Capítulo 55
T enía la maleta preparada, apoyada junto a la puerta como un animal domesticado que ya sabía hacia dónde marchar. Aunque en realidad no había mucho que llevarme. Llevaba el informe en la mano. Esta vez se lo entregaría al padre Keller en persona, sin mediar defensa ni protesta.
La tarde iba perdiendo su agobiante calor.
El día declinaba y, con él, mi ánimo. Desde fuera apenas llegaba el rumor del campamento: los altavoces habían callado y los monitores se replegaban en sus cabañas.
La tranquilidad postiza que precedía a las puestas en escena en los corrales de comedias.
Dejé la puerta abierta para que la brisa aliviara el aire estancado en mi habitación.
El viento entraba con timidez y agitaba las cortinas de aquel espacio descalabrado.
En la pared, el crucifijo se ocultaba con cada ráfaga, oscilando entre sombras apagadas y destellos de luz.
El informe descansaba sobre la mesita de la entrada. Lo miré durante largo rato, sin tocarlo. No quería que el papel pudiera contaminarme.
Cuando iba a cerrar la puerta, antes de salir, Ana Lucía se acercó con pasos tímidos y mirada esquiva .
—Padre, ¿podemos hablar? —preguntó. La voz le temblaba.
—Claro, Ana Lucía —respondí, sin disimular la sequedad.
—¿En la capilla? —añadió, señalando hacia el sendero.
La quietud del recinto era absoluta y una luz mustia resbalaba sobre las vidrieras. Me senté cerca del altar, pero ella permaneció de pie, dándome la espalda, con los hombros caídos.
Después de un momento se giró.
—Padre, siento mucho lo de sus amigos del pueblo. Fue una noticia terrible.
—Sí, lo fue —dije con frialdad—. ¿Es eso lo que querías decirme?
Ella apretó el respaldo del banco.
—No, padre. Quiero confesarme.
Sentí el impulso de huir de allí antes de que sus palabras me hundieran aún más. Pero respiré hondo y accedí.
—Te escucho.
Se giró y se arrodilló frente a mí, con las manos temblorosas sobre su regazo.
—Ave María Purísima…
—Olvida las formalidades, Ana Lucía. Solo dime qué pasa.
Ella bajó la cabeza.
—Padre, es que necesito que esto sea una confesión de verdad. Oficial. Y… y que nadie lo sepa.
—Te lo prometo.
—No… júremelo.
—¿Tan poco vale mi palabra?
—No es eso. Es que… —se interrumpió y clavó los dedos en la falda—. Júremelo.
—Vale, lo juro.
Cerró los ojos.
—Todo esto… es mentira. —La voz le salió rota, en hilachas—. Desde el principio. Y no sé cómo pararlo. Fue por mi culpa. Por mis recuerdos y porque el padre Olaya… él se aprovechó .
—¿Cómo que se aprovechó?
—Empezaron como juegos. El verano pasado, aquí, en las fogatas, nos hacía sesiones de hipnosis. O sea, como broma. Nos ponía a caminar como gallinas. A reírnos. Yo pensé que era solo eso.
Sus hombros se sacudieron.
—Pero luego… luego vinieron las regresiones. Olaya decía que podíamos recordar cuando éramos niños. Y algunos recordaron hasta sus vidas pasadas. Yo creí que fingían. Todos fingían. Hasta que un día me tocó a mí.
Una pelota rebotaba lejos, en uno de los patios. Marcaba la pausa como un cronómetro.
—¿El día de la señora en el jardín, verdad?
—Sí. Pero no lo vi como un recuerdo. Volví a tener cinco años.
De verdad estaba ahí, otra vez. Viviéndolo todo de nuevo.
Y me asusté tanto que me callé. Pero él lo notó.
Y desde entonces… me hacía repetirlo, a solas.
Una y otra vez. Decenas de veces. Y después me dijo que aquello era algo muy importante en mi vida y para todos.
—¿Y tú le creíste?
—Claro que no. Pero lo repetimos tantas veces… Hasta que vinieron las pastillas… las capsulitas.
—¿Qué pastillas?
—Olaya me dijo que tenía… «furor uterino». Que debía controlarlo. Pero ayer leí en un libro que eso no existe, que eran babosadas de la Edad Media. O sea que era un invento.
—¿Y qué pasaba cuando las tomabas?
—Las tomaba y como que me dormía y él me contaba qué debía ver. Y después yo lo veía. Haga de cuenta que como en una película. Así.
—Ya.
—Y sin ellas… sin ellas no veo nada.
—Ana Lucía…
—Es que no puedo parar esto, padre. No puedo. Ellos lo saben todo. En las regresiones salió todo mi pasado. Todo. Hasta lo otro…
—¿Qué es eso de «lo otro»?
Alzó la cara, desencajada. Se cubrió la cara con las manos.
—Un día… un día perdí el período. ¿Entiende?
Yo asentí.
—¿Fue Emiliano? ¿El del dibujo?
Ella negó con violencia, tapándose la boca.
—No. No fue Emiliano.
—¿Quién entonces?
Se dobló sobre sí misma. Su llanto ya era imparable.
—Fue… Fue mi papá.
El asco volvió a encontrarme y la pelota dejó de botar en el patio.
—Decía que era todo culpa mía —siguió—. Que yo provoqué sus instintos animales cuando me vio besarme con Emiliano una tarde. Que yo… debía obedecerle. Que había despertado algo sucio en él y que tenía que apagar lo que había encendido. Me forzó y luego me hizo callar.
Me incliné hacia ella, pero no la toqué.
—Emiliano quiso ayudarme. Quiso llevarme lejos. Hacerse cargo del bebé. Pero semanas después nunca supimos más de él. Ni sus papás. Nadie.
—¿Y el niño?
—Lo hicieron desaparecer. Una doctora de confianza. Mi papá lo arregló todo.
Se secó las lágrimas con la manga. Su voz era apenas un hilo.
—Ana Lucía…
—¿Ve? Yo no puedo ser santa. Ni elegida. No hay nada en mí. Solo suciedad.
Alguien abrió la puerta y rompió la intimidad de la capilla.
—Padre Arizaleta, ya llegó su transporte .
Era Luis Ramón, que desapareció tan rápido como había llegado.
La miré una última vez. Seguía sentada, con la mirada perdida y los hombros hundidos. Me levanté y me dirigí hacia la puerta.
—Esto no acaba aquí, Ana Lucía.
Quise tocarle el hombro, pero me detuve. La puerta se cerró tras de mí con un gimoteo de madera vieja.
Caminé hacia mi habitación. La gravilla se removía bajo los zapatos.
Me detuve bajo un tabachín. El bermellón de los racimos ardía contra el cielo.
Dejé que la brisa me tocara el rostro. El sol comenzaba a inclinarse tras Peña Colorada.
La montaña se teñía de ocres y violetas.
Y el horizonte se difuminó en un incendio de nubes.
Me quedé un instante más bajo aquel árbol. Luego seguí hasta mi habitación.
La maleta seguía junto a la puerta, lista para marchar. La miré durante largo rato. Me incliné. La cogí y la puse arriba de la cama. Abrí los broches de metal y deshice el equipaje sin vacilar. La ropa volvió a los cajones, los papeles a la mesa.