Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 28 — Una dirección #2
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Capítulo 28 — Una dirección #2

Llevaba la espada corta al costado, una manta enrollada y una bolsa de provisiones. No parecía haberse levantado deprisa ni haberme seguido. Parecía haber preparado el viaje con bastante más tiempo que yo.

—¿Cuándo has salido?

—Antes.

Miré hacia el campamento, aunque ya no se veía.

—Te he dejado en la cama.

—No.

—Había alguien.

—La manta.

Recordé el bulto inmóvil.

—¿Has hecho un doble con una manta?

—He dejado una manta. A Sarn lo has puesto tú.

Continuó andando y me puse a su lado, porque no había una respuesta que mejorara aquello y porque seguir discutiendo habría exigido admitir que me alegraba de no estar solo.

—No habíamos decidido marcharnos.

—Tú sí.

—Eso no cuenta como decidirlo todos.

—No.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Sarn miró el camino.

—Porque te ibas.

Esperé algo más. No llegó.

Con Sarn, las explicaciones tenían siempre el tamaño exacto que él consideraba necesario, que casi nunca coincidía con el tamaño necesario para dejarme en paz.

Caminamos durante un rato sin hablar. No era un silencio cómodo, pero Sarn no parecía necesitar que lo fuera.

Yo llevaba el farol. Él avanzaba un poco por delante cuando el sendero se estrechaba y un poco por detrás cuando se abría, como si aquello hubiera sido decidido también antes de que yo llegara.

No mencionó el templo. Eso fue amable por su parte o terrible. Con Sarn era difícil distinguir ambas cosas porque utilizaba la misma cara.

El camino bajaba entre colinas bajas. A nuestra izquierda, las ruinas se hacían cada vez más escasas. A la derecha empezaba una zona de piedra oscura donde crecían arbustos blancos pegados al suelo.

Al cabo de una hora, Sarn señaló el farol.

—No es tuyo.

—Lo necesito.

—Eso no lo hace tuyo.

—Pensaba devolverlo.

—¿Cuándo?

—Cuando volvamos.

Sarn me miró.

—No vamos a volver.

—Entonces tardaré más.

No discutió, que era peor porque me obligaba a escuchar entera la respuesta que acababa de dar.

Seguimos hasta que la oscuridad empezó a perder fuerza. No amanecía exactamente; el gris se volvía menos oscuro y las piedras recuperaban bordes.

Apagué el farol. Quedaba poco aceite.

—Podríamos esperar —dijo Sarn.

Me giré hacia él.

—¿A qué?

—A los otros.

—No sabemos si vienen.

—Tú no sabes.

—¿Tú sí?

Sarn se sentó en una piedra.

—Daggis vendrá.

—¿Por qué?

—Está enfadada.

Eso era cierto, aunque Daggis podía estar enfadada desde cualquier lugar y no parecía una prueba suficiente de movimiento.

—Octavo puede quedarse.

—Tiene tu comida.

Abrí la mochila.

Había guardado pan, queso y una manzana pequeña. El queso resultó ser una piedra redonda, gris y bastante limpia. Debajo encontré otra piedra y una cuchara.

—¿Por qué tengo esto?

—Cogiste su bolsa.

—Esta es mi mochila.

—Él guarda cosas en todas.

El pan sí era mío, aunque estaba aplastado contra un carrete de hilo.

—Tengo comida.

—Para hoy.

—Hoy es una cantidad de futuro bastante razonable.

Sarn no respondió.

Nos quedamos allí. No porque yo estuviera esperando. Habíamos caminado durante horas y la piedra servía para sentarse. Si alguien aparecía detrás, sería una coincidencia relacionada con haber tomado el mismo camino.

Pasó bastante tiempo. Sarn no señaló que seguíamos allí. Era capaz de crueldades, pero no siempre las utilizaba.

Cuando el cielo aclaró del todo, oímos pasos. Primero un ritmo pesado y después otro más rápido.

Daggis apareció por el recodo con las orejas echadas hacia atrás y una expresión que podía haber cerrado el templo sin necesidad de palabras. Octavo venía detrás. Cargaba dos mochilas, un saco, el espadón y el resto del tronco.

No sabía que todavía quedara resto del tronco. Con Octavo, la madera tenía una vida más larga que algunas civilizaciones.

Daggis llegó hasta mí, miró el farol, miró a Sarn y por último me miró a mí.

—Eres un imbécil con farol.

