Nadie entierra los nombres Capítulo 45
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Capítulo 45

E ran pasadas las siete y el cielo comenzaba a oxidarse.

El suministro eléctrico seguía fallando y la planta de luz del campamento se había parado dos veces durante la tarde.

Todavía se percibían rastros de ozono y combustible quemado.

Olaya y yo compartíamos una mesa de aluminio gris en el comedor.

El mantel tenía manchas de tamarindo y las tazas, ya sin asas, dejaban un anillo oscuro donde se posaban.

Él removía su café con un palillo. Yo ni siquiera lo había probado. La luz regresó por fin.

—¿Qué más hace Azurmex, fuera del milagro? —pregunté, sin pensarlo demasiado.

Tardó en responder. Se reclinó en la silla, cruzó una pierna sobre la otra y se quedó con la vista al fondo.

—Exportan azúcar —dijo por fin—. Alimentos.

Esperó unos segundos. Bebió un sorbo.

—Y doctrina —añadió.

Sonrió. Una sonrisa sin dientes.

—¿Doctrina?

—Ideas bien presentadas. Con la envoltura adecuada, una idea puede traspasar fronteras más rápido que cualquier producto industrial. No pasa por aduana ni paga aranceles. Solo fe y oportunidad.

—¿Y el ingeniero Espino de Morales?

La sonrisa se deshizo. No me miró. Bajó la vista a su bebida.

—Tuvo que callar muchas cosas —dijo.

El rugir del ventilador se hizo de pronto presente. El cloro de las fregonas dejaba un fondo ácido y Olaya apretaba el palillo entre los dedos mientras evitaba mi mirada. La corriente se cortó de nuevo y el comedor quedó a oscuras.

—¿Qué cosas? —pregunté.

El palillo se detuvo. El gesto era mínimo. Un zumbido eléctrico recorrió el tubo fluorescente sobre nuestras cabezas. La planta de luz intentaba revivir. Bebió otro sorbo. El café ya debía estar frío.

—Hay decisiones que no se toman —dijo y dejó la taza en el plato con cuidado—. Se asumen. A veces incluso antes de tener conciencia de ellas.

Se levantó. Colocó la silla sin rechinar. Una mujer pasaba una fregona.

—Sé que usted tiene conflictos existenciales —dijo—, padre. No busque entenderlo todo. Hay cosas que no se interpretan.

Se fue y me dejó entre notas de cloro, con el paladar seco. Alguien encendió un transistor de pilas y Miguel de la Madrid comenzó a hablar de renovación moral y de reordenación económica.

Volvió la corriente y, con ella, la luz artificial.

El crepúsculo venía acompañado por el amargor de una tormenta que no acababa de decidirse a estallar.

Enseguida empezó a llover a ráfagas. El agua dibujaba caminos irregulares en las ventanas de la biblioteca.

El aroma a chocolate recién hecho que las consagradas a veces repartían por el campamento invitaba más a la reflexión que al estudio.

Alguien había malcerrado la ventana y, a lo lejos, Amanda Miguel se quejaba de un corazón de piedra.

Las palabras de Olaya aún ardían en mi memoria.

Ana Lucía apareció cargando un ajedrez de esos que se pliegan.

—Padre, ¿sabe jugar? —preguntó, inclinando la cabeza.

—Uy, hace años que no juego —respondí—. Desde que era estudiante. Supongo que las reglas no han de haber cambiado mucho.

—Perfecto. Entonces no tiene ninguna excusa.

Colocó el tablero sobre la mesa y se sentó frente a mí. Me resigné y la ayudé a colocar las piezas.

—¿Juegas mucho?

Se encogió de hombros.

—Mi abuelito me enseñó —respondió. Movió el peón de rey para abrir la partida—. Decía que el ajedrez era como la vida en miniatura. O sea, que cada «pieza» tenía su papel, y que uno tenía que aprender a sacrificarlas en el momento adecuado, ¿ve?

—Un hombre sabio —dije. Repliqué su movimiento con mi propio peón.

Ana Lucía me miró con un destello de curiosidad en los ojos. El juego avanzó durante unos minutos en un silencio que solo rompían el roce de las piezas sobre los escaques y el golpeteo de la lluvia en los cristales. Se agradecía su frescor.

—¿Usted cree en eso? O sea, en los sacrificios, quiero decir.

Peligro. Su reina estaba cerca de mi alfil.

