Nadie entierra los nombres Capítulo 50
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Capítulo 50

E l amanecer había hecho su trabajo y el día siguiente comenzó sin mayores incidentes. Los caminos de San Miguel Tlalilnamican se alargaban bajo la luz tenue de la mañana y nadie hablaba en las calles.

Y otra vez sentí que alguien me seguía. Cada paso mío venía acompañado de otro que no era el mío, y el viento, entre las ramas, susurraba de nuevo mi nombre. Pero esta vez, no me detuve. No iba a ceder ante espejismos ni fantasmas.

Volví a la casa de siempre.

Jacinta estaba en el zaguán, con el rebozo envuelto alrededor de los hombros y los ojos enrojecidos. Me llegaba una fetidez sulfurosa. La luz de una bombilla caía sobre la fachada de la casa.

—Doña Jacinta, ¿qué ocurre? —pregunté, mientras seguía la dirección de su mirada.

Allí, justo a un costado de la puerta, había un animal muerto.

Un perro pequeño, degollado y con las patas atadas.

La sangre formaba un charco oscuro que manchaba la tierra.

La peste era más fuerte allí: un hedor que se confundía con el bochorno y la escasa humedad. El hocico apuntaba hacia la casa.

—Nos lo topamos ayer por la tarde, padrecito —dijo ella—. Don Teo fue a buscar hierbas y nomás regresó, ya estaba ahí. Yo ni me di cuenta.

—¿Lo han tocado?

—No. ¿Pa qué íbamos a tocarlo? Así lo dejaron.

Se volvió al interior de la casa, donde don Teo estaba sentado junto a la mesa, con las manos entrelazadas y una expresión grave. Entré tras ella. Cerré detrás de mí la cortina de cuentas y la puerta de tablas.

—Padre —dijo don Teo al verme—. Ya nos sentenciaron.

—¿Una sentencia de quién?

—Pos de los que no quieren que hablemos, de los que prefieren que nos callemos.

—¿Y ya han hecho algo al respecto?

Él negó con la cabeza.

—Pa qué. ¿A quién le vamos a decir? Si vamos a la subdelegación, se van a reír en nuestras jetas. Si vamos a la policía, nos van a cerrar las puertas. Y si les decimos a los del campamento, seguro que los milicianos nos culpan a nosotros.

La curandera colocó tres vasijas de terracota sobre la mesa y el aroma familiar de las infusiones llenó la habitación. Sus manos temblaban.

—Van a creer que fuimos nosotros —dijo ella—. Ora, ¿cómo le vamos a hacer?

—No vamos a dejar que eso ocurra —respondí.

Don Teo se levantó de la mesa, caminó hacia la ventana y apartó la manta deshilachada que hacía de cortina para mirar hacia el exterior. El sol ya comenzaba a descender y el cielo se vestía de rosa y púrpura.

—La gente tiene miedo, padre. El miedo hace a la gente peligrosa. Usted también tiene que cuidarse .

—Lo haré, don Teo. Pero ahora mismo debemos impedir que esto continúe.

Más tarde, ya en Monte Cristal, la interrupción llegó de nuevo con un golpe suave en la puerta. Cuando abrí, Olaya estaba allí, su figura delineada contra el marco.

—Padre Arizaleta, tiene una llamada. De larga distancia, desde Acapulco —dijo—. Parece que es urgente.

Fruncí el ceño.

—¿Acapulco?

—Sí, Acapulco. Me pidieron que le buscara y le avisara. ¿Qué les digo? Lo están esperando.

—Voy para allá. Le agradezco.

El pasillo dormía en penumbra y las últimas luces de la tarde forcejeaban con los cristales opacos de las ventanas de las cabañas. Caminé con paso rápido hacia el despacho del cura.

Estaba iluminado por la lámpara de escritorio, que proyectaba una luz cálida sobre los papeles organizados con escrupulosidad.

El teléfono negro estaba en el centro de la mesa con el auricular a un lado, boca abajo.

Lo cogí y me lo llevé al oído, sintiendo el frío del plástico contra la piel. Había estática en la línea.

—¿Dígame? José María Arizaleta al habla. ¿Quién es?

Una voz impersonal y ajena a toda modulación respondió del otro lado.

—Llamada de persona a persona desde Acapulco, Guerrero, para José María Arizaleta, Arizaleta —dijo dos veces—. ¿Acepta la llamada por cobrar?

