Palabras pequeñas (La Maraña 1)
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Capítulo 1 — La grieta
Se supone que en los últimos momentos de tu vida piensas cosas importantes.
Lo he leído en alguna parte. Que ves a tu familia. Que se te aparece un resumen ordenado de todo lo que fuiste, con su música y sus créditos, y que hay paz, y una claridad serena, como cuando se apaga un ruido que llevabas horas sin saber que estaba ahí.
Yo estoy cayendo por dentro de una cosa que no es aire, ni agua, ni luz, sino las tres discutiendo entre ellas, y lo único que mi cerebro ha decidido ofrecerme en este umbral entre lo que fui y lo que venga es la siguiente reflexión:
Qué idiota soy.
No en general: idiota en concreto, con una decisión que puedo señalar con el dedo.
Había una grieta, pequeña, del tamaño de una moneda, en un sitio donde no debería haber grietas, brillando con una luz con la que ninguna cosa sensata brilla, y yo la vi, y en lugar de pasar de largo como haría cualquiera con más instinto de conservación que una polilla, me acerqué.
Y miré. Y luego —esto es lo que de verdad no me perdono— metí el dedo.
Como quien comprueba si la pintura está seca.
La grieta no estaba seca.
Así que ahora caigo, y me vienen a la cabeza, con un orden que sería cómico si le pasara a otro, las grandes preguntas de la existencia.
Cómo he llegado hasta aquí. Qué he hecho con mi vida.
Por qué, de entre toda la gente del mundo, tuve que ser yo el que encontrara el único agujero que tiene el mundo.
Hay quien se pasa la vida buscando lo extraordinario y muere sin rozarlo.
Yo iba a comprar pan. Es importante que conste que iba a comprar pan.
Pienso, sin querer, en la mancha del techo que llevaba dos años prometiéndome mirar.
En la taza que dejé a medias. Pienso —y esto me da más rabia que el resto junto— que nadie va a saber qué me pasó, que voy a ser el que un día no volvió, y que la última frase que le dije a alguien fue “ahora vengo”.
Ahora vengo.
Buenas últimas palabras. Precisas. Optimistas. Falsas.
La sustancia se vuelve más espesa, o yo más lento, y la parte de mí que sigue haciendo chistes en mitad del desastre —esa no se calla ni bajo tortura— apunta que, si esto es morir, es la muerte peor diseñada de la que tengo noticia, y que si hay alguien al otro lado con respuestas, pienso pedirle una hoja de reclamaciones.
Y entonces deja de haber caída.
No hay golpe. Eso es lo primero que noto, y lo noto con la desconfianza de quien esperaba uno. En algún momento entre un parpadeo y el siguiente, el caer se convierte en estar tumbado, como si alguien hubiera editado la parte fea y me hubiera dejado directamente en el después.
Estoy de espaldas. Hay algo blando debajo. Huele a verde, a tierra mojada y a una tercera cosa por debajo que decido, por salud mental, no intentar reconocer todavía.
Abro los ojos.
Hay un cielo. Es azul. Agresivamente normal, un azul de tarde de domingo, con un par de nubes puestas ahí con el desgane de quien decora un escenario que nadie va a mirar de cerca.
Y sobre mí, copas de árboles: un bosque de manual, de los que salen en las primeras páginas, antes de que empiecen los problemas.
Me quedo quieto un rato largo. Respiro. Cuento dedos —diez, y me sorprende alegrarme tanto por una cifra tan poco notable —.
Compruebo que soy yo, con mi cobardía de siempre a pleno rendimiento, porque lo primero que hace es informarme de que no tengo ni idea de dónde estoy, de que los sitios que uno conoce no huelen a esa tercera cosa de debajo.
Me siento. Despacio. El bosque sigue ahí, tan tranquilo que resulta casi ofensivo.
—Vale —digo, a nadie, con la voz de quien se oye por primera vez en un lugar donde su voz no significa nada—. Vale. Bien.
No es que esté bien. No hay una sola parte de esto que lo esté. Pero llevo toda la vida diciendo “vale, bien” a cosas que no lo estaban, y no voy a dejarlo ahora solo porque me haya caído por una grieta hacia dentro del mundo.
Me pongo de pie.
Y por un segundo, mientras el bosque me observa con esa calma vegetal que empieza a caerme mal, tengo la sensación absurda —tan pequeña que la descarto casi antes de tenerla— de que también me ha visto llegar. De que en algún registro que no veo, alguien acaba de apuntar que hay uno nuevo.
Sacudo la cabeza. Tonterías. Es un bosque.
Echo a andar hacia donde los árboles parecen menos árboles, que es lo más cerca que tengo de un plan, y me digo lo que me he dicho toda la vida antes de cada mala decisión, con la misma confianza de siempre y los mismos resultados de siempre:
Qué puede salir mal.
He caminado lo suficiente para tener hambre y no lo suficiente para tener un plan, que es más o menos el equilibrio en el que se ha desarrollado toda mi vida, así que en cierto modo me siento como en casa.
El bosque no ha cambiado. Sigue verde, sigue oliendo igual, y sigue teniendo esa tranquilidad que a estas alturas ya no me parece calma sino paciencia. La calma no espera nada. La paciencia sí.
