Nadie entierra los nombres Capítulo 53
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Capítulo 53

O laya había conseguido el billete de Iberia y Armando no tardaría en pasar a buscarme.

Consulté el reloj. Tenía tiempo de sobra, así que decidí que, antes de marcharme, debía despedirme de don Teo y de Jacinta.

El trayecto hasta la vivienda que había sido mi santuario allí nunca se me había hecho tan largo.

Las esquinas del pueblo estaban más vacías de lo habitual.

El aroma a tierra y hierbas me traía un consuelo final, aunque la presión en el pecho no cedía.

Cuando llegué frente a la casa, me detuve en seco. La puerta estaba cerrada, pero allí el aire era diferente: no había copal.

Golpeé la madera. No hubo respuesta. Insistí con más fuerza. Nada.

—¡Don Teo! ¡Jacinta! Soy yo, José María. ¿Están ahí?

Golpeé de nuevo, esta vez con más porfía, hasta que me dolieron los puños.

—¡Don Teo! ¡Jacinta!

Uno de los vecinos se acercó y se detuvo a una distancia prudente.

— Naiden les ve desde el domingo. Está con la llave por dentro, creo —dijo .

Mi pecho se encogió ante esas palabras. El individuo evitó mi mirada.

—¿Llamaron a alguien? —pregunté.

—¿A quién vamos a llamar?

Me arrimé a la puerta y la empujé con todas mis fuerzas. La madera crujió, pero no cedió. Miré al vecino.

—¿Podría ayudarme? Necesitamos entrar.

El hombre vaciló, pero al final asintió y me ayudó a empujar.

Con un fuerte golpe, acabó por abrirse y dejó al descubierto un interior oscuro.

Y un olor intenso a humedad, hierbas y azufre que no quise identificar de inmediato.

Avancé con cautela, tratando de adaptarme a la penumbra.

Los rayos de luz que atravesaban la celosía iluminaban con dificultad el espacio.

—Yo no entro —dijo el vecino desde el umbral y retrocedió un paso.

Entendí su miedo y seguí solo. Mis huellas se marcaban en el suelo de tierra compacta.

En la mesa del centro había platos con restos de comida, abandonados de forma abrupta.

Supuse que era el origen del husmo que llenaba la cocina.

En el rincón donde la curandera guardaba sus mejunjes, justo sobre el altar doméstico, había una imagen profanada.

Era el busto de la Virgen —la Guadalupana, aquella talla sencilla que a veces traía un collar de flores—, pero estaba quebrado sin remedio.

Los ojos. Le habían arrancado los ojos. En su lugar, dos oquedades negras le daban un aspecto de ceguera absoluta.

La madera estaba chamuscada alrededor de la imagen, y el humo había dibujado un velo oscuro que caía por sus mejillas, como lágrimas de ceniza.

Me acerqué. Quise tocarla, pero no lo hice.

La cera de una vela consumida había goteado sobre su manto.

Una línea amarillenta le cruzaba la cara a modo de cicatriz.

La otra Virgen, la que era un esqueleto, estaba destrozada.

Al llegar al cuarto donde solían dormir, me detuve.

La puerta estaba entreabierta y el olor ya era insoportable.

Respiré hondo, cubriéndome la nariz con la manga de la camisa, y empujé la hoja con lentitud, con temor de que al abrirla estuviera liberando aquello que no podría volver a encerrar.

El aire estaba cuajado de un hedor inconfundible que había memorizado en El Salvador: el de la putrescina y la cadaverina. Irrespirable.

Don Teo y Jacinta yacían juntos en la cama, cubiertos hasta la cintura con una vieja manta de lana manchada de sangre negra.

Sus facciones estaban hinchadas y sin expresión, y sus ojos cerrados daban la impresión de que solo dormían.

Alacranes, hormigas y arañas trepaban por todas partes, sin medida ni respeto, desbordantes de una vida que contrastaba con la quietud del resto de la habitación.

Sentí que me fallaban las piernas, pero me apoyé en la pared para mantenerme en pie. Me aproximé con pasos trémulos.

En los dedos entrelazados de ella había un objeto que reconocí de inmediato: un pequeño saco de ruda.

Miré alrededor, en busca de alguna pista que explicara lo que había pasado.

Entonces vi las marcas en el suelo junto al lecho.

Eran huellas de barro seco que no reconocí, demasiado grandes para ser de Jacinta.

Salí del cuarto con una náusea que me subía por la garganta. El vecino seguía esperando en la entrada, con el sombrero en la mano y la mirada clavada en el suelo.

—Están muertos —le dije.

El hombre levantó la cabeza con lentitud y se persignó. Tres veces.

—Lo sabía —murmuró para sí mismo—. Algo así tenía que pasarles.

