Nadie entierra los nombres Capítulo 52
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Capítulo 52

H abía aporreado durante horas las teclas de la máquina de escribir en aquel despacho improvisado. En aquella aula fría y oscura. Solo dos páginas. Todas estas semanas para dos hojas medio vacías y una conclusión torpe al final: «No consta la sobrenaturalidad de los eventos».

El campamento estaba sumido en una quietud inusual. El día amaneció gris. Caminé hacia el despacho de Keller con la cabeza convertida en un torbellino. Solo había dormido una hora aquella noche.

Olaya me salió al paso cuando pasé por la recepción. Su semblante acusaba una rigidez nerviosa.

—Iba justo a buscarle. Padre, tiene una visita.

—¿Ahora?

—Sí, aquí en la sala polivalente. Acompáñeme, por favor…

La sala que llamaban polivalente era una estancia de medianas dimensiones que se empleaba, entre otros usos, para encuentros privados.

Olaya abrió la puerta. La luz de la tarde atravesaba las ventanas sin cortinas.

El cuarto olía a café recién colado. El licenciado Flores Magut estaba de pie sirviéndose una taza.

Vestía un traje azul marino de la sastrería Kiton y llevaba sus sempiternas gafas de sol, a pesar de estar bajo techo.

Dos hombres robustos lo seguían de cerca, aunque mantenían una distancia prudente.

—Aquí le tiene —anunció el sacerdote—. Les dejo.

—Padre, pero qué gustazo verle. —Abrió los brazos.

—Subdelegado Flores Magut —respondí, aceptando el apretón de manos—. Es un placer, aunque debo admitir que no esperaba su visita.

—Ah, José María, no sea tan formal. Háblame de tú y llámame Héctor, por favor. Estamos entre amigos, ¿no?

Flores Magut se sentó frente a la mesa, adoptando una postura relajada.

—Ya sabes que San Miguel Tlalilnamican está viviendo tiempos históricos. Estas apariciones han traído una atención que jamás imaginamos. La gente viene de todas partes, y eso significa trabajo, movimiento y vida. ¿Te das cuenta del impacto que esto está teniendo?

—Es cierto que han atraído la atención de mucha gente.

—Exacto. Y eso es algo que no podemos ignorar.

Mira, yo sé que tu papel es analizar las cosas desde una perspectiva espiritual.

Que Roma te envió, bueno, primero envió al padre Marifuente, pero ahora tú eres el representante oficial…

Bueno, al grano. No se puede negar que todo lo que está ocurriendo tiene implicaciones mucho mayores.

Se quedó esperando mi reacción. Dejé que continuara.

—Estamos hablando de un fenómeno que puede cambiar el destino de este lugar. Tlalilnamican puede convertirse en un referente nacional, incluso internacional.

—Entiendo su punto, subdelegado… Héctor. Pero mi misión está por terminar y de ningún modo está relacionada con asuntos económicos. Mi responsabilidad es espiritual y mi informe se basa en ese criterio.

—Por supuesto. Nadie espera menos de ti. Pero permíteme ser franco. Esta es una oportunidad única para el pueblo y para todos nosotros. Aunque la Iglesia y el Estado estén separados, la fe y la economía no tienen por qué estarlo. Pueden caminar juntas, ¿no lo crees?

Flores Magut acortó la distancia que nos separaba.

—Mira, sé que esto puede parecerte complicado.

Pero todos ganamos con esto. Tú, tu Iglesia, esta comunidad.

Quisiéramos saber cómo podemos ayudarte a agilizar los trámites.

¿Tal vez hay alguna manera de apoyarte con algo que necesites?

¿Que nos permita actuar como verdaderos socios?

El padre Olaya me comentaba hace un momento que tienes cierta urgencia de regresar a España.

¿Tal vez podría apoyarte con eso? ¿Un boleto en primera clase, urgente?

Sacó un sobre abultado del interior de su chaqueta.

—Quizá esto —siguió— también te puede ayudar.

—Subdelegado, mi compromiso es con la verdad —respondí, tajante.

—Claro. Nadie está pidiendo que hagas algo que comprometa tu honradez. No me malinterpretes. Solo queremos que consideres el panorama completo. Estas apariciones tienen el potencial de cambiar vidas y dar esperanza. Va más allá de ser una cuestión de fe. Míralo como una cuestión de futuro.

Dejó el sobre encima de la mesa. No lo toqué.

—El futuro no puede construirse con mentiras, subdelegado —respondí con firmeza.

—Es una lástima que no lo veas de esa manera. Pero confío en que, con el tiempo, entenderás lo que estamos intentando lograr aquí.

—Le agradezco su tiempo, licenciado —dije, poniéndome de pie—. Pero creo que tenemos enfoques muy distintos sobre lo que es importante.

Él también se levantó. Extendió de nuevo la mano con aquella sonrisa que recordaba la de un anuncio de dentífrico. Recogió el sobre.

—Siempre es un placer hablar con alguien tan íntegro. Espero que podamos seguir colaborando para el bien de San Miguel Tlalilnamican.

Apreté su palma, sintiendo la frialdad de su contacto. Bajo el brazo, sentí que la carpeta con el informe sonreía con ironía.

