Capítulo 60
Aún no había aprendido a rezar como ellos.
Sabía las oraciones, pero no sus ritmos.
En las paraliturgias de los viernes me costaba orar sin sentirme un impostor, y cuando hablaba del Reino, dudaba si ellos me entendían o si solo me respetaban por mi acento extranjero y por mis zapatos cepillados con betún negro.
Pero todavía creía. Quizá no con verdades, pero sí con hambre.
Esa mañana, el padre Amador cortaba leña, levantando el hacha con movimientos lentos, coreográficos.
La hermana Susana colgaba ropa mojada con resignación mística.
Ora et labora . Eligio, que siempre tenía algo en la boca —una expresión, un silbido, un trozo de yuca o una risa a medio camino— ya me había dicho que ese día llegaría alguien importante .
—Pero no se agobie, padre —me dijo con ese tono irreverente que solo él podía mantener sin faltar al respeto—. No viene con sotana ni con esos aires de señor que tienen los otros. Viene con el Evangelio en la mano.
Yo no sabía entonces lo que eso significaba. Pensaba que todos los que venían traían algo del Evangelio.
Gustavo Gutiérrez no era como lo imaginaba.
Llevaba una camisa azul celeste, sucia en los puños, y unas gafas de marco grueso que le colgaban del cuello con una cadenilla.
Caminaba con el cuerpo vencido hacia adelante, con una carga invisible que parecía llevar sin queja alguna.
Al estrecharme la mano, su mirada tenía la profundidad de un río: reconocía sin necesidad de nombres ni apelativos.
No había autoridad en su gesto, solo atención. Y una ternura feroz.
Nos sentamos debajo de un nance. Los niños corrían alrededor, con gritos de júbilo, y los perros dormían detrás de nosotros, bajo el árbol.
Aquella era todavía una tregua hecha de paz, maíz y nombres propios.
Eligio le sirvió fresco de chan y panes dulces, y Gutiérrez los recibió con llaneza callada.
Cada ademán suyo tenía valor sacramental.
Yo estaba mudo, sometido al pudor del novato.
Mi fe, aún en carne viva, sabía que estaba ante alguien que hablaba de Dios desde sus heridas.
—¿Cuánto llevas ya aquí, José María? —preguntó sin mirar.
—Unos meses —dije—. Llegué en enero.
Me examinó con los ojos entrecerrados.
—¿Y qué has aprendido?
Pensé en responder con una lista: visitas, celebraciones, tareas, paraliturgias.
—Que mi teología no alcanza —admití.
Sonrió.
—Esa es una buena noticia.
Eligio rio muy suave, y la hermana Susana, con las manos aún húmedas del lavado, se sentó a su lado .
—A veces me siento inútil —confesé—. Ellos lo hacen todo. Yo, si acaso, acompaño.
—Entonces estás en el lugar correcto —dijo el peruano, sin solemnidad—. La comunidad de base no se sirve desde arriba. Se vive desde dentro. No vienes a enseñar la Palabra. Vienes a aprender a leerla de nuevo.
Guardamos silencio. Y el silencio sabía a tierra removida.
—Y nunca olvides que la Buena Nueva para los pobres no es una metáfora. Es la subversión de todo orden que excluye. Si uno no se convierte cada día —dijo más bajo, como para sí mismo—, no ha entendido nada.
Esa noche dormí mal. Aún no entendía que una cosa era citar a Jesucristo y otra, muy distinta, era dejarse herir por sus palabras. Aunque luego con el tiempo me resultaran vacías.
Años después, aquella otra noche, el campamento brillaba a lo lejos, encerrado entre cercas y bombillas, rodeado de coches encerados y micrófonos. Ya no recordaba la cuenta del rosario que se había perdido en la tierra.
Seguí andando.
Al final del camino, debajo de un árbol muerto, estaba el mecenas de aquel mundo opuesto. Distinguí su silueta entre las sombras: Espino de Morales, el ingeniero. Y me acerqué.
