Capítulo 1 — La grieta #2
Pero ya se marcha, con esa manera de andar con que los gatos te dejan claro que la conversación la termina el gato, y lo último que me llega de ella, por encima del hombro, otra vez con el sentido un latido antes que el sonido, es:
—Si sigues vivo mañana, ven al humo. Igual me caes un poco menos mal.
Y ya no está.
Me quedo solo, con hambre, sin plan, con una advertencia que no entiendo del todo y una pregunta sin respuesta, que es la excusa perfecta para ignorar ambas cosas, y con la sensación, cada vez menos descartable, de que en este sitio nadie se ha preguntado nunca por qué las cosas son como son —y de que yo, que no sé hacer nada bien, resulta que no sé hacer otra cosa.
Miro hacia donde me ha dicho que no vaya.
Ya sabéis cómo acaba esto.
En efecto, voy hacia donde me ha dicho que no vaya, pero quiero que conste —para el juicio, para quien lleve la cuenta de estas cosas— que no voy por valiente. No hay una sola fibra valiente en todo mi cuerpo y no pienso empezar a fingir ahora.
Voy por tres razones, todas malas.
La primera: hacia el otro lado no había nada, y hacia donde ella ha señalado hay, como mínimo, algo . Un algo es más que un nada.
La segunda: ha dicho “el humo”. Y el humo lo hace la gente, y la gente tiene comida y paredes y respuestas, y yo llevo unas horas que se me hacen años sin ninguna de las tres. Para llegar al humo hay que pasar por el algo. La expongo para que se vea lo bien construida que estaba mi lógica.
Y la tercera, la de verdad, la que no le contaría a nadie: me lo ha dicho con desdén.
Me ha mirado como se mira a una piedra que habla, y una parte muy pequeña y muy estúpida de mí —la misma que metió el dedo en la grieta— ha decidido que no pienso darle la razón a una gata que ni se ha limpiado la sangre de la barbilla.
Es un plan que depende por completo de que yo sea otra persona. No lo soy. Pero lo intento igual.
Lo oigo antes de verlo, y lo que oigo me relaja, que es justo el problema.
Es un sonido tierno. Un mordisqueo. Un rumiar tranquilo y húmedo, de animal que come hierba sin prisa, y cuando aparto las ramas casi me río del alivio.
No sé qué es. Del tamaño de un ternero pequeño, redondo, cubierto de una lana gris que le cae sobre los ojos, con una cara plana y boba de herbívoro y una especie de flequillo.
Arranca matojos con la dedicación de quien no ha tenido un pensamiento en su vida, y al oírme levanta la cabeza y me mira con dos ojos enormes, húmedos, absolutamente vacíos.
Y yo pienso, y pido disculpas a quien corresponda: ¿de esto me avisaba? ¿De un peluche?
Me acerco. Claro que me acerco. Después de la grieta y la caída y el pájaro que cayó recto, mi cerebro ha encontrado por fin algo que encaja en su idea de cómo debería ser el mundo —un bicho gordo y tonto comiendo hierba— y se agarra a ello con un alivio patético. Bajo la poca guardia que me quedaba.
—Hola, gordo —le digo.
El gordo deja de masticar.
Hay un instante. Uno solo, en el que las dos cosas que llevo dentro peleándose toda la vida se ponen de acuerdo, y las dos dicen lo mismo, sin ironía: vete .
El miedo, porque nada bueno empieza cuando un animal deja de masticar y te mira.
Y la parte testaruda, esta vez, no discute, porque hasta ella ve que los ojos vacíos ya no están vacíos.
Y ese acuerdo, esa única vez en mi vida en que el cobarde y el cabezón coinciden en que hay que irse —
llega medio segundo tarde.
Porque en lugar de haberme ido, estoy calculando irme cuando lo que tocaba era correr. El miedo, que debería lanzarme, me paraliza; la cabezonería, que debería haberme sacado de aquí, me tiene clavado queriendo entender. Y entre las dos me quedo el tiempo justo. El único que no había que quedarse.
La cosa se mueve.
No os voy a mentir diciendo que vi cómo. No lo vi. Una masa de ternero no debería moverse a esa velocidad. Va contra alguna ley. Y lo último coherente que formula mi cabeza —lo juro, es de verdad lo último— es una queja indignada y mezquina, muy mía:
esto no es justo, esto ni siquiera tiene dientes de
Y entonces resulta que sí tiene.
No hay chiste, porque duele de una manera que no había dolido nunca nada, y se lo lleva todo por delante —el ingenio, el nombre, las ganas de quedar bien—, y de repente no hay nadie haciendo comentarios ahí dentro, ni un espectador, solo yo, muy pequeño, muy solo, entendiendo demasiado tarde que esto era en serio, que siempre lo fue, que el aviso era verdad.
Se pone todo lejos. Hay frío donde no debería. Quiero decir algo y no hay con qué, el aire se ha vuelto la cosa más cara del mundo y no tengo con qué pagarla, y lo que queda de mí, la última brasa, no piensa en mi casa ni en la taza a medias ni en nada que merezca la pena.
Piensa, como un niño, casi sin palabras:
no
no todavía
Y luego —
vale.
Ya conozco esta parte. Es la segunda vez que me pasa hoy, o puede que ya no sea hoy; he perdido la cuenta de qué día es en un sitio donde no estoy seguro de que haya días.
