Capítulo 47
D esperté cerca del mediodía. Sin resaca ni malestar. Pero el alivio duró poco. Solo una extraña claridad y el recuerdo intacto de cada imagen.
Me salté el desayuno y fui al área escolar.
Fue un impulso: nada en particular me llamaba la atención allí.
El pasillo estaba desierto. Al fondo, la puerta entreabierta de una de las aulas revelaba una hilera de pupitres vacíos.
Al verlos, recordé las cruces de papel y las palabras enigmáticas de Martita.
Entré y cerré tras de mí. Descorrí las cortinas y dejé pasar la luz. Era una especie de laboratorio escolar.
En un armario se amontonaban tubos de ensayo empolvados.
Sobre las mesas había probetas desordenadas y frascos de diversos tamaños.
Junto a una pizarra que aún conservaba anillos de carbono, varios microscopios dormían bajo fundas de tela gris.
En la pared, una tabla periódica colgaba igual que un tapiz esotérico .
Revisé los anaqueles sin saber bien qué buscaba.
En la parte trasera encontré un estante repleto de carpetas de plástico cubiertas de polvo.
Las examiné. Pasé las hojas sin leerlas con detenimiento.
Contenían decenas de informes médicos sobre compuestos y fármacos diversos.
Todos estaban escritos a máquina. Describían los efectos, las interacciones y las contraindicaciones de varios psicotrópicos.
Entre ellos encontré uno sobre la criasolina —mi criasolina, el principio activo del Manex que tomaba tres veces al día por indicación del doctor Abreu—, descrita como una «puerta de acceso controlada a estados liminales».
Pensé en mis temblores y en aquellos sueños sin suelo.
Recordé las palabras del médico. Su advertencia. Y surgió una sospecha.
Tenía que ahondar más. Encontrar algún vestigio material que me ayudara a entender qué me estaba ocurriendo.
El texto era claro y sus efectos secundarios, patentes: mareos intermitentes, sinestesia, acoasmas y dislocación espacial.
Decía: «Efectos adversos asociados: despersonalización, disociación temporal, alteración de la propiocepción y distorsión del entorno.
No administrar sin supervisión médica. No mezclar con alcohol ni otros medicamentos ni consumir durante episodios de fatiga severa».
Así y todo, no estaba seguro de si las voces y los encuentros «místicos» procedían del Manex, del cansancio, de mi propia cabeza o de mis visitas a la casa del chamán y la curandera. Las tisanas. El peyotl . Tal vez todo confluía y yo era incapaz de separar lo sagrado de lo clínico.
Pero el Manex y sus efectos pasaron de inmediato a segundo plano. Fue el proprilazepam el que me obsesionó: el mismo compuesto presente en el Cardisomn que le daban a mi madre. Estaba descrito como un inhibidor de las manifestaciones emotivas excesivas, útil para «prevenir desbordes sentimentales».
Me dolió leerlo .
Ya no vi solo el remedio para el corazón.
El doctor García Bombarda había dicho que servía para controlar las arritmias.
Sí. Pero yo temía que, en su caso, frenara el pulso y también lo poco que quedaba de ella.
Leí los estudios varias veces: el proprilazepam no solo borraba los recuerdos.
También los reescribía. Podía alterar la conciencia y trastocar la identidad igual que un fotógrafo que moviera el anillo de enfoque hasta esfumar un rostro.
No podía dejar de pensar en mi madre. En su figura encogida, su cabello recogido con torpeza por manos ajenas.
Como la vi aquella noche invernal en Estella, cuando no reaccionó ni a mi voz, ni al tacto.
Y entonces dudé. ¿Y si no era la enfermedad?
¿Y si no era el paso del tiempo? ¿Y si el fármaco —ese último ajuste clínico— había sido el golpe final que la convirtió en ruina?
De vuelta por el pasillo, el canto de los pájaros llegaba distante y ajeno.
Bajo las sombrillas de una de las terrazas distinguí a la reportera de Novedades .
Adriana Villalobos se levantó y avanzó hacia mí con paso decidido.
Vestía una blusa verde de Lacoste y llevaba un maletín de cuero que oscilaba al compás de sus movimientos.
Un encuentro con la prensa era lo último que necesitaba en aquel momento.
—José María —me saludó, amable—, ¿podría robarle unos minutitos?
