Capítulo 59
E l aparcamiento estaba tranquilo. Había tres o cuatro vehículos dispersos al azar, algunos con las ventanas entornadas para aliviar el calor, otros ya medio cubiertos por una capa de polvo.
Pero entre todos ellos, uno destacaba por su limpieza y un lujo imposible de disimular: un Grand Marquis azul oscuro.
Mientras lo observaba, una voz familiar resonó a mis espaldas.
—¡Quihúbole, mi padre!
Me giré con lentitud. Allí estaba el mismo uniforme que recordaba, los zapatos relucientes, las entradas, el bigote y esa sonrisa natural, sincera. Sostenía una pirámide de cartón con las palabras «mango» y «Boing» estampadas en sus caras. Una pajita salía por un extremo.
—¿Armando? Pero ¿qué hace usted por aquí, hombre?
—Pos mire, mi padre. Me pidieron que viniera a llevarme a la chamaca de vuelta a su casa.
—¿Ana Lucía?
—¡Esa merengues! Pero eso sí, después del milagrote ese de mañana, ¿eh? Me vine desde hoy para verlo. ¡No me lo iba a perder!
—Ya.
—¿Cómo ve? ¿A poco no se le hace la piel chinita nomás de pensar que vamos a ver a la Virgencita y nos va a hacer un milagro y todo?
Se me escapó una sonrisa.
—Armando. Si usted supiera…
—Oiga, yo ya le hacía en la madre patria y todo. Cuando me cancelaron el servicio el otro día, pensé que se había ido usted en taxi o en camión. ¿O es que ya se va a quedar con nosotros para siempre?
—No, hombre. Ya me queda poco. En unos días volveré.
—¡Ah, no diga eso! Si ya le veo a usted bien mexicanote.
Reí, más con el cuerpo que con el alma.
—Bueno, le dejo que tengo chamba —se despidió.
Lo vi alejarse con paso elástico y abrir la puerta del Grand Marquis con aquella familiaridad ritual.
El coche lo recibió con un susurro de bisagras engrasadas y, al encenderlo, el motor rugió.
Como siempre. Armando se acomodó al volante, saludó con la mano por la ventanilla y se alejó con suavidad, con su alegría a prueba de dudas, su fe sin preguntas y su función asignada dentro de un sistema que lo superaba por completo. Una pieza más de aquella maquinaria.
Y no pude evitarlo: envidié su ignorancia.
Antes de llegar al cementerio, bordeé la casa de don Teo y Jacinta.
Las cintas de clausura seguían cruzando el portón como costuras en una herida mal cerrada, pero el barro y la maleza ya comenzaban a tragarse las huellas del horror.
Me detuve solo para recordar. Permanecí ahí, no sé cuánto, sin encontrar un atisbo de consuelo.
Después, seguí mi camino. La verja del camposanto se asomaba entre los mezquites.
Y más allá, al final del sendero, se alzaba la ermita.
Aquel espectro de piedra abandonada. Maldita.
El silencio hubiera sido absoluto, de no ser por un viento que se colaba por las rendijas de los muros y hacía vibrar, de tanto en tanto, una teja suelta o un fragmento de cristal en los ventanales rotos. La Virgen agrietada seguía hiniesta sobre su peana, con la misma mirada vacía.
Botello llegó puntual, fiel a su promesa. Traía el maletín y un cigarrillo apagado entre los dedos. Su silueta se recortó contra el cielo de la tarde antes de entornar la puerta tras de sí. El ruido quedó colgado en el aire. Una advertencia.
—¿Esperando a alguien más, padre? —preguntó con ironía seca.
—No bromee, Botello —dije sin sonreír—. Este lugar ya es bastante tétrico de por sí.
—Tétrico, pero parece seguro.
Nos sentamos. El altar, al fondo, seguía siendo una masa de cemento descascarado. Había más telarañas en las esquinas. Botello encendió el cigarrillo con manos firmes. Inhaló hondo y soltó el humo con un suspiro largo, triste.
—Dígame lo que tiene que decir. Este misterio ya me está consumiendo —pidió.
Abrí el cartapacio que había traído conmigo. Los cierres se abrieron con un chasquido que retumbó en la nave vacía. De su interior saqué un fajo de documentos: sobres, copias, notas…
—Empiece por ver esto.
Le tendí los papeles. Botello los tomó sin ceremonia. Imaginé que su nariz buscaba el olor de las mentiras en la tinta.
—Interesante… —murmuró, mientras pasaba las hojas y su índice golpeaba algunas de las palabras—.
Esto comprueba que, sin duda, hay pagos a los milicianos y al Custodes Regnum hechos por Azurmex.
En forma frecuente y por montos de consideración.
Y algunos son pagos en efectivo… Flores Magut, no cabe duda. A mí esto me huele a chantaje .
Sus fosas nasales se hincharon y su enorme nariz se contrajo.
—¿Chantaje? ¿Dónde lo ve?
—Sexto sentido, padre. De momento, nada más eso. Esto es una red. Y alguien la sostiene desde arriba.
—Hay más, Botello. Mucho más.
Le conté lo que había escuchado en la iglesia de San Miguel. Las voces. El plan. Las risas. Gerard, el americano. El nombre de Cobián. Pero omití el incesto del padre de Ana Lucía.
Botello tomaba notas.
—También está esto.
Le pasé una carpeta marrón.
—¿Qué hay ahí?
—Una copia del informe que he preparado para Roma. Si algo me pasa, hágalo público. Mándelo adonde deba llegar. Adonde alguien aún pueda leerlo.
—Me está dando un arma cargada.
—Haga lo que tenga que hacer.
Botello metió los documentos en su maletín.
Luego se quedó mirando una de las ventanas sin cristal.
Un golpe de viento hizo vibrar la puerta de la ermita y levantó una nube de polvo.
Ambos nos sobresaltamos. Su mirada había perdido todo asomo de burla.
El periodista apagó la colilla contra la pared.
—¿Por qué hace esto, padre? Si ni siquiera me conoce.
—La verdad, no tengo a nadie más a quien recurrir. Confío en que su profesionalidad será más fuerte que todo esto.
—Bueno —dijo, terminando la conversación—. De todos modos, hay que abrir muy bien los ojos. Nadie vendrá a salvarnos si nos caemos. Ya sabe cómo dicen: «ráscate a ti mismo, que nadie te saca del abismo».
—Ya.
A lo lejos, la brisa seguía hablando entre las lápidas .
El viento soplaba con una violencia inesperada al salir. Las cruces del cementerio temblaban, inclinadas hacia el oeste. Crucé con pasos inciertos, sin atreverme a mirar atrás. Botello se quedó dentro, revisando los documentos.
A mitad de camino al campamento me detuve.
Desde allí, Monte Cristal no era más que un puñado de luces difusas filtradas a través de las ramas.
La noche había caído por completo, pero no ofrecía descanso.
Los sonidos eran mínimos: el canto intermitente de los grillos, el resuello apagado de algún motor.
Me apoyé unos segundos contra un viejo tejocote cargado de frutos anaranjados.
Saqué el rosario de mi madre del bolsillo sin nada mejor que hacer.
Conté una, dos, siete. El hilo no resistió más y una de las cuentas rodó cuesta abajo hasta perderse en el terreno húmedo.
La dejé ir. Avancé. Aunque el cuerpo siguió caminando, la mente ya no estaba allí.
Se desvió con aquella cuenta que desaparecía en la sombra.
Su recorrido curvo y callado me arrastró de golpe a otra tierra. A otro rosario. A otro calor.
A una mañana de abril en San Damián.