Nadie entierra los nombres Capítulo 57
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Capítulo 57

S alí hacia San Miguel Tlalilnamican con la excusa de comprar un repuesto para el Ventolin. El viento fresco que soplaba en el patio era un alivio, pero mi tranquilidad duró poco. Al dejar el campamento, me encontré con Keller, cerca de la puerta.

—Arizaleta, deme un minuto.

—Dígame, Keller.

—No hemos tenido oportunidad de hablar desde los sucesos recientes. Tal vez debí acercarme antes con usted.

—Ya —repuse, seco.

—Solo quería comentarle que Ana Lucía tuvo ayer otra revelación personal en su habitación. De nuevo el arcángel.

—¿Y qué dice ahora el distinguido visitante celeste? —dije, incapaz de disimular la ironía.

—Que el día del Corpus habrá otro gran acontecimiento. Un evento de magnitud sin precedentes. Mayor que el de la otra vez. El mayor acontecimiento de la historia mariana. Vamos a convocar una conferencia de prensa extraordinaria.

—¿Otra?

—Pasado mañana. Sí, el tiempo corre .

—Vale. Le agradezco la deferencia del aviso.

No me contestó. No alcancé a descifrar sus ojos. Seguí mi camino.

Al pasar frente a la casa del chamán y su mujer, se me cerró el pecho otra vez.

Las cintas amarillas del Ministerio Público se agitaban en la brisa.

La puerta estaba sellada y el polvo comenzaba a empañar las ventanas.

Todo me devolvía a lo que había ocurrido allí. Aparté la vista, pero no el recuerdo.

La Conchita, tienda de ultramarinos que también hacía las veces de farmacia, estaba casi desierta. La mujer que atendía buscaba en los estantes con movimientos lentos, mecánicos. Me recibió con una sonrisa triste.

—Ay, padre, qué horrible estuvo lo del nahual y su esposa, ¿verdad? —dijo, al colocar el inhalador en el mostrador.

—Sí, hija. Una desgracia.

Ella asintió con una inclinación de cabeza.

—Y no sé si sepa, pero dicen que eran satánicos y que hacían muchas cosas terribles. Pero doña Jacinta le curó a mi sobrina unos granos bien feos que le habían salido en la espalda. Yo casi no los conocía, pero no pienso que fueran tan malas personas como dicen.

—No eran malos, le aseguro. La gente dice cosas solo por decir. Lo último que tenían ellos eran tratos con el demonio.

La mujer dejó escapar un suspiro. Pensé que dejaría el tema, pero entonces alzó los ojos hacia mí.

—Con el demonio puede que no, pero sí fíjese que había algo bien raro.

—Ya.

—Mire, yo pasaba por las noches cerca de su casa después de cerrar la tienda porque pasaba a ver a mi suegra, que vive cerquitita de ahí, por donde vivían ellos.

Y a veces veía que un señor de traje negro entraba y salía.

Bien misterioso. Nunca le vi bien la cara, pero era blanquito y alto.

Haga de cuenta… que como usted, más o menos .

Sus palabras quedaron en el aire mientras me repasaba con la mirada, tal vez en busca de algún detalle que confirmara aquel reconocimiento vago.

—No me diga.

—Sí, sí le digo. Casi todos los días. —Se acercó un poco más para que la escuchara mejor y bajó la voz—.

Aunque otros días iba otro señor, bien gordo y grandote.

Güerito también. De hecho, más güerito que el otro.

Con pelos de elote. Pero ese no entraba.

Nomás se quedaba afuera, mirando la casa un ratotote.

Mientras, el otro se quedaba dentro. Le digo que era bien extraño todo eso.

—¿Gordo y grandote, dice?

—Sí, imagínese como un luchador, pero sin máscara. No me latía mucho. Era algo como raro cuando veía la casa…

—¿Le veía a menudo? —pregunté, con todo el empeño en sonar casual.

—Unas dos o tres veces por semana, padre. Siempre muy tarde. Y nunca decía nada, nomás estaba ahí, paradote. Una vez me pareció que me vio, pero se fue rápido.

Pagué el inhalador y me despedí con un gesto torpe.

Crucé la entrada de la tienda y el sol me golpeó de lleno en el rostro.

La calle ardía con su calor seco. Giré a la derecha y seguí por la acera.

Otra vez me envolvían la fruta fermentada, el asfalto caliente y ese fondo lejano de estiércol que jamás se iba del todo.

Mientras cruzaba la calzada para atajar por el sendero que llevaba a Monte Cristal, un destello metálico me detuvo.

Un todoterreno negro, aparcado junto a la oficina de la subdelegación, brillaba bajo el sol como un escarabajo oscuro.