Estaba allí, en el patio interior del módulo administrativo, bajo el ficus ralo que ya no crecía.
Las ramas secas arañaban el aire, resignadas tras todo intento de verdor.
Aunque el sol seguía oculto, el calor hería igual: abrasador, inmóvil.
Espino de Morales conversaba con uno de los hombres de seguridad —alguna instrucción dicha con mesura, un apretón de hombro, un ademán de jerarquía afectuosa— y al verme, se despidió de aquel con una palmada que era más un sello que un gesto.
Se dirigió hacia mí con la seguridad de una persona acostumbrada a que nadie le cierre el paso: camisa blanca, corbata de seda de Stefano Ricci, gafas de sol doradas sobresaliendo del bolsillo.
—Padre Arizaleta —dijo y me tendió la mano—. Qué bueno verle de nuevo.
La estreché. Su piel era fina y cuidada. Una mano entrenada para firmar, señalar y recibir homenajes.
—Ingeniero —respondí.
—¿Le llegó la pluma?
—Sí.
Sonrió, con orgullo técnico.
—Fue idea de Nicole, mi esposa —añadió—.
Dice que los sacerdotes deben escribir con instrumentos dignos.
Sobre todo, cuando lo que escriben puede alterar el curso de las cosas.
Siempre me ha fascinado el poder de lo minúsculo.
Un reloj. Una pluma. Un alfiler bien colocado.
Pueden más que un discurso. Que una denuncia. Son litúrgicos, ¿no cree?
Recordé la casa. Pensé en el té servido en la porcelana de Limoges.
En la forma en que Nicole de Beaulieu había pronunciado mi nombre.
En cómo me mantuvo la mirada mientras hablaba de su marido, de la Iglesia, de su hija, de la virtud como una especie de bordado familiar.
Pensé en el deseo que confundí con un estremecimiento.
En el sueño impúdico que me asaltó esa misma noche.
Todo empapado de una culpa como la sangre espesa de aquel cáliz.
Qué pequeño, me dije. Qué irrelevante y grotesco.
Porque sabía su historia. Porque conocía su impudicia, con esa certeza que nace de la confesión y no de la condena.
Ana Lucía me lo había dicho. Me lo había entregado en bruto, con amargura.
Y su acritud fue más elocuente que cualquier grito.
Era el testimonio de una fractura que no se podía nombrar.
Mi cuerpo rechazó su presencia antes que la razón, asqueado por la continuidad de aquella impunidad y por el hombre que tenía delante.
Era una aversión hacia su corbata perfecta, su modo de alisarla con dos dedos, la limpieza obscena de su camisa, el cuello sin rastro de transpiración.
Lo odié con una intensidad que descendía igual que una lluvia de ceniza que se pega a los pulmones.
Lo odié por respirar sin culpa. Lo odié por modular la dicción con distinción.
—¿Usted escribe a mano? —preguntó.
—A veces.
—Me parece admirable. En estos tiempos se mecanografía todo. Escribir a mano es una forma de respeto por la fe antigua. Trazar cada letra. No delegar el pulso.
Le miré sin decir nada. Pasaron un par de segundos.
—Bueno —dijo—. Solo quería saludarle. Mañana será un día especial para todos. Estaré allí. Como testigo del nuevo gran milagro.
Lo dijo sin énfasis. Su tono era el de un asistente a la firma de un tratado.
Se despidió con una inclinación de cabeza y volvió sobre sus pasos.
Uno de sus escoltas le abrió la puerta antes de que llegara a ella.
Al cruzarla, desapareció sin resistencia, sin ruido, sin salpicar a nadie.
Me dejó allí, solo bajo el ficus. El aire no se movía.
Solo podía recordar la imagen de Ana Lucía y pensar en aquellas palabras de su padre sobre el poder de un alfiler bien colocado.
