Capítulo 51
D e nuevo escuché una insistencia nerviosa, un apuro evidente en los golpes de la puerta. Al abrir, Josefina me tendió un sobre con ambas manos.
—Padre, acaban de traer esto para usted. Parece urgente.
Tomé el sobre, con una franja azul y blanca, marcado con el logotipo de Telégrafos Nacionales. Sentí el papel rugoso entre los dedos. Su aspecto oficial y frío bastó para que me invadiera un presentimiento. Rasgué el borde con manos temblorosas.
El mensaje era breve, aunque brutal en su simpleza:
#1 8 QRO.CX.NG.12 - SNBT.
PAMPLONA, NAVARRA, ESP 18 DE MAY DE 1983 D. 1136
TLALILNAMICAN. MARQUES. SNBT. QRO. MEX
ARIZALETA, JOSE.
MADRE SITUACION GRAVE. VUELVE ESTELLA.
ATTE MIRANDA.
Lo leí de nuevo una docena de veces —cien veces—, incrédulo.
Me dirigí al despacho de Olaya a paso rápido. Ni siquiera pensé en el Ventolin.
Golpeé la puerta y entré sin esperar respuesta .
—Padre Olaya, necesito hacer una llamada a España.
Él levantó la vista de sus papeles, sorprendido. Aun así, su voz permaneció serena.
—Por supuesto. Use el teléfono cuando haga falta —respondió, señalando el aparato negro sobre el escritorio. Su tono era amable, pero su mirada llevaba un interrogante silencioso que, por suerte, no expresó.
—Le dejo para que hable tranquilo.
Agradecí con un gesto y marqué los números con dedos que se resistían a seguir mis órdenes. La línea tardó en conectarse. Hasta que por fin alguien contestó al otro lado.
—Hermanas de la Caridad de Santa Ana, convento de Estella —saludó una mujer, templada y formal.
—Soy el padre José María Arizaleta. Necesito hablar con el doctor García Bombarda.
Oí un suave murmullo. Después de una pausa, volvió.
—Un momento. Enseguida se pone.
Escuchaba el ruido distante de pasos y voces. Después de un rato, una voz masculina, familiar, habló. El intercambio fue breve.
—No voy a mentirle. La situación es delicada. Sufrió otra crisis hace dos días. Sigue grave y, por ahora, no está muy estable. Es importante que venga cuanto antes. Esto no se mide en semanas. Es cuestión de días. Quizá de horas.
—Entendido, doctor. Haré lo que pueda para llegar lo antes posible. Gracias.
—Que Dios lo acompañe. Aquí estaremos a la espera.
Durante unos segundos me quedé mirando el aparato. Salí del despacho con una sola idea en mente.
Me encontré con Olaya en el pasillo.
—Padre, necesito su ayuda.
—Dígame, le veo apesadumbrado. En lo que yo pueda ayudar…
—Mi madre ha recaído .
—Vaya, ruego a Dios que no sea nada serio.
—Lo es. Le queda poco.
Su semblante se volvió gris.
—Cuánto lo siento. ¿Cómo le apoyo?
—Necesito regresar a España cuanto antes.
—Podemos llamar a la agencia de viajes que atiende al Custodes Regnum. Seguro que ellos logran arreglarle el regreso rápido.
—Le agradeceré cualquier cosa que pueda hacer.
—Yo me encargo. A ver qué se puede acelerar.
Me dedicó un gesto de compasión, pero su expresión cambió al recordar otra cosa.
—Por cierto —dijo—. ¿Y el informe? ¿Tiene ya al menos un borrador?
—Mañana mismo lo tendrán. Será definitivo. Se lo daré a Keller en persona.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con llave y me senté delante del secreter.
El campamento estaba envuelto en ese silencio inquietante que solía acompañarme por las noches.
Miré la cruz que colgaba en la pared de mi cuarto.
Pero no me devolvió nada. Solo dejó un vacío cada vez más profundo.
Las luces del pueblo entraban por la ventana, pequeñas y dispersas como estrellas.
Pensé en la gente que había venido a San Miguel Tlalilnamican en busca de un milagro, de consuelo en medio de sus propias dificultades.
Y pensé en mí de otra manera. Nunca había articulado con nadie la razón por la que entré a la Compañía.
Aquel otoño, Pamplona tenía un color de resina marchita. Los adoquines mojados, las pancartas clandestinas, las radios de onda corta susurrando nombres prohibidos. Todo estaba al borde del estallido, pero en mi casa se hablaba solo del pan, del tiempo y de lo que había en la mesa.
No sabíamos gran cosa de Josu. Lo habían detenido a principios de agosto, tras una redada en Barañáin. No lo vinculaban todavía a ninguna acción concreta, pero lo señalaron por «propaganda ilegal y asociación ilícita». Sin juicio ni abogado. Quedó incomunicado y su nombre dejó de decirse en alto.
Nuestra madre cerraba las persianas en cuanto oscurecía, aunque el reloj marcara apenas las siete. Rafaela empezó a ir al colegio con el uniforme impecable, aseado, planchado y perfumado. Tal vez pensaba que el orden exterior podía desmentir la sospecha que nos rodeaba en ese momento.
Y aita murió el mes siguiente. Aneurisma, dijeron. Se desplomó en la escalera del ayuntamiento. No alcanzó a decir una sola palabra.
Yo tenía dieciséis años y solo una certeza: no quería tomar partido.
No quería justificar la violencia. Pero tampoco podía aplaudir las detenciones arbitrarias, las desapariciones ni el miedo que se tragaba con cada gesto.
Había algo insoportable en todas las opciones.
Yo quería que alguien me dijera dónde podía esconderme sin convertirme en un traidor.
Y lo encontré.
La Compañía me ofrecía otra forma de desaparecer. Más elegante. Más limpia. Un lenguaje que hablaba de obediencia, discernimiento y vocación.
Años después, ya ordenado, escuché mi primera confesión. Fue en una capilla secundaria, en las afueras de Bilbao. Un niño se arrodilló con los ojos enrojecidos y las manos sucias.
—¿Dios me perdona si odio a mi padre?
La pregunta me atravesó. Respondí lo que debía: que el perdón es más fuerte que el rencor, que el amor todo lo puede, que el padre del hijo pródigo corrió a su encuentro. Mentí.
Esa noche después lloré. Porque comprendí que me había convertido en un hombre que empezaba a usar el Evangelio como escudo. Porque preferí esconderme en una estructura milenaria antes de enfrentar la historia que me había tocado vivir.
A veces creo que ningún dios me eligió. A veces creo que me volví jesuita solo para no convertirme en Josu.
Y a veces —las más— pienso que ninguno de los dos tuvo elección.
La amnistía del setenta y siete dejó libre a Josu. Duró poco fuera.
Salí por el pasillo al despacho junto a las aulas.