Nadie entierra los nombres Capítulo 56
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Capítulo 56

N o salí de la cabaña en tres días.

La puerta permaneció cerrada con el pestillo interior echado. Nadie intentó abrirla. El campamento respiraba su propio destino sin mí. A veces oía pasos. Voces amortiguadas, el motor de alguna furgoneta, el tañido de una campana distante que marcaba la comida o el final de una actividad.

El aire se volvió irrespirable. La luz del mediodía trazaba una línea inclinada sobre la pared y cambiaba de lugar sin mi permiso. A veces avanzaba despacio; otras, las nubes la borraban. Era lo único que se movía.

Dormía en tandas de dos o tres horas, sin distinguir la noche del día.

A veces me despertaba con el corazón agitado, cubierto de sudor, sin recordar qué había soñado.

Tisífone, Megera y Alecto se sentaban conmigo al borde de la cama y contemplábamos juntos las vueltas del ventilador en el techo.

Solo el Ventolin permanecía siempre al alcance de mi mano.

Escribía con obsesión, a mano o en la Olivetti que había traído del despacho.

Daba igual. Eran palabras que empezaban con fervor y terminaban en líneas torcidas.

Párrafos en los que intentaba reformular la verdad para hacerla más tolerable.

A veces conseguía soportarlas durante unas horas.

Luego destruía todo lo escrito y comenzaba de nuevo.

El pan, ya duro desde el segundo día, y las frutas que me habían dejado en la bandeja —plátanos, nueces, alguna manzana magullada y unos higos reventados por la fermentación— bastaban para mantenerme vivo.

Comía de pie, frente a la ventana, con la vista perdida en la tapia del fondo.

Allí, años atrás —quizá décadas—, una buganvilla había crecido entre matorrales silvestres.

Sus ramas secas se retorcían en una súplica sin destinatario.

Detrás se alzaba Peña Colorada, reducida a un espectro. En su cima, una nube inmóvil le daba aspecto de altar profanado.

Mis pulmones protestaban de vez en cuando con un silbido agudo. El Manex, abandonado ya por completo, había relegado todo el trabajo al Ventolin. Lo utilizaba cada tres o cuatro horas. Necesitaba aire y no me llegaba.

En una esquina de la mesa descansaba el informe. A medio escribir. No el de la claudicación: el otro. El informe verdadero. Me resistía a concluirlo, pero un impulso dentro de mí, agotado y terco, seguía dictando palabras sin freno.

Por las noches rezaba a mi manera unas letanías muertas: repetía las ecuaciones de Maxwell con la cadencia de un mantra. Solo para escucharme hablar. Solo para no olvidar que alguna vez supe hacerlo.

Mis dedos excoriados dejaban marcas en las teclas de la Olivetti.

La sangre, al secarse, dejaba pequeñas manchas marrones.

Cada línea desenterraba lo que había dicho Ana Lucía, lo que habían encubierto los milicianos, las cuentas ocultas de Azurmex, las cintas, el papel sucio, los experimentos espirituales de Olaya, las sustancias administradas bajo el sello del Custodes Regnum.

No me consideraba autor de aquellas páginas .

El tercer día llegó y no hubo amanecer.

Me di cuenta al abrir los ojos y descubrir que la línea de sol había desaparecido.

Todo era gris. Me acerqué a la ventana. El cielo no tenía nubes, pero tampoco claridad.

Era un cielo sin origen. Me pregunté si había dormido, si aún era de día, si seguía siendo quien creía. Me toqué la cara. Estaba húmeda.

El documento estaba terminado. Lo había reescrito frente al paredón.

Sí, escribí que todo era falso. Que no hubo milagros ni visitaciones celestes, solo manipulación, hambre, espectáculo y miedo.

Que las lágrimas de Ana Lucía nacían de la intoxicación.

Que sus visiones eran inducidas y que repetía frases aprendidas entre dosis, como si las hubiera leído de un guion.

Como había aprendido aquel guiño secreto que el propio Olaya había sembrado en ella con los monopolos magnéticos.

Escribí que la verdad ya no existía y que, si alguna vez había existido, la habíamos triturado entre todos: obispos, científicos, religiosos, funcionarios, empresarios y yo mismo.

Narré lo que ella me contó. Todo menos lo innombrable. No escribí una palabra sobre la violación incestuosa porque incluso la verdad tiene límites cuando puede destrozar lo último que queda de un alma. Quise protegerla en el único lugar donde aún podía hacerlo. En el papel.

Mi mano tembló. La estilográfica de Espino de Morales se me resbaló y cayó al suelo. Tardé varios minutos en recogerla. Al agacharme, mi columna cedió. El cuerpo empezaba a desarmarse, vértebra por vértebra. Cada hueso se emancipaba. Mi esqueleto desertaba de mí.

Firmé.

Pensé en salir, pero ya no sabía cómo abrir la puerta. Fuera, el viento seguía soplando. Y sin asomo de claustrofobia, dejé que me inundara el deseo de extinguirme sin ceremonia. De ser aire .

El informe quedó sobre la mesa. Ya no hacía falta nada más. Lo había escrito por los otros. Por los muertos.

Me senté en el suelo.

Y esperé.