Capítulo 61
E l día del Corpus amaneció cálido, igual que todos los demás.
Junio tampoco nos daba descanso: el calor, ya insoportable desde mayo, anunciaba un verano tórrido.
La ladera de Peña Colorada estaba viva, llena de gente.
Había cientos, quizá miles, de mulitas de colores en las manos de los peregrinos.
Esas malditas mulas que me dolían más que nunca.
Ya no las vi como simples figuras inofensivas de palma.
Y entonces entendí lo que Eligio buscaba.
El recuerdo que él había querido revivir en San Damián años atrás.
Símbolos, ecos de una fe que cargaba con todo el peso de las miradas de quienes subían esa colina con pasos lentos y devotos.
Las cámaras de televisión y los micrófonos invadían las faldas de Peña Colorada.
Seguían un mapa invisible para no dejar ni un solo rincón fuera del encuadre.
Desde los altavoces, la música sonaba chirriante y forzada.
Animaba a la multitud, mezclando devoción y algarabía con melodías que recordaban más a la estridencia de una discoteca que a los cantos de los coros juveniles en las iglesias.
La carpa de los invitados de honor, una réplica exacta de la de la otra ocasión, se alzaba imponente, cargada de la solemnidad de sus ocupantes.
Allí estaban monseñor Cifuentes de la Barquera con su séquito completo, sacerdotes y representantes de la subdelegación de San Miguel Tlalilnamican y del gobierno de Querétaro.
Había más milicianos provenientes de la Ciudad de México, de Atlanta, de Miami y hasta de Nueva York.
Las sotanas negras y el púrpura se agitaban con el viento.
Aquel pedazo de tierra era propiedad privada, entregada de hecho al culto.
A todo culto. Esa neutralidad ambigua lo volvía, con profunda ironía, más sagrado y más profano a la vez.
La religiosidad, la política y la teatralidad habían engendrado en su amasiato concupiscente un mismo ritual.
Como parte de la minuciosidad escénica del evento, habían dejado un pasillo acordonado entre los muros de Monte Cristal y el altar nuevo —una estructura majestuosa de piedra y mármol— que señalaba la entrada al sendero que conducía a la cueva y la primera piedra del nuevo santuario.
El ajetreo de la gente se detuvo de golpe.
Por el corredor entró Ana Lucía, escoltada por seis consagradas que caminaban al unísono.
Avanzaban con pasos mecánicos y gestos ensayados, hasta con un pequeño saltito orquestado y rítmico.
Era la caricatura de un cortejo nupcial.
Y mientras cientos de personas tenían la atención puesta en ella, yo buscaba otra cosa.
Miré a la vidente caminar en trance. Sabía que aquel estado no era fruto de lo espiritual ni de lo místico.
Su mirada, vidriosa y vacía, lo gritaba con elocuencia.
Se detuvo en el patio, a unos metros de la puerta de Monte Cristal, a la espera del momento propicio y de la señal para iniciar el ascenso.
La escena, orquestada para inspirar reverencias, desembocó en lo kafkiano.
Toda la aparatosidad del lugar había alcanzado una apoteosis cruel.
Keller la aguardaba en el altar del camino, ataviado con un fasto que rozaba lo majestuoso.
El amito lucía filigranas doradas. El alba de lino caía hasta sus pies, rematada con encaje.
El cíngulo, tejido con hilos de oro y plata, rivalizaba con el sol.
Sobre el cuerpo, más enjuto que al comienzo de mi estancia, destacaba una casulla blanca, bordada en oro con motivos florales.
El lujo no conseguía ocultar el sudor ceniciento de su frente ni el amarillo que se empeñaba en invadirle los ojos. Todo él parecía hecho de oro.
La colina se estremecía con el rumor de miles.
Eran legión. Sus estandartes ondeaban como llamas rituales, y una mezcla de rezos y zumbidos de cámaras se elevaba hacia el cielo envuelto en incienso bastardo.
Ana Lucía continuó con su penoso avance.
Caminaba descalza, con el vestido blanco encendido por el sol de mediodía.
Avanzaba despacio, hollando un terreno ajeno a su momento.
La grey aguantaba el aliento a su paso. Vi de nuevo su rostro: iluminado de un modo equívoco.
El temblor en sus párpados. La rigidez creciente en los dedos de sus manos.
Un leve tirón involuntario en la boca anunciaba el espasmo.
Nadie más pareció notarlo. El primer estremecimiento le sacudió la cabeza con una violencia inesperada.
El segundo la hizo trastabillar. El aire la empujó desde dentro y cayó de rodillas.
Las exclamaciones de fascinación ahogaban el murmullo del gentío.
