Capítulo 58
D urante el desvelo, la conversación de la iglesia se repetía una y otra vez en mi cabeza. Cuando al fin llegó el amanecer, la luz se había puesto en marcha. Pero sin resplandor triunfal ni canto de gallos. Solo el desvanecimiento gradual de la oscuridad. El día parecía resistirse.
Yo ya estaba vestido, afeitado con torpeza.
Enfilé el camino hacia San Miguel Tlalilnamican con determinación.
Hablar con Jaime Botello se había convertido en una necesidad visceral.
Aún conservaba la tarjeta que me había entregado semanas atrás, durante aquel encuentro que tuve con él en la librería sombría de Donceles, en la Ciudad de México.
No podía arriesgarme a llamar desde Monte Cristal. La discreción era un lujo que ya no podía permitirme perder. Así que decidí caminar hasta San Miguel. Me obligué a pensar en ello como una salida breve, sin dramatismos. Solo un recado. Una llamada.
Había dos opciones: un locutorio improvisado en la peluquería y otro en las oficinas gubernamentales.
Opté por el primero. Las oficinas, con su laberinto burocrático, sus formularios, sus empleados con la mirada atenta y ese desfile de ojos vigilantes tras los cristales, me parecían un escenario perfecto para la traición.
Era el terreno de Flores Magut. La peluquería, en cambio, con su rutina doméstica de tijeras y permanentes, ofrecía —pensé— un anonimato precario, pero suficiente.
A esa hora temprana, no había nadie a la vista.
El letrero exterior, pintado a mano con esmalte rosado, decía: «Gladys.
Salón de Bellesa y Manicure». El local era pequeño, de muros descascarados y cortinas floreadas a medio lavar.
Dos sillas convertidas en butacas, un lavabo con manchas de óxido, una mesa donde se acumulaban revistas viejas, esmaltes abiertos, peines de dientes torcidos.
Al entrar, me recibió una mujer de mediana edad, con bata de poliéster y una sonrisa práctica.
Intuía que yo no venía por un corte. Y acertaba.
Me llegaron los olores de la laca, la colonia barata, el champú y el pelo quemado.
No había más clientes. Solo el ronroneo lejano de un ventilador de aspas lentas y una radio apagada.
—¿Llamada a México? Son quince pesos por el uso, más lo que cueste la llamada. Pago por anticipado, sin devoluciones. Aunque no le contesten —dijo ella, con un tono de recitación mecánica.
—Aquí tiene.
Saqué las monedas de mi bolsillo. Sentí el frío del metal en la palma.
—Está ahí atrás, el teléfono rosa.
El teléfono rosa era un aparato ordinario, con el cable pelado en uno de sus extremos, colocado sobre una mesita al fondo del salón, detrás de una cortina de cuentas de plástico que no ocultaba nada.
Me lo habían dicho: la esquina funcionaba como locutorio clandestino desde hacía años, sin licencia ni controles.
Me acerqué sin prisa. Saqué de la chaqueta el pedazo de cartón blanco, con letras en relieve.
Marqué los números uno por uno, escuchando el clac-clac metálico del disco al girar y al volver.
El sonido llenaba el lugar. Se extendía por las paredes de escayola.
Temí que alguien más, allí fuera, pudiera reconocerlo.
Sonó cinco veces. A la sexta, un clic interrumpió la cadencia monótona.
Una voz grave y conocida.
— Novedades de México : habla con Jaime Botello. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Soy el padre José María Arizaleta.
Hubo una pausa, cargada de reconocimiento.
—Cuánto tiempo, padre.
—Es importante que hablemos.
—Pues ya lo estamos haciendo.
—Ya. Me refiero a hacerlo en persona.
—Difícil, aunque entiendo a la perfección. ¿Qué sugiere?
—Los milicianos han convocado una rueda de prensa en Monte Cristal. Venga y hablamos.
—Eso es terreno de Villalobos. Yo estoy fuera de cobertura.
—Botello, lo que tengo en mis manos puede cambiar su carrera.
Escuché una exhalación. Imaginé su rostro al otro lado de la línea y aquella enorme nariz, con las fosas dilatadas.
—Podría ir por mi cuenta, pero a título personal. Espero que valga la pena.
—No quedará decepcionado. Otra cosa…
—Dígame.
—Seamos muy discretos, por favor. Este tema es más complicado de lo que imagina.
—Entonces, creo que es mejor que aparentemos no conocernos. ¿Sale? Nos hacemos güeyes.
—De acuerdo.
El último clic sonó definitivo, tajante. Guardé la tarjeta en el mismo bolsillo donde guardaba el inhalador. Luego salí de la peluquería con paso firme, pero con la cabeza en llamas.
La luz del sol había ascendido sin entusiasmo.
El día siguiente amaneció tranquilo, aunque engañoso.
