Nadie entierra los nombres Capítulo 54
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Capítulo 54

M e desplomé en un banco desportillado. Por un momento creí haber encontrado refugio.

El viento se colaba por las rendijas mientras las ramas golpeaban los muros y la lluvia acompañaba el ritmo irregular de mi respiración.

Una imagen rota de la Virgen, castigada por el tiempo, miraba hacia la nave con el rostro desdibujado por la intemperie.

Era una estatua humilde, despojada de toda pompa, de colores apagados y llena de grietas que dibujaban venas en su superficie.

Cerré los ojos. La ermita se disolvió con el ulular de un búho y ese lamento me devolvió sin aviso a El Salvador.

A las noches de vigilia en las montañas, al frío nocturno, al miedo con cada ráfaga.

Recordé a aquellos campesinos que me habían acogido como a un hermano, sus fogones, sus rezos, sus vigilias y sus canciones rotas.

Aquel bosque, aquel lago. Las risas breves, los niños corriendo descalzos sobre la tierra blanda.

Y Mariana, pequeña y tan viva.

Había confiado en mí bajo aquella lluvia de plomo. Me repetía que no hubo manera de salvarla, que aquellas balas fueron inevitables .

La imagen de la niña dio paso a la de don Teo y Jacinta en su lecho profanado. Sus voces, las risas, aquella calidez. Todo arrancado de la manera más brutal. Por mi insistencia en mirar donde no debía.

Después, cada recuerdo me golpeó a su manera. Con una insistencia implacable.

Mi madre, que podía morir en cualquier instante bajo la mirada impotente de las Hermanas de la Caridad, perdía sus recuerdos como un alfabeto que la lluvia borra letra a letra.

Josu enterrado vivo en la cárcel, condenado a un calendario sin días donde los años se acumulaban unos sobre otros.

Y Rafaela, perdida en las costas mexicanas, cuya historia completa aún ignoraba.

A pesar de todo, seguía siendo incapaz de aliviar la agonía de mi madre, de rescatar a mi hermana de su caída, de ofrecer a Josu siquiera una astilla de esperanza.

Mientras ellos se enfrentaban a sus propios calvarios, yo permanecía aquí, perdido en un rincón que nunca comprendí del todo.

—¿Qué hago aquí? —murmuré.

Y la pared me devolvió la pregunta. Cada rincón multiplicaba mi hundimiento.

Había venido a México de la mano de Marifuente buscando algo —un signo, una grieta en el cielo, una chispa que justificara mi vida entera—, pero solo había hallado un circo mezquino de intereses cruzados, mentiras y muerte.

Y el único instante de gozo que recordaba era un desvarío adúltero que ahora me quemaba como un estigma en la carne.

Levanté los ojos hacia la Virgen rota sobre la peana y busqué en ella una guía. Pero permaneció inmóvil. Como siempre. Su rostro inclinado estaba vuelto hacia mí y el yeso gastado seguía teniendo más realidad que la divinidad que pretendía encarnar.

Entonces, incapaz de contener el vómito de mi desesperación, avancé hacia el altar .

—¡Respóndeme! ¿No hay nadie detrás de este silencio?

El alarido estalló contra las paredes desnudas y volvió sobre mí. La Virgen siguió mirándome, sin parpadear. Me desplomé de rodillas. No quedaba nada: ni el sacerdote, ni el hombre, ni siquiera el niño que alguna vez creyó en una promesa. Solo un cuerpo encorvado en medio de un templo vacío.

Pasé horas allí, solo. No sé cuántas. La lluvia seguía cayendo sobre la fosa recién cerrada de Jacinta y don Teo.

Volvería a España. Al menos, eso era seguro.

Dejaría atrás esa farsa. Colgaría los hábitos como último acto de honestidad conmigo mismo.

Podía buscar un puesto en Ingénieurs sans frontières, aquella organización recién creada en Francia para prestar apoyo técnico a proyectos de desarrollo.

El mundo necesitaba más obras que sermones.

Me imaginé junto a un pozo de agua limpia, en una escuela que resistiera los temporales, en un hogar donde la fe no fuera necesaria para vivir.

Podía dedicarme a eso: diseñar sistemas de comunicación para comunidades olvidadas, construir refugios en zonas devastadas, reparar lo que el egoísmo humano seguía destruyendo.

Y sin necesidad de un dios. Quizá en lugar de redención —esa palabra se había vuelto ajena, intraducible—, podía encontrar un propósito.

El informe que había redactado me aguardaba en Monte Cristal.

Era técnico y frío, un auténtico cadáver exquisito de palabras mal ensambladas para simular la verdad.

Había descrito los hechos con el rigor de un ingeniero y la neutralidad de un observador externo.

En solo dos páginas había condensado las visiones de Ana Lucía, los testimonios y los acontecimientos ocurridos en Peña Colorada.

Las manipulaciones. La falsedad. Había escrito todo lo que creía que Roma debía saber, ni más ni menos.

Había cumplido con el encargo que Marifuente me había encomendado. Como quien ajusta un engranaje oxidado.

—Ya basta —dije .

Me incorporé con un alivio doloroso y una tristeza que no sabía distinguir de la resignación.

Al salir de la ermita, la luna seguía brillando en el cielo, indiferente. Caminé de regreso al campamento con la certeza de quien se sabe huérfano de fe y solo piensa en preparar su partida.

Esa misma noche cambié la página final del informe.

Modifiqué las palabras clave, omití los fragmentos más turbios, suavicé lo que debía arder.

Reemplacé las dudas por perífrasis ambiguas.

La verdad —esa verdad que podía hacer tambalear el simulacro— fue limada hasta encajar en las expectativas de todos.

En el tono que exigían los Milicianos del Reino y los medios, en la narrativa que el Custodes Regnum necesitaba para blindarse. Lo escribí como se apaga una vela.

De un soplo triste: « constat de supernaturalitate ».

Solo quedaban pedazos: voces, olores, papeles. Todo lo demás era ceniza. Yo, reducido a rubricar al amanecer, con una firma que ya no era palabra.