La carrocería relucía, y su reflejo devolvía los balcones desportillados y las ramas secas de los árboles.

El emblema de Azurmex, discreto aunque imposible de ignorar, estaba estampado en las portezuelas.

A su lado permanecía de pie un hombre enorme. Brazos cruzados, cuello grueso y gafas oscuras. Rubio. No sudaba. No parpadeaba. No se movía.

La puerta del edificio se abrió con lentitud.

Flores Magut apareció. Caminaba con paso corto y firme.

Se enderezó la corbata con un gesto meticuloso.

Tenía la frente brillante, perlada de sudor, y una media sonrisa administrativa.

Se detuvo un momento antes de bajar el último escalón, se acomodó las gafas de sol y miró alrededor con tranquilidad.

El grandullón se irguió sin necesidad de señales y abrió la puerta trasera del vehículo. El subdelegado subió sin prisa.

—Gracias, Gerard. Vámonos para la iglesia, por favor —dijo Flores Magut con voz amable al rubio—. Ya se me hizo tarde.

El portazo resonó rotundo.

Acto seguido, apareció un segundo coche blanco con el escudo del municipio desdibujado en los costados.

Los dos guardaespaldas inseparables iban con él.

Uno tenía un chupachús en la boca y el otro hojeaba un cómic arrugado, de páginas ya pardas.

La escena habría resultado ridícula de no ser por los fusiles recortados que asomaban por encima del respaldo del asiento trasero.

Gerard rodeó el automóvil con paso firme. Su andar tenía la cadencia del entrenamiento militar. Entró y encendió el motor. Su rugido sordo se parecía más al gruñido de un animal que al de una máquina.

Ambos vehículos se incorporaron al camino ancho que subía hacia la iglesia. No tomaron las calles estrechas ni buscaron atajos. El convoy avanzó bordeando la plaza central con la solemnidad de un cortejo fúnebre.

Pensé que la misa que iban a celebrar ya tenía un cuerpo tendido sobre el altar, a la espera de un cuchillo de obsidiana .

Calculé los tiempos. Diez minutos, quizá algo más. Yo podía llegar en cinco si me apresuraba.

El asma volvió a cerrarme el pecho. El sabor metálico del salbutamol me quemó la boca. Eché a andar con el corazón golpeando contra el esternón.

El atardecer ya teñía el cielo de un rojo hirviente cuando llegué a la Iglesia de San Miguel Arcángel de las Buenas Venturas y Piadosas Almas Rescatadas del Abismo.

La temperatura había descendido unos grados, pero el calor aún apretaba.

Las campanas no habían sonado en todo el día, pero la inquietud que ceñía al edificio era más maciza que su ausencia.

El silencio del atrio me recordó al de un tanatorio.

El viejo portón de madera rechinó al abrirse.

Me detuve justo después de las jambas, protegido por la oscuridad interior del edificio, y desde allí, entre los pilares, vi cómo el imponente coche negro frenaba con lentitud frente a la explanada.

Su carrocería brillante reflejaba el sol poniente como una antorcha de muerte.

La cruz atrial quedó eclipsada por el techo del vehículo.

Del automóvil blanco que venía detrás descendieron los dos esbirros. Se apresuraron hacia el pórtico y se apostaron a ambos lados del atrio. Uno de ellos encendió un cigarrillo. El otro giró el cuello dos veces y se reacomodó las gafas de sol.

Gerard rodeó el automóvil y abrió la puerta con la misma naturalidad con que otros abren la de un restaurante al mediodía.

La sostenía rígido. Conocía bien el ritual.

Flores Magut bajó del lado derecho. Iba sin prisa.

Entonces apareció alguien más. El sol recortaba su silueta y desdibujaba sus facciones.

No llegó por la calle ni por la entrada principal.

Surgió desde un lateral, emergiendo del callejón con la cadencia de un animal acostumbrado a moverse de noche.

Caminó con la misma seguridad que el subdelegado y, al encontrarse con él, le ofreció una inclinación de cabeza, seca y cortés.

La iglesia estaba sumida en la oscuridad, iluminada por un resplandor anaranjado que se esparcía a través de los vitrales.

Retrocedí. No me habían visto en la penumbra.

Mis ojos recorrieron el interior hasta detenerse en el confesionario derruido, aquel en el que había confesado al hombre el otro día.

El de la amenaza. El cubículo oscuro, con su cortina raída y su penumbra impregnada de abandono, era idéntico al de las iglesias españolas. Y el único escondrijo probable.

Tras asegurarme de que nadie se aproximaba aún, avancé con cautela.

