Nadie entierra los nombres Capítulo 65
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Capítulo 65

M ientras el coche patrulla devoraba kilómetros hacia Querétaro entre jirones de niebla y maitines, Rob Halford clamaba por la salvación a todo volumen desde la radio del coche.

Yo seguía ovillado en el asiento trasero, cercado por el olor agrio de la sangre mezclado con orina seca y sudor, incapaz de distinguir qué parte de aquella inmundicia era mía.

El conductor era un tipo corpulento, de cráneo rasurado, con una cicatriz de río seco que le partía la ceja.

No había soltado una palabra desde que salimos, pero sus manos —unas palas enormes que sujetaban el volante con delicadeza quirúrgica— decían más que cualquier soliloquio.

Observé cómo cambiaba de marcha con movimientos precisos y tiernos.

Pensé que tal vez era un buen padre. Que, al llegar a casa, sus hijos le esperarían con la cena servida.

Mis ojos se perdían entre las luces que se estrellaban en el cristal de la ventanilla como cuchillas de neón. Cada bache nos sacudía con violencia. Hasta el camino mismo parecía elegir dónde golpear.

El otro guardia era poco más que un chaval.

Flaco y con la mandíbula florecida de acné, venía con un uniforme azul que le quedaba grande.

No dejaba de moverse. Se mordía las uñas hasta hacerse sangre con una insistencia maníaca.

Me veía en el retrovisor lateral. Aquel gesto me llevó de vuelta a otro muchacho.

Un crío que vendía pañuelos de papel en un semáforo de Tudela.

Tenía los mismos ojos: los de alguien que había dejado de crecer por dentro.

—¿Por qué miras tanto? —le pregunté aquella vez al de Tudela.

No me respondió. Solo sonrió y me devolvió el cambio de más con unas manos ya muertas. Como las mías en aquella carretera mexicana, donde los anuncios verdes de las gasolineras se erguían en la noche y me recordaban crucifijos posmodernos que ya no prometían ninguna redención. Al menos, no para mí.

Al llegar, el mundo se hizo de cemento.

Me sacaron del coche a empujones. El suelo volvió a rechazarme.

La tierra conocía mis pasos y el peso de lo que llevaba en las botas.

Me obligaron a caminar por pasillos agrietados donde las paredes sudaban un salitre amarillento.

El aire apestaba al siempre presente desinfectante y a materia orgánica que se pudría en silencio.

Las piernas me temblaban. El labio roto me latía al compás del corazón desbocado.

El corredor era largo y estrecho. Un túnel empapado de fluidos nauseabundos donde, en cualquier momento, esperaba encontrar a Caronte dispuesto a llevarme al infierno.

El joven guardia caminaba tan cerca que sentía su aliento errático en mi nuca.

Temblaba. Quizá era yo, quizá era él. Quizá compartíamos el mismo miedo.

Cientos de sonidos llegaban amortiguados por el metal de las puertas.

Un golpe, una tos húmeda, un eco que podía ser tanto una carcajada como un sollozo.

Después me arrojaron a una celda de óxido y de encierro.

Me desplomé en el catre de metal y cerré los ojos, aunque sabía que el sueño me estaba vedado.

En su lugar, un zumbido grave me taladraba el oído derecho.

Tal vez el agua al pasar por una tubería, tal vez el pulso golpeándome las sienes.

Me sequé la boca con el dorso de la mano y saboreé el regusto metálico de la sangre seca.

Más tarde me sacaron de la celda y me llevaron a otro cuchitril.

La penumbra me recibió como a un viejo conocido.

Una lámpara mortecina colgaba del techo y se balanceaba sobre mi cabeza.

Me obligaron a sentarme frente a una mesa de metal salpicada de manchas oscuras que preferí no identificar.

El silencio era atroz, salvo el pulso de un reloj en la pared, que se clavaba en mis oídos con el encarnizamiento del juicio final.

Al cabo de unas horas, dos hombres se sentaron frente a mí.