Estoy pensando exactamente eso —felicitándome por lo profunda que me ha salido la distinción, como si tuviera público— cuando oigo la primera voz que no es la mía desde que me caí del mundo.
No es una palabra. Es un chasquido. Corto, seco, con un filo dentro, dicho en tono aburrido, y en el mismo instante en que lo oigo un pájaro que cruzaba entre dos ramas deja de cruzar.
No cae dando tumbos, como los pájaros muertos.
Cae recto, como una piedra, como si de golpe hubiera dejado de tener permiso para volar, y aterriza en una mano abierta que ya estaba esperándolo debajo.
La mano es de una chica. O de algo que mi cabeza archiva como chica porque no tiene dónde meterlo: tiene orejas de gato, altas, grises, girando cada una por su lado con esa independencia inquietante de dos animales al acecho, y una cola que se mueve despacio detrás sin que ella parezca enterarse.
Está agachada sobre una raíz, comiéndose al pájaro.
Con las manos, a mordiscos, con una glotonería tranquila y absoluta, sin mirar lo que come, como quien vacía una bolsa de patatas viendo la tele. Escupe algo a un lado. Vuelve a morder.
Yo me he quedado detrás de un árbol, y aquí tengo que ser honesto sobre la clase de persona que soy: la parte de mí que debería estar procesando “acabo de ver a alguien matar a un pájaro con un ruido” va muy por detrás de la que procesa “hay otra persona, no estoy solo”.
El alivio me llega antes que el miedo. Siempre antes de lo que debería, y siempre lo pago después.
Salgo de detrás del árbol.
—Hola —digo.
Y me arrepiento al instante, porque lo digo con voz de perro perdido, y ella levanta la cabeza del pájaro con una lentitud que no promete nada bueno.
Las orejas se le orientan hacia mí, las dos a la vez, adelantándose a sus propias intenciones.
Tiene sangre en la barbilla y allí se queda, como si limpiársela fuera a otorgarme un papel que no parece dispuesta a concederme.
—Hola —repito, más bajo, ya sin convicción.
Y ella dice algo.
Y aquí pasa la cosa rara, la que voy a pasar un rato largo sin saber nombrar. Que la entiendo. Entiendo perfectamente lo que dice, que es:
—Estás vivo.
Pero lo entiendo mal de tiempo . Me llega lo que significa un instante antes de oír cómo suena, como una película con el sonido corrido, como si el sentido viajara por un camino más corto que las palabras.
Me llega el “estás vivo” limpio y entero, y solo un parpadeo más tarde el ruido con que lo ha dicho, que no se parece a ninguna lengua que yo haya oído, todo consonantes mojadas y una vocal que no existe.
Sacudo la cabeza. Otra vez las tonterías. Es el hambre.
—Eh. Sí —digo—. Estoy vivo. Bastante. ¿Por qué lo dices como si fuera raro?
Ella me mira un momento más y, con un desdén casi admirable por lo poco que le cuesta, vuelve al pájaro.
—Porque el bosque —dice, entre mordisco y mordisco— se come a los que caen. Tú has caído. No te han comido. —Se encoge de hombros—. Raro.
Hay muchas cosas en esa frase que deberían preocuparme, y las archivo todas para luego, junto con lo del sentido que me llega antes que el ruido, porque mi cabeza, que no aprende, se ha enganchado en el chasquido con el que ha matado al pájaro.
—Oye. Eso de antes. El ruido. ¿Qué has…?
—Palabra de caza —dice, como se le dice la hora a un pesado.
—Ya, pero. —Y aquí lo hago. Aquí hago la cosa que voy aprendiendo que no debería hacer nunca—. ¿Por qué esa?
Ella para de masticar.
Por primera vez me mira de verdad, con las dos orejas y los dos ojos, y no es una mirada mejor que la de antes. Es la que le pondrías a una piedra si la piedra te diera los buenos días.
—¿Qué?
—Que por qué esa palabra —digo, y ya no puedo parar, porque el miedo me hace callar pero la testarudez me hace seguir, y llevan toda la vida peleándose y casi siempre gana la idiota—. Funciona, lo he visto. Pero ¿por qué esa ? ¿Por qué ese ruido y no otro? ¿Quién decidió que…?
—Es la palabra de caza —dice, muy despacio, como si el problema fuera que no la he oído.
—Sí, pero por qué.
—Porque es la palabra de caza.
Nos miramos. Y me doy cuenta, con un retraso que ya empieza a ser mi marca personal, de que no me está desafiando ni ocultando nada: es que de verdad no lo sabe.
La pregunta no le cabe, como si yo le hubiera preguntado por qué el agua está mojada y ella no supiera responder, no por tonta, sino porque nadie en toda su vida ha considerado que “por qué” sea algo que uno le pueda hacer al agua.
—Eres muy raro —dice al fin, y suena a diagnóstico cerrado.
Se levanta —es más alta de lo que parecía—, tira los huesos a un lado sin mirar y se sacude las manos en los muslos, las orejas ya desentendidas de mí, apuntando al bosque, a cosas más interesantes que un tipo caído del cielo que hace preguntas sin sentido.
—No vayas hacia allí —dice, señalando con la barbilla justo hacia donde yo iba—. Hoy hay algo despierto.
—¿Algo? ¿Qué algo?