El cielo, despejado en apariencia, dejaba entrever una claridad pálida, pero al mirar con detenimiento se descubrían nubes bajas que avanzaban despacio, cargadas de gris.
Llovió. Y el aire conservaba esa electricidad expectante que se instala en los días en que algo está a punto de torcerse y aún nadie lo sabe.
Desde muy temprano, los reporteros iban y venían entre Monte Cristal y San Miguel Tlalilnamican, con sus libretas, cámaras colgando del cuello, micrófonos envueltos en bolsas de plástico, paraguas y ponchos transparentes.
La rueda de prensa era el evento central del día y el salón San Felipe de Jesús se había llenado antes del mediodía.
Por encima de las cabezas se extendía el rumor de las conversaciones, acompañado del chasquido de las cámaras y del rodar de las grabadoras.
En una mesa lateral persistía el aroma del café tibio.
Demasiado dulce. Alguien había dispuesto vasos de poliestireno y cucharillas desechables.
Había cerca de treinta periodistas. Algunos del ámbito local; otros, llegados de Zacatecas, Aguascalientes y de la Ciudad de México.
A ellos se sumaban los equipos permanentes del Canal 13, de Mexvidia y de Radio La Ciénega, ya instalados con sus trípodes.
Las sillas habían sido dispuestas en filas rectas, pero nadie respetaba el orden.
Algunos se levantaban, otros se apoyaban contra la pared y los de mayor rango habían tomado posición junto al estrado.
Igual que halcones sobre la cerca de un gallinero.
Villalobos sobresalía por un nuevo peinado, un remedo malogrado de Farrah Fawcett, más corto y moreno.
Entre los asistentes distinguí a Jaime Botello. Estaba de pie junto a la pared posterior, con un maletín delgado frente a las piernas y la espalda curvada. Su discreción lo hacía fácil de ignorar, tal como habíamos convenido. Nuestras miradas no se cruzaron.
Permanecí al fondo. Esperaba. No sabía qué. Tal vez una señal. Tal vez un error. O el instante en que las palabras pronunciadas allí terminaran de sellar lo que llevaba semanas resuelto.
Olaya entró impecable, como siempre. Ocupó su lugar en el centro del improvisado escenario.
Su sotana negra —que solía reservar para celebraciones y ocasiones de importancia eclesial— caía almidonada y sin una sola arruga que delatara la jornada.
La cruz que colgaba sobre su pecho, de plata pulida, devolvía la luz con pomposidad.
Los treinta y tres botones ardían con vida propia.
Cada uno de sus movimientos, desde el ajuste del micrófono hasta la breve inclinación de la cabeza, estaba cronometrado.
Bastó con que se pusiera de pie, centrado bajo las bombillas, para que los susurros se disiparan con una docilidad inquietante.
—Señoras, señores —dijo con voz firme—. Gracias por su asistencia hoy.
Como recordarán, en fechas pasadas tuvimos la oportunidad de presenciar una manifestación de la Santísima Virgen, nuestra Madre, en Peña Colorada.
La vidente canalizó un mensaje que nos conmovió a todos y nos llenó de fe y alegría.
Tomó unos papeles de la mesa y dejó que la emoción fermentara entre los asistentes.
—Hace tan solo unos días, nuestra querida Ana Lucía —prosiguió—, la joven elegida por la Virgen para comunicar sus encargos celestiales, recibió de nuevo la visita de un ángel.
Esta vez el clamor fue intenso. Algunos reporteros se volvieron hacia sus compañeros. Otros bajaron la mirada a sus libretas y empezaron a esbozar titulares.
—Como saben, pronto celebraremos la solemnidad del Corpus Christi.
El próximo jueves dos de junio será una jornada muy especial.
Nuestra Madre nos ha prometido un gran milagro, aun mayor que el de la vez pasada.
Será de tal proporción que nadie podrá dudar jamás que la Virgen de Tlalilnamican nos ha bendecido.
La estancia estalló en gestos agitados, manos levantadas, bolígrafos al aire, ojos agrandados. Pensé que era la reacción que Olaya esperaba. Su aspecto permanecía sereno, ascético.
—La cita será en punto de las tres de la tarde.
Tendremos una misa primero, a mediodía, en la ladera de la colina, a la que están todos convidados.
Luego subiremos en procesión hasta la cueva.
Nuestra congregación ya prepara los anuncios y esperamos una afluencia importante de peregrinos ese día.
Ahora, agradeciendo su asistencia, me pongo a su disposición para cualquier pregunta.
La pausa final fue larga, ceremoniosa. El descenso de un telón.
El murmullo general se transformó en movimiento.
Los reporteros alzaban la mano, algunos con ansiedad sincera, otros en busca del ángulo.
Olaya, sin perder la compostura, levantó el brazo.
Con un ademán lento, episcopal, señaló hacia la primera fila.
—¿Usted, Beatriz? —dijo, leyendo con fingida dificultad el nombre de la etiqueta—. Por favor.
