Nadie entierra los nombres Capítulo 63
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Capítulo 63

E l golpe de las puertas del coche rompió otra vez el silencio. Los pasos en el exterior sonaban firmes. La puerta principal del almacén se abrió con un estruendo y escupió un chorro de luz sucia.

Entró Keller. Se había despojado de la casulla y de la estola.

Traía la camisa negra arremangada hasta los codos y unos pantalones oscuros que le daban aspecto de verdugo.

Le siguió Evaristo, como un lacayo. Estaban al acecho, tensos.

Sus ojos recorrían el lugar con frialdad: aves rapaces buscando miedo en los rincones.

—¡Arizaleta, sal de inmediato! —rugió. Su voz hirió los muros—. ¿Dónde está Ana Lucía? ¿Qué está pasando aquí?

No me moví.

—Evaristo —ordenó sin mirarlo—, revísalo todo. No pueden estar lejos.

—Ahora mismo, padre —replicó el joven, con una reverencia mal disimulada.

Se desplegaron por el almacén con eficacia de brigada.

Abrieron alacenas carcomidas, derribaron cajas, patearon escombros.

Cada golpe, cada sacudida, reventaba en las paredes como una blasfemia.

Me agaché junto a la joven, que seguía recostada junto al pilar, medio oculta en la sombra.

Su respiración se mantenía irregular. Hablé a su oído, tragándome la urgencia.

—Ana Lucía, sé que me escuchas. En cuanto veas la primera oportunidad, sal por la parte de atrás. Allí, donde entra la luz. Despacio. No corras. Que nadie lo note.

No respondió. Creí ver que asentía con el movimiento ingrávido del ave que reconoce la señal del vuelo. Inspiré hondo. El aire estaba cargado de aceite viejo y miedo. Me incorporé y salí hacia el centro de la nave.

—¡Aquí estoy, Keller! —dije y levanté las manos. Sin teatralidad.

Se giró de inmediato. Su rostro se contrajo. La furia le deformaba las facciones, pero bajo esa máscara asomaba la indecisión.

—¡Arizaleta! —soltó—. ¿Te volviste loco? ¿Dónde está Ana Lucía?

Avanzó hacia mí con pasos cortos y tensos.

Vacilaba. A su lado, el rostro de Evaristo se ensombreció, rígido.

Yo me planté. Los brazos seguían levantados.

El sudor me corría por la frente. Intenté mantenerme firme.

Aguardaba. Entonces el portón lanzó un suspiro metálico, un sonido agudo que recordaba un cuchillo al partir hueso tierno.

Cruzó el espacio otro rayo mudo. El sacerdote y Evaristo viraron al instante.

Una figura empujó la hoja oxidada. La luz del mediodía se quebró en los cristales mugrientos del techo.

Era Olaya. La sotana estaba cubierta de lodo y grava.

Los zapatos arrastraban piedras diminutas con cada paso.

La cara estaba limpia. Inexpresiva. Me miró. Luego al otro cura.

—Padre Keller —dijo, vibrante—. Tengamos paz. Y calma.

—¿Paz y calma? —repitió el sacerdote, sin sarcasmo, con un asomo de perplejidad—. No… ¿Qué locura es esta ?

—La única que puede evitar algo peor —respondió Olaya y avanzó dos pasos al centro.

Por el rabillo del ojo alcancé a ver a Ana Lucía encogerse. Se aferraba a la tela de su blusa con una fuerza imposible. Intentaba retenerse en su propio cuerpo. Di un paso adelante. Me puse junto a Olaya.

—Esto es un desastre —dijo Keller y me miró—. ¿Dónde está la vidente?

Sus ojos amarillentos buscaban frenéticos.

—¿Sabes lo que va a pasar ahora, Arizaleta? Vas a ser ceniza. Vas a ser olvido. Un escándalo. Un loco con delirios mesiánicos.

Se tambaleó y buscó apoyo en un anaquel oxidado.

—Te llevaste a la vidente en pleno éxtasis —siguió—. Delante del mundo entero.

—No está en éxtasis. Si no la sacamos de aquí, se muere. Es una sobredosis. Ana Lucía necesita atención médica. Urgente.

—¿Qué dices?

—Está intoxicada. Grave.

