Miles aseguran que la Virgen se aparece en un pueblo de México. El jesuita que recibe el encargo de investigar las visiones no está dispuesto a creer sin pruebas.

En 1983, José María Arizaleta, ingeniero navarro marcado por la violencia de El Salvador, llega a San Miguel Tlalilnamican, en Querétaro.

Las supuestas apariciones han transformado el pueblo y atraen a peregrinos, periodistas y representantes de la Iglesia. Unos buscan fe; otros, titulares, influencia o dinero.

Mientras José María intenta separar los hechos del fervor, descubre que el verdadero peligro no está solo en averiguar qué ocurrió, sino en quién tendrá el poder de decidir cómo se contará.

Muchos años después, el pasado regresa para reclamar lo que José María nunca pudo darle: una versión completa.

Nadie entierra los nombres combina la incertidumbre del suspense psicológico con la mirada moral de la ficción literaria, en una historia de trasfondo histórico sobre la fe y la duda, los dueños de la verdad y el precio de callar.

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