Nadie entierra los nombres Capítulo 62
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Capítulo 62

E l Grand Marquis de Armando estaba justo frente a nosotros.

Tiré de Ana Lucía, sin importarme el malestar en mis brazos ni la resistencia de su cuerpo, mientras avanzábamos hacia el coche.

Mis pasos retumbaban sobre el hormigón, pero el clamor de la multitud los ahogaba.

La gente se agolpaba ante el estrecho acceso al aparcamiento, por donde solo cabían una o dos personas a la vez.

Todavía no conseguían derribar la puerta.

Llegamos al coche y se me hundió el corazón al ver que las ventanillas estaban cerradas.

Pegué un tirón desesperado de la manilla del conductor y luego de la trasera. Todas las puertas bloqueadas.

Con los dientes apretados y el pánico latiendo en el pecho, busqué algo con lo que romper los cristales.

Mis ojos recorrieron la explanada. No encontré nada más que piedras pequeñas y escombros inútiles.

Sin pensar demasiado, golpeé el vidrio de la ventana delantera con el codo.

Un estallido de dolor me recorrió el brazo.

El cristal ni siquiera tembló. Miré agobiado a mi alrededor.

Buscaba cualquier cosa que pudiera ayudarme.

Solo sobresalía una varilla metálica, parte de una estructura improvisada cercana.

Con un esfuerzo apresurado, la arranqué del soporte y corrí hacia el automóvil.

Y lo recordé: el Grand Marquis al servicio del Custodes Regnum estaba blindado.

Un vehículo de seguridad, capaz de soportar mucho más que los golpes de un hombre exasperado.

Mi respiración era rápida y entrecortada, pero no había tiempo para el Ventolin.

Veía a Ana Lucía, que se tambaleaba con la mirada perdida.

Giré la cabeza, agotando alternativas. El rugido de decenas de personas se volvía ensordecedor.

El suelo vibraba bajo mis pies. Una sospecha afloró en medio de la angustia: quizá el blindaje no era total.

Un Aquiles con el talón fuera del Estigia.

Tal vez aquella pequeña custodia trasera conservaba el cristal de fábrica.

Con esa idea poco probable, sacudí la ventanilla más pequeña, la del panel lateral trasero.

Un diminuto triángulo en la puerta que apenas dejaba margen para introducir media mano.

Arremetí con insistencia y sin esperanza.

El cristal resistió el primer golpe. Ataqué entonces la moldura con la barra.

Cedió unos milímetros. Hice palanca hasta desencajar el pequeño cristal de su alojamiento.

Metí el brazo. La chapa levantada de la moldura me desgarró la piel.

Busqué el seguro y lo alcé. Después tanteé hasta encontrar la manilla interior.

Tiré de ella y la puerta se abrió. Sin perder un segundo, empujé a Ana Lucía dentro del automóvil y me lancé detrás de ella.

La verja del campamento había cedido por fin.

Los primeros gritos llegaban al Grand Marquis.

Trepé desde el asiento trasero hasta el del conductor.

Recordé aquel día en que el policía nos detuvo en un semáforo.

¿Cuántas pulsaciones había dicho Armando?

¿Tres o cuatro? Mi memoria, nublada por el pánico, no acertaba.

No era un momento para dudar. Oprimí el botón negro tres veces con dedos temblorosos y el motor rugió con un bramido que cortó el aire.

Vi en el retrovisor los rostros acercarse: ojos desorbitados, bocas abiertas en gritos que no escuchaba.

Un puño golpeó el maletero. Apreté el acelerador a fondo, ignorando por completo la cancela que permanecía cerrada frente a nosotros.

El impacto resonó con un estrépito metálico y el coche reventó la barrera y salió como una bestia desatada.

Salimos disparados, alejándonos de los clamores y de la polvareda que levantaba la muchedumbre.

El camino de grava que llevaba a San Miguel Tlalilnamican se extendía ante nosotros, una franja estrecha y traicionera que no ofrecía margen de error.

Enseguida llegamos al desvío hacia la carretera de Querétaro.

Decidí buscar el hospital más cercano. Supuse que quizá encontraría algún puesto médico en San Vicente Ferrer.

De lo contrario, tendría que llegar hasta Querétaro.

Aferraba el volante con firmeza. Devoraba el trayecto con una urgencia atravesada por la congoja.

Y la advertencia de Armando se mantenía viva aunque olvidada: el sistema de seguridad tenía su tiempo contado.