Durante unos segundos, no se escuchaba nada. Un vacío que me hizo dudar si la llamada se había cortado. Pero entonces, el sonido llegó, familiar y cargado de un deje que reconocí al instante .

—Txema, hola…

—¿Rafaela?

—Joder, Txema. Me ha costado la de Dios localizarte. Primero en Pamplona, que estabas en México. Luego, en México, que en Querétaro. Y así hasta llegar ahí. No sé dónde estás metido.

Respiré hondo. Oír su voz fue extraño.

—Hace tanto tiempo ya…

—Ya, ya lo sé.

La estática llenó la pausa.

—Estoy en Acapulco.

—¿Qué haces en Acapulco?

—La historia es larga, muy larga para contarla por teléfono. Estoy en el hotel Princess, en la costera.

—¿Pero estás bien?

—Mira. Dejo a Richard —dijo—. De verdad. No me preguntes ahora. Ya te contaré. Necesito dinero para el avión y para aguantar unas semanas. Y una casa a la que llegar en Pamplona.

—Rafaela, no hay casa. Vivo donde puedo cuando puedo. Estaba de paso en la residencia de curas en Pamplona, pero no creo que…

—¿Y la de ama ?

— Ama ya no tiene casa. Está en la residencia de las Hermanas de la Caridad. Su demencia ha ido a más y la han internado. Yo no estaba en España. Requisaron la casa.

—Dios…

Ni ella ni yo hablamos durante unos segundos.

—Entonces búscanos una, Txema —dijo—. Por una vez.

—Veré si puedo hacer algo por el dinero.

—Gracias, Txema. De verdad. Aunque no lo parezca.

Más tarde, cuando entré en el comedor del campamento, ya había muy poca gente en las mesas.

Todavía quedaba algo en la barra del bufé, así que me serví un plato de hígado encebollado, dos patatas cocidas y un trozo de pan.

La carne ya estaba fría y las patatas se habían endurecido.

Aun así, comparado con los días en San Damián, esto era un festín pantagruélico.

Lo apuré todo con agua de sandía. Al salir, me encontré a Josefina y a Clara sentadas a la mesa que daba al ventanal grande.

—Padre, fíjese que estamos buscando qué más poner en el menú. Para que las cosas no se repitan tanto. ¿Hay algo que usted quisiera ver añadido?

—En el Distrito Federal tuve la oportunidad de comer pollo con mole en un restaurante de Polanco. Me pareció un manjar.

—No, padre. El mole es bien complicado.

—Requiere muchos ingredientes y un montón de tiempo.

—Sí. Chiles anchos, mulatos, pasilla…

—Laurel, orégano…

—Jitomates, plátano macho…

Las mujeres se arrebataban las palabras.

—Y los cacahuates, las almendras, las pasas. Ajonjolí.

—Canela en rama. Anís.

—Chocolate, por supuesto —añadí yo.

—Claro, chocolate. De Oaxaca. Son como cuarenta ingredientes, más o menos.

—Requetecomplicado, ya le dije.

—Y eso que es el mole de monjitas.

Ambas rieron por lo bajo.

—Tal vez para el Corpus, padre. ¿Hasta cuándo se queda con nosotros?

—No lo sé…

Josefina consultó su reloj.

—¡Újule, Clara! Perdón, padre. Nos tenemos que ir. Va a empezar el rosario de la novena que estamos haciéndole a San Pascual Bailón, ¿nos acompaña ?

—No se agobien. Vayan tranquilas. Aún tengo trabajo que hacer.

Las dos se levantaron tras una breve reverencia.

Me dejaron solo en la mesa. Vi cómo la tarde traía el sopor de después de las comidas.

Los cardenales, con sus crestas encarnadas que cortaban el sol, volaban con una calma que invitaba a perderse.

Ligeros. Sencillos. Empujé la silla que había ocupado Josefina hacia el centro de la mesa.

Luego coloqué la otra, donde había estado sentada Clara.

Un brillo metálico llamó mi atención.

Un llavero de bronce con la figura de San Pancracio, elevando el dedo al cielo, y un manojo de llaves. Las cogí. Algunas tenían etiquetas con una caligrafía apretujada: alacena, bodega, aula 3, aula 4, enfermería, dispensario. Las guardé en el bolsillo de mi chaqueta.

Pasó media hora y todos estaban congregados en la capilla. Los cantos apagados y el murmullo del rosario arañaban el silencio de Monte Cristal.