Se puso de pie. El bolígrafo temblaba entre sus dedos.
—Gracias, padre. Beatriz Arellano, de XECIE-AM, Radio La Ciénega. Mi pregunta es si la vidente ha tenido alguna manifestación en relación con los recientes asesinatos en Tlalilnamican.
El aire en la sala se congeló. Incluso los otros reporteros, que hasta entonces seguían escribiendo de forma automática, suspendieron sus trazos. El semblante de Olaya permaneció impasible y sus palabras salieron con una calma que rayaba en el desprecio.
—No, señorita Arellano. Esos crímenes fueron un ajuste de cuentas entre miembros de una secta satánica a la que los difuntos pertenecían y que operaba afuera de la localidad.
San Miguel Tlalilnamican está en paz, como siempre.
Igual que Ana Lucía. Ese desagradable acontecimiento no guarda en absoluto relación con las apariciones de nuestra Madre.
Pontificaba. Repartía dogma en vez de absoluciones. Sus frases tenían la dureza de un edicto. Otra mano se alzó desde el fondo. Era un hombre alto y delgado, de cazadora azulada, que se levantó con respeto.
—Gracias. Antonio Puente de Sosa, de Excélsior . ¿Cuánta gente esperan que venga al evento? ¿Y vendrá ahora sí el obispo de Querétaro?
El sacerdote asintió con solemnidad.
—Esperamos participantes de toda la república. También es probable que vengan visitantes de los Estados Unidos. No dudo que lleguemos a ser varios miles. En cuanto a monseñor Cifuentes de la Barquera, confirmamos con agrado que nos visitará nuevamente en su calidad de obispo auxiliar.
Volvió a mirar al público, esta vez permitiéndose una pausa. La siguiente intervención sería la última. Y había elegido con cuidado a quién entregársela.
—Una última pregunta. A ver, usted, el que está junto a la puerta.
El aludido dio un paso adelante con cautela. Su porte, aunque firme, dejaba entrever cierto nerviosismo.
—Jorge Luis Gálvez, de El Universal . ¿Nos puede compartir cómo va la aprobación en Roma?
Olaya sonrió, sin amabilidad, con un destello glacial.
—Señor Gálvez. Sí. Como muchos saben, el padre Arizaleta fue asignado como investigador del Vaticano para validar las apariciones.
Calló en una pausa sutil. Una pausa que quizá no estaba en su guion, pero que supo introducir con maestría.
—Sí —continuó—. Antes de 48 horas presentará un reporte oficial. Ya sabemos de antemano que certificará la autenticidad de las apariciones y su profunda espiritualidad .
Y mientras pronunciaba estas últimas palabras, giró la cabeza y me miró.
La reunión terminó entre preguntas cruzadas y rumores. Los reporteros se dispersaron con rapidez igual que coleópteros en busca de materia en la que hurgar. Algunos rodearon a Olaya y otros buscaron a Keller. Pero varios vinieron hacia mí, atraídos por la mención de mi nombre.
Los flashes empezaron a estallar. Las grabadoras se encendieron con un clic suave, íntimo.
—¿Qué puede decirnos sobre los crímenes en San Miguel Tlalilnamican? ¿Tienen alguna relación con la vidente?
La pregunta fue un disparo a bocajarro que remató cualquier rastro de voluntad para seguir esquivándolas.
La respuesta salió antes de que pudiera pensarla, movida por un instinto primitivo.
—Eso está en manos de las autoridades civiles —dije. Frío. Preciso.
Esperaba que esa respuesta los desalentara. Que retrocedieran al menos un paso. Pero en lugar de eso, vi cómo sus pupilas se dilataban y sus ojos brillaban aún más. Con codicia. Buscaban una caída.
Y yo ya había tropezado.
Cuando la multitud comenzó a dispersarse, sentí una mano en mi hombro. Me giré con lentitud. Botello llevaba una camisa clara, sin corbata, y su maletín raído, como cualquier otro periodista. Se inclinó hacia mí lo justo para que su aliento a ron no alcanzara a quienes nos rodeaban.
—Al lado del cementerio, vi una ermita abandonada. ¿Le parece?
Asentí sin palabras. El lugar no podía ser más adecuado.
—Entonces, nos vemos allí a las siete de la tarde. ¿Sale?
Incliné de nuevo la cabeza. No hacía falta más.
Botello se alejó sin prisa y se fundió entre los últimos rezagados en salir .
Alguien barría el suelo. Por un instante pensé en Higía. En vez de ofrecer su copa a la serpiente, recogía los restos de la ceremonia: vasos de poliestireno, servilletas, notas mal tomadas… y la verdad que había quedado esparcida por el suelo.
Salí a la explanada. El viento tenía esa textura espesa de las tardes detenidas. El sol descendía, una moneda oxidada sobre Peña Colorada. Su luz alargaba como siempre las sombras y anunciaba el final de la tregua.