—Claro, señorita Villalobos. ¿En qué puedo ayudarla?
Se detuvo frente a mí y dejó el maletín con cuidado sobre una mesa lateral. Había algo felino en su postura, en la manera de deslizar las manos por la piel curtida.
—Como sabe —comenzó—, llevo días en San Miguel Tlalilnamican y he platicado con varias personas. Pero hay algo que me intriga y que está relacionado con usted. Se habla mucho de usted.
—¿De mí?
—Sí. He escuchado rumores sobre su trabajo anterior en El Salvador.
Ya sabe, su tiempo en las comunidades campesinas.
Un tema fascinante, sin duda. Pero… —bajó la voz, dispuesta a compartir un secreto— hay quienes sugieren que su labor por allí no fue tan espiritual. ¿Qué me puede decir al respecto?
Una bandada cruzó el cielo sobre nosotros con un leve aleteo. Dirae alites para un augur romano.
—Mi labor en El Salvador fue pastoral. Estuve allí para apoyar a las personas más necesitadas en momentos muy difíciles. Eso es todo.
—Comprendo. ¿Nos sentamos?
Asentí sin ganas y ocupamos una mesa bajo una de las sombrillas.
—¿Sabía que ciertos informes militares de la época lo mencionan junto a líderes connotados de la teología de la liberación?
Abrió el maletín y sacó un sobre de oficio, del que extrajo varios documentos mecanografiados. Los dispuso sobre la mesa con una minuciosidad teatral.
—Estos son fragmentos de un informe de la Fuerza Armada de El Salvador. ¿Ve? Aquí, por ejemplo, se habla de una reunión en Chalatenango. Su nombre aparece al margen. Mire. Aquí se menciona a las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí.
Cogí algunos de los papeles y los repasé por encima.
—Esos informes son imprecisos. Mi actividad no tuvo nada que ver con la política. Mucho menos con las FPL. Siempre me ocupé del acompañamiento religioso y de las necesidades básicas de la gente.
Adriana esbozó una sonrisa sarcástica y se llevó el cabello detrás de la oreja. El gesto coqueto me resultó desmedido .
—Entiendo su posición, José María. Pero el problema no es lo que usted diga, sino la interpretación que pueda hacerse.
Se recostó en la silla y cruzó las piernas. Tomó uno de los papeles.
—¿Sabe? Según el artículo treinta y tres de nuestra Constitución… Sí, aquí está: «El Ejecutivo de la Unión tendrá la facultad exclusiva de hacer abandonar el territorio nacional, inmediatamente y sin necesidad de juicio previo, a todo extranjero cuya permanencia juzgue inconveniente».
Hizo una pausa. Sus ojos permanecieron fijos en mí.
—«Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país». Y, bueno, encontrarse ahorita en un lugar que genera tanto debate político y religioso es, como mínimo, complicado. ¿No le parece?
Mantuve la mirada fija en ella. Adriana sostuvo la mía, tranquila.
—¿Qué insinúa?
—Yo no insinúo nada, padre. Solo señalo hechos.
Guardó los pliegos y cerró el broche del maletín con un chasquido suave.
—Pero, claro, todo depende de cómo se maneje la situación. Quizá una colaboración más estrecha con los medios podría aclarar cualquier malentendido, ¿no?
—Colaboración…
—Sí —dijo, con una sonrisa ácida—. Una entrevista extensa. Su papel en todo esto. Su perspectiva sobre las apariciones. Información en exclusiva. Sería un intercambio valioso, ¿no cree?
—Lo siento, señorita Villalobos —dije por fin, al tiempo que me levantaba—. No tengo nada más que añadir sobre mi trabajo en El Salvador ni sobre lo que hago aquí. No creo que tengamos más de qué hablar.
La periodista no intentó detenerme. Abrió su libreta y anotó algo. Cuando alcancé el corredor, volví la cabeza. Seguía allí, con una sonrisa enigmática.
Llegué tarde al comedor. El servicio ya había terminado. Rebusqué en la penumbra y encontré una bandeja olvidada con dos bocadillos fríos. Los informes médicos me seguían rondando. La conversación con Villalobos me corroía.
Josefina me vio desde la cocina y me saludó. Yo no la distinguí hasta acercarme. Tropecé con un desnivel al llegar a las mesas.