No habían pasado más de cinco minutos cuando el coche comenzó a toser como un toro herido en el tercio de muerte.

Un segundo después se detuvo por completo.

El Grand Marquis quedó inmóvil en medio del asfalto.

Intenté oprimir el interruptor de nuevo.

Lo golpeé con frustración, pero el dispositivo no respondió.

Bajé del coche de un salto y me dirigí a la puerta trasera.

Ana Lucía estaba allí, ausente. Levanté la vista y vi, a unos cincuenta metros al borde de la cuneta, una nave industrial abandonada entre la maleza, una ruina coronada por un letrero descolorido por el sol en el que todavía se alcanzaba a leer: «Bodega Conasupo».

Saqué a la vidente del automóvil a duras penas.

Ana Lucía entraba y salía de la consciencia.

Las piernas no le respondían, y su respiración era lenta y dificultosa.

Sin pensarlo, me encaminé hacia la entrada del almacén arrastrándola conmigo.

El viento me llenaba los ojos de arena y las guijas repiqueteaban bajo nuestros pies a cada paso, marcando un ritmo lúgubre.

El ruido sordo recordaba al de las palas en los cementerios.

—Vamos, por favor, ayúdame —murmuré mientras la sostenía contra mi cuerpo con todas mis fuerzas.

La gasolina convivía con el aliento arcilloso que traía la brisa de la carretera. A lo lejos, el sonido de un motor que retumbaba en el horizonte se acercaba de forma amenazante. Ana Lucía se me vencía y tropezaba sin cesar, obligándome a sostenerla, casi a arrastrarla hasta la nave.

Abrí el portón de acero. Las chapas oxidadas chirriaron y la estructura decrépita pareció quejarse entera.

El interior era opresivo: humedad, madera podrida, heces secas y un toque de aceite de motor viejo.

El techo estaba carcomido. La luz polvorienta formaba haces que dividían la penumbra en fragmentos asimétricos.

Las paredes estaban cubiertas de grafitis y dibujos obscenos.

Las cajas apiladas y la chatarra corroída llenaban el espacio.

Escudriñé el lugar en busca de un escondite.

Hasta que descubrí unos pilares de hormigón al fondo, lo bastante anchos como para ocultarnos.

—Aquí, aquí estarás bien de momento —dije.

La recosté con cuidado contra uno de los pilares. Su cuerpo se fue deslizando hasta quedar sentada en el suelo y la cabeza se le venció hacia un lado. Un hilo de espuma se escurría por sus labios y su frente brillaba con sudor frío. Las pupilas dilatadas habían reducido el iris a un arco estrecho.

—Ana Lucía… —susurré, hincado a su lado—. Ana Lucía, mírame.

No hubo respuesta. Tomé su muñeca. El pulso era débil, irregular.

Recordaba el aleteo de un pájaro atrapado en una jaula.

Pensé en el paso de los minutos. En cuántos tendría antes de que todo terminara.

Me inundaron imágenes inesperadas. Mariana.

Mi madre murmurando cifras imposibles desde la oscuridad de una esquina.

Jacinta, con la mano sobre la de don Teo.

Y esta joven, tan rota como todas las demás, y, sin embargo, viva. Todavía viva.

—Vamos, hija —murmuré, mientras buscaba el pulso en su cuello—. No me dejes. No aquí.

Apoyé una mano en su pecho. Subía y bajaba con dificultad.

No sabía qué contenían aquellas cápsulas: hipnóticos, barbitúricos, antipsicóticos o una vil mezcla de todo eso.

Pero el efecto era atroz. Deslicé los dedos bajo su lengua.

Estaba reseca. Nada allí. Rebusqué en mis bolsillos y encontré el pañuelo de batista que aún llevaba conmigo.

Lo doblé y se lo coloqué bajo la nuca. Un gesto mínimo que intentaba, quizá inútil, devolverle algo de vida.

—Ana Lucía, por favor, despierta —la llamé por última vez, con una voz que ya no era mía—. No me dejes solo en esto.

Sus labios se movieron. Otro espasmo. O tal vez fue un reflejo que la agitaba por dentro. Me incliné hasta sentir su aliento tibio contra mi mejilla.

—Eres más fuerte que todo esto —insistí.

Sentí un leve movimiento en su mano. Un dedo que acarició el suelo. Me dispuse a incorporarme. Mis piernas temblaban. El cuerpo, drenado. Un coche frenó en seco. Los neumáticos derraparon sobre la grava.