Capítulo 43 #2
Poco después, entraron y ocuparon sus asientos sin esperar invitación. No hubo cruces de mirada más allá de los necesarios. Los saludos, escuetos. Las puertas se cerraron como rejas.
Frente a mí, presidiendo la mesa rectangular, el abogado de la familia Espino de Morales y de Beaulieu, el licenciado Portasola —el mismo que había conocido en la Ciudad de México—, se acomodó con calma.
A su lado, los dos altos ejecutivos de Azurmex permanecían en una mudez calculada, con rostros inexpresivos como máscaras.
Del otro lado, estaban dos representantes del Custodes Regnum y el ingeniero, rubio y rollizo, José Artemio Cobián.
—Padre Arizaleta —comenzó el letrado, cortante como el filo de un cuchillo—, nos hemos constituido en este lugar y momento con el único, exclusivo y específico propósito de hacer de su conocimiento ciertos hechos y circunstancias cuya aclaración, puntualización y deslinde resultan, a todas luces, indispensables, urgentes e impostergables.
Es de suma importancia que dichas precisiones le sean transmitidas de manera directa, personal y sin intermediación alguna.
Y permítame subrayarlo: este pronunciamiento no se repetirá. ¿Entiende? No se repetirá.
Me mantuve en silencio, apoyado en el respaldo de mi silla. Los ejecutivos, desapasionados, observaban cada uno de mis movimientos.
—Lo que acontece, se desarrolla y despliega en la demarcación conocida como San Miguel Tlalilnamican —prosiguió—, no constituye, permítaseme acentuarlo, un simple, llano y restringido asunto de índole estrictamente espiritual o devocional.
Nos hallamos, antes al contrario, ante un fenómeno de proyección amplia, múltiple y transversal, que ya involucra, compromete y moviliza a millares de individuos.
La persona moral denominada Azurmex ha arriesgado en esta empresa inversiones cuantiosas, de monto ciertamente elevado, por no decir astronómico.
El movimiento Custodes Regnum, también por su parte, ha efectuado aportaciones equivalentes, constantes y sostenidas.
Y no es del caso omitir, pues resultaría injusto y desproporcionado, la consideración debida a la familia de la señorita Ana Lucía Espino de Morales y de Beaulieu, cuya buena fama, honra y crédito social se encuentran inescindiblemente vinculados a los hechos que nos ocupan.
Prolongar, dilatar o diferir el proceso de validación, al que usted fue encomendado, no solo entraña un riesgo cierto para tales intereses legítimos y patrimoniales, sino que acarrea, en su vertiente ética, la potencial afectación del destino de no pocas almas.
La fe, padre, establece, en su acepción más dominante, un puente entre la feligresía y Dios, pero también, y esto lo digo con pleno conocimiento de causa, entre la dicha feligresía y las oportunidades que instituciones como las nuestras están en aptitud de ofrecer, patrocinar y materializar.
No hablamos únicamente de la localidad de San Miguel Tlalilnamican: hablamos de la Iglesia mexicana, de la Iglesia en Roma, de su santidad el sumo pontífice y, naturalmente, de su señoría.
—No entiendo nada —dije.
Uno de los empresarios, un hombre con cabello peinado y un enorme Rolex President que asomaba bajo el puño de su camisa, habló con entonación tersa:
—Padre Arizaleta, le explico. Lo que buscamos no es un enfrentamiento. Estamos del mismo lado. Queremos lo mejor para todos: para la Iglesia, para el pueblo, para usted. Pero la fe necesita certezas. Y las certezas, a veces, requieren decisiones difíciles. Y el tiempo se agota.
Cobián abrió una carpeta beige con parsimonia. De su interior extrajo un sobre cerrado, sin membrete, y lo deslizó por la mesa hacia mí con dos dedos orondos.
—Este es un borrador confidencial —dijo—. Una propuesta de declaración. Algo moderado. Sería presentado como una expresión de duda razonable de su parte. Un gesto de prudencia. Lo dejaría a usted muy bien plantado.
No lo toqué. Cobián continuó, con calma.
—La idea es simple. Si usted, como enviado de Roma, plantea en público una inquietud acerca de la autenticidad del fenómeno, se genera una pausa.
Una crisis controlada. Después, tras una respuesta nuestra formal y conjunta con el episcopado, esa duda será rebatida y usted, ante la evidencia, aceptará finalmente la versión esperada.
El resultado: una confirmación sólida, incontestable, con peso narrativo.
—En tiempos de medios —añadió uno de los ejecutivos—, la verdad sin fricción no conmueve.
—Y así se explica al público el inexplicable retraso que usted ha provocado en este proceso —dijo el otro.
—Usted presentaría una carta —añadió Cobián, didáctico—. Nosotros la procesamos. Se publica. Se responde. Todos salimos ganando. Y el impacto final es más fuerte que si todo hubiera fluido sin tropiezos. No hay historia sin conflicto, padre.
Miré el sobre. No lo toqué.
Portasola inclinó la cabeza.
—¿Entiende usted su situación?
—La entiendo —dije.
—Entonces, agradecemos profundamente la deferencia de recibirnos y la plena comprensión que demuestra respecto de la gravedad, seriedad y urgencia que reviste la situación que nos convocó —selló el licenciado.
Sin más, se levantaron de sus asientos sin despedirse.
Sus guardaespaldas ya estaban en la puerta, listos para escoltarlos de vuelta a sus vehículos.
Los vi salir por el mismo pasillo por el que habían entrado, hasta que el pisar de sus zapatos desapareció por completo.
Aún tenía las manos apretadas contra las rodillas.
Todavía persistía el Antaeus de uno de los ejecutivos: cuero y almizcle embadurnados de musgo químico.
En la mesa quedó el sobre cerrado.