Capítulo 48
A l tercer día sin Manex, salí al pueblo. Necesitaba aire que no oliera a Pinol ni a informes mecanografiados. Quería alejarme del barullo de los medios. Distraerme, aunque fuera solo durante una hora. Así que bajé al caer la tarde. Me dejé llevar por las calles, sin rumbo.
Pasé por el parque central. Unas niñas jugaban entre los árboles. Sus voces brincaban entre las ramas.
—¡Tú la traes! —gritaba una, detrás de un seto.
—¡Ahora tú! —respondía otra y después reía.
Me dieron envidia: todavía habitaban la lógica sencilla de su universo.
Entonces reparé en una chiquilla pelirroja, sola, sentada junto al muro de la iglesia, de semblante pálido.
No estaba con las otras. Permanecía allí, inmóvil.
Vestía una blusa vieja, desteñida, y sostenía entre las manos algo que me recordó la talla de un cordero roto.
Me acerqué.
—¿Estás perdida?
Su mirada no era hostil ni asustada. Solo extraña.
—Mi madre dice que no se debe mirar de frente a los muertos —murmuró .
Su voz tenía una entonación irregular. Un sueño ajeno. Una letanía recortada.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Ya no tengo nombre —dijo—. Pero antes me llamaba Valentina. O Rafaela. No sé cuál de las dos fue primero.
La frase cayó sin eco. Parpadeé. Y ella ya no estaba. Busqué a mi alrededor. Nada. Ni una huella. Ninguna marca. Solo las demás. Brincaban y corrían. Unas me miraron y sonrieron. Una de ellas llevaba los ojos vendados con una tela blanca.
—Tú no ves, pero ella sí —dijo, sin mover los labios.
Luego se quitó la venda con lentitud ceremonial y volvió a correr con las demás.
Me enfilé por el camino largo, el que pasaba por la fonda Los Arcos del Mayab, de reciente apertura pero ya impregnada de grasa animal y maíz.
A unos pasos, cerrada a esa hora, estaba la cantina La Eugenia.
Poco más adelante, al subir hacia la iglesia de San Miguel Arcángel, quedaba la pulquería El Sapo Triste, donde había ido con Jonás y el bullicio era permanente.
Unos pasos después, las calles se abrían en tres direcciones.
Por la del centro se llegaba al único ambulatorio del lugar: un edificio encalado, con grandes letras azules que anunciaban el consultorio del «Dr. Juan Manuel Rosillo Camacho, UNAM».
Una mujer mayor salía con la mirada al suelo, los ojos tristes y el llanto a flor de piel.
La vi llegar a la calle y alejarse, renqueando, hasta perderse en la siguiente esquina.
No lo pensé. Entré.
La luz era escasa y por todas partes se respiraba un tufo a alcohol, lejía y orina. A modo de recepción, había una mesa de madera frente a la puerta cerrada. Un cartel escrito a mano, con tinta ya desvaída, contenía la única instrucción: «Toque la campanilla».
Apreté dos veces el botón cromado, que recordaba al de los hostales madrileños. Al momento, una figura regordeta, con gafas de pasta desproporcionadas y una bata que ya no era blanca, me saludó.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Gracias. Quería hacerle una consulta sobre un medicamento que suspendí de golpe. El médico que me lo recetó me advirtió que debía retirarlo poco a poco.
—¿Y el medicamento es?
—Manex. Aquí tiene la receta.
Le tendí el pequeño papel.
—¿Cuánto tiempo hace que dejó de tomar el Manex? —preguntó el médico, sin levantar la vista de la prescripción.
—No lo recuerdo. Dos días, tal vez tres.
—¿Por qué lo suspendió?
—He estado confundido. Creo que he sentido cosas que no estaban. Sonidos. Imágenes. Los sueños y la realidad se confunden a veces, por unos instantes.
—Es un compuesto nuevo. En teoría, ayuda a relajar las vías respiratorias, pero a veces provoca efectos secundarios que se confunden con el cansancio o con los nervios: insomnio y algo de desorientación.
Hay médicos que lo defienden. Yo prefiero ser más cauto.
Nunca lo habría recetado para controlar el asma, por grave que fuera.
Me temblaban las manos.
—Mire, aquí le voy a anotar cómo retomar una dosis mínima durante cuarenta y ocho horas y reducirla después de forma escalonada, para controlar mejor los efectos.
No vuelva a suspender el Manex de golpe.
Y no lo mezcle con ningún otro fármaco. Ninguno.
Si nota algo raro, no piense enseguida que sea el medicamento: el asma y la fatiga también pueden jugarle malas pasadas.
