Capítulo 26 — Una diferencia pequeña #2
Forcé la vista solo sobre aquel sector. Las palabras vivas aparecieron débiles sobre la piedra. No estaban encerradas allí. Tiraban desde la pared hacia algún punto distante de la maraña.
Sentí la misma estructura que había visto en los túneles y en la escama.
—Esto pertenece a los chupahierros.
Beral se acercó.
—¿Dónde?
Señalé las marcas.
—Esta es separa . Esa se parece a deja . Hay otra que podría ser recoge .
—¿Y eso significa que los criaban aquí?
—Significa que esas palabras están también aquí.
—No es lo mismo.
—Exacto.
Ivo se había alejado de la plataforma. Observaba todo el sector desde varios pasos atrás.
—Ven.
—Estoy leyendo.
—Estás contando árboles.
Me aparté de la pared. Desde donde estaba él, las inscripciones cambiaron.
No las marcas.
La forma que componían.
Las líneas que parecían independientes se reunían antes de alcanzar uno de los huecos lisos. Entraban en él y salían hacia otra parte del sistema.
—Ahí falta algo —dije.
—No falta.
—Está vacío.
—Para ti.
Me acerqué al hueco y volvió a parecer una superficie lisa. Ivo señaló con la barbilla.
—Ya estás otra vez.
Retrocedí. La forma general reapareció. Las líneas entraban en el hueco, se repartían dentro de algo que no veía y continuaban después.
No era una interrupción. Era una pieza.
—No puedo leerla.
—No necesitas leer una puerta para saber que la gente pasa por ella.
—Eso ayuda bastante.
Ivo señaló otros sectores.
Los huecos ocupaban posiciones semejantes. No eran iguales ni recibían las mismas líneas, pero siempre aparecían donde varias marcas convergían, se separaban o cambiaban de dirección.
Uno estaba rajado. Las inscripciones que llegaban hasta él se habían desviado hacia marcas vecinas. Allí separa seguía presente. Deja aparecía debilitada.
Entre ambas encontré la misma forma que había visto en la escama.
Incorpora .
El dolor aumentó cuando intenté seguirla. Cerré la vista y apoyé una mano en la plataforma.
—¿Qué ocurre? —preguntó Daggis.
Saqué la escama de la bolsa y la coloqué junto a las inscripciones.
Las marcas no coincidían. Las palabras sí.
—La criatura no había perdido separa . Sigue separando el metal.
—Pero se lo queda —dijo Lira.
—Sí.
Miré el hueco rajado.
— Deja sigue aquí, pero apenas tiene sitio. Y incorpora se ha metido entre las dos.
Beral observó la pared como si pudiera ver las palabras por insistencia.
—¿El agujero hizo a los pequeños?
—No lo sé.
—Pero está relacionado.
—Eso parece.
Era todo lo que podía decir sin mentir.
Ivo seguía mirando el conjunto.
—La grieta no termina ahí.
Una línea salía del hueco y recorría media pared. En varios puntos se desviaba hacia otras marcas. Algunas no podía leerlas. Otras desaparecían dentro de capas más antiguas.
—No está torcida una sola cosa —dijo—. Se van torciendo entre ellas.
La sala no parecía un lugar desde el que alguien hubiera dado órdenes a la maraña.
Parecía un lugar desde el que había vigilado por dónde pasaban sus errores.
Me quedé mirando las líneas. Yo siempre había trabajado de cerca: veía una palabra, después otra, las acercaba, las repasaba y las cosía hasta que decían algo mejor.
El jarabe había aliviado la tos y dormido a un hombre catorce horas.
La cerveza había juntado tres barriles de alcohol en uno.
Yo arreglaba la frase y después dejaba que lo demás encontrara sitio por su cuenta.
Miré los huecos. Las marcas que no podía leer. Las líneas que entraban y salían de ellos.
Yo llevaba todo ese tiempo arreglando frases sin preguntarme dónde metía lo que sobraba.
Los antiguos sí lo habían preguntado.
Habían puesto huecos a propósito, como desagües, y lo que sobraba caía ahí en vez de en los hombros del primero que pasara. A lo mejor no cosían mejor que yo. Recogían, y esa era la mitad del oficio que yo llevaba sin hacer desde la primera manta.
—¿Puedes repararlo? —dijo Beral.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué es ese hueco. Ni qué debería recibir. Solo veo que algo pasaba por ahí y ahora sale por otro lado.
—Eso es bastante.
—No para tocarlo.
Daggis se acercó a la plataforma.
—¿Hay algo pequeño que sí entiendas?
Miré alrededor. Junto al borde había una placa inclinada. Cedía un poco cuando alguien apoyaba peso. Sobre ella, sostiene estaba apagada y desgastada. La palabra aparecía unida a otra más débil:
Espera .
Entre ambas líneas había uno de los huecos pequeños. Parecía intacto.
Había leído aquella parte varias veces desde que entramos. Conocía ya la posición de las palabras y la forma general de la costura.
—Quizá.
—Eso es mejor que sí —dijo Daggis.
Me senté frente a la placa. Esta vez no intenté leer cada marca. Me aparté lo suficiente para ver por dónde tiraban las líneas, localicé el hueco y después volví a acercarme solo a las dos palabras que necesitaba.
Sostiene estaba cansada. No necesitaba repasarla mucho. Solo acercarla a espera , coserlas lo suficiente para que compartieran el peso y dejar un sitio por donde saliera lo que no encajara.
Levanté la mano. El gesto fue lento. Siempre lo era.
Repasé sostiene apenas lo necesario. La acerqué a espera y empecé la costura.
Las dos palabras se resistieron. No como cosas vivas, sino como piezas que llevaban demasiado tiempo soportando cargas distintas.
La placa dejó de ceder. En el borde del hueco apareció una grieta.
Me detuve.
No seguí hasta convertir una reparación pequeña en otra cabra.
La grieta avanzó el ancho de un dedo y se quedó allí. Retiré la mano.
Daggis apoyó peso en la placa. Aguantó. Después señaló la grieta.
—Has roto eso.
—Sí.
—¿Querías?
Miré la línea fina.
—No. Pero sabía por dónde podía romperse.
Era una diferencia pequeña.
También era la primera.
Ivo observó la costura desde varios pasos atrás. Yo ya no estaba mirando la placa: miraba las líneas que llegaban hasta el hueco y las que salían de él.
Esta vez no había necesitado que me dijera dónde ponerme.
La cámara vibró. Varias inscripciones se oscurecieron al mismo tiempo. En el sector de los chupahierros, incorpora se afirmó.
Beral levantó la lámpara.
—¿Qué has hecho?
Miré mi grieta, después la otra al fondo de la sala.
—Nada allí.
Cuatro golpes recorrieron la piedra desde detrás de las paredes.
Esta vez todos nos agachamos antes que Beral.