«Pupilas dilatadas. Visión borrosa. Mareos intermitentes».
—Padre, ¿quiere que le calentemos algo? Puedo prepararle unas sincronizadas o unas gringas.
—No, Josefina. Muchísimas gracias. Esto está perfecto.
—Como usted diga. Estamos para servirle.
Bebí de un vaso de agua de jamaica. Azucarada y ácida, con densidad de jarabe. Sabía a madera mojada, a rojo, a melodía y a azúcar quemada.
«Sinestesia».
Me retiré a la habitación, acompañado solo por la brisa suave que ya descendía sobre Monte Cristal. Crucé el patio principal, pasé por el corredor y me acerqué al ala de las cabañas. La brisa movía las hojas de los huizaches. Mi nombre —o eso quise creer— se insinuaba otra vez en el susurro.
«Acoasmas».
Aún no quería admitir del todo lo que ocurría.
Las sombras se extendían en el suelo con una nitidez dura.
La mía se recortaba en la grava, alargada, deformada por la inclinación moribunda del sol.
El calor temblaba sobre las piedras, con ese olor seco del polvo caliente que se pega al paladar.
Sentía el sudor resbalarme por la espalda.
La silueta obedecía. Cada movimiento, cada giro del antebrazo, replicado al instante.
Una fidelidad absoluta. Hasta que, durante un instante, la sincronía falló.
La sombra adelantó mi paso. La extremidad se alzó antes de que yo lo ordenara, fuera de compás, a su propio ritmo.
Y sin esperarlo, recuperó su sitio. Volvió a encajar.
Fiel otra vez a la marcha de mi cuerpo. Nada había cambiado. O eso pensé.
«Dislocación».
Ya en mi cuarto, aproveché para darme una ducha caliente y dejar que el agua resbalara junto con mis pensamientos: la osadía de Cobián y la visita oscura del Custodes Regnum del otro día seguían ahí.
El claro intento de chantaje, la estilográfica del padre de Ana Lucía, las insinuaciones veladas de Olaya, la frialdad de Keller y de Villalobos, y los informes médicos.
Miré la caja azul y blanca de Manex. Pequeña, inocua.
Simple. Píldoras de color anaranjado, del tamaño de una lenteja.
Leí la descripción una vez más: «criasolina 250 mg, comprimidos, excipiente c.
b. p. un comprimido». Con cuidado, partí uno por la mitad: después de lo leído en el laboratorio, creí que había llegado el momento de reducir la dosis de manera gradual, tal como me había indicado el médico en Pamplona.
Sostuve una mitad entre los dedos, pero la dejé sobre la mesa.
No la tomé.
Antes de apagar la lámpara, eché un vistazo por la habitación. Luego me recosté, dejando la luz encendida.
A medianoche desperté y fui al lavabo. La luz amarilla del plafón zumbaba con un temblor inquieto.
Abrí el grifo. El agua golpeó la loza con un chasquido irregular, más caliente de lo que esperaba.
El vapor subía despacio, cargado de ese olor metálico y rancio que habita en los baños mal ventilados.
Tomé la pastilla de jabón. Tenía un tacto acartonado y terroso, semejante al de la arcilla reseca.
La hice girar entre los dedos. La espuma ascendía con lentitud, pastosa, y dejaba un regusto amargo que me llenó la boca sin haberla probado.
Apreté los labios. Me escocían las yemas.
Alcé la vista. Tenía los párpados hinchados y la mirada perdida en la superficie turbia del espejo. Me fijé en mis facciones bajo el resplandor de la bombilla: la frente, el cabello, los ojos, la línea de la mandíbula. Me vi envejecido.
Y entonces, en un parpadeo, se produjo un desliz —un fallo mínimo en la continuidad—: mi reflejo empezó a disolverse, capa por capa. Primero la nariz. Luego los labios. Los ojos. Al final, solo quedó una figura sin contornos. Un rostro borrado.
Cerré los ojos. El zumbido del plafón se volvió más agudo. El perfume del jabón, más penetrante. Cuando los abrí, todo había vuelto a su sitio.
Regresé al cuarto y me senté en el borde de la cama. Tomé la caja del Manex con ambas manos. La estrujé con fuerza hasta reducirla a un amasijo de cartón.
Busqué una vez más el Ventolin, con la desesperación de quien necesita un amuleto viejo y olvidado.