Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 27 — Nada que agarrar
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Capítulo 27 — Nada que agarrar

Los cuatro golpes terminaron. Esta vez nadie esperó un quinto.

Beral se levantó primero, no porque fuera el más valiente, sino porque llevaba demasiados días haciendo de persona que sabía qué hacer y ya no podía abandonar el puesto sin devolver parte del dinero.

—Fuera —dijo.

Nadie discutió.

La sala seguía vibrando. No mucho. Lo suficiente para que el polvo bajara de las inscripciones y las llamas de las lámparas se inclinaran todas hacia el mismo lado.

Miré la grieta que había hecho. Seguía siendo pequeña.

Eso no era una garantía. Las cabras también habían empezado pequeñas.

Daggis me agarró del cuello de la camisa y tiró.

—Puedes admirar tu desastre desde fuera.

—Todavía no sabemos si es un desastre.

—Se parece bastante a los anteriores.

No podía discutirlo sin hacer una lista.

Beral ya estaba en la galería. Lira lo seguía con la lámpara alta. Sarn desenrolló la espada corta, pero no la sacó. Octavo recogió la viga que había dejado junto a la puerta y la acomodó sobre el hombro.

Ivo no se movió. Miraba el sector de los chupahierros.

—¿Vienes? —le pregunté.

—Sí.

Siguió mirando.

—Eso suele incluir moverse.

—Estoy terminando.

—¿Qué?

—De mirar.

Daggis tiró otra vez de mi camisa. Nos fuimos sin él.

Llegó antes que nosotros a la puerta. No pregunté cómo. Algunas personas se aprovechan demasiado de que uno está ocupado huyendo.

La primera sala había cambiado.

Los grupos de inscripciones seguían en las paredes, pero varias palabras se habían afirmado. Pasa temblaba sobre la puerta abierta. Sostiene aparecía más limpia en una esquina. En uno de los huecos, la forma cerrada que no podía leer parecía más grande.

O quizá yo la veía mejor. Eso era peor.

Beral cruzó sin detenerse. Cuando Octavo pasó con la viga, la puerta exterior empezó a cerrarse.

La piedra avanzaba despacio, sin ruido. Octavo giró la viga y la metió entre la puerta y el muro. La piedra siguió empujando. La madera crujió.

—Eso no va a aguantar —dijo Lira, y se puso al otro lado a sujetarla.

—Ahora sí —dijo Octavo.

Pasamos uno por uno. Sarn. Daggis. Yo. Ivo se deslizó por el hueco cuando la viga ya estaba partiéndose.

—Lira —dijo Octavo.

Lira soltó y entró en el hueco de lado, primero el hombro. La viga se partió cuando llevaba medio cuerpo dentro.

No fue rápido. Eso es lo peor que puedo decir de aquella puerta: que no tuvo prisa. Siguió a la misma velocidad a la que llevaba avanzando desde el principio, sin acelerar, sin saña, como una cosa que hace lo que le toca.

Octavo metió las dos manos y empujó. Octavo, que levanta troncos.

La puerta se lo tomó como una opinión.

Conseguimos parar la puerta a duras penas. Todavía no sé cómo. La sacamos de allí.

Intentaba darnos instrucciones. Eso me pareció buena señal durante un rato bastante largo.

Octavo la llevó en brazos por la galería estrecha con el cuidado de quien lleva algo lleno hasta el borde. Beral iba delante apartando piedra. Daggis y Sarn se turnaban atrás, por el ruido lento que seguía moviéndose dentro de las paredes.

Los cuatro golpes no se repitieron. Lo que seguía moviéndose dentro de las paredes no eran los arañazos rápidos de los chupahierros pequeños: era un roce más lento, profundo, acompañado a veces por un sonido de piedra acomodándose.

Beral apretó el paso.

—¿Qué has tocado exactamente?

—Una placa.

—¿Estaba conectada?

—Todo estaba conectado.

—Podrías haberlo dicho antes.

—Lo dije varias veces.

No volvió a preguntar. Andar deprisa detrás de Octavo era una manera bastante buena de no seguir hablando conmigo.

El primer corredor estaba vacío. El segundo no.

Un chupahierros pequeño esperaba en mitad del camino. No parecía estar atacando. Estaba de pie sobre cuatro patas, con la cabeza levantada y las placas del lomo pegadas al cuerpo.

Octavo se detuvo con Lira en brazos. Lira llevaba la lanza al cinto y tres martillos, y en aquel corredor había tres criaturas que existen para comerse exactamente eso.

Ninguna vino.

La primera dio un paso hacia la pared. No hacia nosotros. Apoyó el hocico en una línea grabada, arañó la piedra y se apartó. Otro apareció detrás. Y otro más. No salían de las grietas: llegaban por el corredor y se colocaban junto a las inscripciones, cada uno en un punto distinto.

—No están atacando —dijo Beral.

—Todavía —dijo Daggis, que no baja el arco por estadísticas.

Daggis sacó un fragmento de metal ordinario y lo lanzó hacia el corredor por el que habíamos venido. Ninguno fue detrás. El trozo golpeó el suelo y quedó allí, sin interés.

—Eso es nuevo —dijo Beral.

Ivo observaba las posiciones de los animales.

—No buscan metal.

—¿Entonces qué?

Ivo señaló las paredes. Estaban colocados donde las líneas se cruzaban. Uno rascaba una marca. Otro mordía el borde de un hueco. Un tercero había empezado a arrancar una inscripción con las garras.

