Capítulo 46
M e encontraba, una vez más, en la casa de piedra y copal.
La lluvia había dejado su huella en el patio y los charcos reflejaban los primeros destellos del ocaso.
Don Teo reposaba en un banco mientras tallaba una figurilla de madera con una navaja.
Su sombrero de paja descansaba sobre una mesita llena de objetos curiosos, de esos que abundaban en la vivienda: formas extrañas, monstruos bicéfalos, lagartijas, escudillas…
y un rosario con un crucifijo de piedra oscura y brillante.
Lo cogí, intrigado.
—Don Teo, ¿de qué está hecha esta cruz? —pregunté.
El chamán alzó la mirada. Sus ojos, negros y profundos como pozos, brillaron. Me tendió la mano. Le di el rosario y lo examinó a contraluz.
—Es obsidiana. Dicen que en la obsidiana se ve lo que no se ve. Pero no todo lo que uno ve es bonito.
—¿Y qué es lo que ve usted?
—Yo veo que usted trae algo.
—Perspicaz, don Teo. Como siempre —respondí, sin poder evitar una media sonrisa—. Sí. Hay muchas cosas rondándome la cabeza.
Don Teo no dijo nada. Siguió tallando la pieza de oyamel.
—Mire. Sigo dando vueltas a lo ocurrido el otro día. El eclipse, el temblor, justo durante lo que ahora llaman el Milagro —continué—. Todo ocurrió con una exactitud casi matemática. No he sido capaz de explicármelo.
El nagual se tomó su tiempo. Una brisa levantó un poco de polvo junto a sus pies.
—La noche tocó la tierra, padre.
—Sí, el eclipse. O lo que haya sido.
—No. Las dos señoras se están tocando.
—Pero… ¿no era una?
—Es una y no es una. Todas las mujeres del mundo son una sola.
—De verdad que tiene un don para explicarse. Para responder sin responder.
—De verdad que tiene la cabeza de madera.
—Don Teo…
—A ver si se lo cuento como a un niño chiquito y así sí le entra.
—Inténtelo.
—Mi abuela me contaba esta historia de chamaco. Decía que antes de que llegaran ustedes, los españoles, cuando nuestros pueblos eran todavía libres y sabios, había un espíritu de mujer que cuidaba a los hombres. Era una madre, pero no de carne. Era la madre pura. Le llamaban Tonantzin.
—Creo que sí he leído algo sobre ella. ¿No es la Tonantzin que algunos ven en la Virgen de Guadalupe?
Don Teo me miró y asintió.
—Sí, pero también no.
—Ya.
Sonrió .
—Mire, la Virgen es otra cosa. Algo que trajeron ustedes después. A Tonantzin ya la conocían nuestros abuelos. Ella hacía crecer el maíz, nos daba salud y protegía a nuestros guerreros. Pero era bien exigente. Si alguien se pasaba con la tierra o con los demás, ella lo castigaba.
—¿Y qué tiene que ver esto con el temblor?
Don Teo suspiró con resignación. Jacinta se unió a nosotros. Traía uno de aquellos cuencos de cerámica humeante.
—Beba esto, padrecito. Es pa sus pulmones, que a ratos le oigo como un chiflidito. Le va a animar.
Después de la experiencia con las tisanas del otro día, lo tomé con temor. La infusión tenía sabor a hierbas amargas y un toque cítrico que picaba en la nariz.
—¿Qué es?
—Hoja de la pastora. Me la trajeron de Oaxaca. Tómeselo toditito.
—Gracias…
El líquido calentó mi pecho y desató los nudos de mi espalda.
—Don Teo, ¿usted cree que Ana Lucía ve a esta Tonantzin o ve a Tlaltecuhtli? —pregunté.
—Y dale. Ya se lo dije: yo no sé lo que ve la chamaca, pero sí le voy a decir algo. Tonantzin, Tlaltecuhtli, los espíritus del cerro y hasta los demonios: todos caminan por los campos desde el primer sol. A veces no los vemos, nomás los sentimos.