Me examinaban como a un insecto antes de aplastarlo.

Uno de ellos, delgado y con barba apretada, llevaba unos documentos en la mano.

Los dejó con calma sobre la mesa. Se acercó y me soltó las esposas.

Mi respiración era entrecortada y superficial. Necesitaba el inhalador.

Pero me habían despojado del Ventolin. Intenté relajar las manos, que se aferraban al asiento con una fuerza que dolía, pero fue inútil.

Mis nudillos, blancos y ensangrentados, se negaban a obedecer.

La humedad impregnaba el aire, cargado del inconfundible hedor metálico de coágulos y transpiración estancada.

El otro policía, de facciones crudas, se inclinó sobre mí. Sus ojos, negros y afilados, reflejaban la luz de la bombilla.

—A ver, gachupetas, ¿cuánto tiempo llevabas trabajando para los milicianos? —preguntó, escupiendo las palabras.

Tragué saliva. Tenía la lengua seca y me ardía como cal viva.

—Unas semanas —dije.

Traté de mantenerme firme, pero el temblor me traicionó. Me hizo sonar igual que un niño asustado .

El segundo guardia, de tono aterciopelado y aspecto amable pero engañoso, se cruzó de brazos.

—¿Y nunca notó algo extraño? ¿Algún comportamiento fuera de lo normal? ¿Alguna señal de que algo andaba mal?

Negué con la cabeza. El sudor frío bajaba por mi espalda, empapando mi camisa.

—Quizá podamos entendernos mejor si nos cuenta todo, desde el principio —siguió.

—No… no hasta hace poco. Todo cambió de repente esta tarde. Keller enloqueció después del accidente en el que Evaristo, el joven, se cayó…

El otro se levantó de golpe, derribando su silla con estrépito. En dos zancadas rodeó la mesa y me agarró por la solapa, levantándome de mi asiento.

—¡A ver, padrecito de mierda! ¡No perdamos más tiempo con mamadas! —rugió, salpicándome la cara con saliva—. ¡Ya hablamos con el miliciano y ya nos dijo que tú mataste al otro padre y al muchacho como un puto animal! ¡Que lo vio con sus propios ojos!

—¿Qué dice? ¡Pero si él fue quien perdió el control!

Me soltó con un empujón que me hizo caer al suelo. Lanzó una carcajada burlona que resonó en las paredes desnudas del cuarto.

—¿Control? Mira nada más. Si estás hasta las pinches orejas de sangre. La sangre de la culpa, cabrón. ¿O me vas a decir que es pintura?

Señaló mi cara y la ropa sucia. Se acercó de nuevo, esta vez clavando los puños en mis muslos e inclinándose para que su cabeza quedara a la altura de la mía. Sonrió.

—¿Sabes lo que hacemos con los pinches gachupines que vienen a matar mexicanos? ¿A volver a conquistarnos? Les enseñamos que esto ya no es de España y que aquí ya no pueden venir a hacer lo que se les pegue su rechingada gana.

El de la barba levantó la mano para calmar a su compañero, con un movimiento teatral que bien podía haber repetido miles de veces delante de otros públicos.

Cogió un documento de páginas amarillas grapadas y pasó las hojas con lentitud.

Después me miró. Daba, al menos, la impresión de estar interesado en la verdad.

—Entiendo su situación, amigo. Yo, en su lugar, también estaría confundido y asustado.

Es normal después de un trauma así, como el que vivió.

Puede que ni siquiera recuerde con claridad lo que pasó.

La mente humana tiene formas de protegerse, ¿sabe?

—Pasó la lengua por sus labios—. Déjenos ayudarle a recordar: ¿qué fue lo que discutieron el señor Keller y el ahora occiso Olaya?

—No lo recuerdo. Creo que fue un asunto trivial que se volvió personal. Muy personal. Y luego, Keller se salió de quicio.