—Creo que son inevitables —respondí. Desplacé el alfil para protegerme—. El problema es que muchas veces no está claro el propósito, y ahí los sacrificios pierden sentido.

—Supongo que tiene razón —dijo y deslizó una torre—. No importa cuánto lo intente, siempre estoy perdiendo algo, ¿ve ?

La miré y ella bajó la vista al juego.

—¿Qué quieres decir?

—No, no, nada. Solo que, a veces, como que pienso que lo que hago está decidido por lo que otros esperan de mí. Mis papás, las consagradas, incluso los padres. Todos parecen tener una idea de quién soy o de quién debería ser. Y, o sea, nadie se molesta en preguntarme cómo me siento.

La lluvia golpeaba con más fuerza contra las ventanas. Su caballo tomó mi torre.

—Debe ser difícil. Vivir bajo tantas expectativas.

—Por eso estoy sola, padre. O sea, siempre he tenido mucho, ¿ve? Una recámara grande, ropa bonita, viajes… Pero la neta, no tengo amigos de verdad. Igual con las de la prepa. Ni siquiera las chavas del campamento. Ni Gaby. Soy la fresa, la junior , la hijita de papá. No les paso. Para nada.

Pensó su siguiente jugada durante un par de minutos. Por fin, Ana Lucía volvió a hablar.

—El otro día, vi a unos niños jugando descalzos ahí en la plaza de San Miguel, en el pueblo —dijo, moviendo el caballo con gesto seguro—.

Me gustó un buen lo felices que se veían.

Tenían los pies enlodados, y uno de ellos llevaba una playera que le quedaba grande.

Pero se reían sin que nada les importara. Cañón. Me quedé mirándolos un rato.

—¿Y qué pensaste?

—Que me da un chorro de envidia, ¿ve?

—Ya.

—Y luego todo esto de las apariciones…

Su dama había adoptado una posición estratégica.

—Ana Lucía, ¿crees de verdad que viste a la Virgen?

Ella alzó la mirada y sonrió de forma enigmática.

—Jaque mate —dijo, satisfecha.

La lluvia había cesado, y los últimos rayos de sol se filtraban por las ventanas .

Se levantó para irse y me miró de un modo que me recordó los ojos de su madre.

Me quedé solo en la biblioteca. Paseé sin rumbo entre los estantes, dejando que los dedos rozaran los lomos vencidos por la humedad y el tiempo.

Había títulos esperables —teología sistemática, vidas de santos, tratados de escatología— y otros más insólitos: crónicas coloniales, enciclopedias médicas incompletas, antologías poéticas marcadas con separadores de colores, cómics.

La clasificación era caprichosa. Ni Dewey ni Clasificación de la Biblioteca del Congreso.

Seguí entre los estantes hasta que en una esquina oscura, detrás del archivador de homilías, vi una caja de cartón mal cerrada.

Alguien había garrapateado en una etiqueta, con rotulador negro: «Descartados: contenido inadecuado».

Sentí que no debía tocarla, pero la bajé del anaquel, la puse sobre una de las mesas y levanté la tapa con cuidado.

Encontré panfletos sin fecha, fotocopias subrayadas, fascículos de catequesis juvenil y varios volúmenes encuadernados con grapas y cinta adhesiva. Uno, en un archivador de anillas azul marino, me llamó la atención por el epígrafe mecanografiado: Manual de combate espiritual .

Lo abrí.

Las primeras páginas contenían citas bíblicas y advertencias, escritas con un tono apocalíptico.

A partir de la tercera sección, el texto adoptó un registro más específico y técnico.

Hablaba de «sellar el cuerpo con el ayuno», «desarticular la voluntad demoníaca mediante ciclos de insomnio» y «vaciar la mente por medio del sufrimiento ofrecido en silencio».

Mencionaba, sin ironía, el uso de medicamentos para «reducir la ansiedad carnal», la criasolina —sí, el principio activo del Manex— para «desorganizar los impulsos repetitivos» y —más adelante— incluso mescalina en «dosis guiadas» como método para separar el alma del cuerpo.

Había un capítulo completo dedicado al «furor femenino», al deseo sin represión.

Una reliquia de manuales inquisitoriales travestida de diagnóstico moderno.

Otro apartado sobre los vicios del onanismo y de la masturbación compulsiva.

Entre las glosas aparecía la noción del mal menor: en ciertos «padecimientos» y con «licencia debida», se permitían auxilios administrados por terceros.

Toda una monografía según la cual el «amor de las mujeres era más sucio que el amor puro del varón, pues uno es carnal y el otro sincero».