El sollozo más fuerte provino de una mujer anciana que no podía contener la emoción.
Lloraba como plañidera, con los ojos fijos en la vidente, una figurante más en La transfiguración de Sanzio.
Cerca de ella, un joven con una camiseta del Custodes Regnum alzó los brazos al cielo.
—¡Éxtasis! ¡La Virgen la toca! —gritó.
Un cura, con una estampa de la Virgen colgada del cuello, se arrodilló en el polvo.
—¡Es igual que Santa Teresa! ¡Un éxtasis teresiano! ¡Está viendo el Paraíso! —exclamó.
La histeria se volvió furor. Y el furor, arrebato.
Entonces, de entre la multitud, un grupo de mujeres improvisó un lamento desafinado, estridente, schoenbergiano.
Otras voces se sumaron, dispersas. Luego se fundieron en un único gemido.
Y con los rostros arrebatados por el delirio, la colina entera alcanzó por fin un orgasmo colectivo.
Las cámaras no parpadeaban. Cada lente capturaba, como un prodigio, las contracciones de la vidente. Una reportera del Canal 13 se santiguaba entre frase y frase, sin dejar de hablar al micrófono.
—Aquí la vemos, Carlos. Aquí llega Ana Lucía Espino de Morales en trance… un trance místico. Está ocurriendo ahora mismo, en vivo. El milagro…
Los labios purpúreos. Las uñas amoratadas.
Las conjuntivas inyectadas en sangre. Nadie más parecía verlo.
Nadie parecía querer verlo siquiera. Pero yo vi la espuma en la comisura de su boca, el jadeo atormentado, el calambre que sacudía su nuca: el éxtasis inducido por la toxicidad.
La vi convulsionar. Me abrí camino con urgencia, pero Luis Ramón y Jonás se interpusieron.
Me reconocieron y dudaron. Luis Ramón, con camisa blanca de algodón y corbata desajustada, levantó las manos y se plantó a unos pasos de mí.
—Padre Arizaleta —balbuceó, bajando los brazos—. ¿Qué hace?
—Está en peligro —dije con voz ronca—. Está colapsando. Dejadme pasar.
—Tenemos órdenes —intervino un hombre, más corpulento, con gafas oscuras—. Nadie puede acercarse al pasillo central hasta que…
—¿No lo veis? —interrumpí—. ¡Está convulsionando, joder!
Se alzó un clamor entre los fieles más cercanos. Algunas cabezas se giraron. Una mujer en primera fila se persignó con torpeza.
—¿Qué pasa? ¿Quién es ese? —gritó alguien desde la barandilla—. ¿Un infiltrado?
—¡Deténganlo! ¡Quiere arruinar la señal! —dijo otro con fuerza—. ¡Es un orate!
—¡Es un hereje !
—¡Andaba con los brujos de Tlalilnamican!
Yo ya no los oía. Solo el sonido de los estertores de Ana Lucía, cada vez más débiles. Aproveché la fracción de segundo en que el monitor vaciló, mirando atrás, esperando una orden. Me deslicé entre ambos, más rápido de lo que esperaba de mí.
La joven temblaba, empapada en el sudor frío de un animal asustado.
Los ojos de vidrio verde, una línea de saliva espumosa deslizándose por la barbilla.
Nadie parecía saber qué estaba pasando. Movido más por instinto que por heroísmo, esquivé a uno, empujé al otro y crucé el círculo.
En cuanto llegué a su lado, ya no parpadeaba.
Sus ojos, abiertos al cielo, miraban entre las nubes.
Keller no se movía. Su expresión se había congelado entre la furia y la incredulidad.
Cogí a Ana Lucía del brazo. Su piel estaba helada.
Una frialdad de muerte. Sus pupilas dilatadas eran un espejo opaco.
La sostuve y la llevé conmigo los pocos metros que quedaban hasta la puerta del campamento.
La cerré de golpe y quedó trabada, aunque sin candado.
Solo cuando alcanzamos el patio mayor de Monte Cristal, los demás reaccionaron y comenzaron los gritos.
Empezó el movimiento confuso detrás de nosotros.
Ella tropezaba a mi lado, ajena al mundo.
Busqué a Botello entre la multitud, pero no lo vi.
Mi ventaja no duró. A mis espaldas, el rumor del gentío se transformó en un rugido enardecido que crecía con cada zancada.
Los sentía acercarse, con sus voces confusas, una mezcla de curiosidad y rabia.
Una ola de odio que amenazaba con tragarnos.
La vidente seguía adelante con pasos torpes.
La explanada se abría, expuesta: una trampa mortal. Y entonces, al girar la cabeza en un gesto desesperado, vi nuestra salvación.