—Keller —dijo Olaya—, tiene razón.

Keller me contemplaba como si acabara de ver abrirse una grieta bajo sus pies. Abrió los labios, pero no dijo nada.

—Además, el informe ya va camino de Roma —dije, intentando romper el ritmo.

La nave abandonada gemía por dentro al viento. Keller entornó los ojos. Se le endureció la frente.

—¿Qué dijiste?

—Lo que oíste. El documento, diciendo la verdad, está fuera de tu alcance. Ya no depende de ti.

Me observó. No con odio. Con una frialdad hueca.

—¡Esto no tiene sentido!

—Hay cosas que ya no controlas, Keller.

Olaya levantó una mano hacia nosotros. Lo aparté con cuidado .

—Por favor —dijo Olaya, en un suspiro—. Cálmense. No veo a Ana Lucía. Evaristo, ¿la ves?

Sus pupilas, que tantas veces habían sido tibias, estaban encendidas por una luz azul que no alcancé a leer en ese momento. Los pasos de Evaristo resonaron de nuevo. Emergió desde el fondo, lento, como un animal que se sabe observado. Su sonrisa se había ensanchado.

—Padre, no la veo —dijo—. Usted dígame qué hacemos.

—Las pruebas están fuera de tu alcance —dije—. En manos de gente que no podrás intimidar.

Keller abrió la boca, sin voz. Se tambaleó sin llegar a dar un paso.

—¿Qué pruebas, Arizaleta?

Avancé. Esta vez fue él quien cedió un paso.

—El montaje. Las cintas. Las transferencias. Copias. Ya no podrás enterrarlo.

Olaya bajó la cabeza. Calló. Sus manos temblaban.

Keller estiró el brazo, tal vez para detenerme, golpearme o solo sostenerse.

No lo supe. No avanzó. Se apoyó en un anaquel oxidado.

Yo le miraba sin temor. El oxígeno parecía haberse vuelto más escaso.

Busqué por instinto el Ventolin en el bolsillo. Inhalé dos veces.

—Hay que llevarla al hospital —dijo Olaya de pronto, fatigado—. Si está en ese estado aún puede salvarse.

—Ya no está.

Ambos me miraron sin entender. Señalé al escondite vacío.

—¿Cómo que no está? —exigió Keller.

Caminó hasta el rincón donde se había ocultado Ana Lucía. Rodeó el pilar. No había nadie. Se quedó allí, de pie, con las manos colgando. Luego se volvió y avanzó hacia Olaya.

—¿Qué le diste?

—Nada que no pudiera tolerar —contestó, demasiado rápido .

—¿Qué chingados le diste? —insistió, esta vez casi en un grito.

—Benzodiacepinas. Algunas veces proprilazepam y criasolina —recitó Olaya igual que una letanía—. Pero creo que hoy se me pasó la mano. Con la presión del evento…

—¿Se te pasó la mano? —preguntó Keller.

—La conciencia no es una puerta cerrada, Enrique.

—Esto es cruel —dije.

—Cruel, no. Hay experiencias que necesitan un catalizador —repuso Olaya.

—¿Nada más? —insistió Keller.

—¡Ana Lucía! ¿Dónde estás? —gritó Olaya.

—Ya os lo dije. Se fue —dije—. Y cuando todo esto salga a la luz, no solo perderéis a la joven. También a Magut. A todos los que usaron su cuerpo como garantía.

—¿Magut? ¿Qué tiene que ver Flores Magut con esto?

—Keller, por favor. Que todo estaba en tu despacho. Las transferencias, las donaciones, los papeles.

—¿Entraste en mi oficina? —acusó sin levantar el tono.

—No tuve más remedio.

Negó con la cabeza. Luego miró a Evaristo.

—¿Tú dejaste algo en mi oficina?

Evaristo tardó en hablar. Se pasó la lengua por los labios.

—Yo solo… yo no pensé que llegaría tan lejos.

—Mi puerta, mi confianza.

—¿Qué hiciste, Evaristo? —preguntó Olaya, sin disimular su inquietud.

—Mariano, puedo explicarlo. Dame chance.

—¿Mariano? —preguntó Keller—. ¿Le tuteas?