Pero la sensación la reconozco: el caer que se convierte en estar tumbado, como si otra vez hubieran quitado lo feo y me hubieran dejado directamente en la parte de después.
Estoy de espaldas. Hay algo blando debajo. Huele a verde.
Abro los ojos, y hay un cielo, y es azul, y por un segundo entero me permito la esperanza estúpida de que nada haya pasado. De que la grieta, la caída, la gata, el peluche con dientes —todo— haya sido una de esas pesadillas larguísimas de las que despiertas agradecido, con toda la vida por delante.
Me incorporo.
No hay sábanas. Hay bosque.
Y hay, lo noto enseguida, un problema con mi ropa.
Yo llevaba puesto lo de salir a comprar pan: ropa mía, de persona, aburrida.
Y ahora llevo cuero curtido y tela basta, correas donde no había correas, botas que no son mías pero me quedan como si lo fueran, y —me lo encuentro en el cinturón y me quedo mirándolo un rato largo— un cuchillo.
Grande, serio, de los que no se compran para pelar fruta, en una funda gastada que lo conoce mejor de lo que yo lo conoceré nunca.
Me miro las manos. Son mías. Diez dedos, ni uno de más otra vez, lo cual me decepciona vagamente porque ya me había hecho a la idea de una anécdota mejor.
Me toco la cara. Es mi cara. Me palpo entero, ahí sentado en la hierba como quien se hace un chequeo, y la conclusión es tan anticlimática que casi me ofende:
Soy yo.
Soy yo otra vez, igual que antes, con la única diferencia de que voy vestido de alguien que sabe lo que hace y llevo un cuchillo que no sé usar.
—¿En serio? —le digo al cielo, que sigue sin inmutarse—.
¿Me habéis matado? Ha dolido lo suficiente para contar.
¿Y me devolvéis igual, pero disfrazado de cazador?
¿Con un cuchillo? —Me levanto, sacudiéndome hierba de una ropa que no pedí—.
Menudo desastre de más allá. Ni siquiera habéis tenido la decencia de hacerme más alto.
Y estoy en plena queja, en pleno discurso a la nada, cuando lo veo por primera vez.
Al principio creo que es una mota en el ojo, de esas que flotan y se escapan cuando las miras de frente. Está sobre un arbusto, temblando un poco en el aire como el calor sobre el asfalto en verano, y cuando muevo la cabeza se mueve conmigo: no es una mota, está ahí , pegada al arbusto.
Entrecierro los ojos.
Y me da un dolor de cabeza inmediato, punzante, como cuando fuerzas para leer un cartel demasiado lejos y el cuerpo te cobra el esfuerzo.
Pero por un instante, antes de aflojar, lo veo con más nitidez: no es una mancha.
Es un trazo. Algo escrito, sí, pero no puesto encima del arbusto como un cartel; más bien salido de él por un punto, como si la cosa dejara asomar un relieve cuando uno la mira mal lo bastante.
Aflojo. Vuelve a ser mota, al borde de lo que se puede ver, ahí pero sin dejarse mirar.
Me quedo muy quieto.
Giro la cabeza y miro un árbol. Fuerzo. Duele.
Y ahí hay otra, más grande: no una. Al forzar mejor, de la primera asoma otra por detrás, o por debajo, no sé decirlo.
Una línea más densa se me escurre; la otra, la corta, sí se deja coger.
Parece que siempre son dos. La de arriba no la entiendo —una forma cerrada, densa, que se me resbala en cuanto la fijo—, pero la de abajo, la corta…
crece.
Eso pone. No sé cómo lo sé, no he leído una letra de esto en mi vida, pero la corta se me ordena sola en la cabeza: crece . La otra debe de ser lo que el árbol es —su nombre o su clase o como demonios lo llamen aquí—, pero eso no lo saco. A mí me entra lo que hace.
Miro la hierba. Fuerzo. Relieves diminutos, miles. No llego a sacar cada uno entero, pero por todas partes me brota la misma lectura corta: crece, crece, crece . Un campo entero gritando en silencio lo único que sabe hacer, y ni una vez el nombre de lo que lo grita.
Está todo escrito, o medio escrito, o dejando asomar escritura por donde no debería. No sé si cada cosa lleva su nombre y lo que hace o si yo solo les saco eso al mirarlas, pero hay algo en el mundo entero que se deja leer mal, y a mí me están entrando antes los verbos que otra cosa.
Vuelvo al arbusto de la mota verde. Fuerzo hasta que me lloran los ojos. De todo lo que tiene dentro, solo consigo sacar una lectura limpia, y no es la que esperaba.
no pone crece .
Pone otra cosa. Una sola, cortísima, y tardo un segundo horrible en ordenarla porque no encaja, porque no es lo que hace la hierba ni lo que hace un árbol, porque no debería estar en un arbusto que se está quieto delante de mí sin hacer nada:
espera.
Un arbusto crece. Un arbusto que espera no es un arbusto.
Suelto la vista de golpe. Me martillea la cabeza y me tiemblan las manos —diez dedos, los de siempre— y no es por el frío. No miro el arbusto. Muy conscientemente, con mucho cuidado, no lo miro, igual que de niño no mirabas al monstruo de debajo de la cama, como si no mirarlo lo mantuviera quieto.
—Vale —digo, muy bajo, porque es lo que digo—. Vale. Bien.
No está bien.