Nadie entierra los nombres Capítulo 44
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Capítulo 44

S eguía tratando de comprender la gravedad de lo que había sucedido cuando lo surreal llamó de nuevo a mi puerta. La siguiente noticia del día me llegó de la mano de Josefina, muy emocionada. Irrumpió en el pequeño despacho donde intentaba ordenar mis notas.

—Padre, ¡tiene que venir! —dijo, con un brillo de entusiasmo en los ojos—. La Virgen se apareció en casa de los Benítez, en el pueblo.

Miré el reloj. La tarde ya se había desvanecido, y el sol, debilitado por las nubes, iluminaba con aquella luz violácea que solo había visto en Querétaro. Suspiré, sacudiéndome los restos perturbadores de la reunión que acababa de terminar.

—Vamos. Guíeme.

Mientras atravesábamos el campamento y tomábamos el sendero que llevaba a San Miguel Tlalilnamican, la consagrada me narró, entre suspiros, cómo una niña pequeña había sido la primera en notar el supuesto milagro.

—¡Está en la cocina! ¡La Virgen nos ve desde las paredes!

El hogar de la familia Benítez era una humilde construcción de ladrillo rojo, con tejado de chapa.

En su patio, plagado de gallinas y sus desechos, ya se había congregado una pequeña multitud.

Los vecinos susurraban con emoción beatífica, algunos rezaban, y un hombre con una guitarra intentaba entonar una versión de algo parecido al Ave María de Schubert, con tal desafinación que dolía escucharlo.

Sentí cómo el sudor se acumulaba en mi cuello, fruto del calor que se metía por todos lados.

—¡Aquí está el padre! —anunció Josefina mientras nos abría paso entre la gente.

Las miradas de los presentes se clavaron en mí, cargadas de esperanza.

Entré en la casa, acompañado de un cuchicheo creciente.

El interior era oscuro y custodiaba el rastro de la tortilla de maíz recién hecha y carbón quemado.

El penetrante olor a epazote dominaba como en todas las casas del pueblo.

Me guiaron hasta la cocina, donde, según decían, la imagen de la Virgen había decidido manifestarse.

Dos mujeres de hinojos rezaban el rosario, rodeadas por miembros de la familia.

—Ahí, padre —dijo una de ellas. Se puso en pie y señaló uno de los muros con dedos temblorosos.

Me acerqué y dejé que la vista se acostumbrara a la penumbra.

Y allí estaba, en efecto, una figura difusa, formada por una mancha de humedad que asemejaba un rostro.

La silueta tenía algo vago que parecía humano, un óvalo más claro en el centro, un tosco remedo de ojos y una especie de velo que enmarcaba la cara.

—¿Lo ve? —preguntó una joven, con la voz temblorosa—. Es la Virgen, nuestra madrecita.

Pasé la mano cerca de la pared, sin tocarla.

La superficie era irregular, rugosa, típica del hormigón envejecido.

Las grietas se habían alineado de manera caprichosa para formar parte del «milagro».

La ventana, con su marco torcido y cristal desgastado, dejaba entrar un haz oblicuo que daba relieve a la figura. Me tomé mi tiempo .

—¿A poco no quieren llorar al ver el milagro? —balbuceó un hombre que sostenía a su hija en brazos.

Respiré hondo antes de decir nada.

—Lo que veo es una manifestación de vuestra fe. Y la fe siempre es un milagro, venga de donde venga.

Mientras me enderezaba, la dueña de la propiedad, una mujer menuda con un mandil deshilachado y sucio de grasa, me abordó.

—¿Cree que deberíamos hacer algo? ¿Poner veladoras, o hacerle una misa en la casa?

—Creo que lo más importante es mantener esta experiencia como un momento de oración y reflexión personal.

Cuando la gente —ya cansada de genuflexiones y rezos— comenzó a dispersarse, me arrimé de nuevo a la pared.

La luz se había desplazado, y la silueta ya no era tan clara.

La pareidolia desaparecía. Lo que antes se manifestaba como un icono sagrado se transmutó en una mueca grotesca: la imagen se había convertido en una silueta indefinida que recordaba a una calavera.

Nada más dejar la vivienda, un periodista que había llegado tarde me detuvo. Llevaba una libreta abierta y un bolígrafo en la mano.

—Supongo que esto atraerá más peregrinos al pueblo, ¿no? —dijo, mientras garabateaba en su libreta.

—No lo sé.

—Pero la gente está convencida, ¿verdad? —insistió—. Que la Virgen decidió salir de Peña Colorada para aparecerse aquí mismo, en estas paredes. ¿Eso significa que el milagro se está expandiendo?

—¿Usted es de Novedades ?

—Sí. Trabajo para la licenciada Villalobos.

El periodista levantó la vista, intrigado.

—Ya .

—¿Entonces reconoce el milagro? ¿Usted cree que esta imagen también es auténtica?

—Hable con el padre Enrique Keller en Monte Cristal, por favor —corté—. Él puede explicarle mejor que yo.

—Pero… usted estaba aquí, usted la vio primero. Usted viene de Roma. —La pluma temblaba en su mano—. ¿No quiere dejarme al menos una frase para el periódico?

Lo miré un instante. Algunas personas todavía rezaban fuera, convencidas de lo que habían visto.

—Escriba lo que vio usted.

—No vi nada. Llegué tarde.

—Enrique Keller, en el campamento.

Dejé al periodista y, más adelante en el camino, distinguí un contorno familiar en la orilla del arroyo, bajo un ahuehuete de copa generosa. El tronco tenía cicatrices viejas, secas, y en una de sus raíces crecía musgo como arenilla. Don Teo escarbaba en la tierra con las manos descubiertas.

—¿Lo molesto?

—No, no —dijo, sin apurarse—. El que se allega con silencio no estorba.

Me senté en una piedra chata que el sol ya había olvidado. El agua corría con un murmullo, sin urgencia.

—¿Qué busca? ¿Hierbas?

—Cocolmeca. Pa limpiar la sangre —dijo—. Pero no de veneno. De lo que no se olvida.

Siguió hurgando. Cuando extrajo una raíz delgada, la sacudió con los dedos y la sostuvo unos segundos en la mano. Se detuvo mirando al horizonte y me pareció que escuchaba algo que yo no oía.

—Mire, padre. A ratos hay cosas que no se van. Ni con rezos. Se enroscan aquí y se quedan, mordiendo quedito. Su aura sigue sucia.

Me ofreció un trozo de la raíz. Su sabor recordaba a la tierra húmeda. Un grillo comenzó a cantar cerca, entre las rocas. Don Teo alzó la cabeza.

—Mire, ¿oye a ese? Canta, aunque naiden lo oye.

No respondí. Él volvió a mirar la hierba.

—Nosotros somos como ese chapulín. No rezamos nomás pa los dioses —dijo, sin mirarme—. También rezamos pa no rompernos por dentro. Usted ya no reza, ¿verdad?

—No.

Guardó el cocolmeca en una bolsita de manta.

El sol casi se había puesto. Bajo el ahuehuete, el fresco parecía provenir de la tierra y no del aire.