—Yo, este, copié algunos cassettes . Los de las sesiones. Cuando Ana Lucía hablaba dormida. Y se los pasé… —Tapó su boca con una mano.

—¿A quién se los pasaste? —insistió Olaya, ya sin ocultar su furia .

—A Flores Magut. Se los di cuando…

—¿Qué demonios? —masculló Keller.

—¿Qué cassettes ? —indagó Olaya, con la voz ya trémula—. ¿En los que habla de lo de su padre?

Evaristo asintió, compungido. Keller avanzó un paso.

—¡Dios santo! —exclamó Olaya con fuerza.

—Pero entiéndeme. Él dijo que Espino de Morales debía pagar por lo que le hizo a su hija. Que era una forma de hacer justicia.

Keller cerró los ojos. Dudó en abrirlos, como si cada segundo pesara una década.

—Tú eras mi mano derecha, Evaristo —dijo después de un instante.

—Flores Magut me dijo que era una venganza natural —se justificó este.

Miró a Olaya antes de bajar la vista—. Después me di cuenta de que él le chantajeaba.

Espino depositaba fondos a nombre de Monte Cristal.

Y luego movíamos ese dinero con los pagos de los terrenos. Yo fui su recadero. Nada más eso.

La última sílaba le dejó la boca abierta, aún moldeada por la vocal.

—¿Y por qué no me dijiste nada? —recriminó Olaya.

—Flores Magut sabía lo nuestro. Sabía desde cuándo. Me amenazó con decirlo. Con hundirnos.

—¡Carajo! —explotó Keller.

Alzó las manos y cogió a Evaristo del cuello de la camisa.

—¿En qué estabas pensando, pendejo? —gritó—. ¿En qué?

—¡Padre, por favor! —gimió—. ¡Mariano!

Me acerqué. Puse una mano sobre el brazo de Keller.

—Basta —dije.

Su cuerpo temblaba con una furia muda. Intenté separarlos y tiré de Keller hacia atrás.

No calculé mi fuerza. Keller retrocedió trastabillando y, sin soltar la camisa de Evaristo, lo arrastró consigo.

El joven cayó de espaldas. Su cabeza golpeó contra el filo del anaquel.

El impacto sonó seco, como aquella vez en el colegio, en Pamplona.

Pero esta vez había sangre. Manaba lenta, cálida. Agria de herrumbre.

El sacerdote se quedó petrificado, cubriéndose la cara con las manos. A su lado, Olaya se dejó caer en el suelo de rodillas, sin lágrimas, con la vista fija en el muro.

—Yo, Dios… Fue un accidente. Él se cayó —balbuceó Keller, con los ojos desorbitados.

Recuerdo aquel instante con una nitidez perversa.

Keller seguía de cuclillas junto al cuerpo de Evaristo.

Había dejado caer las manos y las mantenía abiertas frente a sí, en espera de una absolución que no llegaría jamás.

Olaya permanecía hincado en el suelo, las piernas separadas, la sotana sucia, la mirada perdida.

Después, se levantó y caminó con pasos de un autómata.

Se acercó a Evaristo. Se inclinó sobre él y comenzó a acariciarle las mejillas.

Le abrazó con fuerza y se empapó de su sangre.

Besó sus labios y se dejó caer, llorando, sobre su pecho.

—¿Por qué, Evaristo? —susurró—. ¿Por qué…?

Evaristo hablaba con dificultad.

—Mariano, perdóname. Por favor.

—¡Shhh! Tranquilo.

—No le amé nunca, Mariano. De verdad. Héctor, él me sedujo.

Había tomado. Me encontró en el parque. Me gustó…

No sabía bien lo que hacía. Perdón, perdón.

Nada más tonteamos. Y… y un día me preguntó por el campamento.

Estaba borracho y le conté lo de los cassettes .

Soy un pendejo. Me dejé engañar. Y luego, me amenazó…

Evaristo se calló. Su pecho dejó de moverse.

—Arizaleta, Keller: vayan a buscar a un médico. Por Dios —dijo, vibrante—. ¡Evaristo! ¡Despierta!

No hubo respuesta.

Un estremecimiento le recorrió los hombros a Olaya.

Sus dedos se cerraron con lentitud sobre el dobladillo de su vestido talar.