—¿Por qué lo dice?

—El Teo y la Jacinta hacían esas cosas, ya sabe. Y quien hace trato con el diablo no vive mucho tiempo.

Quise gritarle que no sabía nada, que no merecía siquiera pronunciar sus nombres con esa liviandad cruel.

Pero me tragué las palabras. No esperó más.

Se dio la vuelta y desapareció por la callejuela.

Entré una vez más en la vivienda. La fetidez de la muerte se imponía al aroma de las plantas medicinales.

Sentí náuseas de nuevo, pero me obligué a mantener la compostura.

Miré alrededor, sin encontrar nada todavía.

Cualquier cosa. Las estanterías estaban revueltas.

Los frascos de hierbas y remedios estaban rotos en el suelo.

Salí y me senté en la silla junto a la entrada donde solía estar Jacinta. Mi insistencia en buscar respuestas, y mi pasividad ante las señales evidentes, habían puesto al chamán y a la curandera en el punto de mira.

Otro vecino joven se acercó.

—¿Está usted bien? —preguntó.

—No… no sé qué decir —respondí.

El chico, afectado, tembló y salió corriendo hacia el pueblo. Me quedé clavado en la tierra, incapaz de moverme, sintiendo cómo el alud de todo lo ocurrido en San Miguel Tlalilnamican me caía encima. Desde donde estaba podía ver la cocina vacía. En la mesa había unas ramas atadas con un hilo rojo.

Cuando llegó la policía, me hicieron preguntas, pero mi mente estaba en la frontera con Guatemala. En la gente que había confiado en mí y no había podido proteger. La historia se había repetido. Les expliqué lo que había encontrado al llegar. Uno de ellos me miró con recelo.

—¿Y usted, padre, no tenía otras cosas que hacer que venir justo hoy por aquí?

Me llevaron a un despacho lúgubre de la pequeña comandancia local para recoger mi versión de los hechos.

Su austeridad encajaba con la precariedad del propio San Miguel Tlalilnamican.

Una mesa de madera desgastada y dos sillas de aluminio eran todo el mobiliario.

La bombilla desnuda que colgaba del techo parpadeaba de vez en cuando.

El tufo a suciedad y tabaco convivía con el metal aceitado de las armas que los uniformados llevaban al cinto.

El policía que me hacía las preguntas era un hombre de mediana edad, con el uniforme algo desaliñado y el rostro marcado por profundas líneas de cansancio.

—A ver, cuéntenos entonces otra vez cómo encontró a los ahora occisos.

Respiré hondo. La imagen de los cuerpos seguía intacta en mi mente.

—Llegué a la casa temprano por la mañana. Sería antes de las ocho —respondí despacio—. Iba a despedirme de ellos.

—¿Ya se iba usted?

—Sí, tengo que volver a España. Mi madre está grave.

—¿Sabía usted de algún altercado, algún problema que tuviera la pareja?

—Estaban preocupados por algunos incidentes, amenazas veladas. Les habían dejado un perro muerto cerca de la puerta.

—¿Lo reportaron en su día?

—No.

—¿Tocó algo en la escena? —preguntó sin rodeos.

Negué con la cabeza.

—No, en absoluto. Me quedé paralizado, sin saber qué hacer.

No quedó del todo convencido.

—¿Notó algo extraño en la propiedad? ¿Algo que no cuadrara?

—Había unas ramas en la mesa. Un pequeño atado con un hilo rojo. También habían ultrajado una imagen de la Virgen de Guadalupe.

Levantó una ceja con evidente interés. Anotó algo más en su cuaderno, pero su expresión no cambió. Luego cerró la libreta de golpe y me miró.

—¿Cree que esto tiene algo que ver con las tensiones recientes en el pueblo? Usted sabe: las apariciones, el campamento, todo eso.

—Sería ingenuo pensar que no hay conexión. Don Teo y doña Jacinta eran voces críticas tanto con quienes manejan el campamento como con los planes de ciertos personajes influyentes.

Se sentó en el borde de la mesa.

—¿Sabía que eran satanistas? ¿Que practicaban rituales satánicos y sacrificaban animales?

Me quedé sin saliva.

—Eso es mentira —dije, alzando la voz.

—¿Y cómo sabe que es mentira? Desaparecieron muchos animales. Y alguno apareció sacrificado cerca de su casa. Usted mismo lo dijo, ¿no?

Ya no quise responder. Me miró un momento más antes de levantarse de la mesa.

—Espere aquí. Tengo que hablar con mi superior.

Me pasé una mano por el cuello, intentando ordenar el caos que llevaba dentro.

La sangre y la quietud antinatural de aquel escenario mortal seguían presentes con una claridad insoportable.

Miré por la ventana cómo el sol empezaba a morir en el horizonte.

