fijar, y luego la corta, la única que se me ordena limpia.

Y no pone pace ni crece ni nada de peluche.

Pone embiste . Un herbívoro que solo sabe hacer una cosa, y esa cosa es matarte.

La otra cosa que no dice lo que debería está contra las raíces, acorralada, y es una persona.

O casi. Flaco, más pequeño que yo, la ropa hecha jirones y la piel de un gris azulado de mala circulación, y de la frente le salen dos cuernos cortos y torcidos, uno más que el otro, como si ni para eso hubiera tenido suerte.

Encajado entre dos raíces, sin sitio para huir, y el peluche embiste, y embiste, y cada golpe lo acerca más a algo de lo que no va a poder salir.

Y él no grita.

Eso es lo primero que noto, y lo que me descoloca.

No pide ayuda. No llora. Mira cómo la cosa carga contra él con una cara —la veo un instante, entre embestida y embestida— que no es de terror.

Es de cansancio. La cara de alguien que ha hecho esta cuenta muchas veces y siempre le sale el mismo número, y ha dejado de discutir con el resultado.

Fuerzo la vista sobre él, no sé por qué, quizá porque no sé hacer otra cosa útil. Arriba, el nombre: se me escapa, como todos. Y debajo, la palabra corta, la que yo sí leo —

no hay ninguna.

No me sale ninguna lectura. Donde en todo lo demás siempre acaba asomando algo —aunque sea mal, aunque sea tarde—, en él el ojo se me mete y no encuentra por dónde seguir.

No es que no tenga nada; es peor. Es como si hubiera ahí una falta de relieve, un sitio donde el mundo hubiera querido sacar palabra y se hubiese quedado a medio camino.

No me da tiempo a que eso me dé el escalofrío que merece, porque el peluche, mientras retrocede para la embestida buena, la de rematar, se da cuenta de que estoy ahí, y se gira de golpe, como si me hubiera estado esperando y lo que hacía hasta ahora fuera solo matar el tiempo.

Y aquí ocurren, muy juntas, dos cosas.

La primera: leo embiste un latido antes de que embista. La palabra tiembla, se tensa, se prepara , y por primera vez desde que caí a este mundo tengo el medio segundo que la otra vez no tuve, el medio segundo exacto que me faltó para no morir. Toda la información del universo, servida, a tiempo.

La segunda: no tengo ni idea de qué hacer con ella.

Porque saber que algo va a embestir y saber esquivar una embestida son dos cosas distintas, y de la segunda tengo cero.

Así que hago lo único que hace un cuerpo cobarde con medio segundo de aviso: se tira al suelo.

Me tiro. De cualquier manera, sin gracia, soltando un ruido que no pienso transcribir, y el cuchillo —que llevaba por delante como un idiota— se me va de la mano por los aires.

El peluche embiste el sitio donde yo estaba y ya no estoy.

Y el cuchillo, que sube, que gira, que hace toda esa parábola tonta que hacen las cosas cuando se te caen, baja.

Baja justo cuando el peluche pasa por debajo.

No apunté. Que quede en acta, para siempre, que no apunté, que no había plan, que si me pusierais a repetirlo mil veces le daría al suelo, o a mí, o al medio demonio: el cuchillo baja, el peluche pasa, y se le clava en lo alto de la masa gris con un ruido húmedo y definitivo, hasta el mango, por pura potra, por pura geometría indiferente del universo.

El peluche se para.

Da dos pasos de lado, como un borracho. La palabra embiste tiembla, parpadea —y se apaga como una vela. Y encima, un instante, antes de que la masa se desplome, la otra palabra, la que nunca leo, se agranda, se aclara, se abandona:

y no llego. Se me escapa igual. Hasta muerto me gana en eso.

Silencio.

Y entonces me pica el brazo. No un picor de picadura: uno de debajo de la piel, breve, cálido, y cuando me subo la manga hecha jirones de esta ropa que no pedí, lo veo.

Tengo palabras en el brazo. Cómo no voy a tenerlas, si todo lo demás las tiene encima; pero estas son mías, están en mí, pequeñas, apretadas en el antebrazo como una cicatriz que alguien escribió, y no las había mirado porque uno tiene sus prioridades y mirarse los brazos no estaba entre las de hoy.

Una de ellas está cambiando de color.

Despacio, mientras la miro, un trazo que era gris apagado —el gris de todo lo que no importa— se tiñe de un tono más cálido, subiendo desde abajo como el vino en un terrón de azúcar.

No sé qué pone; ni las mías sé leerlas, del revés, apretadas.

Pero el color sí lo veo, y ha subido de algo a algo, y entiendo —con esa media comprensión torpe que es lo único que tengo— que acabo de hacer algo lo bastante bien como para que el mundo lo apunte.

He matado. Voy vestido de cazador. Y en alguna parte de mí, en un idioma que no domino, acaba de constar que ahora soy un poquito mejor cazador que hace un minuto.

Es la cosa más ridícula por la que me he sentido orgulloso en mi vida. Maté a un peluche tirándome al suelo. Y aquí estoy, con el brazo en alto, mirándome un color como un idiota, absurdamente contento, hasta que la voz de las raíces me devuelve al mundo.

El medio demonio, la primera vez que oigo su voz, ronca y tranquila, con un fondo de sorna que le cuesta salir, como si hasta la sorna le diera pereza:

—Ha sido lo peor que he visto hacer a nadie —dice—. Y he visto morir a mucha gente aquí de formas ridículas.

Me incorporo sobre los codos. Sigue encajado entre las raíces, sin ademán de salir, como si salir tampoco mereciera el esfuerzo.

—Ha funcionado —digo, con lo que me queda de voz.

—Ha funcionado —concede, y algo que en otra cara sería una sonrisa le pasa por la suya sin llegar a posarse—.

Enhorabuena. Eres el idiota con más suerte de este piso.

—Ladea la cabeza, los cuernos torcidos captando la luz—.

Lo cual, teniendo en cuenta que el récord lo tenía yo hasta hace un momento, y mírame, no es tan buena noticia como suena.

No huye, no me da las gracias, no me ataca. Se queda ahí, con esa calma de quien ya ha gastado todo el miedo que tenía asignado para una vida entera, y yo lo miro a él, a los cuernos desiguales y al renglón vacío que le tiembla sobre la cabeza donde debería poner lo que hace.

Y pienso, con mi pésimo instinto: este también está mal escrito. Como yo.

—¿Piensas levantarte alguna vez? —le pregunto.

Me mira como si la pregunta fuera nueva. Como si hiciera mucho que nadie daba por hecho que fuera a hacerlo.

—Estaba esperando —dice— a ver si valía la pena. Me llamo Sarn.

Busco mi nombre para responder y tardo demasiado; parece no importarle en absoluto.

No dice si ha decidido que sí. Pero saca un brazo flaco de entre las raíces, despacio, y espera, con la palma hacia arriba, a que yo —que soy el peor colocado de los dos para ayudar a nadie— haga el esfuerzo de tirar de él.