Su semblante, hasta entonces pálido y derrotado, se tensó en una expresión salvaje.

El rostro se le encendió. Su respiración se aceleró.

Buscó el pulso de Evaristo con dedos torpes y no lo encontró. Después emitió un alarido.

—¡Olaya, hijo de tu pinche chingada madre! ¿Tú? —gritó Keller.

—¡Cállate! ¡Tú lo mataste, cabrón! —replicó Olaya.

Su imprecación rebotó en las paredes con un estallido. Se puso en pie con una agilidad sorprendente y avanzó hacia Keller con los brazos extendidos, la mandíbula desencajada.

Me interpuse sin pensarlo.

—¡Quítate, Arizaleta! —rugió Keller, su aliento a corta distancia de mí—. ¡Esto no es asunto tuyo!

—Sí lo es —dije, sin retroceder—. Esto es todo lo que queda.

Keller me empujó con violencia y una fuerza inesperada. Sus manos eran puro hueso, desesperadas. Caí a un lado, pero logré mantener el equilibrio. Me enderecé. Ya se había abalanzado sobre Olaya, pero este lo vio venir y lo sujetó de la camisa. En su cara no había sorpresa. Ni miedo.

—¡Traidor! Tú eres igual, igual que todos ellos —gritó Keller y su puño cruzó el espacio.

El gancho fue directo a la quijada. Olaya se dobló como una rama seca.

Cayó sobre una estantería que se venció bajo su peso.

Las cajas vacías se derramaron. El estruendo anunció lo que vendría después.

Keller se arrodilló sobre él y comenzó a golpearlo.

Con método. Cada impacto seguía una lógica inhumana.

La sangre brotó de inmediato y salpicó su camisa, el suelo, el aire mismo.

Corrí hacia ellos. Lo sujeté por un brazo.

—¡Keller, basta! ¡Basta! —dije.

Pero me ignoró.

—Tú lo formaste —le dijo a Olaya, entre golpe y golpe—. Tú lo moldeaste.

Olaya ya no decía nada. Keller alzó de nuevo el puño. Me lancé contra él con más fuerza esta vez. Lo abracé por detrás y lo aparté de un tirón.

—¡Suéltame! —dijo.

—Tranquilo, Keller.

Cayó de espaldas, resollando. Se incorporó con dificultad.

—Siempre tú. El observador. El fiscal. El extranjero de la conciencia limpia.

Avanzó hacia mí.

—Dime, ¿qué haces aquí, Arizaleta? ¿A qué viniste a México? —preguntó.

—A decir la verdad.

—¿Verdad? ¿Tú sabes siquiera lo que es la verdad?

El puñetazo llegó sin aviso. Me alcanzó en el costado. Perdí el aire. Me desequilibré.

Intenté mantenerme en pie. No pude.

—Y tú hiciste que creyeran —murmuré—. Con drogas. Con miedo. La fe construida sobre el abuso de una niña.

Eso lo detuvo. Por un momento fugaz. Sus ojos eran dos pozos azules envenenados.

—No entiendes nada —dijo.

Me tomó del cuello y me empujó contra la pared. Sentí el hormigón en la espalda y su brazo como un hierro en la garganta.

Detrás de él, vi movimiento. Olaya se arrastraba. Dejaba un rastro oscuro en el suelo de cemento mientras reptaba hacia Keller. Fue un gesto lento, obstinado.

—Tú no… —dijo Olaya con un hilo de voz—. Tú no puedes limpiarte las manos conmigo.

Con gran esfuerzo se levantó. Y entonces Keller me arrojó con violencia y se lanzó sobre él.

Sacó fuerzas de flaqueza, una energía impensada.

Esta vez no fueron puños. Le aferró la cabeza con ambas manos y la estrelló contra el suelo.

No hubo alarido. Un sonido sordo. Una vez.

Luego otra. Dudé un instante sin saber muy bien qué hacer.

No podía levantarme. Cuando por fin reaccioné, Keller ya se había detenido.

Se incorporaba. Olaya yacía, torcido de un modo antinatural.

Su cuerpo había olvidado por completo cómo sostenerse.

Sangraba por los oídos. Inconsciente. Keller vio sus propias manos ensangrentadas.

Luego me miró a mí. En sus pupilas ya no había furia.