Cuando el policía regresó, su expresión había cambiado.

Sus ojos estaban llenos de cansancio y resignación.

—Por ahora no hay más preguntas —dijo, devolviéndome el pasaporte—. Puede irse, pero le pedimos que nos avise si sale de Tlalilnamican. Podríamos necesitar más información de su parte.

Asentí, recogí mi chaqueta y salí de la comisaría. El calor de la tarde queretana se me echó encima.

Aquello no era uno de mis sueños de Manex.

Dos días después, el vuelo perdido a España había quedado atrás.

No había campanas tañendo ni oraciones que llenaran el aire.

La lluvia caía con una fuerza inusitada.

El lodo manchaba mis botas con cada paso hacia la fosa común, una zanja en un terreno estéril y desolado.

Solo el sonido del agua golpeando la tierra y el roce de la parihuela, que el enterrador arrastraba con un esfuerzo resignado bajo el peso de los dos cuerpos.

Estaba yo, solo, con los muertos y el hombre que cavaba con movimientos monótonos.

—¿Parientes? —preguntó, deteniéndose para pasarse el antebrazo por la frente.

—Amigos —respondí. La palabra salió con dificultad.

El hombre volvió a la labor.

—No suele venir nadie a estos entierros.

—Ellos merecían más que esto.

El hombre hizo un ademán de indolencia.

—Todos merecemos más que esto, pero cuando se llega aquí ya no importa.

Miré los cuerpos, envueltos en mantas harapientas que cubrían sus formas, ya preparados con una capa de cal. No había ataúdes ni flores ni nada que pudiera honrar su paso por la vida. Solo la fosa húmeda, maloliente y anónima que los recibiría. Porque en la fosa común, nadie entierra los nombres.

La tierra removida exhalaba un tufo azufroso y metálico, que escupía años de óxido y de carne olvidada.

Ese olor no se disipaba con el agua que resbalaba por la zanja.

Se arrastraba, se arrinconaba en la nariz, una mezcla de cieno fermentado, grasa y ese dulzor perverso que solo el cuerpo en descomposición sabe producir.

A cada palada, el suelo parecía protestar, como si el fango estuviera vivo.

Cuando los bultos fueron depositados, me acerqué.

El agua se acumulaba en los bordes, formando pequeños charcos que reflejaban el cielo gris.

Me arrodillé junto a ellos, dejando que la lluvia mojara mi ropa y mis manos, sin importarme nada más.

Recordé sus risas, el aroma a copal que siempre llenaba su casa, las melodías que Jacinta tarareaba mientras trabajaba con sus hierbas.

Cerré los ojos, esperando que me llegaran las palabras que debía pronunciar, pero todo lo que salió fue un murmullo, un quejido reprimido.

—Don Teo, Jacinta… Perdón.

Me arrodillé en el suelo mojado, dejando que las rodillas y los dedos se hundieran en el légamo.

El sepulturero se quedó a un lado, sin hablar, con respeto.

Sin salmos ni responsos, solo el sonido de la cal y la tierra cayendo.

Cuando la fosa quedó cubierta, esperé allí un momento más, mirando la tierra recién removida.

—¿Va a quedarse mucho tiempo? —preguntó el hombre, guardando la pala.

—Un rato más —respondí sin mirarlo.

Él asintió y se marchó callado.

La noche había caído por fin sobre mí y lo envolvía todo en su oscuridad, como un manto.

Como el mismo manto de tierra que había cubierto los cuerpos.

El cielo, oculto tras nubes de estaño, se negaba a mostrar las estrellas, y la única luz provenía de los destellos esporádicos de un relámpago distante.

El frío se colaba por entre los pliegues de mi chaqueta, royendo mi piel.

Mis pasos, torpes y pesados, me llevaron a un lugar que no buscaba: la ermita abandonada al borde del camino, tan cercana al cementerio que bien podría ser una extensión de su desolación más que un espacio sagrado.

El edificio era pequeño. Un cascarón con muros cubiertos de musgo y lleno de hendiduras de años de abandono.

La cruz de madera que coronaba el techo estaba partida, inclinada hacia un lado.

Las ventanas, con sus cristales rotos, miraban hacia la oscuridad sin esperar nada.

Me aproximé con cautela. La puerta de madera estaba entreabierta, colgando de una bisagra oxidada que chirrió al empujarla.

Dentro, el entorno cargado de moho me hizo detenerme por un momento.

Tosí. El cielo empezó a despejarse y el claro de la luna se desperdigó entre las oquedades, dibujando patrones irregulares en el suelo de piedra.

El altar estaba vacío —si es que aquel lugar había sido alguna vez un recinto de devoción—, salvo por dos cabos de vela podrida que alguien había dejado allí hacía mucho tiempo.