Nadie entierra los nombres Capítulo 43
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Capítulo 43

N os trajeron de vuelta al pueblo. Tomé el camino de regreso al campamento.

Después de unos metros, me desvié hacia la casa de don Teo y Jacinta.

Al acercarme al zaguán, la familiar fragancia de hierbas frescas, tabaco y copal me dio la bienvenida incluso antes de entrar.

Don Teo estaba junto a un muro, con un puro artesanal entre los dedos y un semblante tranquilo.

—Padre, sabía que vendría hoy.

—¿Cómo lo supo?

—No hace falta ser brujo pa eso. —Rio—. Y algo trae, se le nota.

La curandera salió con una taza de té humeante, como ya era costumbre, y me la ofreció para después desaparecer en el interior.

—Tome, padre. Es chacalote, tlanepa y alhucema.

Ya me estaba haciendo a esas tisanas. Esta era una bebida amarga, pero reconfortante, con sabor a barro.

—Don Teo, necesito su consejo.

—¿Mi consejo? Lo que usted necesita, padre, es una limpia.

Antes de que pudiera protestar, ya estaba de pie. Hurgaba dentro de un arcón de madera. Sacó un manojo de ramas atadas con un cordón rojo y una vasija.

—Y ya le digo antes de que lo diga: esto no es magia. Es porque algo anda mal con usted. Su aura se está poniendo bien prieta. Se le montan cosas malas. Veo energías que ni son suyas. No estoy jugando.

—Ya.

—Usted tampoco debería jugar con esto.

Don Teo me hizo ponerme de pie, a regañadientes, y con el hato comenzó a barrer mi cuerpo. Su murmullo era bajo, un susurro en náhuatl que no entendí. El sahumerio empezó a llenar el espacio entre nosotros. Su olor fuerte y ahumado se me colaba por la nariz.

—Las veo. Están ahí —dijo—. No todas son de gentes. Se sienten envidias. Celos, mentiras. Lo trae todo pegado. Mucha mugre en el alma.

—¿Y qué puedo hacer?

—No tiene que hacer. Tiene que resistir. Ellas comen del miedo y de las dudas. Si les da más, se lo comen entonces a uno. Pero si se mantiene fuerte… Tome estas cañas.

—¿Qué hago con ellas?

—Agarre ese mecate y dele vueltas. Son trece. ¿Cuántos años tiene usted, padre?

—Treinta y cinco… Treinta y seis muy pronto.

—Entonces le toca el venado.

Don Teo se llevó el puro a la boca, dio una calada y expulsó abundante humo. Continuó con el ritual de purificación, trazando movimientos precisos con las hierbas en el copal. Tosí.

—El humo es pa Xiuhtecuhtli —aclaró—. El señor del fuego.

Jacinta, detrás, encendía unas velas bajo la Virgen del esqueleto.

—Así, muy bien. Cuando le dé de vueltas al mecatito, piense en lo que aprendió, en lo que vivió y en lo que quiere cambiar.

La angustia crecía y me hacía un nudo en el pecho. A pesar de mi falta de fe, el ritual imponía. El aire me faltaba. De nuevo busqué el inhalador en el bolsillo. No lo encontré. Desde el Manex me había habituado a dejarlo en la mesita. Cuando terminó, se sentó de nuevo frente a mí.

Jacinta me dio otra vasija de barro con otra infusión.

La bebida me relajó en un par de minutos y me acomodé mejor en la butaca de paja. Los párpados me pesaban y un sopor comenzó a invadirme. La voz de Jacinta se hacía cada vez más lejana y el habla de don Teo se confundía con el murmullo del arroyo vecino.

—Le decía del consejo, don Teo…

De repente, me encontré en un bosque tupido, húmedo, donde todo era color y luz.

El tiempo se derretía entre las raíces. Cada momento podía ser un segundo o un siglo.

El suelo, cubierto de hojas secas y raíces entrelazadas, cedía bajo mis pies desnudos.

Sentía la humedad en la piel. Me impregnaba de un aroma a arcilla que llenaba mis pulmones a cada inspiración.

El aire entraba limpio, fresco. Pensé que así debían respirar quienes no padecen asma.

Luego, me levanté y caminé sin rumbo. Me adentré por un sendero desconocido.

Delante de mí, emergió un jaguar majestuoso. Su pelaje moteado se movía con la penumbra vegetal, y cada paso recordaba su poder. Se acercó. Su aliento, cálido y cadencioso, se combinaba con los sonidos que provenían de la selva. Alrededor de él, el paisaje no dejaba de cambiar.

Todo se desvaneció.

Me hallé de nuevo en el patio de don Teo y Jacinta, con la tarde muriendo y el crepitar de la leña acariciando mis oídos. Mi respiración volvía a ser pesada y mi corazón latía con fuerza. Me acomodé en la butaca y apoyé los pies en el suelo. La noche caía mansa sobre los brazos de los huizaches.

En cuanto el sol abrió la mañana, su luz irrumpió entre las rendijas de las persianas y me atravesó con una barra de acero incandescente.

Me duché con agua helada. La jaqueca era insoportable.

No sirvió de mucho. Me vestí con dificultad.

El almidón de la camisa me raspaba el cuello con una rigidez empecinada.

El cuerpo aún se le negaba al día y tenía la lengua forrada de aserrín.

Fui al comedor en busca de algo que devolviera orden a las ideas. Y agua.

Luis Ramón me atajó en el pasillo.