—Buenos días.

—No.

Me quitó el farol, abrió la tapa y comprobó el aceite.

—Casi vacío.

—Ha cumplido su función.

—Su función era volver.

—Las funciones cambian.

—No toques esa frase.

Octavo dejó las mochilas en el suelo.

—No nos esperaste.

No lo dijo enfadado. Lo dijo como quien informa de que falta una silla, y precisamente por eso pesó más.

—No sabía si ibais a venir.

—Podías haber esperado para saberlo.

—Sarn vino.

Octavo miró a Sarn.

—Sarn estaba fuera antes que tú.

Me volví hacia él.

—¿Lo sabías?

—Sí.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—No preguntaste bien.

Daggis entregó el farol a Octavo.

—Lo ha robado.

Octavo lo examinó.

—Lo pagamos.

—¿Qué?

Daggis abrió mi bolsa de monedas, sacó una y me la enseñó.

—De aquí.

—Esa bolsa era mía.

—Por eso.

—Podríais haberlo dejado.

—También podíamos dejarte a ti.

Guardó la moneda. No pregunté qué habían decidido.

Me miró un momento, como se mira un material antes de decidir cuánto vale.

—En el templo dijiste que no.

—Lo sé.

—En la mesa no dijiste nada.

—Dije que habría que ver la sala otra vez.

—Eso es peor que nada. Es nada con más palabras.

Octavo abrió el saco. Había pan, carne seca, fruta, dos botellas de agua y un paquete envuelto en hojas.

—Nos dieron comida —dijo.

—¿Quién?

—La posadera. Beral. La mujer del mapa. Lira.

—Eso es mucha gente para dar comida.

—Nos despedimos.

La palabra quedó entre nosotros y el camino que yo había recorrido para evitarla.

Octavo sacó otro paquete y me lo tendió.

—Esto es para ti.

No lo cogí.

—¿De quién?

—No sé.

—¿Qué es?

—Tampoco.

Daggis me lo lanzó. Lo atrapé por reflejo.

Dentro había una funda de cuero nueva, vacía y del tamaño exacto de mi cuchillo.

No llevaba nota. Pasé el pulgar por la costura. Era buena, mejor que la anterior. No servía para nada sin el cuchillo, pero la guardé porque algunas cosas empiezan a importar justo cuando dejan de tener uso.

—¿Quién la dio?

—La posadera tenía una caja con cosas que dejan las cuadrillas —dijo Daggis—. Octavo dijo que necesitabas una.

—No tengo cuchillo.

—Por eso sobraba.

—¿Beral preguntó por mí?

Daggis empezó a caminar.

—Sí.

—¿Qué dijiste?

—Que habías ido a pensar.

—Eso no se lo creyó.

—No. Pero le hizo gracia.

Octavo recogió las mochilas.

—Quería que volviéramos abajo.

—Lo sé.

—Le dijimos que no.

—¿Todos?

Octavo asintió.

—Lo decidimos.

Miré a Daggis.

—Anoche no.

—Anoche estabas demasiado ocupado decidiendo por los demás.

No podía defenderme sin hacerlo otra vez.

Seguimos los cuatro. Al llegar a la siguiente bifurcación, el camino principal continuaba hacia el este. Era ancho, firme y tenía marcas de carros. El otro descendía entre dos paredes antiguas hacia una zona donde la niebla se acumulaba en el fondo.

Tomé el segundo.

Daggis se detuvo detrás de mí.

—Ese baja.

—Ya.

—El otro sigue el nivel.

—También.

—No. Sigue este nivel.

Miré el sendero. Las piedras desaparecían más abajo.

—Por eso.

Daggis volvió la cabeza hacia Octavo.

—Tú tienes el mapa.

Octavo sacó un rollo de la mochila. Lo abrió al revés, lo giró y estudió las líneas.

—El de abajo llega a otra puerta.

—¿Y el otro?

—A un pueblo.

Daggis me miró.

—Comida, camas y gente que quizá no quiera mordernos.

—También habrá trabajo.

—Sí.

—Y preguntas.

—Probablemente.

Señalé el camino descendente.

—Ese tiene una puerta.

—Eso no es una ventaja.

—Ya sabemos cruzarlas.

Daggis sostuvo mi mirada durante unos segundos y después empezó a bajar.

—Solo sabes ir en una dirección.

No era verdad. También sabía huir.

Lo que ocurría era que, por alguna razón, siempre huía hacia abajo.