Capítulo 49
Y a clareaba con esa parsimonia de los días inevitables. Me levanté y bajé al comedor en busca de algo para desayunar. Olaya estaba allí, con un ejemplar de Novedades extendido sobre una de las mesas.
—Padre Arizaleta —dijo—. Parece que la prensa se está tomando libertades inapropiadas.
Empujó el periódico hacia mí. Las palabras impresas saltaban de la página con vida propia: «Cura guerrillero: sacerdote español vinculado a movimientos radicales en Centroamérica supervisa asuntos del Vaticano en Querétaro. ¿Quién valida a los validadores?»
Leí la nota con detenimiento y no pude dar crédito a mis ojos: «Alfonso López Sagunto, exmiembro de los Centros de Capacitación Campesina Marxistas que participó en el infierno de la guerra en El Salvador, da testimonio personal de las actividades del religioso.
Vio de primera mano cómo el guerrillero jesuita, P.
José María Arizaleta, se involucró con grupos rebeldes y sacerdotes armados.
Es sospechoso de ser uno de los responsables, entre otras cosas, de la matanza de San Damián, en la que murieron tres heroicos soldados a causa de una emboscada.
La teología de la liberación abrió sus monstruosas fauces en nuestro continente… »
Más adelante, el texto acusaba con mayor acritud: «Vi al padre Arizaleta bendecir a los rebeldes y sus armas antes de emboscar a los militares, aseguró López Sagunto».
—Esto es absurdo —dije y solté el diario sobre la mesa.
—Tal vez. Pero es una maniobra peligrosa y muy eficiente.
¿Le parece casualidad que este artículo aparezca justo ahora, cuando estamos tan cerca de una declaración oficial?
Los medios pueden ser implacables. Y no nada más con usted.
Esto puede afectarnos a todos, incluso a Ana Lucía.
Tal vez sería prudente reconsiderar su papel en este proceso.
—No pienso dejarme intimidar por las habladurías de tabloides y pasquines. Pero sí me preocupa que esto desvíe la atención de lo que de verdad importa.
—Creo que convendría preparar una respuesta formal para aclarar los malentendidos y acelerar el envío del informe a Roma antes de que todo se venga abajo como una casa de naipes. Le avisaremos cuando el comunicado esté listo. Mientras tanto, termine usted el informe. Creo que es lo mejor.
Me despedí y salí del comedor. El sol ya estaba alto y el calor comenzaba a hacerse notar. Caminé hasta la terraza. Allí, entre las malezas, me encontré con la blancura de Clara.
—Padre, ya leyó…
—Sí. Lo he leído.
Sus ojos pálidos me sostuvieron con lo que quise interpretar como comprensión.
—¿Qué opinan los demás? —pregunté, con la vista puesta en el horizonte, bajo la silueta de Peña Colorada.
—Algunos lo consideran un ataque contra su persona. Otros creen que es una advertencia. Pero… —la voz se le apagó— hay quienes piensan que podría ser cierto. Que es usted un espía comunista. Ya sabe, los rumores vuelan.
El resto del día cada mirada en el campamento duraba más de lo habitual. Las conversaciones se interrumpían cuando yo aparecía.
El crepúsculo teñía de sangre el horizonte. Monte Cristal se había aquietado, aunque a lo lejos persistía el murmullo de algunos grupos de peregrinos y reporteros dispersos por los corredores.
Caminaba hacia mi cabaña cuando vi a Ana Lucía sentada frente al gran árbol que dominaba el centro del jardín.
Se inclinaba hacia delante, con los antebrazos apoyados en los muslos y la vista perdida en algún punto de la hierba.
Su cuerpo oscilaba con suavidad. Al oír mis pasos, levantó la cabeza. El verde de sus ojos estaba apagado.
—¿Padre? ¿Podemos platicar?
—Sí. ¿Estás bien?
Me senté junto a ella. Apartó la mirada y volvió a fijarla en la hierba. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Solo se oían el canto triste de los mirlos y el roce de la brisa entre las hojas.
—Hay mucho ruido con lo del periódico.
—Es una nota tendenciosa, sí.
—Algunos comentan que usted ya se va a ir por eso.
Reí.
—No me voy a ningún lado, todavía.
Después buscó mi mirada y en sus ojos se reflejaron las luces del pasillo.
—Es que ya no puedo más —dijo al fin, en un susurro.
Me incliné hacia ella, pero Ana Lucía volvió la cara.
—¿Qué pasa, hija?
