Capítulo 67
L a carpeta de Flores Magut seguía sobre la mesa, intacta. No había firmado. No podía.
Un rumor creciente se filtró por debajo de la puerta. Me sacudió del vacío mental en el que me había refugiado. Las voces masculinas chocaban con violencia y subían de tono con cada réplica.
—… no tiene jurisdicción sobre un ciudadano español…
—… me importa un carajo si viene del mismísimo Vaticano…
—… relaciones diplomáticas… que su departamento no está autorizado a manejar…
Las palabras se estrellaban contra los muros del corredor. El golpe de un puño contra algo sólido atravesó los pasillos.
Luego, silencio.
El tintineo metálico de unas llaves, una respiración agitada justo al otro lado, un jadeo lastimero.
La cerradura giró con un chasquido que me erizó la piel.
Esperaba ver a Flores Magut con su sonrisa carnívora, pero en su lugar apareció un individuo distinguido, con el cabello peinado a la perfección y un traje oscuro impecable: Ignacio Velasco Sandoval, jesuita y abogado, uno de los responsables de la obra de la orden en México.
El mismo con quien Marifuente y yo nos habíamos reunido en la colonia Roma.
Sus ojos evaluaron mi estado deplorable.
—José María —saludó—. Veo que la hospitalidad queretana ha sido muy selectiva contigo.
Detrás de él entró un guardia. Consultó su reloj.
—Tienen diez minutos —dijo con sequedad antes de retirarse.
Velasco se sentó frente a mí y colocó un maletín sobre la mesa.
—La Compañía ha movido algunos hilos —explicó sin preámbulos—. La delegación apostólica está involucrada. También la Embajada de España.
—Padre Velasco, gracias. Yo no esperaba…
Me interrumpió con un gesto de la mano.
—Quiero aclarar algo: no he venido a defenderte —dijo—. Vine a decidir si mereces ser defendido.
—¿Entonces?
—Por ahora tengo más preguntas que respuestas.
Vine porque la situación es más compleja de lo que imaginas.
—Abrió el maletín y extrajo varios documentos—.
El joven Evaristo Maldonado se está recuperando bien en el hospital y se espera que haga una declaración detallada de lo ocurrido en unas horas. Pero ya ha dicho varias cosas.
—Está metido en la trama. Los tres. Keller es la mente maestra. Los demás trabajaban para él. Olaya y Evaristo tenían algún tipo de acuerdo. Algo relacionado con las tierras de Monte Cristal.
—Hay más —reveló—. La vidente Ana Lucía Espino de Morales también ha aparecido.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Está bien? ¿Dónde estaba?
—En una de las casas de las consagradas del Custodes Regnum, en Querétaro.
La encontraron detrás del almacén de Conasupo durante el tumulto y la subieron a una de las camionetas de los peregrinos.
La llevaron a un hospital donde recibió atención médica.
La ocultaron después por temor a que fueran a buscarla.
—Respiró hondo—. Ana Lucía ya ha testificado.
Habló de drogas, de manipulación y de todo lo que alcanzó a ver en Monte Cristal.
Hundí la cara entre las manos.
—Entonces, ¿por qué sigo aquí?
—Porque no estás libre. Solo estás en espera. Es una condena aplazada. El licenciado Flores Magut tiene un interés personal en este caso.
—Eso es ridículo. El propio Flores Magut está en el ajo.
—No es tan simple. Es un político con conexiones. Muchas. Y tú… —Me escrutó—. Tú ahora no tienes nada. Has perdido hasta la fe. Lo vi en tus ojos desde Polanco.
No respondí.
—La Compañía está preocupada —continuó—. Ya no por el escándalo, sino por ti. Por lo que has visto, por lo que sabes.
—¿Qué quiere decir?
—Quieren que en cuanto esto se resuelva, si es que se resuelve, regreses a España. De inmediato. Que dejes todo esto atrás. Que desaparezcas del mapa.
Sentí que la rabia crecía en mi interior.
—¿Y dejar que Keller se salga con la suya? ¿Que Flores Magut entierre todo esto?
—No he dicho eso —contestó con calma—. Solo te estoy transmitiendo el deseo de nuestros superiores. Lo que yo quiero es justicia. Pero la justicia no siempre es lo mismo que la verdad.
Sus pupilas, inmutables, recordaban una noche sin luna. Me atravesaron sin violencia, pero no me ofrecieron salida.