Crucé el pasillo despacio, conteniendo la respiración, y me deslicé por el lateral.

Me acerqué sin hacer ruido y abrí la portezuela con cuidado, procurando que las bisagras no me delataran.

El olor a viejo me envolvió enseguida. Apestaba a madera y a polilla.

La tela estaba en descomposición. Cerré con un movimiento mínimo y me agazapé contra la pared.

El espacio reducido se cerró sobre mí como un ataúd vertical.

Entraron. Esperé unos minutos, quizá dos.

Las pulsaciones me llenaban la garganta, el cuello, las sienes.

Caminaron por la nave central, con tranquilidad.

Los bancos estiraban manchas negras sobre el suelo.

Las voces provenían ya del altar mayor, junto al ambón.

No distinguía aún las palabras, pero el tono era suficiente. Se movieron, arrastrando los pies.

Una vez que se detuvieron, pude escucharlos con claridad. Cada sílaba, cada pausa, cada risa. No podía verlos, pero comencé a reconocerlos por su léxico, por su cadencia. Por los matices de arrogancia o cálculo.

—Licenciado, ora sí que la cosa se nos está complicando. Y feo.

—Sí, ya lo sé, y el tiempo se nos está agotando. El gachupín no entendió el favor que le estaba ofreciendo. No me aceptó la mordida, el pendejo. Muy pinche decentito el güey .

—Creo que tenemos que ir abordando las cosas una por una.

Apreté las manos contra el reposabrazos. El grano de la madera se me encajó en las palmas.

—Y no tenemos ningún reporte todavía —dijo otro, metódico y, al mismo tiempo, jovial.

Alguien más se había unido al grupo. Su tono me resultó familiar: una máscara vieja con un maquillaje nuevo.

—Podemos esperar dos días, a lo mucho, para ver el reporte. Igual y hay alguna sorpresita. Ya le urge volver a España.

—Tengo las expectativas muy bajas. Me temo que la situación demandará medidas drásticas. No hay duda.

—Ya tengo pensadas algunas ideas.

El subdelegado rio. Fue una risa ácida, sin alegría ni inteligencia. Una risa de costra.

—¿Cómo cuáles, amiguito? Yo también tengo alguna en el horno. Y alguna muy cocinadita ya.

—Bueno, lo primero es que nos adelantemos. El reporte final que ya firmó monseñor Cifuentes de la Barquera… sería cuestión de añadir una hoja apócrifa, claro, con la firma del padre Arizaleta, que avale su contenido. Lo mandamos a Roma de inmediato.

Una pisada resonó en el templo.

—Pero vamos a tener que deshacernos rápido de él —declaró Flores Magut—. Gerard, ¿se resolvió ya la muerte del pinche indio ese, el brujo, y su pinche vieja?

—No, está todo limpio —dijo con acento americano—. Fuimos a arreglar. No dejamos ninguna pista en el lugar de los hechos, señor.

—Pero si sembraron rastros del pinche padre ese, ¿verdad?

—Sí, señor. Dejamos su presencia bien clara.

—Perfecto.

—No pensará …

—¡A huevo! Vamos a endilgarle, y ahora sí de forma literal, el muerto.

En la mudez que siguió, su carcajada se clavó igual que un puñal.

—¿Qué tal este titular en los periódicos? —siguió—: «ATAQUE DE FE: padrecito español mata a pareja de indios satánicos por adorar ídolos paganos». No sería la primera vez, ¿no? Villalobos ya tiene un borrador, muy chingón, por cierto.

La risa se prolongó y rebotó entre las columnas y los vitrales.

—No sé si dé tiempo para todo eso, licenciado —añadió una voz nueva—. Un juicio por asesinato puede tardar mucho.

Y de inmediato supe quién era. Cobián. El ingeniero José Artemio Cobián. El mismo que había puesto un rosario en la mano de Ana Lucía y otro en la garganta de este país.

—Usted despreocúpese. Nomás hay que moverse rápido.

—A ver, Gerard, ahí te encargo. Por lo pronto, que lo entamben en chinga. Por lo de los brujos o porque le van a aplicar el treinta y tres. Por ahí salió algo en el periódico, ¿no? Cualquiera de esas. Y luego, ya sabes: un intento de fuga, un tiro en la espalda y a la verga.

—Sí, señor.

La iglesia entera tembló bajo el eco de esas palabras. El aire se volvió más compacto. El calor, más rabioso. Busqué el Ventolin. Me recosté contra las tablas y sentí su dureza en la espalda. Respiraba como en el epicentro de una liturgia invertida. Y yo era el único creyente equivocado.