Me deslicé por el gran corredor. Las baldosas sonaban traicioneras bajo mis pies.

Pasé junto a puertas cerradas y, frente a la enfermería, sentí que la piel se me erizaba.

Se mezclaban la humedad estancada de la lluvia y un aroma metálico que recordaba el taller de un relojero.

Saqué la llave. La cerradura se resistió un instante antes de ceder.

Abrí con lentitud y el gozne acusó el movimiento con un chillido estridente.

Al encender el interruptor, las luces titilaron hasta estabilizarse con un zumbido lúgubre.

Su blancura fría cayó sobre el pequeño dispensario.

El olor era más fuerte ahí dentro: alcohol y plástico, con un fondo de algodón.

Había una camilla recubierta con una sábana de hospital arrugada, salpicada de manchas viejas, tal vez de yodo o de sangre seca.

Sobre una mesa de aluminio había una colección de gasas olvidadas, jeringas selladas y hasta un fonendoscopio cubierto con una espesa capa de polvo.

Avancé, con los oídos atentos al más mínimo roce del exterior.

Allí, al fondo, había una estantería de chapa, pintada de gris perlado y protegida por puertas de cristal.

Mi reflejo tembloroso se desdoblaba sobre el vidrio mientras alzaba la mano.

La superficie estaba fría. Me temblaban los dedos al abrir una de las puertas.

Comencé a revisar frasco por frasco, leyendo etiquetas, precisando nombres, buscando sin saber del todo qué. Analgésicos, antiácidos, antigripales…

Nada.

Había algunos equipos antiguos: una maquinilla para rellenar cápsulas, con restos recientes de polvo en los bordes que no se habían molestado en limpiar del todo.

Junto a ella, un molino manual, de metal corroído por el uso y el tiempo, con rastros mínimos en su interior.

Vitaminas, supuse. Algún suplemento alimenticio casero.

Justo entonces, sentí unos pasos.

Venían del corredor, firmes pero pausados. Apagué la luz con un manotazo y contuve la respiración. Las pulsaciones me retumbaban en las muñecas. Las pisadas se detuvieron en la entrada.

Un instante largo. El cuarto apestaba a alcohol del 96 % y a sábila. El ventilador giraba sin prisa en el techo, removiendo más vaho que aire.

El roce de una suela contra la piedra. Silencio. Y luego, los pasos se alejaron y volvieron a pasar frente a la puerta una vez, dos. Tres. Esperé. Diez minutos. Quizá más. Salí sin encender de nuevo la luz, guiado por la pálida penumbra del corredor.

Mi absurda paranoia —mi torpe juego de detective— quizá me hubiera delatado. Como un imbécil. El viento agitaba las copas de los eucaliptos. Entre los muros del campamento, una ráfaga volvió a hacer sonar mi nombre.

Ya entrada la noche, el insomnio se había hecho mi compañero inseparable. Estaba sentado en la cama, a oscuras, con el recuerdo del teléfono negro aún en el oído.

Por la ventana abierta llegaban la leña y el carbón del pueblo y, junto con ellos, regresó un recuerdo olvidado. Nuestra casa en Estella, un invierno cualquiera. Ya lo he dicho antes: Proust se equivoca. Una magdalena no tiene nada que hacer frente al olor de la madera en llamas.

Yo ya estudiaba en el Colegio San Ignacio de Pamplona y, aunque vivía en la ciudad con mi abuela, todavía volvía a casa los veranos.

Mi madre dormía. Rafaela tendría once años.

No creo que tuviera más. La encontré de pie frente al horno apagado, envuelta en el abrigo de mi padre.

El paño era tan grande que le rozaba el suelo.

Las mangas caían más allá de las manos, como alas torpes.

Tenía el rostro medio oculto por el cuello levantado del gabán, pero sus ojos estaban abiertos y fijos en la brasa extinta.

—¿No tienes calor con eso? —le pregunté.

Ella se limitó a encoger los hombros.

—Es para no olvidarlo. Huele a él.

La frase me sonó absurda y tierna a la vez. Quise reír, pero no lo hice. Me limité a buscar un vaso de agua sin hacer ruido.

Aquella noche, mientras fingía leer en mi cuarto, la oí sollozar. Lloraba sin rabia, con aquel llanto reprimido que ya no esperaba ningún consuelo. No fui a verla. Me dije que era mejor no incordiar. Que ya se le pasaría. Que el tiempo haría su trabajo.

Pero el tiempo no borra: organiza.

Archiva.