Suspiró con tanta fuerza que pensé que algo iba a desprendérsele por dentro. Se pasó una mano por el cabello.
—Siento… siento como raro, padre .
—¿Alguien te ha hecho algo?
Negó despacio. La boca le temblaba.
—No lo sé. O tal vez sí, pero no puedo decirlo.
—¿Por qué no puedes, Ana Lucía?
Al cabo de unos instantes, levantó la cara. Tenía los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas.
—Porque ya no estoy segura de nada. Muchas veces pienso que todo esto —abarcó el campamento entero con un gesto— ya no tiene sentido. Otras veces creo que es lo único que vale en mi vida. Pero entonces hay cosas que me dicen, o sea, cosas que me piden.
La voz se le quebró. Una lágrima le rodó por la mejilla.
—¿Alguien te ha dicho qué hacer? ¿Qué decir?
Sacudió la cabeza con rapidez.
—No, padre. Yo… Todo lo que digo es lo que es. Creo. Pero también hay momentos en los que me parece que nada más estoy viendo lo que quieren que vea.
—¿Quiénes?
Bajó la frente y se mordió el labio inferior.
—No lo sé. No me pele mucho. Solo estoy cansada, padre. Muy cansada. O sea, no sé ni lo que digo. Y siento que, haga lo que haga, siempre voy a fallarle a alguien, ¿ve? A mi familia, a la Virgen. A todos. ¿Estoy mal por pensar así?
El cuerpo entero le tembló.
—No. No estás mal. Te han puesto encima algo que nadie debería cargar por sí solo. Pero escucha: si hay algo que quieras contarme, cualquier cosa, puedes hacerlo. No voy a juzgarte ni a obligarte a nada. Estoy aquí.
No respondió. Me levanté despacio y dejé que el silencio volviera a ocupar el espacio entre los dos.
—Gracias, padre —dijo de pronto—. Por no juzgarme.
—Eso nunca, Ana Lucía. No lo olvides.
Quedó sentada en el banco y se abrazó a sí misma. Me alejé bajo el viento fresco de la tarde .
Al acercarme a la recepción de Monte Cristal, antes de doblar por el gran corredor que conducía a las cabañas, vi a Keller y Olaya enfrascados en una conversación animada con los reporteros de Novedades y dos productores de Mexvidia.
Las sonrisas eran amplias, acartonadas.
Seguí adelante, abatido. La biblioteca del campamento estaba siempre abierta, con sus estantes combados por la humedad y un olor entre almidón y madera dormida. Pensé que allí podría despejarme, extraviarme.
Y en efecto me extravié.
Entre un lote de archivadores y varias cajas llenas de recortes de revistas antiguas asomaba una grabadora portátil, de esas con botones grandes y micrófono incorporado.
Era gris. Sentí un impulso que no pude explicar.
Abrí el compartimento. Dentro aún había una cinta con una etiqueta emborronada: «Charlas formativas. Verano 82».
Me senté frente a una mesa coja, conecté el aparato y pulsé el botón que decía «PLAY». La cinta se atascó. Saqué el casete, enrollé la cinta con un lápiz y lo volví a colocar en su sitio. Esta vez comenzó a correr.
Primero llegó el rumor de fondo: estática, lluvia sobre cartón. Luego, una respiración y la voz de un hombre. Tenía una cadencia eclesiástica, pero no logré identificarla.
—Dime, ¿dónde estás ahora?
Una pausa de ruido rosa. Después emergió una voz de mujer. Joven, pero fatigada. Cada palabra le costaba. La reconocí con un temblor involuntario. Ana Lucía. O su sombra.
—Estoy… no sé. Es un lugar blanco. Pero no de luz. Blanco como… como una sala sin muebles.
—¿Estás sola?
Entonces reconocí a Olaya.
—No del todo. Pero no puedo decir qué hay… La veo con el cuerpo.
Hubo una pausa .
—¿Cómo es eso, verla con el cuerpo? —insistió el sacerdote.
Ana Lucía luchaba contra algo que no lograba traducir. Jadeó varias veces. Después murmuró:
—No sé si la Virgen soy yo…
La cinta se detuvo de golpe. El clic abrupto del mecanismo me sobresaltó. El sonido quedó suspendido. Solo persistía un zumbido suave, residual. La máquina respiraba por sí sola.
Revisé la caja junto a la grabadora. Había más casetes, la mayoría sin rotular. Elegí uno al azar. Era viejo: el plástico se había deformado y la cinta estaba apelmazada contra uno de los carretes.
