Capítulo 64
O laya yacía en el suelo como un muñeco roto. Los ojos abiertos miraban más allá de nosotros. Hubo una sacudida: su pecho se alzó. O quizá solo fue un reflejo, un delirio de mi propia respiración.
Evaristo, en la otra esquina, parecía de piedra.
El cuerpo torcido, una pierna doblada sobre sí misma.
Creí ver que uno de sus dedos se contrajo.
Me incliné y acerqué la mano a su boca: un hilo de aire apenas me rozó los nudillos.
Vivía. O tal vez era el último estertor.
La sangre que salía de su cabeza formaba un charco oscuro bajo la luz exhausta y se mezclaba con el polvo y las astillas.
Keller dio un paso atrás. Tropezó con una silla. Su mirada no podía apartarse de Olaya. Se llevó las manos a la cara, todavía rojas, todavía tibias. En su rostro solo quedaba miedo. Retrocedió. Tenía la mirada ausente.
—Dios mío. Esto… —murmuró, sin aire—. Esto no puede ser… ¿Qué hice?
Se tambaleó hasta la pared y apoyó una mano contra ella.
—¡Olaya! —gritó, con una voz que no le reconocí—. ¡Mariano, despierta! ¡Arizaleta, ayúdame! Por Dios .
Me acerqué. Mis manos no respondían del todo.
Me arrodillé junto al cuerpo. Toqué su muñeca.
Luego su cuello. La piel estaba húmeda y fría.
No encontré pulso. Tampoco supe si lo busqué donde debía.
Su rostro, hinchado por los golpes, conservaba un gesto de asombro o de horror.
Una mueca que no desaparecía de su boca.
—Creo que está muerto —dije.
Lo dije con la voz impersonal que anuncia la última estación de un tren. Un leve estremecimiento del párpado me hacía dudar. Tal vez fue una contracción póstuma. Detrás de mí, Keller seguía inmóvil. Estaba a un costado de la ventana. Su silueta temblaba, sin frío.
Poco después, el gran almacén ya estaba lleno de gente.
Monitores, consagradas, personal del campamento, peregrinos rezagados, curiosos, incluso dos periodistas.
Se agolpaban todos en la entrada, entre los estantes y las cajas, con los rostros transformados por una confusión que en segundos se convirtió en espanto.
Las voces se montaron unas sobre otras. Primero fueron tímidas: susurros cargados de desconcierto. Luego vinieron las exclamaciones, los nombres repetidos y las plegarias vacías, y después la cólera sin dirección. La multitud no entendía, pero quería comprender.
—¿Qué chingados es esto? —preguntó un hombre que sujetaba del brazo a una chica que sollozaba—. ¿Qué carajos pasó aquí?
—¡Dios mío! —exclamó Josefina—. ¡Ay, Dios mío! ¡No puede ser!
Intentó cubrirse los ojos en vano.
—¿Dónde está la niña? —gritó un peregrino.
Se subió a una caja de madera para mirar por encima de las cabezas. Una mujer pasó corriendo a mi lado, sin verme. El rosario golpeaba su pecho al ritmo de un metrónomo desquiciado .
—¡Miren eso! —gritó un joven.
Señaló el charco oscuro que se extendía bajo Evaristo.
—¡Está muerto! ¡Es un asesinato!
—¡Hay un muerto! ¡Un muerto! —chilló Alicia.
Una anciana empezó a llorar de pie, sin moverse. Las lágrimas le descendían por las mejillas como parte del rito.
—¡Esto no puede ser! ¡No puede ser! —repetía Josefina.
Busqué entre las caras.
—¡Por Dios santo, Evaristo! —gritó Clara al ver al muchacho inmóvil. Se cubrió la boca. Retrocedió y tropezó con las cajas apiladas. El charco bajo su cabeza ya era parte del suelo: aceitoso, de un rojo negruzco. Y, quizá por primera vez en su vida, algo manchaba el vestido blanco de la consagrada.
Jonás se inclinó, queriendo confirmar lo evidente. Pero al ver la inmovilidad del cuerpo, vomitó sobre el cemento con un espasmo desgarrado.
Keller seguía en pie, empapado en sudor, con la sangre seca que le pintaba de bermellón las mejillas y las manos. No intentó huir. Pero tampoco habló. Tenía la espalda pegada a la pared y la mirada descompuesta. Musitaba cosas: tal vez oraciones, tal vez excusas. Nadie lo entendía.
Desde el suelo, al otro lado, entre las cajas, algo se movió. Un sonido mínimo, casi imposible de distinguir entre los gritos. La voz de Olaya surgió quebrada, reducida a un hilo de aire que aún se negaba a desaparecer.
—A… se… si…
Apenas levantaba el brazo. Su dedo tembloroso vaciló y nos señaló a los dos, sin distinguir entre nosotros.
Nos abarcaba por igual. Y después de ese último esfuerzo quedó inmóvil.
Josefina soltó un chillido y corrió hacia él.
Se agachó junto a su cuerpo magullado y le tomó la mano con desesperación.
—¡Padre Olaya, no se muera! ¡Padre, respire! ¡Ayúdenme, por favor!
