Capítulo 28 — Una dirección
La mujer del mapa entró en la posada aquella noche.
No sé si eso significa algo para vosotros.
Para el Arco Hundido significaba bastante.
Llevaba tres días viéndola bajo el toldo, siempre en el mismo sitio, con la misma postura, y había llegado a pensar que la habían construido allí junto con la mesa.
Cuando la vi cruzar la puerta conté las cabezas que se giraban, y la cuenta era: todas.
Traía el mapa enrollado bajo el brazo, lo cual me pareció una amenaza en sí misma.
—Cuatro días —dijo, y se sentó sin preguntar—. Cuatro días parados. Dos cuadrillas que no bajan porque la ruta corta se ha hundido y la larga pasa por debajo de una bóveda de la que ya nadie se fía. Eso son doce personas comiendo y ninguna trayendo.
Yo estaba contando otra cosa. Estaba contando cuántos pasos había de la mesa a la puerta y por qué lado tendría que salir Octavo para que yo saliera detrás.
—Lo siento —dije, que es lo que digo cuando no tengo nada.
—No he venido a que lo sienta.
—Eso me tranquiliza menos de lo que parece.
Desenrolló el mapa sobre la mesa, encima de los platos, y nadie retiró los platos, lo cual decía bastante de quién mandaba allí. Puso el dedo en la hondonada.
—Antes mordían las herramientas. Mordían las botas, los cinturones, las hebillas. Al chico de Terna le quitaron dos dedos el año pasado por un anillo. —Movió el dedo un poco—. Desde el jueves no muerden nada de eso.
—Ya.
—Ahora se comen las paredes.
—Eso también lo he visto.
—Haz lo mismo con las galerías.
Lo dijo sin levantar la voz, sin acusarme de nada y sin dejar espacio en medio, que es como se piden las cosas cuando estás segura de que son razonables. Y lo eran. Vista desde su lado de la mesa, la petición era tan sensata que a mí mismo me costó encontrarle el fallo, y eso que el fallo era yo.
—Yo no lo hice a propósito.
—Pero lo hiciste.
—Toqué una placa que no tenía nada que ver con las galerías. Y las galerías se enteraron.
—Pues vuelve a tocarla.
—No sé qué otra cosa va a enterarse esta vez.
Ella no se rió, pero le cambió algo en la cara, la clase de cambio que la gente reserva para los artesanos que se ponen difíciles.
—Todo el mundo toca palabras. Mi hermano tuvo una fragua veinte años y no sabía ni cómo se llamaba lo que estaba tocando.
—Su hermano tocaba la misma todos los días y no se movía de sitio.
—¿Y tú?
—Yo empujo una y se mueven seis. Y no sé cuáles hasta que alguien me lo cuenta.
Miré el mapa. Miré la mancha de grasa que se estaba comiendo la esquina del dibujo, que era lo único de aquella mesa que yo entendía del todo.
—Habría que ver la sala otra vez —dije.
Que en mi idioma quiere decir no , pero dicho de una manera que permite seguir cenando.
—Mañana bajamos al amanecer.
—No he dicho que pueda hacerlo.
—Tampoco has dicho que no puedas.
Y esa fue la conversación entera. Estuvo bien llevada por su parte y muy mal por la mía, y terminó exactamente donde ella quería que terminara: sin que yo hubiera aceptado nada y sin que pudiera decir que me había negado.
La mujer se fue con su mapa y yo me quedé donde estaba, que es lo que hago cuando lo que me espera arriba es una habitación silenciosa y llena del ruido de mis propios pensamientos.
El resto también se quedó. Y como nadie se levantaba y nadie decía lo que estaba pensando, terminamos discutiendo.
La discusión duró hasta que dejó de ser una discusión y pasó a ser gente repitiendo lo mismo con palabras cada vez más pequeñas, que es como terminan casi todas cuando nadie quiere admitir que sigue pensando exactamente lo mismo que al principio.
Beral quería que volviéramos abajo al amanecer.
Daggis quería cobrar primero.
Octavo quería devolver una viga que ya no existía entera, pero que él seguía considerando propiedad de alguien.
Yo quería irme.
No lo dije así porque decir quiero irme permite que los demás respondan, y lo último que necesitaba era que alguien cogiera una decisión sencilla, la pusiera en medio de la mesa y empezara a examinarla por todos sus lados hasta descubrir que tenía motivos.
Dije que ya habíamos visto bastante, que la sala seguiría allí al día siguiente y que nosotros no teníamos ninguna obligación de convertir cada cosa que yo tocaba mal en una profesión.
Beral respondió que había más dinero. Daggis preguntó cuánto.
La conversación sufrió una recaída.
Estábamos en la posada, alrededor de una mesa pequeña que se nos había quedado grande, y una silla vacía. Sarn miraba la mesa como si esperara que terminara confesando algo. Octavo sostenía un cuenco que parecía de tamaño normal hasta que quedaba dentro de sus manos.
Beral extendió el mapa, pero no para convencer a nadie. Estaba recalculando la ruta. Marcaba con el dedo los dos tramos hundidos, buscaba una tercera manera de llegar al nido y la iba encontrando, más larga y peor, con la paciencia de quien ya ha hecho eso otras veces en su vida.