De vuelta del médico, encontré un recado de Keller: me esperaba en su despacho.
Estaba de pie junto al escritorio cubierto de papeles.
El traje negro le colgaba con una holgura nueva.
Los rayos del sol, quebrados por una persiana rota, trazaban líneas irregulares en su rostro —que cada día veía más macilento— y hacían brillar su cabello rubio. Hasta sus ojos se veían rubios.
—Padre Arizaleta, gracias por venir. Necesito hablar con usted.
—Por supuesto —respondí mientras cerraba la puerta.
Me senté, pero él permaneció de pie.
—Ayer vinieron dos mujeres de Tlalilnamican. Comentaron algo muy preocupante.
Me crucé de brazos.
—Las dos trabajan en la tortillería del pueblo —continuó—. Suelen entrar muy temprano y salir muy tarde. Y dicen que lo han visto, padre.
—¿Que me han visto? ¿Dónde?
—Mire, hay una pareja en la villa. Un chamán y una yerbera… ¿Le suena?
—¿Don Teo y Jacinta?
—No sé cómo se llaman. ¿Los conoce?
—Los he tratado, sí.
—Tienen fama de andar metidos en actividades poco cristianas.
—Conservan sus tradiciones, si a eso se refiere.
—Ahí está el asunto, padre. Corre el rumor de que se dedican a prácticas satánicas.
—¿Qué dice? No hacen nada malo. Son personas honradas, muy orgullosas de sus raíces. Ella conoce la herbolaria…
—¿Y él? ¿A qué se dedica?
—Yo diría que es un filósofo rural.
—No me haga reír. Es un chamán. ¿Sabe lo que es un chamán? Una persona que habla con espíritus .
—Le aseguro que no hay gente más honesta y sencilla en este pueblo.
—El problema es que temo que estén influyendo en su juicio con interpretaciones erróneas.
—Sé cómo mantener mi juicio ante las evidencias.
—No sé si el Vaticano estaría de acuerdo con su proceder. Además, ya circulan rumores. Eso no conviene. Aquí todo se sabe, padre.
—No creo que sea un asunto de conveniencia. Mi deber es encontrar la verdad.
Dio dos pasos y rodeó la mesa.
—¿La verdad? ¿Y qué verdad cree que va a encontrar? ¿Una que satisfaga su curiosidad o una que sirva a la fe de miles?
—La verdad. Así de simple.
Keller se cruzó de brazos y terminó por sentarse.
—Padre, sus dudas son evidentes.
—¿Debo entender entonces que cuestionar me hace débil?
El despacho acumulaba el calor de un horno de tahona.
Keller fijó los ojos en los míos.
—No me malinterprete. Lo respeto. Y mucho. Pero sus vacilaciones amenazan el trabajo de todos nosotros. Le voy a decir algo que no le va a gustar, pero que necesita entender de una vez: usted está aquí para colaborar. Lo dijo usted mismo. Nada más. Todo tiene un propósito.
—¿Y cuál es ese propósito? Porque lo único que veo es a un grupo de empresarios y políticos aprovechándose de una chica y de la devoción de esta gente. Pero no veo a Cristo. Ni a la Virgen.
—Padre Arizaleta, está claro que no comprende la misión superior que nos ha sido encomendada. ¿De verdad cree que podemos cumplirla sin los recursos adecuados? ¿Sin aliados que nos apoyen?
—¿Aliados? ¿Hombres como Cobián? ¿Los que salen favorecidos, como el ingeniero Espino de Morales? ¿O Flores Maggot ?
—Magut. Flores Magut.
—Lo que sea…
El sacerdote volvió a levantarse. Se acercó y se ajustó la chaqueta con gesto ritual.
—Quizá debería reflexionar sobre por qué está metido en esto en primer lugar. Está reemplazando a alguien cuya función tal vez no esté capacitado para asumir.
—Tal vez. Pero no puedo ocultar verdades incómodas —repliqué al ponerme de pie.
La silla chirrió contra el suelo. Me superaba en casi una cabeza. Aun así, sostuve su mirada azul metálica sin titubear. Keller guardó silencio durante unos segundos.
—Esas no son formas —dijo.
—¿Formas de qué?
—No son formas de hablar. De comportarse en un diálogo civilizado.
Se apartó de la mesa y se ajustó el Patek Philippe Nautilus que llevaba en la muñeca. Después caminó hasta la puerta, la abrió y se volvió hacia mí.
—Piénselo, padre. Piense en lo que está en juego. Y evite frecuentar a esos dos. Ahora, si me disculpa, tengo mucho trabajo pendiente.