Pasé las hojas con lentitud. Llevaban anotaciones en los márgenes, flechas, signos de exclamación y glosas obsesivas trazadas con una caligrafía suelta y tinta seca.

El trazo fluido me resultaba familiar. Pero no conseguí atar los cabos.

Me apoyé contra el estante. Cerré el compendio. Lo devolví a la caja, repuse la tapa y dejé todo en su sitio.

Me encaminé a la enfermería con la cautela de un ladrón y la sospecha a mis espaldas, decidido a buscar en sus estanterías cualquier fármaco que pudiera estar escondido allí.

Si es que lo había. Pero la puerta estaba cerrada con llave.

Me acerqué al cristal esmerilado, intentando desentrañar lo que ocultaba tras su opacidad.

Fue inútil: solo se insinuaban contornos desdibujados al otro lado.

Por fin me retiré a la cabaña sin despedirme de nadie.

La lluvia se había llevado el canto de los insectos y dentro solo permanecía el sordo quejido ocasional de la madera.

Otro apagón había dejado a oscuras la comarca.

Encendí una lámpara de petróleo y la luz amarilla envolvió la habitación en tonos ocres y ceniza.

Daba la impresión de que aquel cuarto se había encogido hasta convertirse en un daguerrotipo antiguo.

El sobre de Cobián estaba donde lo había dejado, al fondo del segundo cajón, entre una libreta de apuntes y la estilográfica del ingeniero Espino de Morales. No lo había abierto antes. Era más grueso de lo que recordaba. Rompí el borde con cuidado. Saqué cuatro hojas grapadas.

Arriba, en una de las tipografías sobrias de la IBM Selectric, leí:

«Declaración preliminar del enviado doctrinal, padre José María Arizaleta, S. J.».

Y luego:

«Frente al fenómeno extraordinario observado en San Miguel Tlalilnamican, y en atención al mandato recibido de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, me veo en la necesidad de emitir la presente nota de reserva prudente, con el único propósito de garantizar el discernimiento teológico y pastoral que el caso amerita».

El texto seguía en ese tono. Pasé a la segunda página. Allí aparecían las dudas:

«Es indispensable reconocer el impacto devocional del portento, pero también sus ambigüedades. La escasa consistencia de algunos testimonios, la sobreexposición mediática y la aparición de elementos no concordantes con la tradición mariana aconsejan prudencia».

La tercera parte era más fría:

«En este contexto, y en aras de preservar el bien mayor de la fe del pueblo, propongo suspender toda interpretación definitiva de lo ocurrido hasta que se verifique con plena certeza su origen sobrenatural. La fe no debe imponerse sin que antes haya pasado por el fuego de la duda».

Y al final, mi nombre y la fecha. Con la firma en espera. Releí la frase de cierre varias veces más: «La fe no debe imponerse sin que antes haya pasado por el fuego de la duda».

Era impecable. Sólida en su teología. Estratégica e irrefutable.

Pero no era mía .

Cerré los ojos. Respiré hondo. Fuera, un perro ladraba a lo lejos. Alguna bombilla en el campamento parpadeaba luchando por encenderse. Puse los pliegos de nuevo en el sobre. Los dejé en la mesa, bajo la lámpara, para que la noche decidiera si merecía respuesta.

Dejé los zapatos al pie de la cama. Colgué la camisa en el respaldo de la silla. Apagué la lámpara sin revisar el reloj. Me metí bajo las sábanas.

Comenzaba a levantarse un viento a ráfagas. Arrastraba hierba quemada desde los montes. La ventana, entreabierta, dejaba entrar una corriente irregular de aire que aliviaba el calor acumulado.

Y caí dormido.

Serían las tres de la mañana, quizá algo más, cuando una ráfaga sacudió el marco con un golpe y me arrancó del sueño.

La habitación estaba en penumbra, aunque la luz velada de las farolas del pasillo principal alcanzaba el interior.

Me incorporé, cerré el cristal, corrí la cortina y regresé al colchón.

Sentí las manos húmedas, con un ardor punzante en las palmas.

Un resquemor incrustado en la carne. Las alcé y vi una mancha púrpura en cada una.

La sangre manaba. Un goteo espeso, de olor metálico, que resbalaba por las muñecas: los estigmas.

Encendí la luz de la mesita de un salto. El resplandor ambarino inundó el cuarto. Y entonces ya no había nada. Solo la piel seca, tirante, como un parche de tambor.