Capítulo 66
La hoja de metal giró con algo parecido a un vagido. Un policía joven —tendría poco más de veinte, como los monitores— entró con pasos inseguros. Llevaba un vaso de agua y un sándwich envuelto en celofán.
—Tome —dijo.
Dejó ambas cosas sobre la mesa con un movimiento rápido.
Miré el recipiente con desconfianza. La sed me quemaba la lengua, pero después de la amenaza del tehuacanazo, cualquier líquido me resultaba sospechoso .
—¿Está… limpia?
Me miró con desprecio.
—Nomás es agua, señor. Pero si quiere puede quedarse con sed.
La tomé con manos temblorosas y bebí. El agua tibia arañó mi boca reseca, pero calmó la quemadura. Dejé intacto el sándwich.
—¿Qué hora es? —pregunté cuando ya se disponía a salir.
—Casi medianoche —contestó sin mirarme.
—¿Cuánto tiempo más…?
—No lo sé. A mí no me dicen nada —cortó.
Y salió cerrando tras de sí.
Después de una espera que se me hizo eterna, escuché unas pisadas que se acercaban por el pasillo.
Voces que hablaban con tono autoritario.
Luego, el tintineo de llaves. Y la puerta se abrió con brusquedad.
El sonido me sacó de mis pensamientos y levanté la cabeza con rapidez.
Allí, en la entrada, estaba el licenciado Héctor Flores Magut.
Su sonrisa era una mueca grotesca que no ocultaba el placer que le daba verme vapuleado.
—José María, pero mira nada más, qué sorpresota verte aquí.
Su voz destilaba un falso asombro teatral.
Me estudiaba con delectación. Llevaba un traje gris marengo impecable. El olor de su Niki de Saint Phalle me mareaba. Podía imaginar sus ojos brillando con triunfo detrás de sus gafas de sol, que no se quitó —como siempre— a pesar del interior oscuro. Mi reflejo en ellas era irreconocible.
—No sé si llamar a esto una coincidencia o el destino, pero ¿cómo ves? Aquí estamos —soltó con una risotada—. Qué ironía, ¿no? Tú, todo un hombre de fe, y yo, bueno, digamos, alguien que sin fe disfruta de todos los pecados terrenales.
Se acomodó en la silla. Hizo centellear un Zippo dorado frente a mí y encendió un cigarrillo con lentitud exasperante. Exhaló una bocanada de humo agrio que flotó entre nosotros, y la dirigió con intención hacia mi cara.
Intenté no toser.
—¿Qué es lo que quiere, licenciado?
—¿Ya no me hablas de tú? ¿Estás enojado?
Miré mi rostro hinchado distorsionado en sus gafas. Apreté los labios. Y dejé morir las palabras.
—Quiero muchas cosas, José María —dijo al fin y se recostó en el asiento—. Algunas de ellas involucran a cierta muñequita ojiverde que ambos conocemos. Nada más de imaginármela con su papá… ¿A poco no se antoja? Pero bueno, eso ya será para otra ocasión.
Dejó caer una carpeta sobre la mesa con un golpe escénico.
—Por ahora me conformo con un entendimiento mutuo —continuó, pasando un dedo por el borde del cartapacio—.
Ya sabes, algo que cuadre con los documentos que traigo aquí.
Algo que nos facilite las cosas a los dos.
O bueno, ¿para qué te miento? Más bien, a mí…
porque tú ya estás bien pinche jodido de todos modos.
Flores Magut dio otra calada, chupó el filtro con parsimonia y volvió a hablar.
—Mira, con todas las mamadas que han pasado estos últimos días, no te voy a negar que la cosa está complicada.
Delicada, incluso. Muy cabrona. Un cura muerto, otro loco, un jovencito y dos pinches viejos ejecutados y tú…
bueno, tú en medio de todo. Metiendo tus pinches narices gachupinas donde nadie te llamó.
—¿Y? —articulé con la lengua seca como arena.
—Casi nada. La prensa está alborotada. Todos tienen teorías. Tu pasado está sucio. Ya te imaginarás cómo es todo esto.
Aspiró hondo y retuvo el humo.
—Pero lo más importante es que mi gobierno ha colaborado en todo momento con la verdad y la justicia. ¿Entiendes? Nosotros jamás hemos tenido nada que ver con los conflictos internos del clero.
Su boca se ensanchó y mostró unos dientes blanqueados que contrastaban con su semblante bronceado.
—Aunque entre tú y yo, siempre es divertido ver a los santos varones agarrarse a putazos entre ellos. Muestra su auténtica naturaleza, ¿no crees?
—¿Y qué insinúa con esto, subdelegado?
Sonrió de nuevo.
—¿Insinuar? Por favor. No insinúo nada. Nada más estoy aclarándote la situación.
Para eliminar malentendidos. Para que todos quedemos limpitos.
Sobre todo, yo. —Se acercó a mí y bajó la voz—.
Porque si alguien intenta salpicarme con esta mierda, te aseguro que lo lamentará por el resto de su muy corta pinche vida.
—A mí todo me queda muy claro.
—Pues eso.
—¿Pues eso?
—Que me parece muy bien. Ya sabes que en México la Iglesia y el Estado están separados en todos los aspectos.
Y que nosotros, en esto, no hemos tenido nada que ver.
¿Entiendes? Sería una lástima que alguien se confundiera y terminara…
no sé, por ejemplo, como desaparecido. O peor: torturado durante semanas o incluso meses, encerrado en alguna casa por ahí, en algún sitio remoto.
Como tantos otros en este hermoso país nuestro.