Salí de la estancia y me encaminé de nuevo hacia el despacho de Keller. Estaba al final de un pasillo largo, en el que el único sonido era el de mis propios pasos. Una lámpara colgaba del techo.

Toqué dos veces, sin respuesta. Bajé los dedos al pomo frío.

Como esperaba, no estaba cerrado. Lo había dicho en la capilla: «Mis puertas no están cerradas a nadie».

Empujé la hoja de madera con cuidado. Él no estaba, pero eso me daba igual.

Pensé dejar el informe en algún lugar visible sin ceremonia.

El despacho era sobrio, organizado hasta el extremo, pero con lujo mesurado.

Todo obedecía a la misma disciplina que el sacerdote imponía a cuanto lo rodeaba: muebles sólidos, libros ordenados, carpetas alineadas.

Nada ocupaba un lugar por azar. Sobre el escritorio, descansaba una máquina de escribir Olympia, con una hoja en blanco lista para usarse.

A su lado, dejé la carpeta con el informe.

La superficie estaba abarrotada de expedientes, la mayoría de ellos relacionados con la logística del campamento y con las actividades de las apariciones.

Busqué un papel y un lápiz para dejar una nota.

El primer cajón, un cajón grande de archivero, estaba cerrado con llave.

No pude contener la curiosidad y pasé la yema de los dedos por el borde, buscando alguna irregularidad.

No había tiempo para sutilidades, así que utilicé un abrecartas para forzar la cerradura.

El mecanismo cedió con un chasquido. El cajón estaba atascado.

Tiré de él y, cuando cedió de golpe, un archivador de anillas, hinchado de papeles, cayó al suelo.

En su interior me encontré con varios oficios y cartas manuscritas, muchos con membretes y sellos.

Varias llevaban firmas que no identifiqué.

Entre los escritos apareció uno, firmado por el ingeniero Espino de Morales.

Decía algo sobre gestión patrimonial, seguido de cifras que, a mi juicio, solo podían referirse a una operación financiera de gran escala.

Incluía una larga lista de donaciones de empresarios locales, todos ellos vinculados a Azurmex.

Di con otro archivador etiquetado de forma inocua: «Informe de Desarrollo Comunitario».

Al abrirlo, mis ojos se encontraron con un encabezado que no dejaba lugar a dudas: «Transferencias a Fundación Monte Cristal, A. C.».

Traspasos de dinero realizados a través de Banca Serfín y Banpaís, con destino a Azurmex y a cuentas de personas y empresas cuyos nombres me eran desconocidos.

Cada pliego estaba organizado, con anotaciones al margen que indicaban fechas y objetivos específicos.

Leía de nuevo los mismos apellidos: Espino de Morales, Flores Magut, Cobián y otros nombres que había escuchado mencionar en conversaciones casuales.

Las palmas me empezaron a sudar mientras pasaba las páginas.

Entre los separadores con bolsillo, hallé otro sobre.

Este no llevaba etiqueta alguna. Contenía cartas personales de Espino de Morales.

Deslicé los dedos por otros papeles. Eran, en su mayoría, fotocopias de fotocopias.

Alguien había escrito anotaciones a lápiz en algunos de ellos: un simple «E.

M.», con letras pequeñas, repetido en varias páginas.

Había más: copias de escrituras, títulos de propiedad.

Terrenos que cambiaban de manos, siempre hacia Azurmex o, en algunos casos, hacia el Custodes Regnum.

Las autorizaciones de uso de suelo y los recibos de impuestos estaban firmados por el propio Flores Magut.

El bochorno de la tarde me empapaba la espalda. Me levanté y empujé la silla hacia atrás. Me asomé por la ventana, convencido de que alguien podía estar vigilándome.

Necesitaba aire. Inhalé una dosis de Ventolin.

Un ruido en el pasillo me puso en alerta.

Apagué la lámpara de inmediato y me oculté detrás de la puerta.

Contuve la respiración y traté de identificar el origen del sonido.

Escuché pasos, lentos y deliberados. Sentí la adrenalina atravesarme, como aquel día en la enfermería.

De nuevo, al querer imitar a Thomas Magnum, acababa haciendo el idiota.

—¿Padre Keller? ¿Hay alguien ahí? —La voz era juvenil, pero firme y autoritaria. Reconocí a Evaristo.

Contuve la respiración. Las pisadas se detuvieron frente a la entrada.

El pomo giró con lentitud, pero la puerta no llegó a abrirse.

Después de unos segundos que se volvieron eternos, los pasos se alejaron y todo enmudeció.

Salí de mi escondite y recogí los documentos con rapidez.

En ese instante, no supe por qué lo hacía.

Pero tomé varias hojas clave y las deslicé en la carpeta del informe.

Me la llevé de nuevo conmigo. Durante unos segundos permanecí inmóvil.

Dejé el despacho tal como lo había encontrado, asegurándome de que el cajón cerrado pareciera intacto.

Mañana buscaría a Keller para entregarle el informe en persona antes de irme.

Tal vez esos papeles me ayudarían a enfrentarme a él de otra manera.

Al menos, me darían la oportunidad de exigirle una última respuesta.