—Me avisaron que tiene un mensaje en la recepción. Cuando pueda, pase por ahí, por favor.

—Ya. Gracias.

—¿Todo bien? Se le ve un poco pálido. Si gusta, voy ahorita mismo a la enfermería y le traigo un Mejoral.

—No hace falta. —Sonreí—. Solo fue una mala noche.

—Como diga. Que tenga buen día.

Seguí por el corredor hasta el edificio central.

Las baldosas chasqueaban bajo los zapatos como tambores.

Al fondo, alguien barría con una escoba de vara seca y su áspero sonido me rasgó los oídos.

En las jardineras cercanas, los geranios abrían con lentitud su rojo silencioso.

Un olor tenue a diésel llegaba de alguna parte, quizá del generador mezclado con el perfume persistente de las buganvillas. La arcada me vino de golpe.

Alicia, asignada esa mañana a la recepción del campamento, me recibió con el cuaderno verde abierto y un bolígrafo Bic entre los dedos.

—Padre, justo mandé a buscarlo. Tiene un recado del ingeniero… Péreme. —Revisó sus notas—. El ingeniero José Ar temio Cobián. Llamó varias veces para solicitar una reunión con usted. Me pidió que le dijera que vendrán hoy por la tarde. A las cuatro. No más de veinte minutos.

—¿Vendrán? ¿No viene él solo?

—No dijo. Solo que reserváramos espacio como para unas diez personas. ¿Le confirmo?

Sentí el pulso en ambos costados de la cabeza: el dolor golpeaba desde dentro.

Me pasé la mano por la frente. En la repisa de mármol artificial descansaban las copias amarillentas de un calendario impreso por la Obra Nacional de la Buena Prensa, con una imagen del Sagrado Corazón enmarcada por espigas de trigo.

Creí ver que sus ojos se movían y que su sonrisa se transformaba en una mueca.

El ventilador de techo giraba con esfuerzo y, como yo, no sabía si seguir o rendirme.

—Está bien. Cuatro en punto.

—Perfecto. Reservo la sala de visitas entonces. Es esa, la que está ahí mero, a la derecha.

—Gracias, Alicia.

—¿Quiere una aspirina?

Sonreí, por la exactitud con que supo leer mi estado. Cogí dos y las tomé sin agua.

En cuanto el dolor amainó, bajé hasta el pueblo, con el afán de hacer tiempo antes de la reunión. Me acomodé en un banco donde la sombra del quiosco de música caía de lleno.

Tenía la vista distraída en la explanada, donde unos niños se perseguían con ramas.

Las blandía como espadas. Uno de ellos llevaba una cuerda en la frente, a modo de corona.

Cerca de la fuente, una joven vendía pulseras trenzadas de hilos rojos, con un cartel escrito a mano: «Contra el mal de ojo y otras envidias».

—¿Usted es el nuevo profeta ?

La voz me sobresaltó. Era un hombre elegante y delgado, con un sombrero fino al estilo de los años cuarenta. Vestía un traje anticuado, como el que usaba mi abuelo en los años cincuenta y ya era de por sí viejo. No me dio tiempo a responder.

—Todos los profetas se sientan ahí —añadió, señalando el banco de piedra.

Intenté sonreír. La cortesía no alcanzó a convertirse en palabra.

—Primero se sientan, luego ven —continuó—. Y después ya no pueden irse. Aunque se vayan.

Quise aclarar que no era ningún profeta, que estaba de paso, que el banco solo me había parecido cómodo.

—¿Y qué ven? —pregunté al fin.

—Eso depende. Algunos ven un rayo que no quema. Otros, una sombra que habla. Unos pocos oyen cosas. O las ven.

Se quitó el sombrero, lo sacudió con suavidad contra la pierna y volvió a colocárselo.

La vendedora de pulseras se acercó a una pareja que se acaramelaba bajo un ahuehuete. Los niños gritaban versículos del Apocalipsis, y uno de ellos empuñaba un palo a manera de trompeta.

—Usted no es de aquí —dijo el hombre.

Negué con la cabeza.

—Tampoco los otros lo eran.

Se levantó sin despedirse. Caminó con lentitud al abrigo de los portales. Y se desvaneció. El pueblo seguía su curso, indiferente.

Me apoyé en el respaldo y cerré los ojos.

Llegué a Monte Cristal con tiempo de sobra.

Tomé un refrigerio ligero —horchata y un pan dulce que ya sabía a frigorífico— y después me acerqué a la recepción.

Alicia me saludó con un ademán recatado, sin palabras.

Le devolví el saludo y seguí de largo hasta la sala de reuniones.

La puerta estaba entornada. Entré. El sitio estaba iluminado por una luz amarillenta que provenía de un único candelabro de hierro forjado.

Las paredes desnudas daban al espacio un aspecto de sótano improvisado.

Me planté frente a la ventana.

Pocos minutos antes de las cuatro, la polvareda levantada por los vehículos anunció su llegada.

Los coches negros se detuvieron con una simultaneidad coreografiada, y los motores se apagaron al unísono.

El logotipo de Azurmex destacaba en la portezuela de uno de ellos.

Los escoltas se desplegaron sin necesidad de órdenes, cubriendo cada ángulo con determinación militar. Abrieron las puertas.

Los hombres descendieron después con movimientos bruscos y portazos. Los trajes de seda, de cortes impecables, relucían bajo el sol como armaduras del capital. Me aparté del cristal.