Ambos intercambiaron una mirada. El primero retomó la palabra, martillando la mesa con cada frase: cada una, un clavo en mi ataúd.

—A ver, putito. O sea, ¿estás diciendo que el padre se volvió loco así, de huevos, por una pinche discusión pedorra? ¿Nos ves cara de pendejos o qué? Nomás no me vayas a mamar la corneta.

—No lo sé… Yo solo sé lo que vi.

El hombre violento se acercó a mí. Sin que lo esperara, su mano se cerró sobre mi entrepierna con fuerza brutal. No dejó de apretar ni cuando se me escapó un grito ahogado.

—No me vengas con chingaderas —dijo, aumentando la presión mientras yo me retorcía—. Apestas a gachupín y a puro cuento por todos lados.

—Mire, en buen plan. Le conviene.

—Sí, güey, neta —remedó el tono del otro—. Si no, créeme que tenemos formas muy chingonas de sacarle la verdad hasta a las pinches piedras.

Su aliento hedía a tabaco, alcohol y maíz podrido, una pestilencia que me revolvió el estómago.

Intenté alejarme, pero su agarre se intensificó, arrancándome lágrimas involuntarias.

Me propinó dos codazos en el esternón y me dejó tumbado en el suelo.

Se aproximó a una repisa de la que tomó un trozo de tubería y lo envolvió en una toalla lardosa.

Me azotó la espalda con rudeza. A cada golpe seguía un insulto, una injuria xenófoba o un simple: «tómala, cabrón».

El otro observaba impasible. Su compañero me soltó por fin y me dejó doblado de dolor. No podía respirar.

—Podemos hacer esto de la manera fácil o difícil —dijo con calma estudiada—. Nadie quiere lastimarlo. Nada más queremos oír la verdad. ¿No ve que usted ya venía lleno de golpes cuando lo trajeron? Nadie notará uno más. No nos obligue.

El guardia pendenciero levantó una botella de agua con gas. La agitó con violencia.

—¿Sabes qué es un tehuacanazo? —preguntó con una sonrisa sádica—. Es una tradición mexicana muy especial para los culeros mentirosos. Cuando entra por la nariz, quema más que el pinche infierno. Dicen que es mejor ahogarse en fuego.

El barbudo suspiró. En su gesto me recordó a una madre decepcionada con su hijo.

—Mire. Piense en su situación. Piense en lo que le conviene. Nadie va a venir a salvarle. Vamos a dejarlo aquí solito un rato para que ponga en orden sus ideas.

El otro sonrió y mostró un diente dorado. Agitaba el envase de vidrio a centímetros de mi cara.

—Y si no puedes, ya tenemos otras formas bien chingonas para aclarártelas nosotros. Y créeme, padrecito, no te va a gustar nada. Y si te gustan, nomás vas a ver cómo se sienten unos toques en los huevos. Vas a sentir que te vienes.

Salieron y cerraron la puerta con el estrépito de una guillotina.

Pero sus palabras siguieron ahí abofeteando las paredes. Cada amenaza, cada insinuación, cada promesa de suplicio futuro. El cuarto seguía igual de hostil: limón sintético, desinfectante fenólico y metal. La lámpara continuaba balanceándose sobre mi cabeza.

Solté una risa seca, sin humor, que sonó más a un sollozo estrangulado.

El sabor herrumbroso en mi boca me recordó que aquello era real.

Las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron, mezclándose con la sangre de mis labios partidos.

Y ahí, con las muñecas marcadas y la voz bloqueada por el remordimiento, maldije el día que Marifuente llamó a mi puerta y le abrí las fauces al averno.

No supe en qué momento perdí la conciencia. No hubo sueño ni vigilia. Solo un parpadeo oscuro. Un intervalo entre el dolor y la nada.

Sentado donde antes había estado el policía, había un hombre de cabello largo, barba desaliñada, pantalón vaquero y talante adusto.

Exhalaba una vaharada dulzona, fermentada, como de pan rancio y marihuana.

