Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 27 — Nada que agarrar #2
96%

Capítulo 27 — Nada que agarrar #2

Beral habló con la mujer un rato. No hubo gritos. Beral había perdido a Naro y a los hermanos el mismo mes, y tenía la voz de quien ya sabe cómo se hace esto, que es una manera muy fea de ser competente.

—¿Qué hicisteis? —preguntó ella cuando terminó.

Todos me miraron. Tenía que empezar a cobrar por eso.

—Arreglé una placa.

La mujer esperó.

—Y la rompí un poco.

Siguió esperando.

—Pero por donde quería.

Lo dije igual que lo había dicho en la sala, con las mismas palabras, y en la sala me había parecido una frase bastante buena.

Ivo apoyó una mano en el borde de la mesa.

—La costura funcionó.

Beral giró hacia él.

—La puerta ha matado a Lira.

—La puerta también funcionó.

—Eso no ayuda.

—No estaba intentando ayudar.

La mujer extendió un mapa nuevo. Era más antiguo que el anterior, dibujado sobre una piel rígida y cubierta de manchas. Varias líneas rodeaban la zona del templo. Algunas coincidían con las galerías actuales. Otras atravesaban roca sólida.

Ivo se inclinó. Yo hice lo mismo. La mujer señaló tres marcas.

—Los golpes vienen de aquí, aquí y aquí.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté.

—Hay puestos de escucha en la hondonada.

—¿Y qué significan cuatro?

—Que algo ha cambiado de dirección.

Eso era una explicación mucho peor ahora que sabía que era una explicación.

—¿Qué cosa?

—Depende de dónde golpee.

—¿Y dónde ha golpeado?

La mujer señaló el centro del dibujo.

El templo.

Beral cruzó los brazos.

—Lo ha despertado.

—No estaba dormido —dije.

—Ha hecho algo.

—Eso sí.

Daggis se sentó en una caja.

—¿Nos van a pagar más?

La mujer levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabemos algo.

—No sabemos qué.

—Eso es más de lo que sabíais antes.

La discusión tardó bastante. Terminó con una moneda extra por persona y la promesa de otra si regresábamos al día siguiente. Daggis aceptó la moneda y no la promesa.

Nos dieron una habitación distinta en la posada porque la nuestra había sido ocupada por tres trabajadores heridos y una mujer que roncaba incluso despierta.

La nueva tenía cuatro camas normales. Eso me preocupó. Nada en aquel nivel debía funcionar tan bien sin estar preparando algo.

Octavo dejó la mochila en un rincón y sacó el espadón para comprobar los mordiscos, y lo comprobó tres veces, y a la tercera ya no estaba comprobando nada. Sarn se sentó junto a la puerta. Daggis contó las monedas dos veces, primero las nuestras y después las de Beral, que no estaban allí.

Desde abajo llegaban voces y platos. Alguien discutía el precio de una garra: el campamento había aceptado la existencia de una nueva especie en menos de tres días y ya estaba intentando ponerle tarifa por peso.

Alguien contaba, riéndose, que los bichos habían dejado de morder las herramientas y se habían puesto con las paredes, y que a ver si con suerte les daba por comerse la roca y se ahorraban ellos el pico.

Le rieron la gracia. Yo también me reí, que es lo peor que hice aquel día después de matarla.

Ivo se quedó de pie junto a la ventana.

—Tú miraste una placa —dijo.

—Sí.

—¿Y sabías hasta dónde llegaba?

—No.

—Ya.

No dijo nada más. Podría haberme dicho muchas cosas y todas habrían sido más suaves que esa, porque cualquier acusación me habría dado algo contra lo que discutir.

—Te vas —dijo Daggis.

No era una pregunta.

Ivo asintió.

—Mañana.

—¿Por qué?

—Mi gente está al este.

—También estaba al este ayer.

—Ayer no sabía qué había aquí.

Daggis guardó las monedas.

—Ahora tampoco.

—Sé qué clase de cosa no sé. Y sé quién la va a volver a tocar.

Esperé a que dijera que no se refería a mí. Estuve esperando un rato.

A Daggis aquello pareció bastarle. A mí no.

—Podrías quedarte hasta entenderlo.

Ivo miró la pared. No tenía inscripciones.

—Podría quedarme hasta que tú lo entendieras.

—Eso puede llevar tiempo.

—Por eso me voy.

Se sentó en el alféizar. Durante un rato nadie habló.

—¿Tu gente conoce esos sitios? —pregunté.

—Conoce otros.

—¿También templos?

—Los llaman de otra manera.

—¿Cuál?

Ivo dijo una palabra que no entendí. Tenía demasiadas consonantes y parecía terminar antes de empezar.

—Eso no me ayuda.

—No es para los ciegos.

—¿Y qué significa?

—Lugar desde el que se mira lo que no cabe.

Esperé.

—Eso sí parece una explicación.

—No te acostumbres.

Sacó algo del bolsillo y me lo lanzó. Era la escama del chupahierros.

—Ya era mía.

—La estabas usando.

—También la usaba yo.

Le di la vuelta entre los dedos.

—Has dicho que no necesito pegar la nariz.

—No la necesitas.

—Pero a veces funciona.

—A veces también caerse te lleva abajo.

Daggis levantó una oreja. Ivo sonrió.

—Mira primero desde lejos. Después acércate solo a lo que cambie el dibujo.

—Eso ya lo sé.

—Ahora sí.

Era la primera vez que no me molestaba que tuviera la última palabra. Solo porque se iba.

A la mañana siguiente ya no estaba. No dejó nota.

Dejó la ventana abierta, una cáscara de fruta sobre el alféizar y dos monedas debajo de la cama, quizá por accidente o quizá porque los Sair despedían así a la gente. No tenía intención de averiguarlo.

Bajamos a desayunar. Beral nos esperaba con el mapa. Daggis pasó de largo.

—No volvemos hoy.

—La sala ha cambiado otra vez.

Daggis siguió hasta la mesa del desayuno.

—Entonces seguirá cambiada mañana.

Beral vino detrás.

—Se ha hundido otro tramo.

Eso la detuvo.

—¿Alguien dentro?

—Esta vez no.

Beral miró hacia mí.

—Se ha llevado un poste.

El poste decía señala . No necesitaba verlo para saberlo.

Me senté despacio. Había leído aquella estructura. La recordaba. Y, por primera vez, no necesité cerrar los ojos para imaginar por dónde podía haberse torcido.

Eso era bueno.

Seguramente por eso me dio miedo.