Caminé hacia el jardín trasero del campamento, donde los rosales de Castilla resistían el calor con una dignidad silenciosa. Nicole conversaba con Clara junto a una fuente sin agua. Sus voces se mezclaban con el zumbido de las abejas que rondaban las últimas flores, bajo la luz de las farolas.
Al verme, Clara se excusó con una sonrisa demasiado oportuna.
—Padre, le dejo con Nicole de Espino de Morales. Entiendo que ya se conocen, ¿verdad ?
—Sí —dijo ella—. Nos conocimos en México.
—Bueno, pues les dejo entonces. Debo revisar los arreglos florales para mañana.
Y se marchó, dejándonos bajo un naranjo.
La madre de la vidente lucía un vestido de lino color crema que respondía a la brisa, dejando ver, por momentos, la línea de sus pantorrillas. Tenía las manos unidas al frente, pero los dedos no dejaban de girar el anillo de matrimonio.
—Padre Arizaleta —dijo.
Mi nombre sonó distinto de como lo había escuchado en el salón de su casa: más íntimo, más cercano. O eso quise oír.
—Señora Espino de Morales.
Las palabras me salieron torpes.
—Nicole, por favor. —Rio—. Qué coincidencia encontrarlo aquí.
—A mí también me sorprende verla.
—Mañana será un día especial para todos.
—Debe de estar emocionada por ver a Ana Lucía.
Sus ojos verdes se nublaron.
—La extraño más de lo que quisiera admitir. Una madre…
Se detuvo y se mordió el labio inferior.
—Perdone. Hay cosas que no se le pueden explicar a un sacerdote.
¿Era una disculpa o una provocación? No lo sabía. En su voz, cada pausa podía contener una intención. O ninguna.
—Los vínculos maternos a veces escapan a nuestra comprensión —dije, consciente de lo incómodo que sonaba.
—Exacto.
Avanzó un paso.
—Hay conexiones que no necesitan palabras.
Se apartó el cabello del cuello y reparé en el latido bajo su piel.
—Supongo que sí —murmuré .
—Ana Lucía me escribió una carta muy hermosa. Dice que ha encontrado en usted a alguien que la escucha de verdad.
Me miró de frente.
—Eso no es común en ella —siguió—. No confía en la gente con facilidad.
¿Era un cumplido? ¿Una advertencia?
—Es una joven especial.
—Y muy sensible. Percibe las intenciones de la gente.
Se alisó el vestido, un gesto mínimo que, contra mi voluntad, llamó mi atención.
—Dice que usted es honesto.
Tragué saliva.
—Ella necesita eso. Después de todo lo vivido.
Se quedó inmóvil.
—¿Todo lo vivido?
Había dicho demasiado.
—Me refiero a la presión —corregí—. A las apariciones. Supongo que es difícil para una chica.
La tensión en su rostro cedió. La sonrisa volvió, más medida.
—Sí. La presión.
Se sentó en el borde de la fuente seca y cruzó las piernas.
—¿Sabe qué es lo más difícil de ser madre?
—No, no estoy seguro.
—Querer proteger a tu hija y, al mismo tiempo, saber que hay cosas más grandes que ese deseo.
Hablaba casi en un susurro.
—Cosas que una debe aceptar —añadió.
—Sí. Debe ser muy difícil.
—Lo es.
Se levantó. Su perfume, Joy, me alcanzó sin aviso.
—Pero mañana será distinto. Mañana todos verán lo especial que es Ana Lucía. Usted estará allí, ¿verdad?
—Claro .
—Me alegra.
Puso una mano sobre mi brazo. Fue un contacto breve, insignificante. Bastó para que mi cuerpo recordara lo que mi conciencia intentaba reprimir.
—Me tranquiliza saber que hay alguien comprensivo cerca de ella.
Empezó a alejarse, pero se volvió.
—Padre, ¿puedo pedirle algo?
—Por supuesto.
—Por favor, rece por Ana Lucía mañana. Sé que será un día muy intenso para ella.