Volví a pulsar «PLAY».
Llegó una resonancia grave, semejante a un eco mal captado. Después habló otra mujer. Era mayor, de voz ronca, y se expresaba en un idioma que se deshacía entre sílabas, cercano al castellano, aunque no del todo. Un murmullo híbrido, un latín de misa quebrado por palabras indígenas.
—… la selina… lumen fractum… ixiptla por denturo… ca la lux… rota est… Señora no fuera… Tonan… tonantzin por piel…
Las frases se deshacían al contacto. Cada fragmento sonaba grabado sobre otro y formaba un palimpsesto de voces que se pisaban, se interrumpían, se contradecían. Algunas sílabas se repetían en bucle, deformadas:
—Mater… mater… tonan…
Hasta perder todo sentido.
Rebobiné la cinta hasta el principio y la escuché otra vez.
Apagué la grabadora y la devolví a su rincón.
Crucé el campamento en dirección contraria a los comedores, evitando el bullicio de los últimos rezagados que se reunían en el patio o en los corredores.
Bajé por el sendero empedrado que se perdía entre los huizaches y los nopales ya sombreados por la noche temprana.
Me guiaba la inercia. Caminaba rápido. Sin el Manex, tuve que detenerme para hacer dos inhalaciones de Ventolin.
El aire descendía tibio desde las laderas, con notas de piedra y guayaba fermentada.
El cielo estaba despejado: algunas estrellas comenzaban a aparecer sobre el perfil recortado de Peña Colorada.
Al llegar al pueblo, el día se había apagado por completo.
Un par de perros dormía bajo un tejado de chapa.
El dueño de un puesto de elotes —aquellas mazorcas blancas hervidas— recogía sus botes con lentitud.
Nadie se fijó en mí. La iglesia de San Miguel Arcángel emergía al fondo de la calle, bañada de luz por los faroles de la plaza.
Las torres se recortaban contra el cielo oscuro como faros apagados.
Seguían asimétricas: una, con el vacío del carillón; la otra, con su sombra.
Me acerqué. No tenía intención de pasar, pero me detuve frente a la puerta cerrada.
Me acomodé en uno de los bancos exteriores, de espaldar y tablas ya combadas por los años.
No pensaba en nada, no buscaba respuestas, solo me dejaba estar.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Al final, empujé la puerta y entré por impulso, sin empeño.
El templo estaba vacío. Era una de esas noches sin viento, en las que las campanas ausentes parecían recordar el silencio.
Me senté en uno de los bancos laterales, detrás del altar menor.
Los cirios titilaban con torpeza y se respiraba mal.
Otra vez busqué el inhalador en la chaqueta y su amargura me devolvió el aliento.
No sé cuánto tiempo pasó. Escuché pasos. Un hombre. Alto. Fino como un trazo de Giacometti. Abrigo largo, oscuro, sin brillo. El rostro oculto por la sombra de la lámpara que iluminaba el Cristo crucificado. Caminó lento, sin urgencia. Se detuvo frente a mí.
—Padre —dijo—. Estoy en pecado mortal. Necesito confesarme.
—¿Aquí? —pregunté, sin moverme.
—Ahora mismo. Es urgente —exigió, tenso, jactancioso.
Acepté. Aun sin fe, siempre he pensado que la confesión ayuda a quien la necesita.
Nos colocamos en el interior del confesionario clausurado.
Él en un lado y yo en el otro. No había rejilla.
En su lugar caía una delgada cortina de tela, comida por polillas y escarabajos.
La madera estaba podrida y maloliente. No alcancé a ver sus rasgos.
Apenas distinguí el perfil difuso de su silueta.
—Padre, ha mirado donde no debía —dijo.
El tono era plano. Sin arrepentimiento. Sin culpa.
—Y hay pecados que no se lavan con palabras —añadió—. Solo con silencio.
Esperé. Creí que continuaría. Pero no lo hizo.
—¿Qué quiere de mí? —exigí.
El hombre no dijo nada por unos segundos. Luego oí el roce de la ropa. Un movimiento sutil.
—Tengo un mensaje para usted —dijo—: está jugando con fuego. Y más vale que las cosas se aclaren pronto. Se le acaba el tiempo. Roma no tiene paciencia. Nosotros tampoco. ¿Le queda claro?
Se levantó. Salió del confesionario sin prisa. No lo seguí. Permanecí allí, sentado un rato más.