Forcé la vista un instante y lo dejé enseguida, porque Lira estaba haciendo un ruido que no me dejaba pensar en paredes. Me dio tiempo a ver que busca se había movido. No mucho. Lo suficiente.

—Nos vamos —dije.

—Eso ya lo estábamos haciendo —respondió Daggis.

No nos siguieron. Se quedaron con las paredes.

El ruido lento que llevábamos oyendo desde los cuatro golpes seguía moviéndose dentro de la piedra, y hasta aquella tarde yo había creído que era algo persiguiéndonos. Era la maraña masticándose.

El corredor hundido lo estaba de verdad. No era el mismo paso estrecho de la ida: parte del techo se había venido abajo, y lo que había caído era piedra limpia, sin polvo viejo. Reciente.

Octavo dejó a Lira en el suelo con mucho cuidado y fue a sacar bloques con los demás.

Me dejaron con ella porque era el único que no hacía falta en ninguna otra parte.

Forcé la vista. A la gente se la lee por encima —el oficio, el grado, lo que el mundo ha decidido que eres—, y eso lo hace cualquiera en cualquier mercado. Debajo hay más. Nunca había mirado tan abajo. Se parece bastante a apartar una cortina.

Debajo no hay renglones. Hay una espesura. Cientos de palabras encima de otras palabras, tan juntas que no se dejan contar, y de vez en cuando una que sube y se deja mirar un momento antes de volver a hundirse.

Trabaja oscilaba arriba del todo, gastada por el uso. Aguanta , casi tan grande. Cuenta . Mide . Avisa —esa estaba dos veces, y me dieron ganas de reírme y no pude.

Y en algún sitio de aquel amasijo, mucho más abajo, con un trazo tan fino que al principio lo tomé por una raya del cuero: ama .

Ahí me sentí peor que en todo aquel día, y todavía no había muerto.

Que estuviera escrito no me decía nada, porque una palabra sola no dice a quién.

Y yo no sabía a quién. Ni de qué se reía.

Ni qué esperaba, si es que esperaba algo.

Llevaba seis días trabajando a su lado y sabía de ella su oficio, su lanza y su opinión sobre el fresno.

Trabaja se fue primero. No se rompió ni se borró: se puso pálida, y cuando fui a agarrarla ya no había dónde poner el dedo.

Empujé aguanta hacia el hueco de la otra y pasó de largo, sin engancharse, como una rueda resbalando sobre el hielo.

Puse el índice sobre mide y seguí el trazo entero, despacio, sin salirme, y el trazo se apagó debajo del dedo mientras lo seguía. La repasé tres veces. La tercera ya la repasaba de memoria, sobre nada.

Cogí avisa y cuenta y las enlacé término a término, y funcionó, y aguantó dos segundos, y las dos se fueron juntas, cosidas, que fue peor.

Me sangraba la nariz. Recuerdo pensar que ojalá me sangrara más, porque al menos era algo saliendo de mí y no de ella.

La espesura se fue aclarando. Eso es lo que hace, resulta. No se apaga de golpe: se ordena, y cuando por fin puedes leerlo todo es porque ya no queda casi nada.

Ama fue la última. Aguantó más que aguanta , que es la broma más fea que me ha hecho este mundo.

No había nada roto. Eso es lo que no pude encajar durante días. Yo sé arreglar lo que está roto por un sitio. Allí no había sitio.

Cuando volvieron con las manos llenas de polvo yo seguía con el dedo puesto, repasando una línea que ya no estaba, y Daggis tuvo que decírmelo dos veces.

No la maté leyendo mal. La maté tres salas más allá, con una placa que no me correspondía y una grieta que me pareció pequeña.

Cargamos con ella el resto del camino. Nos costó más subir que bajar, y no solo por el peso que cargábamos. Dos veces tuvimos que buscar otra galería porque la nuestra ya no estaba, y la segunda vez la piedra caída todavía estaba tibia.

Nadie habló. Octavo la llevaba al hombro y yo iba detrás, mirándole la espalda, que era el mejor sitio al que mirar para no verle la cara.

Y en algún punto de aquella subida, sin darme cuenta y sin querer, me puse a hacer lo que hago siempre: pensar si podía arreglarse. Si empujaba incorpora hacia el vecindario viejo. Si podía repasar separa lo justo. Si desde más lejos se vería mejor el dibujo.

Tardé un rato en darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Llevaba a una mujer muerta delante y estaba diseñando el siguiente arreglo.

Salimos de la maraña de noche. Habíamos entrado por la mañana.

La mujer del mapa estaba bajo el toldo, exactamente donde la habíamos dejado tres días antes, lo que me hizo sospechar que quizá no dormía o que alguien la sustituía por otra igual. Nos vio llegar desde lejos, y lo primero que miró no fue la cara de ninguno.

Después de eso todo fue muy rápido y muy ordenado, que es lo que peor recuerdo. Alguien trajo una manta antes de que Octavo llegara a la mesa. Alguien preguntó el nombre y lo apuntó en una lista que ya existía y que ya tenía otros nombres encima. Alguien dijo una cifra.

Lira entró en un renglón. Yo llevaba desde la grieta leyéndolos, y nunca había visto escribir uno.

Daggis no pidió más dinero.

Debí haberme dado cuenta por ahí de lo grave que era. Daggis pide más dinero en los entierros, en las bodas y probablemente en su propia ejecución. Aquella noche cogió lo que le dieron, lo guardó sin contarlo y se apartó de la mesa.