La tarde se disolvió en la noche y la conversación cedió a una calma inesperada. Durante un buen rato, ninguno de los tres dijo nada.
—Mi Teo dice que el silencio habla, pero hay que saber escucharlo.
—Y tiene razón —respondí.
La curandera se sentó a la mesa, cerca de nosotros.
—El silencio habla en su propia lengua —dijo él .
El contorno de don Teo se recortaba bajo la tenue luz de la vela. Tenía los ojos perdidos en algún recuerdo lejano y pasaba entre los dedos las cuentas del rosario hasta alcanzar la cruz de obsidiana.
—¿Y qué dice este silencio?
Don Teo levantó la vista.
—¿De veras quiere saberlo?
Asentí.
—No lo va a entender.
El revoltijo de infusiones y hierbas había comenzado a surtir efecto. Clavé la mirada en el suelo. La llama temblorosa proyectaba siluetas en las paredes. Unas adquirían contornos definidos. Otras se deshacían en manchas informes antes de que pudiera reconocerlas.
—Las sombras también cuentan sus historias, padrecito —dijo Jacinta—. Mi abuelita decía que guardan lo que uno deja tirado. Los recuerdos también.
—Es una forma interesante de verlo —admití.
—Pero no se fíe mucho de ellas. Son bien tramposas.
Creí ver las sombras de dos figuras femeninas cubiertas por un mismo manto que ondulaba con vida propia. Parpadeé, y la imagen desapareció.
Jacinta, que había notado mi distracción, soltó una risa suave.
—¿Ya ve? Las sombras ya le están contando sus secretos, padrecito.
—Tal vez. O tal vez solo estoy viendo lo que quiero ver.
Las sombras se desdoblaban en formas cada vez más caprichosas. Sin pensarlo, dejé escapar una petición.
—Don Teo, me parece que por fin ha llegado el momento de que conozca a su maestro.
El viejo me miró sereno. El crepitar del fuego en el fogón llenaba la estancia .
—No. No sé si usted está listo pa’l gran maestro.
—Míralo bien, Teo. Yo creo que sí.
—Corro el riesgo, don Teo.
Esperó, con la mirada hundida en mis pupilas.
—Jas, prepárate las chivas.
Cuando todo estuvo dispuesto, Jacinta se acercó y me ofreció otro cuenco.
El líquido, oscuro y espumoso, olía fuerte y tenía sabor a arena amarga.
El calor del recipiente me recordó las infusiones de manzanilla que solíamos beber en El Salvador.
Bebí con cautela. El brebaje dejaba un regusto agrio en la lengua y bajaba tibio por la garganta.
Don Teo me depositó el fragmento de la planta sobre la lengua, igual que la hostia en la comunión.
—Tome. Mastique lento, sin prisa —dijo.
—¿Qué debería esperar? —pregunté.
—No espere nada, padre. Nomás déjese ir. La planta sabe lo que hace.
Me recosté en un petate que habían colocado en el suelo y fijé la vista en el techo ennegrecido por el humo de los años.
El sonido del viento fuera de la casa se unía a los suaves cánticos de la curandera.
Las palabras en otomí tenían un ritmo hipnótico.
También don Teo cantó en náhuatl, con un tono más meloso.
Las dos voces se entrelazaron en una armonía imposible.
Cerré los párpados e intenté controlar la respiración. El maestro comenzaba a enseñarme.
Al cabo de un tiempo que no sabría precisar, me arroparon con una manta de lana.
Bajo su calor, la tela se transmutó en un velo de colores vibrantes.
Luego empezaron a surgir formas abstractas a mi alrededor.
Bailaban al son de la voz de Jacinta. La manta me absorbía.
La tierra misma quería envolverme. Y el olor de las hierbas se volvió de pronto intensísimo, floral, hasta invadirlo todo.
Me repetía que solo eran hierbas y sugestión.
Que no debía dejarme arrastrar. Pero el cuerpo ya no obedecía al raciocinio.