La entrada del templo había vuelto a cerrarse. Cuatro golpes habían sonado en tres puestos distintos.
Todo aquello, según Beral, significaba que debíamos regresar.
Según yo significaba que las puertas se cerraban, los animales continuaban donde vivían y las piedras hacían ruido, tres comportamientos que hasta entonces no habían requerido nuestra intervención personal. Se lo expliqué.
Beral no pareció agradecido.
—Tú has activado algo.
—He arreglado una placa.
—La sala respondió.
—Las puertas también responden cuando las abres y nadie acusa al pomo.
Nadie dijo nada.
Fue el peor chiste en el peor momento. Cada vez sumo mejor las cosas que hago mal.
Daggis se cubrió la cara con una mano, no por cansancio, sino porque a veces verme era una parte innecesaria de escucharme.
—Mañana —dijo—. Decidimos mañana.
—No hay nada que decidir.
—Entonces será rápido.
—Podemos marcharnos.
—Podemos.
—Eso acabo de decir.
—No. Has dicho que debemos.
Había una diferencia entre ambas cosas. No una lo bastante grande para justificar otra hora de conversación, pero sí suficiente para que Daggis se sentara encima y no se moviera.
Octavo dejó el cuenco sobre la mesa.
—Hay que despedirse.
—¿De quién?
Miró alrededor de la sala, donde había trabajadores, arrieros, compradores, gente que nos había vendido comida y dos hombres que solo conocíamos porque discutían todas las noches en la mesa de al lado.
—De la gente.
—Hay mucha.
—Sí.
Eso parecía convertirlo en un trabajo de varios días.
Beral recogió el mapa cuando entendió que aquella noche no iba a obtener una respuesta. Nos esperaba al amanecer, dijo. Si no bajábamos, quería saberlo antes de formar la cuadrilla. Me pareció razonable.
Por eso decidí no estar.
Esperé a que la posada se durmiera, pero la posada tenía otras ideas.
Primero cerraron la cocina. Después alguien empezó una partida de dados en la sala.
Más tarde llegó una cuadrilla del turno de noche y pidió comida como si las ollas no hubieran recibido noticia del horario.
Dos personas discutieron sobre una deuda, dejaron de discutir y empezaron a mover muebles, que era una forma más cara de continuar.
Daggis dormía enroscada junto a la ventana, con una mano bajo la almohada y la otra sobre la bolsa de monedas. Octavo ocupaba la cama y parte del suelo. Donde dormía Sarn había un bulto inmóvil, imposible de distinguir en la oscuridad, aunque la luz no habría marcado ninguna diferencia.
Recogí mis cosas despacio, intentando que cada objeto pareciera parte de una tarea normal y no de una huida, aunque las mochilas tienen una capacidad limitada para colaborar con las mentiras de quien las llena.
No llevaba mucho: la manta, un trozo de cuerda, algo de comida y el hueco vacío donde antes estaba el cuchillo. El hueco no pesaba, pero ocupaba más que el resto. Lo que más pesaba era no llevar dinero, que estaba debajo de la mano de Daggis, y yo no soy tan valiente.
El farol estaba junto a la puerta. No era mío.
Lo cogí porque fuera todavía era de noche y porque devolverlo habría exigido estar allí por la mañana, que era precisamente la clase de obstáculo que estaba intentando evitar.
Tomé también una botella pequeña de aceite.
Tampoco era mía, pero una vez que uno roba una luz, dejarla apagarse a mitad del camino parece más una falta de planificación que una mejora moral. Abrí la puerta con cuidado.
Todo siguió inmóvil, así que decidí tomármelo como un permiso.
Bajé las escaleras y atravesé la sala vacía. Durante un momento pensé en dejar una moneda por el farol. Después me acordé de que no tenía ninguna, y como no podía pagarlo decidí que en realidad no quería comprarlo: quería devolverlo más adelante, cuando estuviera demasiado lejos para hacerlo.
Era una distinción importante mientras nadie la examinara.
Salí al campamento. De noche parecía más antiguo.
Sin trabajadores, carros ni voces, las construcciones recientes se confundían con los muros y los arcos rotos recuperaban el espacio.
Algunas luces seguían encendidas junto a la hondonada.
Más allá, las bocas de la maraña eran manchas negras dentro de otra oscuridad.
No miré hacia ellas. Eso tuvo que servir de despedida.
Tomé el camino del este hasta salir del campamento y, al llegar a la primera bifurcación, escogí el sendero que descendía. No sabía adónde llevaba, pero a esas horas cualquier camino que no supiera mi nombre tenía algo a favor.
El farol iluminaba un círculo pequeño. Fuera de él había hierba gris, piedras y restos de una calzada que aparecían y desaparecían bajo la tierra.
Caminé deprisa durante el primer tramo, como si Beral pudiera despertar, comprobar mi cama y organizar una persecución porque alguien le había robado un farol de segunda mano.
Después seguí andando deprisa porque ya había empezado, y la culpa funciona mejor cuando uno le da ejercicio.
A la media hora vi una figura en el camino. Alta, inmóvil, con cuernos y una mochila.
Me detuve.
La figura esperó a que llegara.
—No —dije.
Sarn empezó a caminar.
—¿Qué haces aquí?
—Camino.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no necesitabas preguntar.