—¿Y tú? ¿Qué quieres tú?
Me dejaron solo de nuevo. Pasaron las horas y la puerta volvió a abrirse.
Era el teniente Ramírez. Velasco estaba fuera.
—Señor Arizaleta —dijo con gravedad—. Ha habido una novedad en el caso. El señor Enrique Keller intentó suicidarse en su celda. No lo logró, pero en su estado ha comenzado a soltar la sopa. A confesar.
—¿Confesar qué?
—Todo. Y mucho más.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué Keller confesaría justo ahora?
—El joven Evaristo Maldonado ya rindió su declaración en el sanatorio.
Cuando el señor Keller supo que había testificado en su contra, entró en crisis.
Empezó a gritar, a golpear las paredes. Después, intentó lesionarse.
Y luego, cuando ya lo contuvimos, empezó a declarar hace una hora. No ha parado desde entonces.
Velasco dio un paso y entró en el cuarto.
—José María, el padre Keller quiere verte a ti —dijo el sacerdote—. Insiste en que solo hablará contigo de ciertos detalles.
Pensé en cada uno de los muertos.
—Lo haré —dije, poniéndome de pie con dificultad—. Pero con una condición: quiero que todo lo que se hable quede registrado. Todo. Sin omisiones. Sin cortes diplomáticos. Ni silencios institucionales.
Ramírez asintió con seriedad ritual.
—Eso es también lo que queremos nosotros, señor.
Mientras me conducían por los pasillos, me invadió una extraña calma. Era la esperanza de que la verdad, por dolorosa que fuera, acabaría por salir por fin a la luz. El camino hacia Keller se me hizo interminable. En cuanto por fin llegamos a su celda, Ramírez se detuvo.
—Está sedado, pero consciente —advirtió.
La hoja de acero se abrió y reveló una figura demacrada.
La celda apestaba a vinagre. Keller estaba sentado en el catre, con la vista fija en algún punto del suelo.
Su cuello, marcado por los cortes de su intento de suicidio, temblaba con un leve espasmo.
Levantó la cara y me vio. Creí ver una lucidez en medio del delirio.
—Arizaleta —susurró, con la garganta ronca y partida—. Viniste.
Me senté frente a él, manteniendo la distancia, pero con cercanía suficiente para escucharlo.
—Estoy aquí, Keller.
—Conté todo, José María. Les he dicho todo. Sobre Olaya. Sobre Evaristo.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que estaba equivocado. Que siempre lo estuve. —Me observó suplicante—. Quiero que comprendas algo. Yo no soy un monstruo. Soy un hombre que se perdió en el camino. Que confundió la voz de sus propios demonios con la de Dios.
No respondí. No tenía siquiera saliva que tragar.
—Ya. ¿Por qué me dices esto ahora? —pregunté después de un tiempo.
Me clavó la mirada con una intensidad que me estremecía.
—Porque tú eres el único que puede entenderme. El único que ha visto ambos lados: la fe y la duda, la luz y la oscuridad. —Su respiración era entrecortada—. Y porque necesito que alguien conozca la verdad completa antes de que me vaya.
—¿Irte? Estás bajo custodia. No vas a ninguna parte.
Una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
—Tengo los días contados .
—Y que lo digas…
—No me refiero a eso. Hace meses me encontraron un tumor maligno en el páncreas. Después de todo lo ocurrido, no sé cuánto me queda. Algunas cosas se aceleran cuando las emociones se agotan.
Le estudié con detenimiento. No sabía si buscaba lástima o excusas. Una coartada para lo impensable. Saberse morir —pensé— no absolvía ni purgaba lo que había ocurrido.
—Quiero confesarme contigo, José María —dijo—. Como sacerdote. Voy a contarte todo, desde el principio. Cada detalle. Para que la verdad no muera conmigo.
Dirigí la mirada hacia la puerta, tras la cual Ramírez, Velasco y, con seguridad, otros más estaban oyendo. Volví a mirar a este hombre. Al hombre que una vez había respetado, al que luego había temido y al que, al final, había confrontado.
Abrí y les pedí que se alejaran y nos dejaran solos. Aun sin fe, la intimidad de una confesión seguía siendo para mí inviolable. Mi exigencia de que todo quedara registrado terminaba allí.
—Te escucho —dije con aridez.
Y así, en esa celda fría y sucia, Keller comenzó a hablar.