Llevaba una camiseta negra de Black Sabbath en la que tres ángeles fumaban en reposo, sucia, salpicada de sangre seca y de barro.

Los pies descalzos, llenos de costras. Y en la cabeza llevaba una corona de espinas clavadas hasta la carne.

No parecía dolerle. Estaba encorvado, cansado, pero su mirada era viva. Cínica. Humana. Demasiado humana.

—Hola, Txema. Así lo dices, ¿no? ¿Me salió bien la «che» vasca?

Su voz era rasposa, ronca, con un marcado acento de la capital mexicana. Sonaba antigua, gastada por siglos de silencio. Y no tenía nada nuevo que decir.

—¿Tú eres…?

—¿Quién crees? —respondió con una sonrisa torcida que no era la de los Evangelios—. ¿Esperabas trompetas? ¿Serafines y querubines? ¿Una visión beatífica? No, güey. Esto es lo que hay.

Me quedé mudo.

—Te pusieron una muy buena chinga, mi buen —continuó. Señaló mis facciones hinchadas, mis manos manchadas, mi cuerpo agachado—. Pero tú ya venías muerto desde antes, ¿no?

Quise contestar, pero la vergüenza me arrancó las palabras.

—Mira nomás. Toda tu vida queriendo imitarme —dijo mientras se levantaba con dificultad—.

El voto de pobreza, el de obediencia, el de castidad.

¡Hasta el de castidad! Y, sobre todo, ese silencio.

Ah, el silencio. El pinche silencio. Creías que era virtud, pero era miedo.

El miedo que se disfraza mejor que la fe.

A veces le llamas conciencia. Y esa, esa sí, es una de las cosas que aborreces por dentro.

Caminó alrededor de mí como un zorro que olfateaba a su presa. Al pasar por detrás, su cabello ensangrentado me rozó el hombro. Sentí frío. El metal agrio de la sangre seca me raspó la nariz.

—¿Y qué esperabas? ¿Redención? ¿Un aplauso? ¿La palmadita en la espalda del Espíritu Santo? Lo único que encontraste fue carne, poder y cobardía disfrazada de incienso. Al principio servías mi cuerpo con manos limpias mientras te escondías en la sotana. ¿Y luego?

Se detuvo frente a mí y se agachó hasta dejar su rostro al nivel del mío. Ya no sonreía. Se inclinó y su aliento me entró hasta los pulmones, áspero como vidrio molido. Su sombra se alargaba por la pared desconchada. La corona de espinas se multiplicaba en picos infinitos.

—Yo también fui torturado, José María —continuó—. Pero lo mío tenía sentido. Lo mío era necesario. ¿Lo tuyo? Lo tuyo es puro teatro. El mismo pinche teatro que ayudaste a montar aquí. Las mismas mentiras que antes creías prudencia pastoral.

No aguanté la intensidad de su gesto .

—¿Y Ana Lucía? —preguntó, suave, con lástima—. Pobrecita. ¿Pensabas salvarla con tus dudas? ¿Con tus reportes? ¿Con ese patético acto de bizarría en el patio? —Hizo una pausa, ladeando la cabeza, como si lo estuviera considerando—. ¿Igual que salvaste a Mariana?

—¡Cállate! —grité o intenté gritar.

Aunque solo emití un lamento sin forma.

—Qué cabrón. ¡Qué valiente! Qué héroe… —Soltó una risa breve, sin alegría—. Qué pinche cobarde.

Se puso en cuclillas, apoyando las manos sobre sus rodillas huesudas.

—Pero mira el lado bueno, hijo. Ahora sí, por fin ya te pareces a mí.

Sus ojos brillaron con una tristeza peor que su sorna.

—Solo que nadie va a escribir evangelios sobre ti —fulminó.

Se desvaneció.

La lámpara volvió a oscilar. La silla estaba vacía.

Mis dedos seguían temblando.

Y yo, solo.

Igual que al principio.