Deslizó la carpeta hacia mí con un movimiento fluido.
—Por eso, para evitar confusiones, te traigo esto. Ándale, léelo. Es tu boleto de salida de este hoyo. O tu sentencia de muerte. Tú decides.
Cogí el documento. Intenté mantener mis dedos firmes, pero el temblor me traicionaba.
«San Miguel Tlalilnamican, a 4 de junio de 1983
»A quien corresponda:
»Yo, el ciudadano español José María Arizaleta y Orbara, de 35 años de edad, soltero y en pleno uso de mis facultades mentales, declaro bajo protesta de decir verdad que:
»1. Durante mi estancia en el Campamento Juvenil Monte Cristal estuve de manera exclusiva dedicado a actividades privadas propias del culto de la Iglesia Católica en México y en ningún momento me involucré con otras ajenas a dicho propósito.
»2. Que manifiesto que en modo alguno el gobierno del Estado Libre y Soberano de Querétaro Arteaga, ni el del municipio de El Marqués ni el de la localidad de San Miguel Tlalilnamican, tuvieron relación alguna con nuestras acciones dentro y fuera del dicho campamento.
»3. Que el ciudadano licenciado Héctor Flores Magut no ha tenido relación alguna conmigo ni con ninguno de los miembros del citado campamento, de los Milicianos del Reino o del Custodes Regnum, en ninguna circunstancia.
»Atentamente,
»C. José María Arizaleta y Orbara»
La bilis subió desde mi estómago hasta mi garganta, ahogándome de inmediato.
—¿Qué pasa si no firmo esto?
Apagó su cigarrillo contra el suelo con calma exasperante. El sonido de la suela y la colilla triturada resonó en la habitación. Luego me miró desde detrás de las gafas, con su sonrisa fría, desprovista de todo rastro de cortesía.
—No creo que quiera saberlo, padre.
Otra medianoche. Había pasado ya más de dos días enteros en aquel limbo. Cerré los párpados un instante. Buscaba un refugio mínimo, pero las imágenes del cráneo destrozado de Olaya y la sangre oscura de Evaristo se colaban cada vez que mi cuerpo aflojaba la guardia.
La puerta de acero se abrió de nuevo. Esta vez, sin golpe ni portazo escénico. Entró un hombre mayor, de uniforme. Tenía la tez ajada por el sol y los años, una mirada cansada pero aún alerta y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.
—Señor Arizaleta —dijo—. Soy el teniente Juan Manuel Ramírez Sosa.
No me ofreció la mano. Se sentó frente a mí con una parquedad que sugería que lo importante ocurría en los márgenes. No había peligro en su voz ni consuelo. Sacó de su chaqueta una libreta. La abrió. Estaba llena de anotaciones y las páginas estaban arrugadas por el uso.
—He estado revisando su caso —continuó—. Y hay inconsistencias. Varias.
La palabra quedó colgando igual que un hilo suelto del que, si tiraba, todo se vendría abajo. Y aun así, sentí un destello de esperanza, tan frágil que temí espantarlo con una respiración mal calculada.
—El señor Enrique Keller ha dado tres versiones distintas de lo ocurrido desde que fue detenido —dijo Ramírez, hojeando sin mirarme—.
Cambia los nombres, cambia los hechos, cambia incluso la escena.
No hay coherencia. Y el muchacho, el tal Evaristo Maldonado, dijo que usted intentó detener al señor Keller.
Que no era su cómplice. Que usted intentó frenar la locura.
—¿Evaristo está vivo?
—Sí. Lo recogieron en estado crítico, pero aguantó.
Lo trasladaron al Sanatorio San José del Sol.
Ya dijo algunas cosas en el trayecto, en la ambulancia.
Y estamos esperando que le vuelva la conciencia para platicar con él con más detalle.
El otro, el sacerdote… —Hizo una pausa—.
No lo logró. Murió poco después de llegar al hospital.
La certeza de la muerte de Olaya me golpeó con aspereza.
—Lo que dice Evaristo es cierto —dije—. Yo no maté a nadie. Fue Keller. Se quebró. Perdió el control por completo.
Ramírez me miró con crudeza y distancia profesional. Sentí que me evaluaba como a un expediente viviente.
—¿Y por qué habría de creerle a usted? El señor Keller es mexicano. Usted, extranjero. Él lleva toda su vida aquí. ¿Usted? Apenas unas semanas, ¿no es así?
—¿Mexicano? —solté, sin evitar el tono sarcástico.
—Más que usted, padre. Y en este país, con eso basta.
—Yo estoy diciendo la verdad. Hay testigos. Hablen con la vidente.
Ramírez volvió a consultar sus notas, quizá a la espera de encontrar una respuesta entre las líneas subrayadas.
—Esa es otra incógnita. La señorita Espino de Morales no aparece por ningún lado —dijo al fin—. Y aunque lo hiciera, su testimonio estaría contaminado. Su fama de «vidente», su relación con usted, con el señor Keller, con el campamento. Todo demasiado turbio. Ningún juez la tomaría en serio.
Cerró la libreta con un suspiro. No vi en él a un hombre cruel. Tampoco tenía trazas de sádico ni de burócrata con uniforme.
—Le seré franco. Esto no es solo un problema penal. Es político. Y también diplomático. Hay gente arriba, muy arriba —dijo, mientras entrecerraba los ojos y levantaba el índice— que quiere que este asunto se resuelva rápido, limpio y sin ruido.
—¿Qué quiere decir con «arriba» ?
—Lo que oyó —respondió con calma—. Hay versiones ya redactadas que solo esperan una firma.
Se puso de pie y, sin más, salió.