Clara salió corriendo hacia la entrada. Sus pasos resonaron en el pasillo mientras gritaba que llamaran a la policía, a una ambulancia, a quien fuera. Que viniera el mundo entero, si hacía falta.
En medio del desorden, Alicia se arrodilló apoyada en una columna y rezó con una entonación que buscaba ordenar el caos a golpe de plegaria.
—Dios te salve, María, llena eres de gracia… —decía, cerrando los párpados.
A cada vocablo se le sumaban nuevas voces, entrecortadas y nerviosas.
—… el Señor es contigo… bendita tú eres entre todas…
Un joven cayó de rodillas junto a ella. No rezaba.
Solo se dejó caer. Puso las manos sobre la cabeza, los codos sobre los muslos y se quedó allí, murmurando algo que no entendí si era una oración o una protesta.
Una especie de letanía privada. Cerca de las estanterías, una mujer de cabello rizado, empapada de sudor, levantó un rosario.
—¡Esto es del demonio! —gritaba—. ¡Satanás, vade retro !
El rosario se agitaba como un látigo. Lo blandía contra el aire, contra las paredes, contra los fantasmas que la asediaban desde dentro. Cada vez que decía «demonio», lo golpeaba contra su propia palma.
Una chica vestida de blanco se tambaleó entre la muchedumbre, con pasos descoordinados.
Tropezó con un banco, quiso apoyarse en una caja, pero no llegó a alcanzarla.
Se desvaneció, apagada por la atmósfera enloquecida.
Nadie la socorrió. Dos personas se giraron.
Una la miró. Otra murmuró un «Dios mío». Pero ninguna se agachó.
Yo traté de hacerme oír:
—¡Silencio! ¡Por favor!
Vi una cara conocida mirarme con los ojos desbordados. Miriam. Era la misma que me había ofrecido aquel vaso de agua de jamaica en el comedor. La misma que hablaba con orgullo de su abuelo español. La misma que tejía trenzas mientras cantaba con una niña dormida en el regazo.
—Tenías que ser tú, hijo de tu pinche madre —se desgañitaba—. ¡Gachupín asesino! ¡Maldito español de mierda! ¿Con qué pinche derecho?
A su lado, Jonás —el que una vez tocó la armónica con el rezo del aliento y barnizaba estaciones del viacrucis— apretaba los puños.
Solo murmuraba entre dientes, con restos de vómito y espuma en la boca.
Luis Ramón, que antes dibujaba a San Miguel «como lo vería un niño de seis años», me señaló con el dedo manchado de sangre. No de pintura.
—¡Mátenlo al cabrón! —gritó—. ¡Que no salga vivo este güey!
El que rezaba dibujando en las piedras húmedas bajo las estrellas, ahora empujaba a los curiosos para abrir paso al linchamiento. Alicia no gritaba. Pero tampoco intervenía. Y su libreta verde ya no estaba con ella. Seguía quieta, junto a la columna.
Y entonces, la escena se quebró sin remedio.
Sentí botas y manos. Golpes. Me cogían de la ropa, del pelo, de los hombros. Me arañaban. Me arrastraban como un bulto lleno de errores que había que sacar de en medio mientras me vapuleaban. Me ardía el costado. Mis costillas ya eran astillas. La sangre me llenaba la boca.
—¡Parad! ¡Os equivocáis! —grité con lo poco que me quedaba.
Nadie me oyó. Desde un pasillo llegó el sonido que partió las aguas: pasos rápidos, gritos uniformados, metal de armas desenfundadas.
La policía.
Seis hombres duros, con guantes negros, entraron como una tromba.
—¡Todos al suelo! ¡Las manos donde podamos verlas! —rugió uno, y su fuerza fue lo único que logró cortar el caos .
La gente se replegó. Algunos cayeron de hinojos.
Otros corrieron. Keller permanecía allí.
No se había movido. Alzó las manos. Bajó la cabeza.
Lo esposaron sin resistencia. Sus labios murmuraban palabras ininteligibles.
Tal vez seguía rezando. Tal vez se había ido por dentro. Lo escoltaron como a un caballero.
Tres policías me aplastaron contra el suelo. Uno me inmovilizó apoyando la rodilla en el cuello. Otro me dobló los brazos hacia atrás. Las esposas me mordieron las muñecas, a punto de fracturarlas. Me levantaron a tirones, como a un bulto.
—¡Este cabrón fue! ¡Este los mató! ¡Lo vimos todos! —gritó Jonás desde el fondo.
Llegué a dudar si era verdad o una venganza. Las manchas en mis manos ardían. Un tatuaje marrón que me acusaba de aquello de lo que no podía defenderme. Nos sacaron por la puerta principal.
En el exterior, el atardecer en San Miguel Tlalilnamican caía frío y sin luna. El aire arrastraba el acre olor del carburante y las hojas quemadas. El cielo parecía demasiado alto para la vergüenza.
Me arrojaron al coche patrulla. Mi cabeza chocó contra la ventanilla. Me dejaron tirado mientras me subían los pies, como se encierra a una bestia. Desde el cristal empañado, vi cómo introducían al padre Keller en otro vehículo. Con más cuidado y respeto. Sin rabia.
Entre la gente, creí ver a Ana Lucía junto a Clara. No lo sé.
La puerta se cerró de golpe.