El estómago se me revolvió durante un rato, aunque la sensación acabó perdiéndose detrás del canto.
De repente, me vi de pie dentro de una especie de catedral.
Las columnas eran de piedra oscura, pero estaban decoradas con grabados de jaguares y serpientes emplumadas, y con relieves de figuras humanas con coronas de espinas.
La luz no venía de velas ni lámparas: la derramaba un sol invisible, negro, de intensidad divina.
Caminé o floté —no sé— por el pasillo central y me encontré ante un altar, donde una mujer desnuda me esperaba de pie.
Era una mujer indígena, bellísima, cubierta con un manto de tejidos vivos.
Su rostro era calmo y autoritario. Sus pechos, hinchados de leche, irradiaban una sensualidad que jamás había visto en mujer alguna.
Un calostro de aroma azucarado y áspero le manaba de los pezones y resbalaba hasta el abdomen.
—¿Quién eres? —murmuré.
Ella no respondió, pero levantó una mano y me señaló algo detrás de mí.
Al girarme, vi un río que fluía por el ambulatorio del templo.
En vez de agua arrastraba cruces, rosarios y santos, pero también plumas, caracoles y piedras pintadas.
Quise acercarme, pero el suelo se alargaba bajo mis pies.
La distancia se hacía insalvable. El río comenzó a hablar, aunque no pude distinguir las palabras.
Era un murmullo enredado. Cientos de voces intentaban contarme una historia al mismo tiempo.
Después, el río se transformó en un fuego que consumía todo a su paso.
La iglesia se desmoronaba a mi alrededor, y las estrofas de Jacinta venían desde muy lejos.
Demasiado lejos. Sentí que me desplomaba, pero no había adónde caer.
Solo un abismo interminable. El pánico me tragó.
Abrí los párpados de golpe. La luz me cegó y, por un momento, temí haber cruzado un umbral del que no podría regresar.
Pero la habitación seguía allí —las brasas bajo el fogón y el copal impregnándolo todo—, como siempre.
Las paredes respiraban con una lentitud imposible.
Don Teo permanecía sentado junto a mí y me miraba con expresión serena.
Tenía una mano apoyada en mi hombro. La curandera continuaba con su canto, suave.
Nada había cambiado. O quizá sí. Quizá todo había mudado para siempre.
—¿Qué vio, padre? —preguntó don Teo.
—No sé. Vi… vi un lugar que no reconozco. Una iglesia. Creo que había muchos símbolos y cosas que no entiendo. Un río, fuego. Una mujer, una madre universal.
Me interrumpí, incapaz de articular lo que había sentido.
—El maestro le mostró lo que su corazón lleva dentro.
—¿Y qué significan esas imágenes?
—Eso es algo que nomás usted puede saber.
Las palabras de don Teo se clavaron en mí mientras su mujer me ofrecía una última infusión caliente, que acepté sin pensarlo. A pesar de ser empalagosa, me reconfortó. Sentía que mi cuerpo recuperaba su forma y que por fin volvía a reconocer la realidad a mi alrededor.
Al entrar en la recepción de Monte Cristal, Olaya me interceptó. La luz eléctrica me pareció excesiva y tuve que entornar los ojos.
—¿Se encuentra bien, padre?
—Sí, claro. ¿Por qué?
—Por nada. Es que le veo sin color.
Me examinó los ojos.
—Todo en orden. Tal vez un poco cansado, nada más —arrastré las palabras.
Las vetas de la madera del mostrador ondulaban cuando apartaba la vista. Parpadeé varias veces.
Se acercó, quizá para olerme el aliento.
—¿No tomó algo? Le noto mareado. Trae las pupilas muy abiertas .
—No —respondí con una risa—. Una tisana en el pueblo, nada más.
—Bueno. Que tenga buenas noches, entonces —dijo, sin apartar los ojos de mí.
Apresuré el paso hacia las cabañas. El sendero se alargaba y encogía bajo mis pies con cada cambio de luz. Llegué a la puerta de mi habitación y me perdí en su oscuridad.